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Relato: Radicales y libres 1998 (2)





Relato: Radicales y libres 1998 (2)

RADICALES Y LIBRES 1998


(Segunda Parte)



En la Casa de Estudiante Emiliano Zapata nos contábamos
nuestra vida y nuestras experiencias, pero nunca hablábamos de la escuela, ni de
cómo nos iba ahí. Dábamos por hecho que no existiría maestro que fuese capaz de
reprobarnos sólo de saber que pertenecíamos a esta agrupación. La razón era
sencilla: los maestros no perdían la ocasión para hacer plantones en las
escuelas para exigir mayores salarios, o vacaciones aun más grandes de las que
tenían de dos meses. Pareciera lógico que se quejaran de sueldos bajos, no por
que lo fueran, sino porque era fácil presionar al de los sueldos para que los
subieran. Aunque no hay que subestimar que la gente no siempre actúa para
obtener cosas reales contantes y sonantes, no, sino que el poder, como juego que
es, a todos gusta. A los maestros les gustaba contar con esa seguridad de que
ningún director o superior les habría de restringir en nada, permisos para
faltar con goce de sueldo, había que otorgarlo, por las causas que fueran, el
día del académico, el día de las madres, el día de muertos, el día del maestro,
el día del investigador, o algún día que se atravesara entre un día festivo y el
fin de semana, o por el mero gusto de faltar, tampoco se les podía exigir metas
de ningún tipo, o esfuerzos superiores a los que banalmente hacían a diario. No
consentir todos sus caprichos traía como consecuencia que hicieran un paro en la
escuela de que se tratara, con apoyo de nosotros, los estudiantes, sin importar
que estudiásemos en esa escuela o no, íbamos a hacer bola, encendíamos fogatas
en los estacionamientos, extendíamos pancartas de "Director represor", "Alto al
abuso", "Viva el Ché", "Exigimos el cumplimiento del pliego petitorio", y así.
los maestros eran intocables, y nosotros irreprobables. Y además nos pagaban.



Sin embargo, alguno que otro maestro era tan estúpido de no
ver los inmensos beneficios que traía consigo aliarse con nosotros y actuaban
dentro de una idiotez inexplicable. Regularmente en estos casos se trataba de
maestros idealistas que daban importancia a su supuesto amor por educar, a su
supuesto compromiso con la honestidad, maestros pobres diablos que no se daban
cuenta que su idealismo sólo sirve para mantenerlos pobres, con plazas pequeñas,
sin ascensos. Este tipo de maestro filósofo era muy molesto porque pasaban de
los mítines y las manifestaciones; si tomábamos una escuela, ellos querían
entrar, o daban clases en un lugar diferente a los estudiosillos obsesivos, no
acudían a las marchas y si les entrevistaban no se cortaban ni tantito para
vociferar que la manifestación no gozaba de la aprobación de la totalidad de
plantilla de maestros. Por lo que a nosotros concierne, nos disgustaban porque
esos maestritos sí nos reprobaban, no importa que luego, en exámenes de
recuperación se viesen forzados por el director para que nos acreditase le
gustara o no, pues se consolaban con saber que habían manchado nuestro kardex.



Aquel día me sorprendió que Argelia se hubiese bañado tan
escrupulosamente y se hubiese acicalado su cabello rizado. Se había puesto una
minifalda que le quedaba muy ajustada, la cual daba realce a sus bien formadas
nalgas. Encima llevaba una blusa de esas ombligueras, que permiten ver el
vientre. El suyo era un buen vientre aunque no gozara de lujos como músculos
marcados o una firmeza a toda prueba que sobreviviera aun si se doblara hacia
delante, pero ello no importaba, con aquellos hoyitos suyos que se le hacían
bajo los riñones y sobre la cadera bastaba para que nadie prestara atención a su
ombligo.



"A dónde vas?" Le pregunté.


"Necesito hablar con el cretino del maestro de ética"
contestó mientras se hacía una cola en el cabello, alzando para ello sus brazos,
acentuando a su vez sus pechos que, inusualmente, ahora estaban dentro de un
sujetador. Ella, según entendía, no usaba sostén por convicción feminista, por
ello, no dejaba de sorprenderme que ahora portara una de esas prendas, y no sólo
eso, sino que era de esos diseñados para darle volumen incluso a la llanura más
árida.


"¿Y para hacer eso necesitas ir tan guapa?"


Ella volteó y disolvió su sonrisa por un breve segundo, me
miró a los ojos con los suyos como dagas y me dijo: "Mire camarada, ¿No estará
creyéndose que soy de su propiedad, cierto? No te van los celos"


"¿Cómo sabes que no me van los celos?"


"Fácil, lindura, porque me has elegido a mi por novia, y a mi
me choca que me celen"


"Es una buena razón. ¿Quieres que te acompañe?"


Me miró con una mezcla de lástima y simpatía que por sí sólo
contestaba que ni en sueños, sin embargo, tuvo la delicadeza de decirme "No
gracias. Tu confía en tu chica"


"Si. Confío"


"Vuelvo con un cien, ya verás"



Me quedé en la casa de estudiantes. Triste. Deprimido. Solo.
Enfurecido e impotente. Confiaría en que no se entregaría a aquel imbécil, al
cual me había tocado ver alguna vez, flaco y como muerto. Tomé un portarretrato
que tenía sobre el buró de mi habitación, en él yacía una foto que le había
tomado a Argelia, de espaldas, con sus hoyitos a flor de piel, sus caderas
enfundadas en un pantalón de mezclilla elástica, ajustadísimos, delante de un
fondo blanco, con sus brazos alzados y doblados en forma de estar presumiendo
musculatura , volteando hacia atrás, con esa sonrisa eterna que me subyugaba y
con su mirada única. Coloqué la foto sobre un clavillo que había sobre la
cabecera de mi cama y me arrodillé ante ella como si le rezara. Abrí la bragueta
de mi pantalón y comencé a masturbarme viendo la foto. A tres muñequeos tomé la
acertada decisión de que, si me iba a sentir miserable, lo iba a hacer bien.
Dejé de masturbarme y fui a la habitación de Argelia para tomar de su cajón el
lubricante. Me entristeció aun más ver en su cajón una caja de condones, dentro
todavía de una bolsa de plástico y con una tira de caja registradora grapada.
Nosotros no usábamos condones. Fisgoneé los datos de la tira, Farmacias México,
del 12 de abril, ¿las mercancías?, una caja de condones y un tubo de lubricante.
Bueno, al menos la fecha de compra era de tres semanas antes de que nos
conociéramos. Pero la cajilla de preservativos me retumbaba en la cabeza y me
susurraba que ella no era mía. Al despedirse me llamó camarada, como si
perteneciéramos al partido comunista, y en su voz lo único que me sonaba
comunitario era su cuerpo, su sexualidad. ¿Cómo sacó el tubo de lubricante sin
romper la bolsilla de plástico o desengrapar la tira de la registradora? Lo
ignoro. Me enteraba que era maga.



Me fui a mi habitación más miserable que nunca y retomé mi
posición de devoción. Ya de plano me quité los pantalones y la trusa. Así, de
rodillas, me puse lubricante en la verga y comencé a cascármela. Mientras lo
hacía sobrevino a mí el más absoluto sentimiento de fidelidad que un hombre
puede dar a una mujer, la de su mente, pues ahí, pudiendo poseer a la mujer que
mi fantasía dispusiera, la elegía a ella. Fui feliz apretándome el tronco del
pene con la mano derecha y ahorcándome los huevos con la izquierda, echando a
hervir el semen dormido. Mi frenesí fue tan ciego que de rato no sólo mis manos
estaban dando estirones firmes y acompasados, sino que mis caderas comenzaron a
responder, independientes, embistiendo a la nada, a la escasa vulva que ofrecían
mis manos y la presión atmosférica. Jadeaba con los ojos abiertos y fijos en la
foto, pero con mi alma viendo una película mucho más rica en imágenes y sonido,
en la cual representaba la imagen de Argelia abierta en compás, con su sexo
lleno de vello, carnoso, caliente y húmedo, recibiendo mi miembro; la imagen de
sus pechos con los pezones muy erguidos; el eco de sus gemidos y sus gritos, con
la imagen de esa sonrisa suya de estar experimentando un orgasmo perpetuo, la
fragancia de el aire que emana cuando exhala por su nariz, con un olor fuerte a
su interior y reminiscencias de fuego y yerba; se agolpan también las imágenes
se su boca devota mamando con el mayor profesionalismo, la imagen de su mano
tratando mal mi verga, como si se tratase de un animal que ha atrapado y al cual
desea amaestrar para su propio placer, sujetándolo en un puño fortísimo y
mirándolo con la piedad que se mira a algo muy nuestro, lanzando su condena de
placer. Y luego, rebelde como es, su imagen escapa de mi control y voluntad y
comienza a hacer cosas a mis espaldas. La miro entonces con su minifalda y su
blusa, está de rodillas, miro su cola en el cabello, veo en mi mente como el
asqueroso maestro de ética la toma de esa cola del cabello para manipular la
boca de Argelia mientras ésta le come su verga, veo como él le pide que le lama
los testículos y ella comienza a hacerlo con descaro, metiéndose los peludos
huevos en la boca para jugar con ellos con su lengua y labios. Me aqueja en la
frente la sensación de que ella lo está disfrutando. En mi mente ella se gana su
cien en ética ofreciéndole a aquel bastardo sus nalgas de yegua, dispuestas a
dejarse empalar. Y entonces momentáneamente estoy ahí, en el privado de la sala
de maestros, como un fisgón infeliz, viendo cómo el maestro le mete su miembro
en medio de movimientos torpes. Ella, decepcionada de la inexperiencia del
escuálido maestro, lo tiende en su silla ejecutiva y lo comienza a montar, la
verga del maestro, seguramente blanda, se retuerce como un gusano barrenador en
la carne de ella, quien se golosea en su propia putedad metiendo en su cuerpo no
sólo la verga del maestro, sino que le pide que le meta también un par de dedos
en el culo, para siquiera sentir un poquito, y yo imagino por instantes que soy
él, que soy yo quien la fornica y le mete los dedos en el culo. En ese momento
todo mi ser se estremece porque comienzo a eyacular por envidia. El cristal del
portarretrato me da cuenta exacta de mi mueca animal, brutal y triste,
reflejando mi cara de quien preña el viento, con los labios abiertos en algo que
no es una sonrisa, con los dientes presionados unos contra otros, como si en
medio estuviese el corazón de aquel maestro de ética. El semen brotó
abundantemente y de manera tan violenta que llegó incluso a dolerme, y más aun
porque escuché la puerta abrirse, y tras ese fondo musical, un solo de tacones
de Argelia, el bellísimo sonido que sus tacones hacen a fuerza de sostener
aquellas piernas preciosas y obedecen su ritmo de moverse, con un sonido de
presión y ritmo que reconocería entre miles.



Inhibido por el estertor que me había producido aquel orgasmo
me limpié la mano y el sexo de manera muy torpe. Intenté pararme pero mis
piernas estaban dormidas debido a que, hincado como estaba, había obstruido mi
circulación. Me erguí un segundo sólo para caer después en medio de un calambre.
Tirado en el suelo como estaba, me comencé a vestir con toda la prisa de que era
capaz. Argelia había llegado y no quería yo que me viese en ese estado, recién
descargado por una puñeta, con esa mirada de perro que sabe que se ha cagado en
la orquídea de la ama. Me acicalo de la manera más inexperta y me siento sobre
la cama aguardando el instante en que Argelia toque mi puerta y yo le abra, yo
le abra y ella note algo raro, note algo raro y yo anticipe su pregunta con una
respuesta, una respuesta que ella tildará de mentira, mentira que me colocará a
mi en posición de traidor que oculta algo, ocultar algo, una acción que ella no
tendrá que hacer a estar yo en la lona y ella encima, yo apenado por lo que he
hecho, ella fuerte y con ventaja de tomar por tema mi vergüenza como estrategia
para no discutir la suya, esa que sin duda debiera de tener luego de ganarse su
cien de ética.



Pero nada de eso pasó, la música del tamborileo de sus
tacones, esos que me hacen imaginar sus piernas y seguirme de largo hasta casi
oler su sexo, no se inclinó hacia mi puerta, sino lo contrario, se fue a su
cuarto, y más que a su cuarto, a su baño. El chillido de la regadera me enseñó
que, al menos físicamente, se sentía sucia.



Me quedé largo rato esperando sentado sobre la cama. Un
chillido de la llave me avisó cuándo terminó de bañarse. Conozco tanto a Argelia
y la he visto bañarse tantas veces que mi mente seguía cada paso de su aseo,
como en play back, y terminó de bañarse justo cuando yo lo supuse, imaginé sus
movimientos y como se vestía, ahora parecía escuchar otro sonido, el de sus
talones. Nuestras habitaciones son vecinas, podría dispararle desde mi
habitación sin ver, sólo suponiéndola a partir del rumor que su existencia hace
mediante infinidad de sonidos, sus talones, su tos, su respiración, guiarme por
esas pistas, le daría entre ceja y ceja, o en pleno corazón. No se necesita ser
un genio para saber que el vecino del otro cuarto es testigo fiel de cada cosa
que hacemos, pues ha de escuchar, como yo lo haría, hasta el sonido que hace una
verga al meterse lentamente en un ano.



Pero no llamó a la puerta cuando lo pensé. Pasaron antes unos
minutos de silencio en los cuales sólo percibí un eco lejano de unos dedos que
esparcen partículas verdes en el centro de un grueso tomo de ética. Tanta
ansiedad me dejó en claro una cosa: Yo le pertenecía ya completamente, y ella a
mi no. Estaba lánguido en la palma de su mano, impotente de quejarme, impotente
de discutirle, impotente de enfadarme, pues cualquier cosa que sucediera era
suficiente para mi si garantizaba que ella me quisiera. Fue una pesadilla
personal que se disolvió cuando escuché que tocaban a la puerta. Sabía que era
ella. Abrí. No me inquirió ni jugó a la culpa como yo supuse, tampoco me
preguntó qué hacía. Con su sonrisa, la de sus ojos, me conmovió al instante,
luego la de su boca. Me inauguró como parte de su propiedad. Me dijo:



"¿No quieres un churrito?"


"Lo necesito."


"Ven a mi espacio" Su deseo era una orden para mí.


"¿Cómo te fue con el maestro de ética?"


"¡Bah! El maestro es un pendejo."


"¿Obtuviste tu cien?"


"Por supuesto."



Iba a preguntar alguna otra cosa, pero ella puso su dedo
índice en mis labios y me acercó el cigarrillo. Me bebí todo el humo. Luego me
la bebí a ella. Todo había pasado, menos mi convicción de pertenecerle.



Así transcurrió el tiempo, en forma dichosa. De hecho la
dicha tuvo algún tipo de efecto aligerante, pues para cuando menos pensé, ya
había transcurrido más de un año de mi llegada, que había sido un día primero de
mayo, casi el mismo tiempo que llevábamos Argelia y yo de estar juntos. Durante
ese año habíamos hecho el amor de manera muy constante, quizá en promedio de
cinco días por cada siete, sin contar en esta estadística los días en que tenía
menstruación, una semana que se puso muy mal por comer unos tacos de la calle, y
los periodos en que ella y yo permanecíamos separados por atender asuntos en
otras localidades, que duraban por lo común cuatro o cinco, aunque uno de esos
periodos duró veinte días. Yo la verdad no sé cómo explicarlo. En las
concentraciones de estudiantes revolucionarios había mucha facilidad para tener
sexo con compañeras de otras localidades, básicamente porque las tomas de
oficinas públicas o universidades están plagadas de tiempo libre para los
manifestantes. El ocio te lleva a buscar la forma de matar el tiempo, y una
buena forma era fornicando. Yo en cambio, no sucumbí fácilmente a la tentación
de poseer compañeras de lucha civil de otras regiones, de hecho sólo una vez, en
todo este año, lo hice con una mujer distinta a Argelia, y eso porque se trataba
de una tabasqueña buenísima a la que yo le caí muy bien. Desgraciadamente mi
actitud huraña hizo que nos pudiéramos entender ya al final de aquella toma de
las oficinas de la Secretaría del Trabajo, cuando se resistió el gobierno a
aumentar el salario a los trabajadores del metro. Vale decir que fue un tanto
decepcionante ese encuentro. Yo suponía que todas las mujeres eran más o menos
como Argelia, sexualmente muy emprendedoras y en definitiva viciosas de la
verga. ¡Qué equivocado estaba! Esta chica, aunque bella, era más bien pasiva. Me
supo a cadáver. Fuera de esa vez, aprovechaba de estas salidas para reposar un
poco mi pobre pero gozosa verga, que de tanto cilindrar a Argelia se encontraba
inmersa en una sensación de dolor permanente. Un dolor delicioso, hasta eso.
Supongo que en las tres veces que se ausentó Argelia por motivos similares, ella
aprovechó a su vez para dejar descansar sus caderas, y estando yo fuera igual,
pues seguro que no se acostaría con los cretinos de la Emiliano Zapata.



Uno despierta por la mañana y realmente desconoce si a lo
largo del día conocerá a una persona que venga a cambiarlo todo. Hay días,
semanas y meses terribles. Se nos comunicó que en nuestra ciudad iba a haber una
movilización muy fuerte, la primera razón para hacer esa movilización era para
dejarle bien claro al gobierno que el pueblo no estaba contento y que ya
estabamos hartos de tanta injusticia, enfermedad y hambre, que ya estábamos
hartos de tanta corrupción y tanto abuso, de tanta represión a los ciudadanos.
Dado que nuestra causa era justa, la haríamos coincidir con el 10 de junio,
fecha de conmemoración de la matanza de estudiantes ocurrida en los setentas en
Michoacán. Esta movilización se haría en la ciudad de Morelia.



Había un apoyo muy extraño. La gobernatura del estado recaía
en un funcionario que no era del mismo partido político que la mayoría del
congreso local, esto causaba grandes desavenencias. El gobernador era bastante
malo, pero parece que el ciudadano común estaba hipnotizado por una historia
diferente, pues lo tildaban hasta de justo. A nosotros, el congreso local nos
había rentado una enorme casa que quedaba a las afueras de la ciudad para que
llegáramos ahí a dormir, y por qué no, pasar algunos días ahí. La casa tenía
amplios jardines y hasta alberca. La idea era abrirle los ojos a la población,
que vieran que su gobernador no tenía tacto político para atender problemas como
el que nosotros, técnicamente, íbamos a hacer. Tomaríamos la casa de gobierno y
la avenida principal, armando un caos que reflejara el caos del gobernador.



Eso no es lo relevante, lo relevante era que para infundirnos
todavía de más espíritu de lucha y de revolución, nos visitaría Rosso. ¿Quién
era Rosso? Nadie sabía su nombre real, el mote venía por el lado de que él era
pelirrojo y de ascendencia italiana, entonces, en vez de decirle rojo, le decían
Rosso, es decir, lo mismo pero en italiano. Rosso había estado en la Plaza de
Las Tres Culturas la noche del 02 de octubre de 1968, es decir, la noche de la
matanza de Tlatelolco, que es ni más ni menos que el más brutal ejemplo de
represión estudiantil. Él había sido un luchador en ese entonces y lo era aun
hoy. Su persona estaba rodeada de toda serie de mitos, siendo el más fuerte el
que varios falsos camaradas, al ver la violencia, abandonaron sus mochilas que
contenían propaganda impresa y fondos económicos que habían sido recolectados, y
él, se adentró en el fuego cruzado, o ni tan cruzado, pues sólo los asesinos
disparaban, y cargó el solo hasta cuatro maletas, dando una muestra heroica de
compromiso con los ideales de la revolución.



Cuando llegamos a la casa de Morelia, todos estábamos muy
excitados de saber que veríamos en persona al célebre Rosso. Sentí un poco de
celos porque Argelia había forjado un cigarro de marihuana con un papel
especial, y había seleccionado sólo las mejores hojas, y lo tenía reservado para
que lo compartiéramos con aquella leyenda viva de la contra.



Rosso llegó. Tenía 47 años ahora, a los 17 le tocó ver la
muerte por primera vez. Le acompañaba un hombre mayor que él, de unos 50 años,
que llamaba la atención por su estatura y sus gafas negras que hacían concluir
que era ciego. Rosso era de complexión más bien regordeta, y su cabello era
todavía rojo, aunque con algunas canas, su piel era tostada. Se organizó una
fogata en el jardín de la casona y tuvimos la suerte de sentarnos junto a ellos.
Esa noche, Rosso nos narró cómo había visto él, con sus propios ojos, lo
ocurrido aquella triste noche, obviamente nos contó el incidente de las
mochilas. Yo sentí celos de ver con cuanta admiración miraba Argelia a este
sujeto. Si bien yo lo respetaba y me sentía honradísimo de conocerlo, sentía
celos sólo de saber que nunca había yo provocado aquella mirada en Argelia.
Ella, dijo no sé qué estupidez sólo para alabar a Rosso, dijo:



"Es fascinante todo lo que dices, en serio. No nos irás a
desairar un cigarrito, ¿Cierto?" y como maga que era, de su manga extrajo el
churro de mota. El Rosso sonrió y dijo "Haré lo que sea que me hermane con
ustedes. Ver tanta juventud entusiasmada con los ideales del cambio y de la
resistencia me conmueve, me hace sentir que los años no transcurren en quien
tiene el espíritu fuerte, que mientras tengamos sangre de revolución en nuestras
venas, el entusiasmo ha de ser como el del primer día. Claro que fumaremos. Será
nuestro pacto, nuestro ritual."



El ciego, que también formó parte del movimiento y estuvo en
la noche del 02 de octubre, era mucho más discreto. Su historia había sido
distinta, él no pudo ver nada, sólo escuchó, y le perdonaron la vida porque los
hampones consideraron que ciego estaba medio muerto. Le llamaban El Monje, pues
según esto meditaba. Vaya mote más cínico.



A la mañana siguiente, un día antes de la movilización, Rosso
pasó cerca de donde estaba yo y me preguntó:



"Tu has de ser Pépe, el novio de Argelia, ¿Cierto?"


"Si"


"Tengo una misión para ti. Es muy importante para la causa
que la cumplas fielmente. Muchas cosas dependen de ello. Deberás salir de aquí a
las tres de la tarde y montar guardia afuera de las oficinas del procurador de
justicia. Es un miserable de gran estatura, toma, en esta foto verás de quién se
trata. Detrás de su oficina hay un lote baldío al cual te puedes adentrar, pero
con ropa gruesa porque hay muchas espinas, ahí, hay un árbol al cual podrás
subir. Desde ahí se verá la ventana de su privado, nunca la cierra. Necesito que
te quedes ahí a observar desde las tres hasta las diez de la noche. Es
importante que permanezcas ahí y que nadie te vea. Necesitamos saber si le
llevan a su oficina un embarque de armas, pues es muy posible que se las lleven,
y si lo hacen, habrán problemas el día del mitin. Tu lo notarás muy rápido, pues
verás que le llevan a su privado unas treinta o cuarenta armas, probablemente
llegue el mismo número de francotiradores, y es probable que incluso los retenga
ahí para darles instrucciones. Si eso sucede deberás, llamar por teléfono a este
número –me lo extendió en un papelillo- y ya te indicaré si debes regresar
todavía o no. No vengas sin llamar. Si te atrapan, es preferible que tragues el
papel. ¿Te sientes lo suficientemente comprometido para hacer eso por todos
nosotros?"


"Si" contesté con orgullo aunque no sin algo de temor.


"Tu eres de los míos. De estar en Tlatelolco tu también
hubieras sobrevivido"



Llegada la hora me marche al sitio que me fue indicado y
comencé a vigilar. El procurador entraba y salía muchas veces de su oficina.
Tenía todo el porte de la autoridad pero en el fondo no parecía mala persona.
Una de esas veces salió y se ausentó por largo rato. Una mano me tomó por el
hombro y me tumbó de la rama en la que estaba sentado. Caí de nalgas y levanté
la vista, asustado, para encontrarme con la incisiva mirada, ni más ni menos que
del procurador. Es fecha que no me explico cómo llegó hasta mi sin hacer ruido,
sin contar que yo nunca soñé siquiera que alguien tan formal, con esa ropa de
tintorería, se metiera a este lote baldío y mugroso, y además que, sin saber si
yo estaba armado o no, me tumbara de un jalón sin hacerse acompañar de ningún
guardia. Yo quise llevarme el papelillo del teléfono a la boca, para lo cual
quise meter la mano en la bolsa de mi saco, pero él no me lo permitió, ante la
amenaza de que yo extrajera cualquier cosa, desenfundó una arma automática y me
encañonó justo a la cara.



"Ni lo pienses –dijo- ¿Quién te envía?-


"No puedo decirlo"


"Déjate de pendejadas o te mato aquí mismo"


"Tendrá que matarme"


"No es necesario. Olvidaste sacudir tu saco, y en él traes un
horrible cabello pelirrojo. De manera que el pinche rojo quiere venir a joder a
mi ciudad otra vez. No necesitas decirme nada, les conozco a todos ustedes, son
unos miserables predecibles."


"No somos esclavos" dije un poco resignado a morirme.


"Te diré que miserables como tu no sólo son esclavos, sino
que son esclavos de esclavos. Yo te pregunto, ¿Tienes novia?"


Yo me sorprendí de su pregunta, sin embargo le contesté
afirmativamente.


"¿Y está buena?"


"Si"


"Pendejo. En estos instantes el pinche rojo le está metiendo
la verga por todos los agujeros que le quepan, mientras estás tu acá pasando
hambre y espiándome como el maricón que eres. ¿No sospechaste nada? El rojo
todavía coje, sin duda, y si no coje ya, no le vendrá mal ver que otros lo hagan
por él. Piensa. ¿Era necesario que vinieras acá a espiarme? ¡Cuánto tiempo debes
espiarme, dos, tres horas? Por favor. Crees que algo importante lo voy a hacer
ante las narices de todos. Créeme. Esta misión no tiene otro fin que el que te
alejes para que no estés molestando mientras se joden a tu noviecita. Déjame
adivinar, ¿Tienes que llamar o avisar de algún modo tu regreso? ¡Qué infantil!."


"Si me va a matar máteme, pero no se burle"


"No mereces, por ahora, otra cosa. Lárgate de aquí. Díle al
pinche rojo que en este mundo no cabemos los dos, que ya no le quedan muchos
lugares donde se esconda."



Me retiré del lugar, agitado y convulso. Desde luego no llamé
para avisar mi regreso. Tiré el papelillo del teléfono. Llegué a la casona y el
ambiente estaba demasiado sereno, como si no hubiese nadie en casa. Pero si lo
había. A lado de una cortina de carrizos estaba un grupo de compañeros haciendo
una fila extraña, uno de ellos se sobaba encima del pantalón su verga. Todos
miraban hacia dentro del espacio que ocupaba una enorme sala. La sangre se me
volcó de pies a cabeza, un dolor en las sienes me aquejó de manera instantánea.
Esperaba ya lo peor.


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Relato: Radicales y libres 1998 (2)
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