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Relato: Estrenando tu culo



Relato: Estrenando tu culo

Tu cuerpo está palpitando de deseo, noto tu ansiedad, que no
es menor que la mía. Debo controlarme con un resto de cordura antes de que el
instinto me obligue a abalanzarme sobre ti.


El espectáculo de tus muslos abiertos, de tus nalgas abiertas
por tus manos y el oscuro agujero de tu ano, contrayéndose y guiñándome su ojo
ciego, hacen que me enardezca, me excite hasta casi olvidar la ternura. Algo en
mí desea tomarte con violencia, sin miramientos. Quiere que te penetre sin más,
hasta satisfacer salvajemente el deseo que dirige mi entrepierna, que levanta mi
pene como el hocico de un depredador, buscando una presa, amenazando un
estallido de violencia seguido del silencio y el olvido.


Pero la suavidad de tus costados, la piel perlada de sudor de
tu espalda y la mirada que me dirigen tus ojos, entre el pelo desordenado, la
boca entreabierta, me dan la clave para que la cordura vuelva a mí. Me hace
sentirte como mujer, no como mero objeto de mi pasión. Y a la vez me desvela tu
imagen de hembra anhelante, de mujer amante primigenia.


Te levanto de la alfombra. Te pegas a mis labios como si
fuera el último acto que fueras a cometer en esta vida. Nuestras lenguas se
enroscan y restallan, buscando absorber al otro. Te tomo en mis brazos y te
levanto del suelo, adelantando mi pelvis y pegando mi pene a tu vientre.


Alzas las piernas y rodeas mi cintura. Siento tu humedad en
mi polla que queda justo debajo de tu coñito y sestea entre tus nalgas, quizás
tocando levemente el botón oscuro de tu ano.


Me muerdes en el hombro y clavas tus dientes sin piedad. Lo
que normalmente sería una salvajada mi cuerpo lo analiza como una parte del
ritual amatorio y, en vez de provocar un rechazo, es sólo una señal de la pasión
que te embarga y me calienta aún más.


Clavo mis dedos en tus nalgas y te alzo más arriba. Giro por
el salón llevándote como una pluma. Aplasto tu cuerpo contra la pared y mi pecho
se funde con el tuyo, como si quisiera romper tus huesos cuando, en realidad, lo
que quiero es fundirme contigo, visceralmente, con piel, entrañas, uñas...


Me muerdes otra vez y hasta me tiras del pelo en tu frenesí.
Recorres mi cuello con tus labios y buscas mi oreja. Siento tu respiración
agitada y ronca. Separo tus nalgas y en mi mente imagino tu ano abriéndose aún
más, dejando escapar gotas de la vaselina que te apliqué y de la saliva que
ayudó en la penetración de mis dedos.


Me vuelve loco la imagen de tu culito. Y te llevo por el
pasillo, golpeándonos con las paredes, y enfilo el dormitorio. La cama, grande,
vacía, con la ropa desordenada, es la meta donde te voy a depositar.


Te dejo caer en ella y el somier cruje por el impacto. De
inmediato me tumbo sobre ti y busco tus labios, los muerdo, meto mi lengua en tu
boca, repaso tus dientes, la llevo debajo del tu labio superior mientras mis
dedos pellizcan tus pezones y la otra mano toma posesión de tu clítoris.


Un fuerte gemido escapa de tu boca. Tu espalda se arquea y
formas un puente en el colchón, los talones y tu cabeza son las únicas partes
que contactan con la cama. Mi peso te empuja hacia abajo y la urgencia de mi
polla se hace insoportable. Levanto tus piernas y llevo las rodillas a tus
hombros. Tus pechos se mueven libres, los pezones dilatados y duros.


Ahora tu coñito es una invitación prominente. Separas los
labios con tus propios dedos y tu mirada se vuelve lasciva.



Mira... mira... - me dices con voz ronca y proyectas tu
pelvis hacia delante mientras me muestras tu cueva rosada.



Meto mi pulgar derecho en tu boca y lo chupas como si fuera
una polla. Lo llenas de saliva y tu lengua culebrea en torno suyo. Lo saco y lo
dirijo a tu culo. Penetro tu ano lentamente con él. Un nuevo gemido escapa de
tus labios mientras cierras los ojos...


Podría penetrarte desde atrás, a cuatro patas, pero quiero
ver tu cara cuando desvirgue tu ano... quiero penetrarte desde delante, con la
flor de tu coñito abierta sobre tu ano y mi polla fundidos en uno.


Escupo en la palma de mi mano, pero mi boca está casi seca
por la excitación, mi respiración es trabajosa, como si hubiera hecho un
tremendo esfuerzo. Sin embargo eras ligera como una pluma cuando te cargaba por
el pasillo. No tiene nada que ver con el cansancio, sino con el deseo casi
animal que me inunda.


Llevo a mi polla la poca saliva que he podido reunir y cubro
con ella la cabeza, todo el glande aparece hinchado, rojo, a punto de estallar.


Te das cuenta de que ha llegado el momento que deseabas. Hay
un destello de miedo en tu mirada, pero también de determinación y urgencia.


Pasas tus manos por tus corvas y mantienes las piernas
alzadas, medio abiertas. Es la postura primigenia del parto. Pero en vez de eso
voy a penetrarte, vamos a hacer un camino inverso y por otro agujero, no menos
sagrado.


Tomo mi polla y la dirijo a la entrada de tu ano.


Apoyo justo la punta y mientras dilato tu ano con mis dedos.
Esta manando líquido, viscoso, caliente.


Presiono levemente, el esfínter comienza a abrirse y tu
cuerpo se tensa por el primer chispazo de dolor y sorpresa. La invasión continúa
muy despacio. Sé que es difícil acogerme, aunque sea lo que estás deseando. Una
capa de sudor en tu frente y sobre tus labios me dice que te esfuerzas por no
gritar. Cierras tus ojos brevemente y levantas aún más las piernas. Aprietas los
dientes y gruñes:


- Entra...., entra..., fóllame el culo...


Aprieto un poco más y todo el glande entra. Noto una
convulsión en tu recto. El esfínter se dilata todo lo que da de sí. Es el
momento crítico, cuando en tu mente una voz pide que salga desesperadamente y
quiere que la tortura acabe. Sin embargo otra, creciendo en intensidad, se
sobrepone al dolor y al instinto de conservación y pide que me recibas en
plenitud.


Te miro fijamente a los ojos. Espero tu decisión. Y tu mirada
me dice... ¡adelante!.


Entro un poco más, muy despacio, intentando que tu angosto
conducto se adapte a mi volumen. Paro. Me retiro apenas medio centímetro. Noto
la presión de las paredes y, cuando siento que se relajan, empujo de nuevo. Un
grito ahogado escapa de tu garganta, mitad dolor, mitad triunfo, cuando te
anuncio que dos terceras partes están ya dentro.


Aún no estás preparada para sentir placer con la penetración
anal, lo sé. Pero en este momento puede en ti la satisfacción de estar siendo
perforada, de iniciar un camino en tu sexo, de sentir que un día podrás
disfrutarlo tanto como por tu coño, aunque ahora esté doliéndote más que cuando
perdiste tu virginidad por delante. Aunque te hayan dicho que eso es sucio; que
sólo debe usarse para una función "natural" de expulsión de heces; que sólo las
putas desean ser enculadas. Tu instinto femenino está triunfando y con una
mirada directa me pides más, que entre más profundo, quieres vencer...


Y te penetro. Más adentro, más profundo...


Acaricio tu clítoris y siento tu coño más grande que nunca,
más jugoso, más cálido.


Tu cuerpo se empieza a mover, muy despacio, reacciona ante
los dos estímulos contradictorios: el fuego placentero en tu coño y el fuego
lacerante en tu ano.


Ninguno es más fuerte que el otro, son distintos, pero en tu
cabeza se están uniendo y ya pierdes la conciencia del origen de las
sensaciones. El morbo de sentir tu culo penetrado se engarza sobre el placer que
te proporciona tu clítoris y tu coño hasta que el dolor en tu ano pasa a un
segundo plano. Y un orgasmo pequeñito quiere asomar en tu pecho. Y me pides que
te de fuerte, que te folle, que no me importe si te hago daño.



Voy a llenarte el culo de leche, cariño...



Y esta sencilla frase hace rebosar tu instinto de hembra
caliente. La idea de mi leche llenando tu conducto trasero dispara el resorte.
Una vez más la imaginación y el morbo dominan el cuerpo.


Y mientras mi polla deja escapar semen en tu interior, en
disparos intermitentes, en la oscuridad de tu ano, tú te corres, gritando y
arañando mis brazos.




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Relato: Estrenando tu culo
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