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Relato: Despedida de soltero en el sofá verde





Relato: Despedida de soltero en el sofá verde


DESPEDIDA DE SOLTERO EN EL SOFÁ VERDE




Esa noche mi amigo Miguel tenía la última oportunidad de
divertirse en libertad con los amigos. El pobre, desde el día siguiente, pasaría
a ser un hombre casado y cazado. Para colmo de males, a Mónica no la aguantaba
nadie. Producto de tener un cuerpo de lujo, se acostumbró desde pequeña a
dominar a todos los hombres, humillarlos y torturarlos sicológicamente. En mí
ella no tenía ningún efecto porque no me gustan las minas. Y menos de ese tipo.
Pero seguía siendo mi amigo. Si quería cagar su vida con la arpía, allá él. Yo,
por mi parte, le organizaría la mejor despedida, para que le fuera inolvidable.


Hace muchos años, cuando estábamos en el colegio, tuve un
leve roce sexual con Miguel. Mientras yo estaba en las duchas, él se acercó por
atrás y me besó en la boca. Luego, me jaló la verga hasta que exploté. De ahí se
retiró y nunca volvimos a hablar del tema.


Además de nosotros, también acudiría a la celebración
Benjamín, un judío amigo de pelo rubio, crespo y corto, y pectorales gigantes;
René, un mestizo de labios anchos y miembro descomunal, y Tommy, un descendiente
de ingleses con cara de niño, de baja estatura y profundos ojos azules. Yo, por
mi parte, el único gay del grupo, aunque no declarado, soy un hombre alto, de
ojos verdes, cara de malo, corte de pelo como melena y físico preparado en
muchas horas de gimnasio, ciclismo y natación. Mi nombre es Antonio. Todos
habíamos sido compañeros de colegio, del cual salimos hace menos de un año. Mis
compañeros estudian diferentes carreras y subsisten del suministro de sus
padres. Yo, en cambio, poseo un pequeño departamento y una renta mensual,
herencia de una tía vieja. Hay que señalar que siempre fui considerado el líder
del grupo y el que organizaba los carretes del fin de semana.


Como Miguel me pidió que yo organizara la fiesta, compré
varias latas de cerveza, algunas bebidas y muchas botellas de pisco. Luego, me
acerqué al centro de eventos para ver que me sugerían. La propuesta básica era
un set de tres vedettes de grandes senos de silicona. Pero en el mismo folleto
que veía aparecía un muchacho de unos veinte años, vestido con un soutien de
tigre y corbata humita. Pregunté a la encargada por él y me dijo que el paquete
de los cuatro sería bastante conveniente económicamente. Entonces me decidí y
preparé la táctica y la estrategia de lo que mi maquiavélica mente me sugería.
Total, al momento final ya todos estarían borrachos...


Yo trancé con la agencia de espectáculos una condición de
"sin límites", en relación con el muchacho de la piel de tigre, lo que me costó
un palo más en billetes. Pero confié en que sería una buena elección.


A las doce comenzaron a llegar los comensales a mi
departamento que, si bien no era excesivamente amplio, estaba bien para un
pequeño show. Tenía pocos muebles, excepto un gran sofá forrado en terciopelo
verde, que venía con el inmueble. Pronto empezaron las tallas y, a medida que
corría el alcohol, las lenguas se soltaban. Yo, sin embargo, a pesar de que
todos creían que tomaba piscola, sólo bebía gaseosas, para estar plenamente
consciente de la situación. A la una ya estaban mis cuatro amigos borrachos y
declarando lo mucho que se apreciaban mutuamente. A la una y media llegaron
ellas. Mis amigos aullaban como lobos mientras las minas les pasaban las tetas
por la cara. Yo, sólo sonreía y me relamía con lo que iba a suceder según mis
planes. Miguel se acariciaba la bragueta y babeaba sobre una rubia. La música
contribuía a crear el ambiente de atontamiento que yo necesitaba. Pero las
vedettes tenían que seguir con sus negocios y se fueron prontamente.


Los comentarios sobre lo calientes que estaban y lo buenas de
las minas fueron creciendo.


-Se acuerdan cuando estábamos en el colegio y nos corríamos
la paja con unas revistas viejas –dijo René, uniendo los comentarios de
añoranzas a lo que ahora sentían.


-Claro –dijo Miguel,- ¡qué tiempos aquellos!


-Pero no tienen por qué morir –asentí y todos se quedaron
mirándome.


Sin decir ninguna palabra saqué afuera mi culebra, mientras
ellos me observaban fijamente. En eso, sonó el timbre. Me arreglé y dejé entrar
a Valentín, el joven striper.


-Muchachos, les presento a Valentín, un artista que tiene
mucho que mostrar.


Todos saludaron efusivamente. El muchacho en cuestión era un
rubio bastante alto, de rostro agradable, afeitado al ras, con ojos cafés y
mirada hipnotizadora. Vestía deportivamente y llevaba un bolso de mano. En su
ceja se veía un aro de oro.


-¿Dónde me cambio?


Lo dirigí hacia el baño y me enfrenté a mis amigos, que por
borrachos que fueran ya debían estar sospechando algo distinto.


-Lo que viene ahora es un espectáculo mucho más fuerte –les
dije.- El que no esté preparado puede retirarse, porque lo que sigue es solo
para valientes.


-¡Yo me quedo! –dijo el novio acariciando su bragueta.


No sé si estaba excitado por las minas o por el huevón que
recién había llegado, pero el bulto era notorio en sus jeans. Y como el
festejado se quedaba, todos decidieron que eran del mismo parecer.


Los senté en el sofá y les dije que no debían moverse de ahí.
Decidí ante su pasividad, entonces, que sería bueno esposarlos al fierro que
pasaba por atrás del mueble. Así, los cuatro quedaron con las manos unidas por
detrás, en una posición algo incómoda. De izquierda a derecha, estaban René,
Benjamín, Tommy y Miguel. La situación me estaba calentando a mí. Abrí la camisa
de René y acerqué la lengua a su pezón oscuro. Entonces sentí que la puerta del
barrio se abría, por lo que conecté el equipo de música mientras aparecía
Valentín vestido como un obrero de la construcción.


Sobre su hermoso rostro había un casco de color amarillo. Su
torso estaba cubierto por una ajustada camisa de franela escocesa roja con
verde, a la que le habían sacado las mangas para que lucieran los músculos de
los brazos. Tenía puestos un par de bototos y unos jeans gastados y con
agujeros. Yo me senté en un brazo del sofá y continué acariciando un pezón de
René, que no podía evitar maullar. Él era el que siempre aparentaba ser más
heterosexual, pero estaba cayendo redondito en mi juego. Ante la luz indirecta
de la lámpara de pie, Valentín se movía erotizando el ambiente, meneando sus
estrechas caderas y prominentes nalgas. Se sacó el casco y lo puso sobre el
desordenado cabello negro de Miguel. Introdujo su mano por la polera de mi amigo
y apretó fuertemente un pezón, sin dejar de moverse y provocar. Yo veía cómo
trataban de soltarse de las esposas para participar del juego con el tacto, pero
también sabía que, al impedir el roce de las manos, cada poro de sus cuerpos se
prendería más. Miguel pegó un gritito agudo y vi cómo Valentín, que se había
sentado en su falda, sacaba la mano con unos cuatro pelos del pecho del
festejado. Nuevamente el bailarín se alejó, seguido de las bocas y ojos de mis
cuatro amigos, y se desprendió lentamente de su camisa. El tono de su piel era
dorado por el contacto con el solarium. Su pecho prominente no tenía ni un solo
vello. Los ojos del muchacho ardían en la danza. Se acercó entonces a Tommy, el
pequeño inglés, y atrajo su cabeza hasta su pezón. El rubiecito mamaba como
loco, llenando de saliva el pecho del danzante, creando un juego de luces
interesante entre la humedad y la lámpara. Nuevamente Valentín tomó distancia
para, de un solo tirón, deshacerse del jean que estaba unido con velcro.
Entonces pude ver en directo lo que ya había visto en fotografías: el soutien de
piel de tigre. Era muy rebajado, formado una v desde sus caderas hacia su pito.
Por atrás, se introducía entre sus nalgas. Ahora acercó su bulto a Benjamín, que
era el único presente que podría competir en el tamaño de sus pectorales con los
del bailarín, aunque todos estábamos bastante bien formados. Mi amigo israelita
sacó la lengua intentando lamer los cubiertos pelos de Valentín, pero sólo
lograba un pequeño roce, por tener las manos amarradas. Pensé que destruiría el
sofá por los intentos que hacía de liberarse. Pero este artista tenía otros
planes, por lo que acercó su culo al moreno René, que logró bajar la prenda con
los labios.


Ante nosotros se bamboleaba ahora un gigantesco mástil de
carne alba. En el pubis, un bigotillo corto de pelos rubios daba un aspecto de
magia de grandes dimensiones al tronco. Los huevos, grandes y de color claro,
estaban depilados. Pero lo que más me llamó la atención era que un aro, similar
al de la ceja, cerraba el prepucio. Se notaba que el bailarín se asoleaba con el
soutien puesto, por las marcas que quedaban. La música –un tema de onda disco de
los años setenta- terminó y se produjo un silencio templado.


-¿Quieren seguir adelante? –pregunté a mis camaradas seguro
de que la respuesta sería afirmativa.


-Esto es bajo su responsabilidad –dije y me acerqué al enorme
miembro de Valentín.


Sé que soy un gran mamador, lo que me llena de orgullo. Lo he
aprendido en muchas noches de estudios teóricos y prácticos. Por eso, no me fue
difícil relajar la tráquea y sumergir el tremendo faro en mi garganta. Los
muchachos dieron entonces vítores; no pudieron aplaudir, lógicamente.


Pensé que ya era el momento de sacar del baúl los juguetes.
Así que me acerqué al oído de Valentín y le propuse algo.


Tenía listo cuatro instrumentos: un consolador negro de
tamaño real (gigante), un set de bolas chinas medianas de color rojo, unas
pinzas anales, transparentes, y un verdadero, común y corriente plátano. Vi en
los ojos de los chicos que iban a protestar y que ya querrían terminar el juego;
pero yo no estaba dispuesto a dejarlos.


-¡No se van a acobardar ahora! ¡Alguno puede decir que lo ha
pasado mal!


Ninguno respondió ante mi grito, pero preferí amordazarlos. A
René y Miguel les puse unas bolas plásticas diseñadas para ello; en cambio con
Benjamín y Tommy preferí la tradicional mortaja de cuero negro. Las ropas de los
cuatro las arrancamos lentamente con unas afiladas gilletes que también había
guardado en el cajón. La aprensión de ser en cualquier momento heridos aguzaba
más sus sentidos. Sabía que la ropa de los cuatro era cara, pero no me importaba
para nada.


Valentín tomó en sus manos el plátano y jugó con él en los
pezones mulatos y apetecibles de René, mientras que con un dedo ensalivado se
divertía con el virgen ano de mi amigo. Luego, acercó la fruta a sus labios
gruesos de antecedentes africanos. El negro intentaba morder, pero el
profesional de la seducción lo alejaba a tiempo. En un pote de crema, untó el
plátano para luego, de un envión, mandarlo hasta su intestino... Así, para que
se lo comiera con cáscara y todo.


Mientras tanto, yo tomaba las pinzas y con ellas iba abriendo
el agujero de Benjamín. Siempre me había gustado su pico sin circuncidar, por lo
que mientras trabajaba el ano, le mantenía erecto con besos y lamidas suaves.
Las pinzas anales, al contrario de las comunes, tienden a abrirse y no a
cerrarse. Al ser transparentes, permiten ver las paredes del ano. Con una
linterna de bolsillo, observé el mundo interior de mi amigo judío. El sudor le
caía por la frente y las mejillas y jadeaba como un gatito pequeño. Con una
pistola de agua jugaba a tirarle agua a presión hacia su próstata y hacia su
rostro y pecho. El choque de agua fría con su temperatura la provocaba espasmos
eléctricos, que hicieron que se fuera cortado sin poder tocarse. Lamí su glande,
estómago y pecho, limpiándolo de semen. Luego, le saqué las pinzas para dejarlo
descansar un momento mientras me acercaba al festejado de la noche, el novio
olvidado de su compromiso al día siguiente.


Mientras, Valentín había abandonado el mete y saca del
plátano en el cuerpo de René, dejándolo dentro, y, bolas chinas en mano, decidió
jugar con el gringo Tommy. Cabe señalar que, si no fuera por las dimensiones
superlativas del miembro viril de mi amigo, cualquiera diría que tiene catorce
años en lugar de los diecinueve reales. Como casi todo en él es pequeño, sus
nalgas parecen dos manzanas muy coloradas y paraditas. El bailarín giró a mi
amigo dejándolo pompas al aire y comenzó a jugar con su dedo meñique lleno de
lubricante. Poco a poco, con un trabajo profesional, fue abriendo su pequeño
agujero, mientras le daba pequeños mordiscos en el lóbulo de la oreja izquierda,
parte especialmente sensible de este niño-hombre. Con el ano ya algo resbaloso,
acercó la primera de las bolas de color rojo al agujero. Tuvo que hacer fuerza
para que penetrara, pero lo logró. Que las otras dos cupieran fue más fácil.
Algo de lástima me daba ver así a mi amigo. Cuando éramos más pequeños yo lo
protegía de los otros compañeros. Pero pronto mi sentimiento cambió al escuchar
que pedía más. Valentín sacó las bolas de un envión, quitó el piercing de su
prepucio e introdujo su propio y gigante pene, que resbaló como si nada.


Puse el gran consolador ante la vista de Miguel y luego le
cubrí los ojos. Quería que todos sus sentidos se centraran en la entrada de su
ano. Acerqué el artefacto que, ante mi sorpresa, se introdujo de lleno y de un
viaje en las entrañas del novio. Una de dos: o mi amigo era un fanático de los
dildos o tomaba por el culo muy a menudo. Empecé a meter y sacar el artefacto,
mientras giraba la palanca que activaba las pilas. Mientras, Benjamín chillaba
con el palo del striper taladrándole la raja; René utilizaba el propio sofá y el
esfínter para hacer que el plátano entre y salga, y Benjamín acariciaba sus
fuertes pezones contra el pecho del moreno.


Creí que ese era un buen momento para soltar las esposas de
René y Benjamín, quienes, viéndose liberados, comenzaron a morderse y arañarse
bruscamente. Pronto, el circuncidado miembro del jacobino estaba reemplazando al
plátano que, ya sin cáscara, devoraba el negro como un festín sexual. Mientras,
el órgano gigante de René se sacudía en el aire, impregnado de exquisito olor a
hombre.


Recordé la experiencia de algunos años atrás en las duchas
del colegio, por lo que, sacando la mordaza de Miguel, le introduje la lengua en
su hermosa boca. Sentí que él me respondía, así que quité sus esposas recibiendo
un apretado abrazo. Vi que, luego de un minuto, intentaba separarse, por lo que
preví lo peor: me acusaría de abusar de él y me abandonaría ahí. Con una lágrima
cayendo, decidí dejarlo actuar y quité mis labios de los suyos.


-Te quiero más que a nadie en el mundo –me dijo.


La noche continuó con mi enculamiento por parte de mi nuevo
enamorado. Él estaba allí tendido mientras yo subía y bajaba apresando su
miembro en mi agujero feliz. Miraba su rostro de niño obediente, con su pelo
negro enmarañado, su hoyuelo en la barbilla, el color fresco de sus pómulos, las
gotas de sudor en su frente, y me sentía feliz, pellizcando sus tetillas.


El sofá verde acogía a las tres parejas, que repitieron
sucesivos orgasmos. Al final, nos rendimos y quedamos allí revueltos en una
batahola de brazos y piernas.


-Hey –dijo Miguel,- Tommy aún está maniatado.


Era cierto. Nunca solté a mi amiguito inglés. Los comensales
se miraron entre sí. Miguel arrancó cinco plumas del sofá y las repartió. Así,
comenzamos a acariciar las axilas, los huevos, los pezones, los labios, los
párpados y el cuello del atractivo rubiecito, que se deshacía entre las
cosquillas y el placer. Su miembro se erectó nuevamente, pero el juego se
trataba de no tocarlo ahí. Suplicaba piedad; no la tuvimos y explotó en una
descarga genial, como si no se hubiera ido cortado ya cuatro veces esa noche.
Miguel recogió el líquido en un vaso y, agregándole un poco de azúcar y hielo,
lo bebió.


-Semen on the rocks, mi bebida favorita –dijo y la bebió de
un sorbo.


Pero el gringo no disminuía su potencia. Su hermoso pico
seguía ahí parado y él continuaba restregándose contra el sillón.


-Parece que el chico quiere más acción –dijo Valentín,
mientras chupaba la única parte de dimensiones de mi amigo.


Siempre me habían atraído sus pezones pequeños, inflados y
rosados, por lo que me apliqué en mordisquearlos. Mientras, René, Benjamín y
Miguel se iban quedando dormidos en un abrazo y enredo de presas, desnudos,
apoyándose cada uno en el otro. Cogí una cuerda de cuero y se la pasé a
Valentín, quien inmediatamente supo qué hacer con ella. Los huevos y el miembro
de mi amigo adquirieron un color más morado producto de la falta de irrigación
en la zona. El striper sabía hacer nudos apretados en los testículos. Vi que
Tommy estaba a punto de irse cortado.


-¡No! ¡Te lo prohíbo! –le grité y, para mi sorpresa, dio
resultado.


El inglesito quedó en el sofá retorciéndose de placer y
desesperación. Cuando su verga crecía más, Valentín tiraba de las cuerdas que,
provocándole un agradable dolor, impedían la eyaculación, pero no el orgasmo.
Tuvo innumerables esa noche, pero el definitivo llegó más tarde.


Como el sueño me estaba venciendo, decidí terminar el juego.
Con un guiño de ojo Valentín entendió mis intenciones. Le mostró una pluma a
Tommy quien, sólo con mirar el objeto eyaculó. No sé de donde sacaba tanta carga
el pequeño hombre, pero cada uno de sus términos era de película porno. Solté
por fin las esposas de mi amigo y le agradecí con un beso en los labios. En dos
segundos estaba dormido.


Deben haber sido las tres de la tarde cuando desperté. Sentí
un aroma desagradable y abrí los ojos. Ante mí tenía el calcetín de René, que
había usado esa mañana para salir a trotar. A pesar de ello, mi pija dio un
saltito con ese estímulo. Traté de desperezarme pero no pude. ¡Ahora era yo el
que estaba atado!


-El show no se ha acabado –escuché la voz de Miguel, pero no
vi su cara.


Un potente foco me enceguecía. Cuando lo movieron, comencé a
divisar una sombra contra la cortina de la ventana. Comenzó una conocida melodía
y la sombra se movió al ritmo. Me di cuenta de que el hombre estaba sumamente
elegante, como de película de Hollywood. Miré su rostro y reconocí a Valentín.
Tenía un sombrero alón, corbata roja, terno negro con chaleco, faja del mismo
color de la corbata, zapatos brillantes, camisa blanca.


-¿Qué prenda deseas que pierda? –preguntó Miguel, de quien
aún no veía el rostro.


Opté por los pantalones. El striper se quitó los zapatos y
bajó su prenda. Si hay algo que me excita son los sujetadores de calcetines. Una
lástima que los elásticos hayan desplazado esa prenda, pero me agradó el
reconocerla. Tanto el sujetador, como las medias y el ajustado bóxer eran
negros. El diseño del calzoncillo apretaba las piernas, destacando la
musculatura, y realzaba poderosamente el paquete. Las alas de la camisa se
movían ocultando y permitiendo la vista alternativamente. Cuando Valentín giró,
noté cerca de mí las paradas y amplias nalgas, apretadas en la íntima prenda. Me
hubiera gustado soltarme para morderlas, descubrirlas, chuparlas y besarlas.
Pero estaba preso en el mismo juego que yo había inventado.


-Otra prenda –sugirió Miguel.


Obviamente, mi sed de pezones optó por la camisa. Valentín se
dejó puesta la corbata, que caía entre sus dos marcados hemisferios. Se acercó a
mí lo justo para que pudiera rozar con mi lengua uno de sus pezones. Pero en ese
momento la música se detuvo, la luz volvió a la normalidad y vi acercarse a mis
cuatro compañeros, bien vestidos y bañados.


-Señores, el show ha concluido –dijo Miguel.- El caballero no
merece más.


-¿Cómo? ¿Por qué? –protesté.- Siempre me he portado bien con
ustedes.


-Eso no es cierto –dijo Tommy.


En su voz no noté rencor, sino sólo actuación. Sabía que en
el juego nuevo a mí me tocaría ser la víctima y me preparé para gozarlo. Siempre
es entretenido un cambio de perspectivas. Así que bajé la vista y evité mirarles
a los ojos.


-¿Estás dispuesto a ser un niño bueno? –preguntó mi vergón
amigo René.


-Sí, aceptaré lo que me digan.


-Pues hoy no te has bañado –dijo Benjamín.


-Y tienes demasiado largo el pelo en el pubis –acotó
Valentín.


-Pues vamos por parte –ordenó la conversación Miguel.-
Partiremos por la propuesta de Valentín.


El striper partió a la cocina y luego al baño, volviendo con
una bolsa plástica con objetos dentro. Sacó de ahí una crema chantillí y me la
untó sobre mi verga, que ya había despertado completamente.


-Siempre he preferido la crema chantillí a la pasta de
afeitar –dijo el hermoso artista de espectáculos.


La sensación del frío de la crema fue agradable. Creí que
allí llegaba al orgasmo. Pero Valentín apretó fuertemente mi miembro, clavando
las uñas y amenazándome con un "ni te atrevas". Por supuesto, el dolor provocó
el decaimiento de mi miembro. Pronto, la crema también alcanzó a los huevos.
Tommy pidió permiso y pasó la lengua por uno de ellos. Sentí en mí la rugosidad
de su lengua, su temperatura y el nivel de humedad. Así estaba de sensible
frente al ambiente.


Vi entonces aparecer una navaja grande. Tuve miedo. Creí que
se les estaba pasando la mano. Pero Valentín, viendo mi cara, me puso un dedo en
los labios y me dijo que parara, que no era para tanto. Miguel, mientras, atrás
de mí, masajeaba en círculos mis sienes. Eso logró relajarme. No miré cuando la
cuchilla se acercó a mi sexo, pero sí sentí su frío lamer. En pocos minutos ya
no tenía ni un vello en las bolas, ni en el pubis, ni en el camino que va del
ombligo al pico. Me hicieron mirar y me gustó el espectáculo. Mi miembro, ahora
nuevamente parado, parecía más grande al no estar rodeado de pelos. Era como un
niño chico. Valentín me acariciaba y sentía la suavidad de sus dedos en mi piel.


Para los pocos pelos que tengo en el pecho, el striper
utilizó otro método. Trajo unas cintas de gran absorción y las pegó a mis
pezones, tirando luego de ellas bruscamente. Nunca había sentido tanto dolor, ni
cuando me penetraron por primera vez ni cuando lo hicieros dos camioneros al
mismo tiempo. Grité fuertemente, lo que pareció excitar más a mis amigos.


Valentín untó el resto del frasco de crema en mi cuerpo y
todos comenzaron a comer. Cada uno chupaba distintos sectores. Pero el bailarín,
inventor del juego, se reservó la guinda del postre. El rubio artista sabía cómo
chupar pico. Si no me lo hubiera prohibido y no tuviera tan cerca sus dientes,
habría eyaculado ya.


Relamido entero mi cuerpo, Miguel anunció que vendría la
segunda parte del programa, a cargo de Benjamín, mi judío favorito. No pude
evitar pensar que su matrimonio estaba planificado para esa noche, en pocas
horas más. ¿Él pensaría lo mismo?


Me soltaron las esposas, pero las cerraron luego en mi
espalda. Me llevaron al baño y el israelita me ordenó sentarme en el escusado.
La verdad, era un alivio porque yo acostumbro a cagar en las mañanas y ya era
bastante avanzada la tarde. Sentado, con el miembro parado y las manos atadas,
no pude orinar bien y manché las piernas de Benjamín.


-¡Oh, mierda! –exclamó- Esto lo vas a pagar. Pero tampoco
noté verdadero rencor ni odio en sus palabras. Sabía que querían asustarme para
que gozara más.


Defecar fue un placer. Tanto como me gusta que entren cosas,
me gusta que salgan otras. Pero no sabía qué hacer para poder limpiarme.


-¿Estás listo? –me preguntó y yo asentí con la cabeza.


-Bien, agáchate.


Me quedé echado e inclinado, levantando el poto al aire.
Benjamín se puso unos guantes quirúrgicos y frotó el papel higiénico por mi
culo. Cuando ya estuve más limpio, introdujo el dedo índice en el agujero. Se
desnudó tras de mí y me arremetió de nuevo en forma digital. Quería mirarlo pero
no me atrevía. Al ponerme de pie me dirigió como un mono de ventrílocuo hacia el
espejo. Por intermedio de éste pude apreciar su parcial desnudez. Tenía puesto
un soutien calipso con broches a los costados. Yo nunca le había visto con algo
similar. Pensé que debía habérselo conseguido con Valentín. Pero le quedaba
fantástico. Le realzaba más aún sus hermosos atributos.


Dándome vuelta con el dedo me dirigió hacia la ducha. Abrió
el agua caliente con la mano desocupada y ambos entramos allí. Mientras, veía
cómo mis otros amigos tomaban tribuna en el baño para observar mi lavado.
Benjamín recuperó su dedo para poder frotarme la esponja de líquenes australes
por todo el cuerpo. Me enjabonó cada poro. Yo solamente levantaba los brazos
para dejar actuar mejor la esponja sobre mis axilas. Yo tenía ocultos unos
jabones pequeños con forma de pico. Los había traído de un viaje a Argentina y
los guardaba en el botiquín. Pero ellos los descubrieron y pensaron que era la
mejor forma de limpiarme. El mete y saca comenzó a volverme loco. Pero sabía que
no debía eyacular. Cuando el jabón salió de mi culo me sentí vacío, pero pronto
el circuncidado pene de Benjamín lo reemplazó. No me dolió porque ya estaba
dilatado y lubricado con el jabón.


-Este es tu castigo –me dijo y deseé que me castigara con más
fuerza.


En vez de eso, sólo dejó su miembro dentro de mí, sin moverse
lo más mínimo. Tenía que ser una tortura para él también. Intenté cabalgarlo yo,
pero él me acercó las caderas y no me dejó moverme.


-¡Este es tu castigo! –repitió y entendí el verdadero
significado de las palabras. A veces había practicado con un dildo puesto cuanto
aguantaba sin moverlo y nunca pasaba de los veinte segundos.


Deben haber sido como cinco minutos de angustia, pero para mí
fue una eternidad. Luego, me sacaron de la ducha y me secaron con una toalla
gruesa y suave.


De vuelta en el sofá verde, Miguel preguntó si estaba
realmente limpio, a lo que todos en coro gritaron que no. Trajeron una batea y
una perita para lavados estomacales. Ya sabía lo que vendría.


-Eres un niño pequeño –me dijo.- Y tendremos que empezar a
educarte.


Nuevamente con las manos esposadas en el fierro del sofá, fui
vendado. El no poder ver lo que pasaba hacía que contara cada segundo de espera.
Un agua tibia se introdujo en mi cuerpo. Mi pico creció hasta llegar a sentirse
en su superficie las palpitaciones del pulso. Seguía entrando más agua. Mi
estómago se puso duro. Sentía una mano acariciarlo. Estaba como un globo que ya
no puede más. Luego supe que las caricias eran de Miguel. No sé por qué pero en
ese momento yo pensaba en que mi propia mano peinaba los crespos desordenados y
morenos de su cabellera. Me dieron la orden de evacuar y solté toda el agua.
Habían puesto un plástico en el sofá y una bacinica para evitar derrames. Debo
haber soltado una gran cantidad de excremento viejo.


Unos labios se acercaron a los míos y escuché en mi oído un
tímido "gracias". Supe que era mi tierno amigo Tommy. Pasó su lengua por el
caracol de mi oreja y chupó suavemente el lóbulo.


Alguien levantó mis piernas y las puso sobre unos hombros.
Supe que era Miguel por el pelo que me rozaba. Mi culo se abrió para recibirlo
feliz. Me cabalgó violentamente, mientras mis otros amigos me acariciaban en
todas mis zonas erógenas. Entre ellas, me fascina el que me toquen el lóbulo de
la oreja, y ahora Tommy me lo mordía. Miguel asió mi verga con ambas manos y
descorrió el prepucio violentamente, causándome dolor, en tres ocasiones. A la
tercera me fui cortado, al mismo tiempo que mi amigo lo hacía dentro de mí.
Pronto, una lluvia de semen cayó en todo mi cuerpo, el que fue esparcido con las
manos.


Cuando recuperé mi libertad y los sentidos, me sirvieron una
deliciosa cena con torta de chocolate como postre. El pequeño Tommy, con la boca
manchada de betún, me besó en los labios tiernamente, introduciendo una delgada
lengua.


-¿Algún día me permitirás metértelo? –me preguntó.


-Claro, me encantaría. Qué te parece esta noche –respondí.



De Miguel, debo aclarar que, en efecto, no era sus primeras
relaciones gay y que, además, poseía una envidiable colección de juguetes
eróticos. Había pensado en una de las dos opciones cuando el consolador resbaló
en el culo del que hoy es mi amante; pero nunca pensé que fueran ambas.


Tommy viene cada vez que puede. Estudia veterinaria y me ha
presentado algunos compañeros suyos que parecen borricos por lo desarrollados.
Vive feliz y explota su sensualidad de hombre grande en cuerpo de niño.


Benjamín creó un concilio sionista gay. Ha tenido relaciones
con respetables rabinos padres de familia y largas patillas. Cree que puede
cambiar el mundo y sigue estudiando antropología.


René se convirtió en un afamado modelo fotográfico y de
pasarela. Su colección en tanga en Jamaica es sorprendente. Muchas mujeres
suspiran por él y porque se imaginan lo que oculta el negro entre los
pantalones. Pero él sólo se lo muestra a los diseñadores y fotógrafos.


De más está decir que Miguel jamás llegó a la boda. Se
trasladó a mi departamento, donde de vez en cuando hacemos entretenidas orgías.
A veces contratamos a Valentín, que es casi como nuestro amigo y que ha venido
con más chicos que trabajan con él. Normalmente trata de que no le paguemos,
pero sabemos que con eso cancela sus estudios de enfermería.


Y todos seguimos contentos. Sabemos cuando trabajar o
estudiar y cuando pasarlo bien. A lo mejor, un día de esto también te invitamos
a ti a alguna de nuestras orgías...


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Relato: Despedida de soltero en el sofá verde
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