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Relato: La cita



Relato: La cita

Después del calentón que me pegó Marta, la tarde del sábado
transcurrió tranquila. Desde el viernes por la noche era el primer rato que
había podido permanecer sin sobresaltos. Era como si ella hubiera decidido que
podía darme un descanso. Descanso relativo si pensamos que la historia que me
contó por la tarde me había dejado con un fuerte dolor de huevos.


El ritmo al que me había sometido había sido frenético.
Mientras mirábamos la tele estuve repasando las situaciones mentalmente: El
calentón del restaurante con el polvo en mitad de camino, la corrida que tuve en
medio de la noche cuando se ensució de dormida, el sábado por la mañana me tuvo
caliente desde que despertamos, la historia que me contó a medias sobre María
mientras caminábamos por el paseo del pueblo y el polvo del recibidor hicieron
que fuera una mañana bien aprovechada y por fin el sábado por la tarde, después
de comer, al terminar de contarme la relación entre ella y María me había vuelto
a poner como una moto. Aunque que esta vez solo me dejo como una moto caliente.
Y siempre había sido ella la que había llevado la voz cantante. Había follado
cuando ella había querido. No me había dado opciones. Lo habíamos hecho como,
cuando y donde ella quiso. Me había hecho notar que era un juguete para
complacerla. Frases como "¡Vamos cerdo! Come un coño como es debido"- "Ahora
come y calla. Van a cambiar muchas cosas entre nosotros"-"El domingo pasado, por
la mañana te llamé cerdo"-"De momento y sobre todo debes entender que yo soy la
dueña de la pocilga"-"El señor está servido"-"Acabo de cagarme y mearme Miguel.
¿Te apetece follarme?" La forma en que se exhibió en el restaurante quitándose
las bragas, paseando entre las mesas, enseñando el potorro al portero, o en el
paseo del pueblo... Todo ello estaba poniendo de manifiesto un dominio sobre mí
que jamás pasó por mi cabeza. Tampoco había pasado por mi cabeza que fuera capaz
de comportarme como un cerdo y sin embargo lo había hecho ¡Vaya si lo había
hecho! ¡Y lo que había disfrutado haciéndolo!".


El televisor seguía en marcha, ella con la batita de verano,
yo con mis pantalones cortos, la polla a medio empinar, los huevos doloridos y
con la cabeza hecha un lío.


Debían ser cerca de las nueve de la noche. Preparó unas
hamburguesas. Mientras comíamos volví a entretenerme mirando su cara pequeñita,
de facciones suaves, sus ojos marrones, el pelo cortito, negro, y esos labios
que movía con una sensualidad exquisita hasta cuando comía. Todo en ella era
suavidad y finura. Tenía razón cuando dijo aquello: "la dueña de la pocilga no
es el cerdo que habita en ella".


Terminó de comer una naranja que le había pelado. Fumamos un
cigarrillo. Me miró al apagarlo en el cenicero y sus labios pronunciaron unas
palabras que volvieron a dejarme sorprendido y sin opción.




Cerdito ha llegado el momento de irnos a la cama.


¿Tan pronto Marta? Apenas son las once.




De nuevo dibujó aquella sonrisa con la que me había
aprisionado últimamente.




Mañana tenemos que levantarnos a las siete y media


¿Qué?


He quedado con María para ir de excursión a la ermita.




Aquello sonó como el estallido de una bomba. Noté como
inmediatamente se me ponía dura.


Seguía sonriendo.


Solo se me ocurrió contestar:




¿Los tres?


¡Joder cerdito últimamente se te levanta muy pronto!
Vamos a dormir y resérvate un poco para mañana.




Tuve un sueño agitado, las imágenes de María iban y venían a
mi mente. Me preguntaba como irían vestidas las dos y que planes habían urdido
respecto a mí. Me desperté antes de la hora. En mi imaginación María aparecía,
supongo que a consecuencia de algún sueño, como una chica con un culo redondo,
abundante, en el que yo centraba toda mi atención, sus piernas de carnes
apretadas eran mi segunda obsesión, en cambio sus tetas eran algo difusas y no
eran algo demasiado importante. Otra cosa que giraba en mi mente era si tendría
el coño peludo, si se lo afeitaba o si los pelitos se extendían hasta su ojete,
como era el caso de Marta.


Mi polla seguía erecta igual que cuando nos acostamos.


Rrrrrrrriiiiinnnnnngggg....RRRiiiiinnnnnngggggg. Sonó el
despertador.


Marta se giró hacia mí, me dio un cariñoso beso.




Levanta cielo, ha llegado la hora. María estará aquí a
las ocho.


¡A las ocho! No nos va a dar tiempo de desayunar,
ducharnos, ir al baño, afeitarme...


No tienes que hacer nada de todo esto excepto desayunar
conmigo. Los cerditos no se duchan y para ir al baño esta el campo.




Su sonrisa no permitía la mas leve discusión.




Me permitirás mear por lo menos...


Anda ve, no sea cosas que se te escape en el coche.




Estaba orinando cuando ella se acercó por detrás y se abrazó
a mi, pego su cuerpo al mío y pude sentir tus tetas en mi espalda. No pude
reprimir una ventosidad sorda y maloliente mientras mi orina salía de mi polla.




Hummm Mi querido cerdito... Creo que el día va a ser
prometedor.




Cogió mi polla con sus manos y me la sostuvo mientras
terminaba de orinar. Luego me apartó y se sentó en la taza del wc. Tomó una de
mis manos, la depositó en su chichi y un liquido tibio la mojó con dulzura.




Ala cerdito mío, a desayunar. Corre, ayúdame a prepararlo
que es tarde.




Unas tostadas con mantequilla y confitura y un vaso de zumo
de naranja, en una mesa bien puesta, con sus servilletitas de papel amarillo,
los cubiertos, y una flor, que acababa de arrancar del jardín, en una jarra con
agua para terminar de darle un toque de elegancia, hacían que uno deseara
sentarse a comer.


Mientras yo preparaba aquello ella preparó la mochila. Puso
dos bocadillos de jamón, una cantimplora con agua, vi como introducía una muda
de ropa interior tanto para ella como para mí, su muda no la había visto nunca,
pero ya llegará el momento de describirla, la faldita corta de cuero negro, un
corpiño de cuero, que también era nuevo para mí, una toalla grande de playa y
unas sandalias de tiritas con tacón alto que era la primera vez que veía.




¿Vamos de viaje? Le dije en un tono socarrón.


Calla no me distraigas. Sabía que me olvidaba de algo.




Y fue en busca de tres rollos de papel higiénico.




Más vale que sobre que no falte. La oí murmurar.




Ella vestía unos pantalones pirata de lino que dejaban
adivinar sus hermosas piernas, una blusita roja anudada a su cintura, que dejaba
al descubierto su ombligo, no demasiado escotada si no hubiera sido porque
llevaba los botones desabrochados hasta casi el nudo, lo que hacia que se ciñera
a su pecho y le marcara unas tetas sin sujetador que se esforzaban en mostrar, a
través de la tela, cual de las dos tenía el pezón más erecto. Por último calzaba
unas zapatillas de tela blanca.


Unos simples vaqueros, una camisa, un slip blanco, y también
unas zapatillas eran mi indumentaria.


Estábamos dando buena cuenta de las tostadas y la naranjada
cuando oímos el claxon del todo terreno de María.




Ya está aquí. Termina rápido el desayuno. ¿Estoy guapa?


Estás preciosa – le estaba mirando el canalillo de las
tetas – pero ya sabes que si como deprisa no me sienta bien.


No te preocupes hombre. Un cerdito no se preocupa de
estas pequeñeces. Termina ya.




Cargué con la mochila y salimos a la calle. El todo terreno
de María estaba aparcado frente a la puerta del jardín y ella de pie
esperándonos. Al verla mis ojos quedaron hipnotizados. Llevaba unas zapatillas
azules y una blusa roja, también anudada en la cintura como Marta, pero en lugar
de unos pantalones usaba una faldita plisada, blanca, muy corta, que junto con
los pequeños calcetines le daban un aire de colegiala. Una colegiala rellenita
que estaba diciendo "mira lo que tengo para ti".




Buenos días tardones. Vamos Miguel pon la mochila en la
maleta del coche.


¡Estáis muy guapas las dos!


¿Verdad que sí? ¿Crees que la falda me marca mucho el
culete?


No, que va. Te sienta fenómeno.


Me la he puesto para ti Miguel.


Basta de cháchara – dijo mi mujer – ¡al coche! ¡A ver si
arrancamos de una vez!




Puse la mochila en el maletero, mi mujer subió al asiento de
atrás y yo me senté delante junto a María.


El trayecto hasta la ermita no era largo, una media hora en
coche y luego una horita andando sin forzar.




Marta me ha dicho que te estas convirtiendo en un
marranete.


¿Se lo has contado Marta? Dije.


Claro, últimamente María y yo no tenemos secretos.


O sea que te gustan los peditos de tu Marta, volvió a la
carga María.


Sí, contesté.


¿Solo le gustan los peditos Marta?


¡Que te lo cuente él!




Yo me había puesto rojo como un tomate.




Vamos Miguel, cuéntamelo.


No sabría hacerlo, contesté de nuevo.


Seguro que sabes cerdito. Ahora era Marta la que atacaba.
Cuéntanos lo de la noche que me ensucié. Así también me entero yo que al
estar dormida no me di cuenta.


No fue nada. Simplemente que tenía necesidad de olerte,
de tener tu culo y tu coño cerca, aquella noche me habías puesto muy
caliente.


¿Cómo de cerca? Vamos cuenta Miguel. Oí a María.


Muy cerca, estaba con la cara casi pegada al culo de
Marta.


Y ¿solo querías olerme?


Miguel ¿solo deseabas sentir el olor de Marta? Se
sincero. No te andes con remilgos.


Cuéntanoslo que me muero de ganas.


¡Joder! Sí. Quería sentir el olor de Marta, de su coño
follado no hacía mucho, de ese culo que había enseñado con tanta habilidad y
que se había pedorreado en el coche. ¡Sí! Quería otro pedito.


¿Y lo lograste? Inquirió María. ¿Fue un pedito o un
pedorro?


¡Si! Marta soltó un pedo, yo tenía mi nariz pegada a sus
nalgas, y con el pedo salieron tres pop, pop, pop que me salpicaron la
nariz.




Jajajaja... jajajajaja... jajajaja Se rieron las dos.




Mi cerdito quedó bien servido.




Marta seguía riendo y María era la que sonreía.


La amiga de mi mujer se subió la faldita plisada y pude ver
un felpudillo negro, bien poblado.




¿Te gusta marranete? Me llega hasta el ojete. Lastima que
no puedas apreciarlo ahora que estoy sentada.




En mi barriga parecía que había dos gatos peleándose. Los
ruidos que de ella provenían eran plenamente evidentes. No haber ido al baño
como cada mañana junto con los nervios del momento tenían la culpa. Algo en su
interior estaba apretando.




¿Tu cerdo siempre hace estos ruiditos? Mientras lo
preguntaba, María quitó una de las manos del volante y la puso en mi
entrepierna.


Normalmente no. Bueno a veces lo hace, pero no con su
barriga.


¿Te gusta que te toque el pirulí Miguel?




Mi nabo iba creciendo por momentos y los apretones también.




Creo que convendría parar un momento. Mis palabras
sonaron apagadas y urgentes. Los gatos seguían peleándose en mi interior.


No harás ninguna marranada en un coche que no es nuestro.
Serias un cerdo maleducado.




María me estaba desabrochando el cinturón y bajándome la
cremallera.




¡OH! Le has permitido que se pusiera calzoncillos. ¿Desde
cuando un cerdo usa calzoncillos Marta?




Mi polla parecía un poste. ¡Malditos gatos! Me libero del
botón de la cinturilla y bajó un poco mi slip.




Siempre creí que cuando hablabas del nabo de tu cerdito
exagerabas. Ya veo que no. ¡Caray con el marrano!




María conducía suavemente con una mano en el volante y la
otra sobándome la picha. La lucha de los gatos se estaba haciendo insoportable.
El vaso de naranjada los debía haber estimulado.


Durante el trayecto Marta se había desabotonado los
pantalones pirata.




Seguro que adivino en que está pensando mi cerdo.


No lo creo. Los labios de María dibujaron otra de
aquellas sonrisas maliciosas.




Yo estaba concentrado en la pelea de gatos, los apretones y
los ruidos de mi vientre. Miraba el suelo. No contesté.




Miguel, cielo, gírate un momento.




Volví la cabeza y me di cuenta que Marta tenía su culo pegado
al respaldo de mi asiento a la altura de mi cabeza. No me dio tiempo a
reaccionar. Una ventosidad silenciosa, húmeda, caliente y pesada me envolvió.
Las dos estallaron en risas. Una especie de sacudida me recorrió y un ruidoso
pedo empezó a abandonarme. No sabía si solo era un pedo o había algo más.
Aquello volvió a repetirse. Ahora mas largo que el primero y con un ruido típico
de cuando algo lo acompaña. Los gatos habían tomado un receso.




¿Has visto María como mi cerdo, los verdaderos ruidos, no
los hace con la barriga?


¿No te habrás cagado en mi coche? Marrano, guarro, cerdo
de mierda.




Habíamos llegado al lindero del bosquecillo desde el que
teníamos que dejar el coche y seguir a pie.




Os pedí por favor que pararais.


Baja. Queremos ver como caga un cerdo.




Aquello era realmente humillante pero no tenía más remedio.
Abrí la puerta, salté al borde del camino y solo bajarme un poco los pantalones
apareció un cagarro duro, gordo, redondo, largo y al que no podía poner freno.




Tu cerdo es una caja de sorpresas. No sabía que lo
hiciera con la polla tiesa.




No podía impedir que me miraran y se rieran a gusto. Por fin
pude ponerme en cuclillas para intentar terminar.




Cerdo, no te acuclilles. Tus dueñas quieren divertirse.




Obedecí y un segundo después mi ojete volvió a abrirse y
expulsar un ultimo pegotito junto con una sonora ventosidad. Miré mis
calzoncillos y advertí una mancha marrón. Los gatos habían logrado su propósito
en el coche. Me sentía realmente humillado, pero nunca me había sentido tan
excitado.




Me he ensuciado el slip.


Eres un cerdo asqueroso. Dijo Marta. No te mereces a tu
dueña. Quítatelos. Irás sin ellos.




Me acercó uno de los rollos de papel higiénico.




¡Ahora límpiate gorrino! Y hazlo con el culo hacia
nosotras.




Tuve que limpiarme frente a ellas. Me sentía como un cerdo.
Pero un cerdo al que no se le bajaba la polla.




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Relato: La cita
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