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Relato: Morbosos Compañeros de Prisión



Relato: Morbosos Compañeros de Prisión

Acababa de cumplir mis treinta años y mi tercer día en la
cárcel. Para mí, siempre simpatizar fue una tarea difícil, y eso es algo que
desagradó a mis compañeros de celda. Me dicen Lupe, y esta es mi historia.


Mamá y papá vinieron a visitarme. Entre lágrimas y alguna
risa aislada me aseguraron que pronto saldría de todo esto. Que la pesadilla se
terminaría muy rápido. Pero ¿cuánto tiempo más tendría que soportar? Mi hermana
menor no estaba enterada al sitio al que un juez me mandó, y por ende no fue a
visitarme en el día de mi cumpleaños. Simplemente, mis padres le dijeron que fui
trasladado por asuntos del trabajo. Me apenaba mucho que ella, siendo tan
inocente y ya casi una adolescente, no estaba conmigo en ese día tan especial.
Pero sinceramente me apenaba más que, en ese día tan especial, tenga que ver a
mis padres, sentados alrededor de una mesa, junto con otras personas.


La vida sería muy dura. Pero después de todo yo me las había
rebuscado. Yo no había actuado con prudencia. Yo fui el sincero.


Todo comenzó cuando mi novia, a la que amaba con todo mi
corazón, me engañó con otra persona. Es decir, con la persona que yo odiaba más
en la vida.


Siempre, era sabido desde hace tiempo, que había una gran
enemistad entre Fernando y yo. Éramos las personas que más se odiaban en el
mundo. Jamás supe como empezó todo, simplemente por algunas peleas callejeras,
ya que éramos vecinos. Pero el odio aumentaba más cada año, y esta vez tuve mi
oportunidad perfecta para matarlo. Para destruirlo. El haber tocado a mi novia,
fue lo peor que me pudo haber hecho. Me desquité.


Esa noche, llegué a su casa con un arma. No le di tiempo de
explicaciones. Le disparé. La policía llegó al instante. Tenía el cerebro tan
lleno de satisfacción al ver su sangre goteando por el piso, que no me dio
tiempo de inventar una excusa. Fui sincero. Dije la verdad y con exactitud todo
lo que había pasado. Me detuvieron, y la semana ya me trasladaron a una cárcel.


Mis compañeros de celda, que al principio se mostraron
toscos, repentinamente, al enterarse que era mi cumpleaños, cambiaron su humor.
Es decir, no lo hicieron con una buena intención, simplemente que me trataban de
una manera burlona, cosa que me comenzó a irritar y asustar, al mismo tiempo.


Tengo, en total, a tres personas más, una más fea que la
otra, pero con muchos músculos y cara de asesinos. Uno de ellos se llamaba
Alberto. Debería tener unos cuarenta años, bien fornido, con cara de pocos
amigos y que siempre se lo encontraba con un cigarrillo en la mano, como si los
fabricara con sus propias manos, y de ser así, no me sorprendería. Otro era
Luis, que era el sucio del grupo y las risas y burlas también se acentuaban en
él. Por último, lo tenía a Miguel, que era una persona casi de mi edad. Fue el
único hombre que intentó establecer comunicación conmigo, y por lo poco que lo
escuché, me dijo que dentro de poco ya estaría afuera.


Cuando apagaron las luces, después del peor cumpleaños de mi
vida, me dispuse a dormir, entre lágrimas, porque no me acostumbraba a esta
nueva vida. Sin duda, Fernando, hasta en su muerte me seguía causando problemas.
Probablemente, con la ayuda de un buen abogado, pueda apelar que lo hice por un
desborde psicológico, pero para el juicio faltaría bastante, ya que la justicia,
como en todos lados, es lenta.


Aún así, ya pasado unos minutos de que la celda quedó en la
oscuridad absoluta, estaba por dormirme cuando sentí una mano sobre mi trasero,
que lo acaricia paulatinamente. Me di vuelta al intenta, pero unos brazos me
sujetaron de los hombros y me obligaron a permanecer donde me encontraba.


- Cállate. - me dijo una voz, susurrándome. - Quédate
tranquilo y no te resistas. Los presos que comparten la celda contigo no son tan
ingratos como piensas, por lo que decidimos regalarte algo a ti por tu
cumpleaños.


- ¿Qué? - pregunté, asustado, pero mi pregunta sonó como un
gemido de mujer. - ¿Qué me van a hacer?


No respondieron. El que me habló, me agarró del cabello y me
hizo salir de la cama de un brutal empujón. Me paré, sostenido por el terrible
dolor que me provocaba esa mano en mi cabeza, aferrándome mi cuero cabelludo, y
tratando de dejarme pelado.


No veía nada. Me empujaron contra una pared fría y me dejaron
inmóvil. Sentí varias manos sobre mi trasero, que aún conservaban sus
pantalones. Me tocaban. Me acariciaban. ¡Estaban a punto de violarme!


Uno de los hombres se me acercó y me apoyó su bulto erecto
sobre mi trasero, mientras se meneaba como si estuviera penetrándome, dándome
besos en el cuello, y gimiendo. Puso sus manos en mi cintura y atraía con fuerza
mi cuerpo, para que chocara contra el suyo. Yo permanecía inmóvil, asustado,
aterrado por lo que el destino me traía en suerte. Seguramente Fernando se
debería estar riendo de mi situación, suponiendo que me estuviera observando.


- Ponte de rodillas. - me indicó el hombre que tenía en mis
espaldas.


Temblando, me di vuelta débilmente y me arrodillé en el piso.
Aún seguía sin que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad, así que no veía los
movimientos de las personas que tenía a mí alrededor. De pronto sentí que algo
caliente chocó contra mi cara.


- Abre la boca. - ordenó, la misma voz, que no sabía cual de
los tres era.


Tenía ganas de oponerme y salir gritando, pero ¿qué ganaría?
¿Cuánto tiempo pasaría bien sin que vuelvan a intentar hacerlo conmigo? Abrí la
boca, antes de esperar la segunda orden. Un pedazo de carne asqueroso entró en
mi boca. Era una verga. Con muchísima inexperiencia la probé. Sabía asqueroso.
Estaba parada y noté que era bastante grande. ¿Qué sería de mí cuando intentaran
penetrarme por el culo? ¿Tendrían alguna enfermedad?


No pensé en ello más y me dispuse a satisfacer a mis
compañeros. Mamaba aquella verga, y fui adquiriendo un poco más de experiencia.
Recordé a las mujeres que mamaban en las películas pornográficas e intenté hacer
lo mismo. Incluso con mi mano la masturbaba un poco.


- Sigue... - gimió la persona que tenía ante mí. - Continúa,
puta.


De la nada, unas gotas de un líquido espeso y caliente
entraron en mi garganta. Estuve a punto de escupirlo pero me contuve. La tragué,
aguantando las arcadas y sensaciones de náuseas.


La persona que estaba ante mí se retiró, dando paso a otra.
Abrí la boca, cuando sentí su presencia, pero sin embargo, esta me agarró la
cabeza y me tiró el cabello hacia atrás. Estuve a punto de preguntar que estaba
haciendo, cuando sentí un chorro de orina en mi boca.


- ¡Trágatela! - ordenó, con voz potente, esta nueva persona.


Otra terrible sensación de asco, pero no me quedaba otra que
ceder. Parecía que nunca antes en la vida había ido a al baño y se estaba
guardando todo para esa noche. No dejaba de hacerlo en mi boca. Y, por ahí,
movía su verga hacia algún sitio para que su orina me quedara en toda la cara y
parte del torso. Estaba sucio y orinado por alguien a quien había conocido hace
tres días. Y lo peor es que era un hombre.


Cuando por fin terminó de orinarme, me agarró del cabello y
atrajo su boca hasta su gran verga. Seguí con las arcadas, debido al asco, pero
hice mi mejor esfuerzo por controlarme. El hombre gemía de placer.


- ¿Sabes que hace tiempo no voy de cuerpo? - preguntó el
hombre.


No comprendí lo que me quiso decir, pero había algo en mi
interior que no deseaba saberlo. El sujeto que me extendió su verga en una
primera instancia se echó a reír a sonoras carcajadas.


- No le puedes hacer eso. - comentó, riéndose. - Pobre.
Déjalo para más adelante. Ahora veo que lo de sucio era muy literal.


El sucio. El que me había orinado era el sucio, así que por
ende tendría que ser Luis. Pero yo seguía sin comprender a que se refería con
"ir de cuerpo".


- Ningún más adelante. - dijo, seguro, la persona que me
había orinado. - Iré al rincón y ustedes lo llevarán. Mientras tanto, Miguel,
dale a este chico tu verga, que debe querer jugar.


Una tercera persona se me acercó. Debería de ser Miguel, lo
cual significaba que la primera persona era Alberto. El chico de mi edad se me
acercó y me dio su verga. Comencé a chuparla, aunque tenía en mi boca aún el
sabor de la orina de Luis. Miguel, a cambio de los otros, sólo se quedó
esperando a que yo hiciera todo el trabajo. Parecía que no se mostraba muy de
acuerdo con la decisión de los otros, pero tampoco no se resistía.


Mientras se la mamaba, escuché un sonido gozoso desde uno de
los rincones de la celda. De pronto, un tremendo olor nauseabundo me invadió las
fosas nasales. Oh, no. ¡Entendía que quería decir "ir de cuerpo"! Luis había
cagado en la celda. ¡Algo pensaban hacerme con eso!


Lamentándome por dentro, fingí que no sentía nada y seguía
concentrado en la verga de Miguel, cuando Luis se nos acercó.


- Ya está. - dijo. - Como yo lo hice, yo lo penetro primero.


Luis me agarró del cabello y me hizo incorporarme. De un
empujó me hizo bajarme el pantalón y pasó su verga sobre mi trasero. Aún
tirándome del cabello me hizo caminar tras él.


- Arrodíllate. - ordenó.


Me arrodillé y sentí que estaba a menos de un metro de la
pared.


- Ahora escucha con atención. - advirtió Luis, con una
extraña voz de confianza. - Harás esto. Te quedarás arrodillado, mientras que la
parte delantera de su cuerpo no parará hasta llegar al piso. Es decir, hasta que
tu bella cara toque el piso o lo que hay antes del piso. - y diciendo esto,
volvió a reírse.


Alberto, mientras tanto, se reía como un condenado
(literalmente) desde su cama. Yo, que apenas podía ver a mis compañeros de
celda, no lograba divisar que era lo que había en el piso. Pero ese olor tan
esputrefacto me hizo imaginarlo, y las ganas de vomitar volvieron. Ahora era
inútil resistirme. Estaba bajando por el empujón que Luis me dio. Mi cara no
chocó contra el piso, sino contra algo esponjoso, tibio y con un terrible olor.
¡Era el excremento de Luis!


Tenía mi cara repleta de ese excremento. No pude resistirme
más y vomité ahí mismo. Como durante el día no había comido mucho, no fue
demasiado, pero si lo suficiente para que Luis volviera a reírse con ganas.


- Ahora, si quieres levantarte, tendrás que comerte tu propio
vómito y mi regalito. - dijo, divertido.


Yo lloraba. Tenía la cara llena de su defecación y mi vómito.
Mi cuerpo se encontraba orinado. Mi garganta sabía a semen. Me sentía humillado
y débil. Mareado. Perdía el conocimiento. Deseaba estar muerto.


De pronto sentí el cuerpo de Luis, arrodillado detrás de mí.
Sentí la punta de su verga tratando de entrar en mi ano desnudo. De un sólo
empujón la metió por completo. Aullé de dolor, pero al abrir la boca, entró el
excrementó, provocando que tosiera y volviera a vomitar, causando así más risas
de parte de Luis que comenzó a bombear con brutalidad.


Quería gritar, pero la defecación me lo impedía. Me atraganté
al tragar un poco de lo que me había dejado. Tenía los ojos nublados y pesados.
Me dolía el trasero debido a que me trataba como si tuviera experiencia en eso.
Luis gemía y reía sin parar. Acabó muy repentinamente en mis intestinos. Luego
se sacó la verga y limpió sus rastros de semen por mis nalgas. Sentí como se
paró.


- Imagino que no irás a ensuciar la cama con eso. - dedujo. -
Así que quédate allí hasta que comas toda la comida que hice para ti. Luego
podrás acostarte. ¡Te voy a vigilar!


Despacito, y con mucho asco, comencé a comer su defecación.
De a poco me iba acostumbrando al hedor y al sabor amargo. Escuchaba los
comentarios y las burlas. Por suerte, no había mucha "comida", pero sí lo
suficiente como para que las arcadas me dieran cada cinco segundos. Finalmente
mis labios no encontraron más excrementos con que alimentarme. Me quité la
remera y me limpié, casi en vano, lo que tenía en mi cara.


A partir de esa noche, siempre que Luis tiene ganas de orinar
por las noches, me levanta para que abra la boca. O, peor, es cuando tiene ganas
de hacer otra cosa, pero eso sucede sólo una vez por mes. Alberto, en cambio, se
apodera de mí casi todas las noches, pero como lo hacemos con intimidad, me hace
el amor. Con besos. Caricias y suavemente. Miguel, sin embargo, se marchó a la
semana siguiente, quedando solo con mis otros dos compañeros.


De a poco me fui adaptando a mi nueva vida en la cárcel y ya
no se me hizo tan dura. Pero la oportunidad de vengarme llegó siete meses
después.


Pasando el día del amigo, un policía trajo a la celda a un
adolescente, de unos 19 años. Tenía el cabello largo hasta los hombros y era
bastante bien parecido. Estaría en nuestra celda.


- Hola. - saludó, tímido, después de que el policía lo dejó.
- me llamó Lucas.


Miré de reojo a Luis y a Alberto. Ahora había encontrado a la
persona perfecta, para darle la bienvenida y hacerle todo lo que me hicieron a
mí.


*


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Logia... por matarlo.




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Relato: Morbosos Compañeros de Prisión
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