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Relato: Fabiana





Relato: Fabiana

FABIANA



Me llamo Analía y siempre he sido una chica mala, muy pero
que muy mala.


A los 15 años quedé huérfana de padre. Entonces vivía con mi
madre, que se llama Valeria y con María, una mucama que nos servía en casa. Mi
madre es una mujer muy guapa, de 40 años, que me quiere y me consiente en todo y
yo la adoro.


Al poco de morir mi padre ocurrió otra desgracia, si es que
puede llamarse desgracia pues fue el origen de esta historia que me llena de
felicidad. Mis tios del pueblo murieron y dejaron huérfana a mi prima.



"Analía – me dijo mi madre – mañana llega Fabiana, tu
primita. Como que somos su única familia me han dado su tutela, así que vivirá
con nosotras."



A mí me dio un ataque de rabia. Fabiana era una niña de mi
misma edad, mes ariba mes abajo, bastante tímida y pueblerina aunque de bonitas
facciones. Le dije que no estaba dispuesta a compartir mis cosas con aquella
muchacha torpe y provinciana. Qué iban a decir mis amigas cuando vieran que no
era más que una pueblerina.


Mamá fue inflexible. Me habló de la solidaridad, de la
caridad, del bien y del mal. Me dijo que aunque no me gustara que no tenía más
remedio que aceptar a mi prima, de ahora en adelante iba a ser casi como mi
hermana.


Evidentemente tuve que ceder y someterme, cosa que no me
gusta hacer, pero me dije que lo que tenía que hacer era pensar algo para sacar
provecho de aquella situación.



Cuando llegó Fabiana, que por un lado se mostraba afectada
por la reciente pérdida de sus padres y por otro parecía contenta de venirse a
vivir con nosotras, mamá nos dijo que íbamos a compartir todo, empezando por la
habitación.


Se me vino el mundo abajo. Yo tenía una habitación preciosa,
amplia, espaciosa, con una cama muy grande y pensar que tenía que compartirla
con aquello me exasperaba. Tenía que pensar en algo y pronto.



Pasaron los días y Fabiana resultó ser una muchacha muy
dócil, sumisa. Decidí enseñarle los dientes desde el primer día, escogiendo
turno para el baño, escogiendo el lado de la cama en que dormir. Mamá me dijo
que le prestara ropa y escogí lo que más detestaba de mi vestuario.



"A mí no me la das con esa cara de mosquita muerta, ni con tu
pose dócil y sumisa. Yo soy la heredera y tu una intrusa, una advenediza, así
que vete con ojo – le dije a las primeras de cambio."



Fabiana me miró con ojos apenados, tristes y asintió con la
cabeza. "De ésta haré lo que quiera" pensé cuando vi su actitud sometida.



No tardé en echarle los dientes a mi presa. La oportunidad me
llegó a los pocos días. Habíamos regresado del colegio y aprovechando que
Fabiana estaba en el baño me puse a regirar entre sus cosas. Miré por todos
lados, revolví todo, nada. Cuando ya me daba por vencida se me ocurrió mirar en
su vieja maleta, la que trajo el día que llegó. Estaba vacía, pero tenía un peso
superior al que debía tener una maleta vacía. Palpé su estructura por diferentes
sitios y, oh sorpresa, lo que parecía ser el fondo de la maleta se abrió. Se me
pusieron los ojos como platos. A mis ojos aparecieron, bien ordenados toda una
serie revistas y fotografías. Se me aceleró el pulso. Algo tan bien escondido no
podía ser algo inocente. Mi instinto me dio la razón. Cogí una de las revistas y
por poco no me desmayo. Era una revista de sadomasoquismo. Miré las otras por
encima y trataban de lo mismo o temas similares. Tomé las fotos y en la primera
se veían dos muchachas casi desnudas, adornadas como ponys, enjaezadas a una
calesa en la que iba sentada una despampanante mujer, muy bella, calzada con
botas negras altas hasta medio muslo, con unos sujetadores que eran unas tiras
de cuero que dejaban sus grandes y firmes pechos al aire. Empuñaba un látigo y
parecía que la foto estaba tomada en movimiento, con las jamelgas tirando con
toda su alma. Miré más fotos, todas eran de jovenes muchachas vestidas de mucama
francesa o desnudas, sirviendo de rodillas a altivas y bellas damas.


Sentí un hormigueo en mi rajita y unas ganas enormes de
tocarmela.



"¡Deja eso donde lo has encontrado, maldita fisgona!"



Me sobresalté. Enfrascada en mi fabuloso descubrimiento no
había oído llegar a Fabiana. Allí estaba, en la puerta de la habitación. Con los
ojos desencajados, furiosa, rabiosa.


"Bingo, acabo de dar en la diana" pensé y restableciendome
del susto inicial que aquella modosa me había dado supe que tenía en mis manos
una oportunidad de oro. No podía dejarla escapar. Contraataqué.



"Ni lo sueñes, pequeña. No soy yo la que tiene que temer.
Sabes a donde va a ir mi descubrimiento? Mamá estará encantada de conocer
detalles de su sobrina que no podía ni imaginarse."



Al ver que no solo no me había amedrentado sino que además
había tomado la iniciativa, Fabiana cambió en el acto su actitud.



"Perdona, no quería chillarte. Puedo explicarlo..."



"Seguro que sí. Dime, a quien prefieres explicar todo esto –
dije señalando con la mirada y con cara de repugnancia las fotos y las revistas
que ahora estaban extendidas en el suelo de la habitación – quizás a mi madre? O
prefieres explicarmelo a mí. Yo puedo ser comprensiva, pero mamá, mamá es un
poco anticuada en ciertas cosas, y claro, a tu edad, supongo que lo primero en
que se verá obligada a pensar es en algún internado de monjas, en fin, no se...
– dejé en el aire la frase."



"Por favor, Analía, no le digas nada a la tía Valeria. Me
moriría de vergüenza si sabe algo. Yo te contaré, te lo juro..."



"Y parecía una mosquita muerta. Será posible...! Creo que no
sería justo ocultarle a mi madre algo así..."



Fabiana demudó el rostro cuando me levanté con las revistas y
fotos en la mano e hice ademán de salir de la habitación.



"Te lo ruego... te lo suplico – dijo la paleta dejándose caer
de rodillas. – Haré lo que tu quieras... te lo suplico, no le digas nada de eso
a la tía Valeria... haré todo lo que tu quieras..."



Me volví a sentar despacio, mirándola fijamente. Las cosas
iban sobre ruedas. No me lo podía creer, qué suerte había tenido.



"¿Todo lo que yo quiera? – Fabiana vio que mi actitud
negociadora le habría una posibilidad."



"Todo, absolutamente todo lo que quieras..."



"¿Me obedecerás en todo, cumplirás todas mis órdenes sin
cuestionarlas?"



"Haré todo lo que me ordenes. Te obedeceré en todo."



"Date la vuelta – le dije – en primer lugar hemos de guardar
este material. No sería prudente que un día mi madre lo encontrara casualmente,
verdad?"



Me levanté y guardé las revistas y las fotos en la pequeña
caja fuerte que tenía adosada en una de las paredes de mi habitación. Solo yo
sabía la combinación. Miré hacia atrás y vi que Fabiana seguía vuelta de
espaldas. Le ordené que se diera la vuelta y le dije que mirara. Me saqué un
enorme anillo de oro y brillantes y lo guardé en la caja fuerte junto a las
fotos y las revistas. Perfecto, cerré la caja fuerte, bloqueé la combinación y
guardé la llave que la aperturaba. Ahora tenía en mi mano el arma que
necesitaba.



Me senté de nuevo en el borde de la cama.



"Arrodíllate."



Fabiana se dio la vuelta. Miró hacia la caja fuerte que ya
estaba cerrada a cal y canto. En su interior se hallaba su secreto junto con el
valioso anillo que acababa de desaparecer. Se arrodilló frente a mi.



"Harás todo cuanto yo te ordene. Entendido?"



"Sí Analía."



"Olvídate de tutearme. Me tratarás de usted y me llamarás ama
o señorita Analía. Entendido?"



"Sí... ama."



"Como puedes imaginar tendrás que ser mi doncella personal.
Entendido?"



"Sí ama."



"Serás desde hoy mi esclava, mi perra. ¿Entendido?"



"Sí ama."



"Ahora descálzame y bésame los pies en señal de sometimiento
a tu dueña."



La tosca campesina se inclinó, me quitó los zapatos que
llevaba de uniforme, unos bonitos zapatos de salón negros, con poco tacón y se
puso a besarme los pies. Dios, me sentí como una reina.



"Mientras me obedezcas en todo cuanto te ordene estarás a
salvo. Si no me complaces, ya sabes, mi madre tendrá en su poder las fotos y las
revistas y además mi anillo, el que he guardado en la caja fuerte con tus sucias
pertenencias, aparecerá en tu maleta. Hoy mismo notificaré a mi madre que me ha
desaparecido. Le costará un pequeño disgusto, me sabe mal, pero es un pequeño
precio a pagar para tener la seguridad de que te tengo en mi poder. La
sustracción del anillo además añade a tu dudosa moralidad el delito. Una
muchacha joven, acojida por los buenos sentimientos de mamá y resulta ser una
viciosa y además una desagradecida ladrona. Podrías acabar en un correccional."



Fabiana estaba totalmente atrapada. Había sido adoptada por
mi madre porque había hecho los trámites necesarios para evitarle el hospicio.
Si mi anillo aparecía en su maleta mi madre montaría en colera. Aunque se
defendiese diciendo que todo era un montaje mío, su credibilidad se vendría
abajo en el momento en que mostrara a mamá las fotos y las revistas. Mamá la
echaría de casa e incluso podría hacer que la encarcelasen y su futuro se
volvería totalmente negro. Fabiana no tenía más elección que satisfacerme, que
ser mi esclava.



Yo tenía los pies sudados, no llevaba medias pues empezaba a
hacer calor. Fabiana seguía arrodillada en el suelo, besándome los pies.



"Ponme las zapatillas – le ordené."



La paleta cogió mis zapatillas, unas bonitas mules rosas, que
tenían una sencilla tira de piel que cubría mis dedos, con un pequeño taconcito
y que dejaban todo mi pie prácticamente al descubierto. Me tomó primero un pie y
lo introdujo en la zapatilla. Luego hizo lo mismo con el otro pie.



"Bésame los pies otra vez, esclava – le ordené."



Me sentía como en un sueño. Toda la vida había soñado con
tener una esclava, alguien a quien someter, a quien tratar con altivez y
despotismo. Leía con avidez todos aquellos libros que tratasen de amos y
esclavos. Me imaginaba siendo la propietaria de una plantación de algodón,
siendo dueña de docenas de esclavos que se postraban temerosos ante mí. No iba a
ser lo mismo pero menos daba una piedra.



Me levanté y le ordené ponerse a cuatro patas. Mi madre no
estaba en casa y María, la mucama, había salido a hacer la compra. Había que
aprovechar la situación. Me senté en su espalda y la ordené que me llevara hasta
el salón. Me sentía como una diosa a lomos de mi esclava.



"Déjame en el sillón."



Me senté en el sillón y ella seguía arrodillada.



"Acércame esta banqueta y acomódame los pies en ella."



Obedeció sumisa. Acercó el escabel y me levantó las piernas
para que descansara los pies en él.



"Tráeme una coca-cola... y desplázate a cuatro patas –
añadí."



Fabiana obedecía. Me encantaba. Mi plan funcionaba. Además
tenía el convencimiento de que a Fabiana le iba su papel. Todas aquellas
revistas, y aquellas fotos. Se me hacía dificil verla en un papel dominante, por
tanto era más que fácil que fuese una sumisa recalcitrante.



Me trajo la cola y me la ofreció.



"Descálzame las chinelas. Quiero que te pongas a lamerme las
plantas de los pies. Me sudan mucho los pies, sabes? Seguro que con tu lengua y
con tu saliba me los refrescarás."



Fabiana me miró por unos momentos pero enseguida obedeció. Me
retiró con cuidado las bonitas chinelas y comenzó a darme besos en las yemas de
los dedos de los pies.



"Te he ordenado que me los lamas, no que me los beses. Así
que saca la lengua y comienza a lamer, esclava."



Y sacó la lengua. Era esponjosa, húmeda, tibia. Sentí cómo
empezaba a recorrerme las plantas de los pies, justo debajo de donde empiezan
los dedos. Dios, que placer empecé a sentir. Cómo estaba disfrutando. Estaba
haciendo realidad uno de mis sueños más húmedos y aquello no hacía más que
empezar. Me esperaba una nueva vida.



"Lámeme entre los dedos, ya sabes, ahí se acumula el sudor y
si no se tiene bien limpito luego huele mal – y separé los dedos para facilitar
que metiera su lengua."



Joder, aquello era el sumum. Empecé a mojar y bajé la mano
hasta mi rajita. Fabiana seguía con su lengua entre mis dedos, recorriéndome las
plantas de los pies. Yo comencé a manipular mi botoncito, ¡diossss! Me iba a
correr. Los flujos comenzaron a empaparme la rajita, se acumulaban entre el
vello púbico. Ya veía turbio, pero solo de ver a la campesina postrada en el
suelo y con su lengua limpiando el sudor de mis pies más me turbaba. En un
minuto alcancé el primer orgasmo de mi nueva vida.



"Acércate – le dije totalmente exhausta."



"Sí mi ama... – dijo Fabiana que se había arrodillado a mi
lado."



Aquellas palabras me sabían a gloria "sí mi ama", me sentía
como una reina.



"Abre la boca, esclava."



Fabiana obedeció. Le metí los dedos con que me había
masturbado, llenos de flujos viscosos.



"Chupa."



Fabiana no objetaba nada. Simplemente obedecía. Me chupó los
dedos hasta dejarlos limpios.



"Dame una de las zapatillas – le ordené."



Fabiana me acercó una de las chinelas que me había
descalzado. La tomé por el taconcito y se la acerqué a la cara. La acaricié con
la suela.



"A partir de mañana cuando salgas de clase te irás corriendo
a casa, habrás de llegar siempre antes que yo. Nada más llegar quiero que cojas
mis zapatillas y las dejes frente a este sillón. Luego te vas a la puerta de
entrada y te arrodillas, desnuda, a esperar mi llegada. Yo llegaré al cabo de un
cuarto de hora, o cuando sea. Cuando yo entre por la puerta y la haya cerrado me
darás la bienvenida y me besarás los zapatos. Luego me seguirás hasta el salón y
cuando me haya sentado en mi sillón me traerás una cola, me la servirás de
rodillas y mientras me la tomo me descalzarás los zapatos y me besarás y me
lamerás los pies hasta que te diga que es suficiente. Después me calzarás las
chinelas y seguirás de rodillas a mis pies para limpiarme los zapatos que me
habrás descalzado antes. Me los limpiarás con tu lengua, por supuesto."



Mientras le iba dando las instrucciones que quería fueran
cumplidas de manera fija cada día la iba acariciando la cara con la suela de la
zapatilla. Cuando terminé de hablar le pegué en la cara con la suela de la
chinela. Fabiana no se quejó. Tenía el rostro encendido y una lágrima resbaló
por su mejilla. Le volví a acercar la chinela a la cara.



"Bésala. Cada vez que te pegue con uno de mis zapatos quiero
que lo beses."



Cuando llegó mamá Fabiana continuó siendo mi esclava en
secreto.


Mientras cenábamos dejé caer varias veces alguno de mis
cubiertos al suelo. Fabiana reaccionó con rapidez y en las tres ocasiones se
levantó de su silla y se arrodilló para recogerlos, aunque en la última no llegó
a tiempo pues María, nuestra mucama, se agachó y me lo recogió. Me sentí bien al
comprobar que Fabiana había aceptado plenamente su condición de esclava, incluso
más hallá de nuestra relación privada.


Cuando María recogió la mesa nos fuimos a sentar en el sofá
para ver la tele.


Mamá y yo nos sentamos y yo le hice una señal a Fabiana con
el dedo índice extendido y mirando hacia el suelo. Mi esclava se sentó en el
suelo, entre mis pies y los de mi madre.



"No te sientas con nosotras? – Le preguntó mi madre."



"Oh, no, gracias tía Valeria, prefiero sentarme en el suelo,
estoy más cómoda."



Mamá dio permiso a María para que cuando terminase de fregar
los platos se viniera al salón con nosotras a ver la tele. De vez en cuando, sin
que hubiera un motivo concreto, como para premiarla, mamá permitía a María que
estuviera en el salón con nosotras y viera la tele, cosa que a María la
entusiasmaba, aunque tuviera que permanecer de pie detrás de mamá, unico sitio
en que la dejaba estar, de esa manera si se le ordenaba cualquier cosa o que nos
trajera algun refresco tenía un acceso rápido a la cocina y también porque no
era propio que la criada ocupara el mismo sitio que la señora.



Me molestó la presencia impávida de María pues tenía previsto
aprovechar que solo estaríamos mamá, Fabiana y yo viendo la tele para mortificar
un poco a mi esclava Fabiana pisándole la mano que tenía apoyada en el lado en
que yo estaba sentada. Con María detrás de mamá, aquella vería claramente cómo
le pisaba la mano a Fabiana.


Cuando llegó María y se colocó de pie detrás del sofá tuve la
suerte de fijarme en los pies de mamá que los tenía descansando sobre un escabel
almohadillado.



"Mamá, fíjate en las uñas de tus pies, parece que algunas se
están descantando."



"Anda, pues es verdad. No me había fijado. María, cielo,
hazme las uñas – le ordenó mamá a la mucama – total, no te perderás gran cosa
por que no veas la tele, ultimamente hacen unos programas de lo más aburrido...
– pareció querer consolar a la mucama por haberle chafado la alegría que para
ella representaba el poder hacer una de las cosas que más la gustaban: ver
televisión, aunque fuera de pie en el salón mientras nosotras permanecíamos
comodamente sentadas."



María se instaló a los pies de mamá y se pasó la hora y media
que estuvimos frente al televisor haciendole la pedicura. Pocas veces utilizaba
a María de doncella delante de mí, por regla general la utilizaba en la
intimidad de sus habitaciones, cosa que a mí me molestaba de aquello más, pues
me encantaba ver a la mucama arrodillada a los pies de mi madre haciéndole las
uñas de los pies.


De esta manera gocé viendo el espectáculo de ver a la mucama
postrada a los pies de mi madre y a la vez de mortificar convenientemente a mi
esclava pisándole la mano que apoyaba en el suelo.


Sin que mi madre se percatara apoyé el pie sobre una de las
manos de Fabiana y estuve clavandole el pequeño tacón de mi zapatilla.
Disimuladamente apoyaba el pie en su mano y presionaba con fuerza. Al estar
sentada entre mi madre y yo, su propio cuerpo hacía de pantalla y evitaba que
aquella pudiera darse cuenta de que la pisaba.


Sabía que le hacía daño pero Fabiana aguantaba en silencio.
De vez en cuando retiraba el pie de la zapatilla y lo apoyaba sobre la mano que
le había estado pisoteando. Fue delicioso. También me divertí acercándole la
planta del pie a su cara, para ello, como que Fabiana estaba a mi izquierda,
cruzaba la pierna derecha sobre la rodilla. Al principio mantenía el pie a
distancia de su mejilla pero poco a poco me desplazaba hacia ella hasta que
llegaba a tocarsela con la planta.



Llegó la hora de irnos a dormir. De nuevo en mi habitación, a
solas, volvía a se mi esclava total.



"Desnúdame – le ordené nada más cerrar la puerta de la
habitación."



Fabiana me desvistió con mimo, mostrando buena
predisposición, con ternura.


Cuando me quedé desnuda, solo calzando mis elegantes
chinelas, le ordené que me acariciara los pechos. Yo tenía un cuerpo
consistente, con formas y volumen, vaya, que no era ninguna anoréxica. Tenía un
poco de barriguita y unas tetas redondas y firmes como correspondía a mi edad.


Fabiana comenzó a acariciarme los pechos con manos
temblorosas. Me gustó que me acariciara una chica y la dejé un buen rato que me
las prodigase.



"Saca el orinal de debajo de la cama – le ordené cuando me
cansé de sentir sus cada vez más excitadas manos."



Fabiana se agachó y cogió el orinal de debajo de la cama y lo
colocó sobre la alfombra.



"Arrodíllate mientras meo."



Me senté en la loza y comencé a mear. Siempre he sido muy
meona. Solté una copiosa meada y me puse de pie. Fabiana seguía de rodillas.
Acerqué mi coñito salpicado de gotitas de pipí y lo acerqué a su cara.



"Limpiame la orina que ha quedado en mi coñito... con la
lengua."



A medida que me prodigaba sus lamidas yo iba separando poco a
poco las piernas, para que tuviera un mejor acceso. Me puse a cien, nunca antes
me habían lamido la raja y menos otra chica. Estaba en la gloria.



"Méteme bien la lengua, más... más adentro... – le ordené
entre jadeos – sí... así... sigue... sigue..."



Me corrí en su boca. Fue fantastico, maravilloso. Me dejé
caer en la cama. Me senté y luego dejé caer el cuerpo hacia atrás.


Noté que Fabiana se acercaba a mis piernas y apoyaba su
cabeza en ellas. Estuvimos un rato así hasta que decidí que era hora de dormir.



"Descálzame, esclava."



Fabiana me descalzó con cariño las chinelas y me puse dentro
de la cama. La miré con una sonrisa pícara.



"Buenas noches esclava, cierra la luz y échate sobre la
alfombra, dormirás en el suelo junto a mi orinal y con mis zapatillas en las
manos."



"Buenas noches mi ama – respondió Fabiana a quien la idea de
dormir al lado del orinal lleno con mis orines no le hizo ninguna gracia, pero
no se quejó."



Aquella fue la primera noche. Cada día de su vida desde aquel
día dormiría en el suelo, con mi orinal lleno de mi última meada del día y
abrazada a mis zapatillas.



A la mañana siguiente me desperté en el momento en que la
mucama entraba para despertarnos. No había caído en que cada día mi mucama
entraba en mi habitación para despertarnos. Me hice la dormida. María se quedó
de piedra al ver a Fabiana dormida en el suelo, con la cabeza junto al orinal y
aferrada a mis zapatillas como si de peluches se trataran.



"¡Santo cielo, pero que es esto? – la oí murmurar para ella
misma."



La mucama se acercó a mí y me dio unos suaves golpecitos en
los pies. Hice ver que me despertaba y me desperecé.



"¿Ya son las ocho, María? – le pregunté haciéndome la medio
dormida."



"Sí, señorita Analía, es hora de despertar."



"Está bien, no despiertes a Fabiana, ya la despertaré yo – le
dije a la mucama."



"Si me permite preguntarle, señorita, ¿qué ha pasado esta
noche? Qué hace durmiendo en el suelo la señorita Fabiana y con el orinal. Y
además tiene sus zapatillas en sus manos..."



"No te importa, María, digamos que se trata de un juego."



"Pues vaya juego... En fin, con todo mi respeto, ustedes
sabrán. Les dejaré la ropa preparada e iré a prepararles el desayuno – dijo al
fin poniendo una expresión de cara como diciendo ‘no entiendo nada’."



En ese momento caí en la cuenta que María se pasaba la mayor
parte del tiempo en casa y que por tanto me sería dificil mantener en secreto
que Fabiana era mi esclava, así que decidí desarrollar una estrategia. María
tenía que estar en el secreto, aunque ya vería cómo. Debía empezar ya mismo.
Improvisaría sobre la marcha. Para empezar decidí que desayunaría en la cama,
como hacía cada día mi madre, aunque ella se despertaba más tarde, justo cuando
salíamos para el colegio. María le servía el desayuno en la cama.


A mí sólo me lo servía en la cama los sábados y los festivos
por no tener que ir al colegio. Así que se me ocurrió que lo único que haría
sería despertarme un poco antes y desayunar en la cama. Aprovecharía ahora que
tenía a mi esclava personal.



"María, prepara nuestra ropa. Luego te vas a la cocina y me
preparas el desayuno, pero solo para mí. De hoy en adelante desayunaré en la
cama. No será necesario que vengas a despertarme. Fabiana vendrá cada día a las
ocho a recoger mi bandeja. Tampocó te necesitaré para que me prepares la ropa y
los zapatos, entendiste?"



"Perdone señorita Analía, la señorita Fabiana desayunará en
la cocina?"



"He dicho que solo debes preparar desayuno para mí, es que no
entiendes? Es que estás sorda?"



La mucama se quedó mirándome como si me hubiera vuelto loca.



"A qué esperas. Espabila que ya tardas – dije esta vez en un
tono más duro."



María reaccionó como yo esperaba. Se sobresaltó, musitó un
"sí señorita" y se puso a la faena. Preparó nuestra ropa y los zapatos y luego
se fue a la cocina.


María llevaba poco tiempo sirviéndonos a mamá y a mí. Entró a
nuestro servicio poco después de morir papá y un poco antes de la llegada de
Fabiana, o sea, hacía solo unos meses. Era una muchacha no mucho mayor que yo,
entonces tendría unos 17 años. Era una muchacha indígena, oriunda de las
montañas del interior. No había ido a escuela más que un par o tres de años en
total pues de pequeñita ya había tenido que comenzar a servir. A los 16 años se
vino para la capital donde malvivió unos meses haciendo de pajillera y otras
cosas por el estilo hasta que un día, al pasar por delante de nuestra finquita,
vio un cartel en el que se precisaba muchacha para servir. No se lo pensó dos
veces y llamó. A mamá le encantó María. Una chica humilde, dócil, sumisa y
predispuesta. Algunas amigas de mamá habían viajado a pueblos del interior en
busca de una mucama criolla. Decían que eran muy trabajadoras, sumisas y
cobraban poco. Cuando vio que lo que tenía delante era una de esas chicas
decidió tirar adelante.


Mamá le hizo una oferta muy baja de salario, muy baja,
ridícula, para probar y María aceptó enseguida. Luego le puso las condiciones
muy duras, para ver qué pasaba y la chica criolla también aceptó sin vacilar. No
tendría más que una tarde libre al mes, se le descontaría del sueldo todo lo que
rompiera, comería lo que hubiera sobrado y mantendría siempre una actitud
sumisa. María lo aceptó todo sin dudar.


Mamá la trataba bien, con la formal distancia entre ama y
servidora pero con corrección. Hablaba poco y siempre pedía permiso para
hacerlo. Se encargaba de todas las tareas domésticas y dedicaba una atención
especial a mamá a quien servía también como doncella aunque yo apenas nada sabía
de esta faceta pues casi siempre la atendía en sus aposentos privados, a los que
yo no podía acceder sin su permiso, salvo en raras ocasiones como la noche
anterior en que le hizo la pedicura en el salón viendo televisión. Para mí era
un misterio que me intrigaba, aunque la llegada de Fabiana me había distraido de
ello. En una ocasión espié por el ojo de la cerradura, pero el angulo de visión
no era bueno y solo podía ver que la mucama parecía estar de rodillas y que se
balanceaba ligeramente, pero nada más. Mi mente fabuló enseguida pero desestimé
cualquier relación perversa o enfermiza pues para mí mamá era una persona muy
recta y cabal y estaba segura de que su relación con María había de ser
estrictamente profesional.



Me senté en el borde de la cama y puse los pies sobre el
vientre de Fabiana que seguía durmiendo.



"Despierta perezosa, es hora de que me vistas. Venga, arriba
golfa – le dije aplastándole un pecho lo que provocó un susto en Fabiana."



Mi prima se me quedó mirando extrañada, como preguntándose
que hacía durmiendo en el suelo.



"Ya no recuerdas que desde ayer eres mi esclava?"



Fabiana pareció regresar a la realidad. Seguro que había
tardado horas en dormirse por la incomodidad de hacerlo en el suelo y ahora
tenía mucho sueño. Ya se acostumbraría.



"Nuevas instrucciones. Desde mañana te despertarás a las
siete de la mañana. Preparás mi ropa que haya de ponerme y mis zapatos. Los
lustrarás bien brillosos con cepillo y betún. A las ocho en punto irás a la
cocina a buscar la bandeja de mi desayuno que María ya te tendrá preparada.
Luego vendrás aquí, me despertarás besándome los pies y cuando esté despierta me
sostendrás la bandeja, arrodillada en el suelo, para que yo me desayune. Cuando
haya terminado el desayuno me aisistirás en mis abluciones y posteriormente me
vestirás y me calzarás. Si no me gusta como has dejado de limpios mis zapatos te
castigaré y me los volverás a limpiar, pero esta vez con la lengua. Finalmente
tendrás cinco minutos para lavarte y vestirte, coger nuestras mochilas y venirte
conmigo al colegio, andando detrás de mí, sin dirigirme la palabra ni para
pedirme la hora. Entendido?"



Fabiana estaba aturdida. Me miraba desde el suelo donde yo
seguía con mis pies sobre su vientre.



"¡¿Entendido?! – le grité."



"Sí mi ama, sí... lo entendí todo."



"Eso espero. Ahora ponme las zapatillas y ponte a cuatro
patas para llevarme al baño."



Mis aposentos eran grandes y espaciosos y tenían un baño
interior. Fabiana me calzó las zapatillas y se puso a cuatro patas. Me monté
sobre su espalda y me llevó hasta el aseo.



"Ve a buscar el orinal, esclava – le dije – vacíalo y
límpialo."



Cuando terminó de vaciar el orinal en el bidé y de limpiarlo
le dije:



"Ponlo en el suelo y sujétalo."



Me senté en el amplio orinal. Fabiana estaba arrodillada y
sujetaba con las manos los bordes de la bacinilla. Le agarré la nuca por el pelo
y abriendo las piernas lo suficiente la obligué a meter la cara en el espacio
que quedaba entre mi coño y mis muslos bien abiertos.



"Huele, mira y escucha – le dije al tiempo que liberaba mi
vejiga, soltando un poderoso chorro de apestosa orina."



Fabiana intentó zafarse cuando multitud de gotas de orina se
estamparon contra su rostro, unas al rebotar contra la loza y otras porque el
chorro salía descontrolado y salpicaba hacia todas partes, pero la mantuve firme
en el sitio.



"Límpiame la rajita, con la lengua, pero esta vez no hay
tiempo para gozar, osea, empleate a fondo pero no me toques el clítoris."



Después me lavé los dientes. La hice permanecer de rodillas a
mi lado con la boca abierta. Le escupí por dos veces los enjuagues de mi boca en
la suya.



"Aprovecha mi agua para enjuagarte tu boca – le dije
riéndome."



Fabiana me obedeció y se enjuagó la suya con las aguas que le
había escupido.



"Si se enteran me dan un premio al civismo por ahorro de
agua... – me reí a gusto."



Luego me vistió y me calzó.



"Hoy no me has lustrado los zapatos porque no tenías aún las
instrucciones, así que bastará con que me los limpies con la lengua para
abrillantarlos. Pero eso no te librará del castigo por no tener mis zapatos
perfectamente abrillantados. Cuando acabes de lamérmelos me acercas una de las
zapatillas y me ofreces tu feo rostro."



Cuando le indiqué que los zapatos ya estaban bien brillantes,
Fabiana cogió del suelo una de mis chinelas y me la ofreció. Yo estaba sentada
en el silloncito del tocador. La cogí por el tacón y me golpeé con la suela la
palma de la otra mano.



"En que lado prefieres que te pegue – le concedí."



Fabiana dudó un momento y luego me indicó la mejilla derecha
acercándomela convenientemente. Levanté el brazo y le pegué dos sonoras
bofetadas. ¡PLASSS...! ¡PLASSS...! estampándole con fuerza la suela de la
zapatilla en pleno rostro.



Fabiana emitió un lamento profundo, pues los golpes los había
propinado con fuerza. Pero eso no le impidió cumplir con una de las normas
generales que le había dictado el día anterior. Tras el lamento y con dos
lágrimas bailando en sus ojos buscó con sus labios la sandalia que aún tenía en
la mano para besarla devotamente.


La cogí del mentón y me la acerqué. La besé delicadamente en
los labios y dejé que aquellas dos lágrimas terminaran de caer. Noté que Fabiana
se estremecía bajo mi beso.



"Venga, bésame los pies y vámonos ya a la escuela."



Por la tarde, al terminar las clases Fabiana corrió como una
loca para llegar a casa antes que yo.


Se desnudó, colocó mis chinelas frente al sillón donde
tendría que sentarme yo al llegar y fue hasta la puerta de entrada donde se
arrodilló en el suelo.


Mi madre no estaba. Pasaba las tardes en la zapatería que
regentaba, una gran tienda de zapatos de señora, de lujo, en la que tres
empleadas le hacían el trabajo, pero siempre pasaba al menos tres horas en la
tienda porque decía que era importante tratar directamente con sus más fieles e
importantes clientas. A éstas les gustaba charlar con la dueña de la boutique
más importante de la ciudad en calzado femenino.


María sí que estaba en la casa. Se hallaba faenando cuando la
vio. Su prudencia natural no le permitió decirle nada a Fabiana. Por la mañana
ya se había llevado un chasco cuando me había preguntado qué hacía mi prima
durmiendo en el suelo y no quería llevarse otro. Así que se retiró prudentemente
a las habitaciones de mamá para arreglar sus cosas.



Yo llegué media hora más tarde desde que Fabiana se había
arrodillado en el suelo completamente desnuda. Cuando cerré la puerta tras de mí
Fabiana se estiró completamente en el suelo y comenzó a reptar, avanzando a
rastras el escaso metro de distancia que nos separaba y puso sus labios sobre
mis zapatos, comenzando a besarlos.



"Bienvenida a casa mi ama – me decía mientras no dejaba de
besarme los zapatos, esos bonitos zapatos de salón clásicos, negros y de tacón
bajo que calzaba."



Mientras me los besaba saqué uno de los pies del zapato y lo
apoyé sobre su cabeza.



"Besa y huele el interior del zapato, está calentito y huele
sabroso."



Fabiana metió la nariz dentro del zapato y la oí husmear y
besar en su interior mientras yo me secaba el sudor de la planta del pie
frotándola contra su cabello.


Luego le aparté la cara del zapato con el mismo pie y tras
ordenarle que me lo calzara pasé por encima de ella y me dirigí hacia el salón.
Fabiana se puso de rodillas y me siguió a cuatro patas. Una excitante sensación
de poder y triunfo se había apoderado de mí.


Cuando llegué al salón vi las chinelas correctamente
alineadas frente al sillón. Tomé asiento y a los pocos segundos hacía su
aparición Fabiana llevando una pequeña bandejilla en la que portaba un
refrescante vaso de cola, con hielo y limón. Mi bebida preferida. Se arrodilló a
mis pies y me acercó la bandeja. Tomé el refresco y me puse a beberlo con
delectación. Enseguida noté como Fabiana comenzaba a descalzarme. Me sujetó por
los tobillos y jaló mis piernas hacia arriba, hasta ponerlas horizontales y
paralelas con el suelo. Mis plantas estaban frente a su cara. Sin que tuviera
que decirle nada y mientras seguía saboreando con placer el refresco noté su
húmeda y tibia lengua comenzar a corretear por mis plantas.


Fabiana lamía y besaba. Alternaba tiernos besos con cálidas
lamidas. Moví los dedos de los pies para que Fabiana recordara su existencia.
Rápidamente noté unos lengüetazos en la parte inferior de mis dedos. Abrió
ligeramente los labios y comenzó a chupármelos, primero todos a la vez, golosa,
luego uno por uno. Bajó a los talones y apoyó la lengua con fuerza para subirla
lentamente por toda la planta. Primero un pie luego el otro. Separé ligeramente
los dedos y Fabiana también se percató del ligero movimiento metiendo la lengua
entre ellos.



"Tengo los pies muy sudados, no te parece? – le comenté."



"Sí ama, están un poco sudados."



"Y el olor, te ofende? – hasta mí llegaba la peste de mis
pies."



"No mi ama, huelen muy sabroso – mintió Fabiana."



"No seas estúpida, ya se que huelen mucho. Mamá dice que es
una cuestión hormonal, del crecimiento. Que ya se me pasará. Pero yo no quiero,
me gusta que huelan fuerte, sobre todo si tengo una esclava que tenga que
olérmelos. Restrégate la cara contra mis plantas – le ordené."



"Sí ama."



Mi esclava se frotó y se frotó repetidamente su cara contra
las plantas de mis pies. Quería que se impregnara bien del olor de mis pies.
Luego la olería para ver el resultado. Sería divertido ver qué decía mamá cuando
regresara y la besara en la mejilla.



Mientras Fabiana se frotaba el rostro contra mis pies hizo su
aparición María. Se quedó mirando alucinada. "Ya tardabas en aparecer" me dije a
mi misma que ya había previsto que era imposible llevar a cabo mi plan de
esclavizar a Fabiana sin que ella se enterase. Mi madre también acabaría
sabiéndolo, pero eso sería más tarde, ya tendría tiempo de planear el asalto. El
caso de María ya lo tenía estudiado.



"No tienes trabajo? – le espeté muy seria – A que viene
quedarse plantada ahí, como un pasmarote, mirando. Tendré que decirle a mamá que
la mucama es una gandula, que cuando ella no está se dedica a probarse sus
vestidos y sus zapatos."



"Pero... señorita Analía... yo no hago eso..."



"Según tu contrato tienes que pagar de tu sueldo todo lo que
rompas, no es así? – dije dejando caer el vaso de cola vacío al suelo que
estalló en mil pedazos asustando tanto a Fabiana como a la mucama."



"Pero... pero... yo... no lo he roto yo, señorita... – dijo
María horrorizada ante mi sangre fría."



"Ah no? Fabiana ha visto cómo lo rompías ex profeso. No es
así Fabiana? – y sin dejar que mi esclava apenas asintiera con la cabeza
proseguí con mi plan – Venga, recoge lo que has roto y luego ven, tenemos que
hablar. A lo mejor si me cuentas qué has visto yo no tengo que verme obligada a
decirle a mi madre que eres una holgazana, ni que te pruebas sus zapatos y sus
vestidos cuando no está ni que rompes objetos y luego no se lo comunicas."



La mucama estaba azorada, nerviosa. Se fue a por un recogedor
y regresó poniéndose a limpiar los cristales del vaso esparcidos por el suelo.
Yo seguía con las piernas extendidas mientras Fabiana no dejaba de restregar su
cara contra las plantas de mis pies, perfumándose con sus olores.


María regresó al salón y se quedó de pie frente al cuadro que
representábamos yo y mi esclava. Le di una ligera patada en el rostro a Fabiana
y esta procedió a calzarme las chinelas y tras tomar del suelo mis zapatos de
salón se puso a limpiarlos con la lengua.



"Veamos María. Comencemos de nuevo. Fabiana es mi esclava,
sabes? tienes idea de qué significa eso?"



"Pues no del todo, señorita Analía, aunque creo que algo me
puedo imaginar."



"Y que te imaginas tú."



"Pues que la señorita Fabiana tiene que obedecerla en todo lo
que usted le mande..."



"Esclava, descálzame una zapatilla y dámela – ordené a
Fabiana."



La esclava obedeció al instante. Levanté el brazo, descargué
un terrible tortazo con la suela en la cara de Fabiana y luego le acerqué la
chinela. Fabiana, soltó un respingo y un quejido, pero enseguida se acercó a la
chinela y depositó un beso en la zona donde se veían las marcas que los dedos de
mis pies habían dejado en la parte interior de la suela de las zapatillas.



"Cálzamela y sigue lamiéndome los zapatos – le ordené."



María miraba la escena totalmente absorta. Veía a Fabiana
llorar mientras me lamía los zapatos.



"Y qué más te sugiere el hecho de que sea mi esclava?"



"Pues que también la puede castigar."



"Bien María, eres observadora. Tú estás a gusto en esta casa,
sirviéndonos?"



"Sí señorita Analía – se apresuró a aclararme la mucama –
mucho señorita, mucho."



"Pues de todo cuanto veas que ocurre entre mi esclava y yo tú
no sabes nada, no dirás nada a mi madre. De lo contrario comenzaré por romper
objetos valiosos, uno o dos cada día y diremos que has sido tú. También tengo
otras armas, como esconder ropa o joyas de mamá y hacerle ver que se las has
robado. Sabes lo que esto significaría, verdad?"



"Sí señorita Analía, usted no se preocupe, yo no diré nada a
nadie. Por mí puede hacer lo que quiera, yo soy una tumba. Solo que, si no le
importa... "



"Sí...?"



"Pues que de vez en cuando me gustaría mirar..."



"Está bien, trato hecho. Tu miras lo que te apetezca y a
cambio eres sorda, muda y ciega."



"Sí señorita, gracias, muchas gracias."



De esta manera tan simple corté el posible peligro que
pudiera representar la mucama. Ahora tenía todas las tardes libres para hacer lo
que quisiera con mi esclava sin tener que preocuparme hasta la llegada de mi
madre, hacia las ocho de la tarde.



Los días se iban sucediendo. Fabiana estaba totalmente
entregada. Yo apenas podía creerme haber conseguido semejantes resultados.


Noté que Fabiana aborrecía que la pegara, lo admitía, lo
soportaba, pero no le gustaba. Solía hacerla llorar con los golpes que le pegaba
con la suela de la zapatilla en la cara. En cambio la veía feliz cuando la
humillaba, cuando tenía que besarme los pies, de rodillas, cuando le hacía
lamerme la rajita después de mear. Aquellas revistas, aquellas fotos. Seguro que
Fabiana tenía algo de masoquista, al menos debía ser una sumisa. Y si Fabiana
era algo masoquista y sumisa yo era bastante sádica y dominante. La pareja
perfecta. Tenía que probar nuevas cosas, nuevas sensaciones, y eso hice. Por
otro lado me intrigaba la facilidad con que María había aceptado mis
condiciones. ¿Es que sería yo muy buena haciendo chantaje? También reflexioné
por una cosa que me había pasado por alto al principio. ¿Por qué y para qué me
había pedido que de vez en cuando la dejara mirar cómo trataba a mi esclava? En
María algo había que no me encajaba.



Un día, al salir de clase fui hacia casa. Al entrar allí
estaba Fabiana, arrodillada en el suelo, desnuda. Me besó los zapatos, como
siempre. Fui al salón y Fabiana me trajo mi refresco y se arrodilló a mis pies
para descalzarme los zapatos y lamer el sudor de mis pies.



"Sóplame en las plantas – le ordené a Fabiana – hace bastante
calor."



La esclava comenzó a dar lengüetazos en mis plantas y a
continuación me insuflaba el aire que contenían sus pulmones. Era una sensación
refrescante, que me aliviaba mucho. Fabiana sudaba, hacía calor. Vi que a
hurtadillas miraba el vaso de cola del que iba tomando sorbos.



"Tienes sed, perra?"



"Sí ama, mucha sed – contestó."



"Puedes calzarme las chinelas y comenzar a limpiarme los
zapatos con la lengua, pero antes acércame uno de ellos."



Fabiana me dio uno de mis zapatos y cogió el otro para
comenzar a lamerlo. Tomé mi propio zapato y comencé a verter en su interior un
poco de coca cola, no mucha, hasta que se cubrió el interior del zapato, la
parte más curva de la suela.



"Toma, bebe – le dije ofreciéndole el zapato."



Fabiana lo tomó con cuidado por el tacón, procurando
mantenerlo recto. Luego se llevó a los labios la parte posterior del zapato, el
ceñidor del talón, y elevándolo con cuidado esperó a que el líquido depositado
en el interior se desplazara y comenzara a caer en sus labios.


Fabiana puso cara de emoción. Se la veía excitada. Parecía un
príncipe ruso bebiendo champan del zapato de su amada. Me encantó la
composición. Cuando terminó de beberse la poca coca cola que le había puesto me
miró con los ojos brillantes. Sin tener que decirle nada secó con la lengua el
interior de mi zapato, para que no quedara ni una gota de humedad en él. Lamió
hasta que le costó desplazar su lengua por el interior de mi zapato.



"Estás contenta por haberte dejado beber de mi zapato?"



"Sí, sí mi ama, mucho – en su rostro se veía dibujada la
felicidad."



Definitivamente, Fabiana era una sumisa integral. Me acerqué
a su rostro. Tenía los labios brillantes de la coca-cola. Saqué la lengua y se
los lamí y atornillé mis labios a los de ellla. Fabiana seguía de rodillas y
notaba cómo le temblaba el cuerpo entero de emoción, la estaba derritiendo.



"Ya tienes bastante, ahora bésame los pies y luego sigue
limpiándome los zapatos con la lengua."



Fabiana se inclinó y me besó repetidamente los dedos de los
pies que mis sandalias dejaban claramente al descubierto.



Cuando Fabiana se puso a limpiarme los zapatos de salón
escuché un gemido. Era un gemido de placer. ¡María! Sólo podía ser ella. Busqué
con la mirada y allí estaba, escondida detrás de una columna del salón. Había
estado todo el rato contemplandonos a Fabiana y a mí, contemplando nuestra
relación ama-esclava, en absoluto silencio. Imagino que no pudiendo aguantar más
se había estado tocando la rajita y le había sobrevenido un orgasmo, delatando
su presencia por sus gemidos.



"¡María! – grité – Qué estás haciendo."



La mucama salió de detrás de la columna, despeinada, con los
ojos vidriosos de placer, jadeando.



"Ay señorita, perdóneme, pero no he podido más..."



"Te estabas masturbando, verdad cochina?"



"Sí... sí señorita... perdóneme, pero es que viéndolas... no
lo he podido evitar..."



"Qué pasaría si esta tarde le cuento a mamá lo que has
hecho?"



"Por favor, señorita, no lo haga, se lo suplico. La señora me
echaría, no lo haga... por favor."



"Y puede saberse porqué te estabas masturbando?"



"Me da vergüenza, señorita... pero es que verla a usted, así,
como una reina, y a la señorita Fabiana como una esclava... no se que me pasa,
pero he sentido necesidad de tocarme..."



Decidí jugar fuerte con María.



"Acércate María – la mucama dio dos pasos – Arrodíllate y
bésame los pies – le ordené."



La mucama cayó de rodillas con la cara iluminada.



"Ay señorita, de verdad? De verdad que quiere que le bese los
pies? "



Iba a repetir la orden pero no tuve tiempo. María se había
arrojado literalmente al suelo y ya estaba besándome los pies. Me los besaba con
verdadera pasión. Yo estaba alucinada. Sin saberlo tenía en casa dos auténticas
sumisas deseosas de ser mis esclavas. Dios, que suerte tenía.


Aquella revelación no solo me libraba del problema de que
María pudiera irse un día de la lengua, ahora sabía del cierto que no lo haría,
al igual que Fabiana, sino que además me proporcionaba una nueva esclava.



María seguía en el suelo besándome y lamiéndome los pies.
Para mi sorpresa la oí sollozar. Con el pie le hice levantar la cabeza y la miré
interrogándola.



"Es que soy muy feliz señorita Analía, muy feliz. Yo también
quiero ser su esclava, ama Analía, yo también – me decía entre sollozos – se lo
suplico ama, acójame como esclava suya."



Yo estaba alucinada. No podía creer lo que me estaba pasando.
Sería cierto? Estaría soñando? Dos esclavas, dos, la mucama y mi prima. Las dos
bebían los vientos por mí, porque además era evidente que Fabiana estaba
enamorada de mí.



"Está bien – concedí – al igual que Fabiana serás mi esclava.
Me obedecerás en todo, absolutamente en todo, sea cual sea la orden que te dé.
Entendido, esclava?"



"Sí mi ama, seré absolutamente suya – se me entregó María al
tiempo que volteaba la cara para besarme el pie con que se la había levantado."



"Ahora descálzame una zapatilla y acércamela – le ordené."



María obedeció, me descalzó y me entregó la chinela. La tomé
por la suela y la mandé acercar el rostro. ¡TRASSSSSSSHHHHHHHH! Le solté un
tremendo taconazo en mitad de la cabeza. La mucama soltó un alarido y llevándose
las manos a la cabeza se puso a llorar.



"Bésala – le ordené acercándole a la cara la zapatilla con
que le había pegado."



La mucama bajó las manos y aún llorando depositó un beso
sobre las huellas que habían dibujado por su uso los dedos de mis pies en la
parte interior de la suela de la zapatilla. Me encantaba aquella humillación
después de pegarlas.



"Siempre que te pegue con uno de mis zapatos lo besarás. –
Entendido esclava?"



"Sí ama... sí mi ama... – contestó mientras aún respiraba
entrecortadamente a consecuencia del sollozo."



Aprovechando que ahora la mucama de mamá también era mi
esclava, decidí interrogarla sobre la relación que tenían entre ellas. Aún me
tenía intrigada aquella vez que observando desde el ojo de la cerradura de la
habitación de mamá había conseguido ver a María de espaldas y arrodillada, pero
sin alcanzar a ver nada más. Ahora era la ocasión. María hablaría si se lo
ordenaba.


Mandé a Fabiana colocarse a cuatro patas frente a mí para
estirar las piernas y apoyarlas sobre su espalda. Luego mandé a María a que me
lamiera las plantas de los pies.



"Cuéntame mucama, te llamaré mucama para diferenciarte de
Fabiana a la que llamaré esclava, dime, cómo es la relación que mantienes con mi
madre. Me refiero a cuando os encerráis en su habitación... ya sabes, lo que
hacéis por las mañanas en que estáis solas... qué te hace hacer, esas cosas, ya
me entiendes."



María se puso roja a pesar de lo oscuro de su piel. Me besaba
los pies pero no se atrevía a hablar. Le propiné un golpe con la planta del pie
en la cara.



"Habla mucama, o quieres que te azote – la amenacé."



"Ama, la señora, su mamá, me tiene prohibido que le cuente a
usted lo que me hace hacerle. Su mamá me despediría si se entera. No me obligue
a contarle sus intimidades..."



"Ahora la situación ha cambiado. Eres mi esclava y me debes
obediencia. Así que cuéntame, no te apures, no sabrá nada."



María estaba atrapada, no se imaginaba que fuese a hacerle
aquella pregunta. De todos modos quería seguir siendo mi esclava y por tanto
debía obedecerme.



"La señora me hace lamerle la raja, mi ama, y también el
agujero del culo, son sus pasiones."



Ahora se completaba la imagen que vi parcialmente a través
del ojo de la cerradura. No me lo quería imaginar, pero era evidente que algo
raro pasaba en sus habitaciones cuando se encerraba con la mucama. No se iba a
encerrar si lo único que se hacía hacer era la pedicura o que la descalzara.



"Y tú accediste voluntariamente a complacerla?"



"En primer lugar porque me gusta la señora, me fascina y en
segundo lugar porque de negarme me echaría y no quiero que eso suceda, por nada
del mundo y menos ahora. Ojalá la señora quisiera que también fuera su esclava.
Sería muy feliz."



"Creo que tendré que hablar con mamá. Creo que podrá evitarse
un sueldo – dije para mí, sin esperar contestación."



Dejé pasar unos días. Una semana concretamente. En esos días
fui poniendo cebos, provocando situaciones que pudiesen ser un poco violentas.
Iba a tratar a María de manera humillante, quería ver la reacción de mamá.



Aproveché cuando estabamos todas juntas, básicamente a partir
del atardecer. Un día reñía a María porque consideraba que la sopa no tenía sal,
otro la hacía traerme un refresco al salón, mientras mamá y yo mirábamos la
tele.



"Te tengo dicho que quiero la coca-cola con hielo."



María no lo sabía, desde luego. Se me quedó un momento
mirando.



"No me mires. Ponme hielo, boba."



"Sí señorita Analía."



Miré a mamá de reojo y ví que se sonreía.



En otra ocasión mamá permitió que María se quedara por la
noche con nosotras a ver la tele, como siempre detrás del sofá, de pie.



"Eres demasiado buena permitiendo que la criada vea la tele
con nosotras. Creo que la malacostumbras. La pagas para que nos sirva, no? Pues
ver la tele no es servirnos."



"Pobrecilla, sólo se lo permito de vez en cuando. Sé que le
gusta mucho y así la premio."



"Pues mira, que haga algo mientras tanto. María, ven aquí...
acércame el escabel, y qué quieres que te diga, no me parece propio que una
mucama esté viendo la tele en el mismo salón en que están las amas."



Estiré las piernas y apoyé los pies en el escabel.



"Hazme un masaje en los pies, los tengo ardientes y
cansados."



La mucama obedeció en el acto. Se arrodilló delante del
escabel, me sacó las zapatillas y comenzó a darme masaje en los pies.


Estuve como media hora gozando de las caricias de la
pueblerina.



"Uhmmm... es maravilloso mamá... no te apetecería que María
te hiciera un relajante masaje en los pies?"



"Pues la verdad es que me estás dando envidia..."



"Venga, mucama boba... cálzame y ve a hacerle un masaje a
mamá en los pies."



Mamá pareció disfrutar mucho de aquella situación.



Uno de los días esperé a que llegase mamá para montar una
escenita.



"Que sea la última vez que me contestas cuando te riño,
criada estúpida – le grité a María que no sabía de que iba la película y le di
un bofetón que la tiré al suelo."



"¡Pero Analía...! – me reprendió mamá aparentemen

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Relato: Fabiana
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