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Relato: El gordo mayor (4)





Relato: El gordo mayor (4)


EL GORDO MAYOR (4)


CAPÍTULO IV: LUJURIA SATISFECHA




"Qué te sucede hoy, Zesna. Parece como que no estuvieras
aquí. Estás como distraído." Fue lo que me dijo uno de mis patrones en medio de
una reunión de trabajo.


Sí, era verdad. No estaba allí.


Mi mente continuaba en la noche anterior. Aún seguía estando
en el consultorio de Eduardo,


Soy una persona muy abierta a las nuevas experiencias, y como
ya dejé en claro en más de una oportunidad, habitualmente me dejo llevar por los
acontecimientos sin saber muchas veces cómo van a terminar.


Pero ahora, por mi bienestar laboral, debía hacer un
paréntesis y atender mis tareas de trabajo.


Muy distinto fue cuando llegó mi horario de descanso al
mediodía.


Ese día no hubo tal almuerzo.


Estuve todo ese tiempo libre sentado en el inodoro del baño,
recordando con lujo de detalles esta nueva experiencia vivida con mi abuelito.







Seguía sin poder creer lo profundo de la raja que estaba
comiendo, lamiendo, besando y tocando. Él mismo se sostenía ambas nalgas para
permitirme jugar allí a mi antojo, y ni siquiera de esa forma podía aún verle
claramente el agujero.


Puse ambas manos a la labor de abrir esos cachetes
voluminosos y de encontrar el preciado tesoro.


Finalmente lo toqué con un dedo bañado en mi saliva, y éste
desapareció dentro de él sin ofrecer resistencia alguna. Saqué el dedo que
estaba limpio excepto por la transpiración de entre sus glúteos. Me lo metía en
la boca y lo sequé.


El gordo seguía apoyado sobre sus rodillas, con las piernas
bien abiertas, y su abdomen y pecho encima del sofá.



Chupé un segundo dedo con la intención de darle más grosor a
la arremetida.


Ambos dedos entraron sin sentir ningún obstáculo, lo cual me
sorprendió.


No sólo ni pestañó cuando los tuvo dentro de sus entrañas,
sino que dudé que se hubiera dado cuenta de lo que estaba haciendo. Decidí ir
hasta el límite, y agregué otro dedo más al safari. Tampoco hubo resistencia.
Terriblemente excitado, ahora sumé el meñique. Esta vez sí hubo un poco de
presión, pero penetraron sin mayores inconvenientes.


De pronto sentí un escalofrío muy grande, acompañado de una
sobredosis de adrenalina, y mi miembro adquirió una dureza aún mayor a la que
tenía hasta ese instante. La sola idea que se me cruzó en la cabeza en ese
preciso momento, hizo todo ese desorden.


Nunca lo había hecho con anterioridad, y pensé que éste era
el momento y la ocasión adecuada para intentarlo.


Quité los dedos de su ojete, y me los llevé a la boca, uno
por uno. Incluí el pulgar, que aún no conocía ese agujero.


Los lamí, y salivé con bastante segregación. Escupí sobre mi
mano varias veces, y esparcí el líquido hasta mi muñeca.


Ahora me salivé dos veces la mano izquierda, y se la unté en
la raja por sobre y dentro de su orificio anal.




Acerqué la diestra ya humedecida y cerré los dedos de forma de dejarlos lo más
angosto posible. Hice un tipo cono, con el dedo mayor hacia arriba, los dedos
anular e índice por debajo de aquel, y el meñique y pulgar aún más por debajo de
ellos. Comencé a introducir lentamente el dedo más largo. Y a medida que
avanzaba, comenzaron a ingresar otros dedos en la expedición. Cuando iba a
ingresar el pulgar, mi mano se vio obligada a detenerse contra las paredes del
agujero.


Ahora el morbo y la excitación me ganaron por completo, pero
temía lastimarlo.


"Dónde está el baño, abuelito? Pregunté y señaló una puerta a
la derecha.


Fui allí lo más rápido que pude.


Al volver traía un jabón y la toalla que ya había humedecido
con agua.


Eduardo adivinó lo que yo intentaba.


"Espero que sepas lo que estás haciendo. Estás seguro que lo
deseas?" preguntó mientras esperaba , aún sosteniéndose las ancas bien abiertas
con sus propias manos.


"Sí, no se preocupe:" contesté



Me humedecí y enjaboné bastante las dos manos. Con una de
ellas le unté jabón en el ano, se lo froté bien, y tuve la precaución de
introducir gran parte en sus entrañas con dos dedos.


Ahora volví a arremeter con mi mano, en la misma posición de
cono que antes.


Dedo medio, anular e índice, entraron en ese orden. Meñique
también. Cuando comenzó a introducirse el pulgar, contuve la respiración.
Nuevamente ofreció un poco de resistencia, pero el jabón le permitió seguir tras
una leve presión de mi parte.


Muy despacito, seguí metiendo hasta la parte más ancha de mi
mano. Allí mismo donde nacen todos los dedos.


Esta vez, un grito sordo surgió de la boca de mi abuelito.


Un ruego de "No, por favor" me dejó a un paso de quitarle la
mano.


"Haga fuerza para quitármela." Le pedí.


Noté el esfuerzo que hacía. Las lágrimas le brotaban por
entre los párpados apretados, mientras sentí que sus piernas temblaban.


Varios pedos se escaparon por el agujero taponeado con mi
mano, y en lugar de sacarla, decidí empujar más adentro de una sola vez y
rápido. Un nuevo grito surgió y sólo se apagó cuando el orificio anal de Eduardo
me engulló la mano completamente hasta la muñeca. Varios quejidos de dolor se
hicieron escuchar y me mantuve inmóvil dentro de él hasta que finalmente se
apagaron.


Silencio absoluto


Excepto por la respiración agitada de él.


Calma total.


Excepto en mi entrepierna.



Con mi mano libre, comencé a acariciar suavemente sus
testículos por detrás. Intenté ver si su pene permanecía oculto, y
efectivamente, así era.


Mi diestra estuvo un lapso de tiempo largo sin moverse dentro
de él . Ambos estábamos experimentando por primera vez con esto. Yo no estaba
muy seguro de qué hacer, pero siguiendo mis instintos comencé por abrir la mano
en sus entrañas y a tocar todo lo que estaba a mi alcance allí dentro, muy pero
muy lentamente. Todo estaba caliente allí dentro, bastante pegajoso y
ciertamente, muy sucio.


Eduardo comenzó a gemir sorpresivamente.


Un par de ventosidades más se escaparon por alrededor de mi
muñeca, lo que incrementó aún más mi excitación. Lentamente ingresé mi mano más
dentro de él hasta que en determinado momento, toqué algo que lo hizo
enloquecer.


Pasé mis dedos por allí, una y otra vez. De izquierda a
derecha, y viceversa.


"Ay, por Dios." Suplicó entre gemidos y retorciéndose por
primera vez desde que todo comenzó. "Vuelve a tocarme allí, por favor, hijo mío,
te lo suplico, por lo que más quieras, acaríciame allí nuevamente." Y comenzó a
empujar su culo hacia mí para que le interne más aún la mano dentro suyo.


Lo que había tocado era su próstata.


Cumplí con su pedido.


Rocé con la yema de mis dedos, y prácticamente terminé
apoyándolos sobre ella.


Los gemidos dieron paso literalmente a alaridos, y jadeos
hasta que un descontrol total se apoderó de él.


Su culo ahora se movía en todas direcciones. Hacia la derecha
e izquierda. De arriba abajo. Y seguía intentando que le metiera más de mi brazo
dentro. Se alejaba lentamente y volvía a enterrarse mi puño bruscamente, como
quien desea ser fornicado salvajemente.


En ese momento, la mano que le estrujaba los testículos por
detrás, fue nuevamente a explorar su miembro escondido, y esta vez ante mi
asombro, algo muy duro estaba en su lugar. Muy duro, extremadamente grueso y muy
mojado. Pequeño, apenas la cabeza de un miembro que parecía la punta de un
iceberg, pero al contrario de éste, estaba hirviendo.


Una sonrisa se dibujó en la comisura de mis labios.


Los jadeos y alaridos ahora dieron paso a un griterío
infernal, que sólo me asustó por un instante con el temor a ser escuchados por
alguien, hasta que recordé que no había nadie más en el edificio totalmente
lleno de oficinas excepto el portero que se encontraba en la planta baja.


Me acerqué con la boca a chupar ese minúsculo y rocosamente
duro pene. Nuevamente y como otras veces anteriores, chupaba como si de un
delicioso caramelo se trataba. Lo rodeé con mis labios apretándolos, mientras mi
lengua le golpeteaba repetidamente el glande.


Mi mano derecha continuaba acariciándole la próstata, y mi
boca succionaba con desesperación. Ella ya tenía la experiencia necesaria para
percatarse cuando el preciso instante del clímax finalmente arribara.


Todos mis sentidos estaban alerta.


Mi vista vio cómo Eduardo se retorcía de placer y comenzaba a
moverse espasmódicamente. Mi olfato percibía olor a mucha excitación. Mi oído
escuchó acelerarse aún más los jadeos y gritos de goce pleno. Mi tacto notó cómo
se hinchaba su miembro y comenzaba a correr líquido hacia el agujero de salida.
Todo al mismo tiempo. Mi gusto fue el último de los sentidos en saciar su
apetito con la experiencia.


Sabroso.


Un esperma completamente líquido emanó de su uretra. Una
buena parte me salpicó en el rostro, y el resto fue a parar directamente a mi
garganta, al tiempo que varias ventosidades más salían sin control de su
orificio anal.


Seguí chupando sin cesar con mi boca ese miembro, mientras
apretaba y retorcía sus testículos con una mano, al mismo instante que la otra
continuaba masajeándole la próstata.


"Ay, mi niño. Qué me has hecho???" dijo sorprendido, aún
temblando y con los ojos húmedos tras los últimos espasmos, no sólo por haber
tenido una erección, sino por haber eyaculado después de muchísimo tiempo de no
poder hacerlo, y exhausto por el placer indescriptible de sentirse violado en lo
más íntimo de sus entrañas de esa forma tan grata y cariñosa.


Ahora la parte más difícil de todas, intentar sacar mi mano
de allí.


No hubo caso, no salía. Estaba atorada en la parte más ancha.


Pasé jabón a la toalla mojada, y dejé gotear sobre mi muñeca,
para lubricar más con ello. Le pedí nuevamente que hiciera fuerza como para
defecar, y cuando lo hizo, varios pedos más se escaparon junto con mi mano y
parte de su materia fecal.







Ahora, sentado en el inodoro del baño de la tienda, comencé a
masturbarme recordando lo que sucedió luego que me lavé bien la mano y le aseé
el culo.


Le pedí que ahora me dejara eyacular a mi dentro de él.


"Lo que quieras, mi niño." Me dijo satisfecho. "Lo que me
hiciste sentir hace un momento, te deja vía libre para lo que desees. Si tenía
algunas dudas con respecto a ti, ya desaparecieron." Y con lágrimas en los ojos,
concluyó "No te das cuenta que hace años que no salía otra cosa más que orina de
mi verga? Hace mucho tiempo que no tenía una erección, no recuerdo realmente
cuando fue la última vez, ni tampoco sentía el placer de un orgasmo como el que
me acabas de hacer sentir. No te imaginas cuánto deseaba poder lograr esto.
Pensé que mi pequeñín ya estaba muerto totalmente."


Ya me encontraba plenamente satisfecho por haber logrado mi
objetivo.


Nos besamos como dos enamorados. Jugamos con nuestras
lenguas. Nos miramos, me abrazó y me preguntó cómo lo podríamos hacer.


Opté por la posición más confortable para mí, ya que debía
hacer un esfuerzo para que entrara mi miembro dentro de él.


Llevé el sillón que se hallaba detrás del escritorio hasta
colocarlo a unos centímetros del más grande. Apoyé mi cabeza y espalda en éste
donde anteriormente habíamos hecho todo, y mis piernas sobre el más chico,
quedando acostado sobre ambos sillones y mi trasero al aire.


Le expliqué lo que debía hacer. Intentar cabalgarme como si
fuera un caballo, y mi pene erecto su montura.


Lo hizo como si fuera un experto, tratando de darme todo el
placer que según me dijo, me lo tenía completamente merecido.



Cuando todo mi miembro entró dentro de él fácilmente, se
apretó las nalgas y el culo lo más que pudo, para hacerme gozar en una forma
descomunal. Realmente me demostró lo tan agradecido que estaba. Eso sumado al
sentir el golpeteo de su panza sobre mi vientre y pecho, y parte de su peso con
cada cabalgata encima mío, me puso a punto casi al instante.


Cabalgó menos de una docena de veces, hasta que acabé dentro
de él.


En el preciso momento en que mi recuerdo estaba allí,
salpiqué con mi esperma sobre el piso del baño de la tienda alrededor del
inodoro.


Tuve que limpiar todo urgentemente porque ya era la hora de
volver a mi trabajo.






Otra vez estuve pendiente del teléfono todo el resto del día
inútilmente.


Como era fin de mes, al terminar la jornada me tuve que
quedar a hacer varias liquidaciones, que me tomaron como una media hora,
quedándome sólo nuevamente.


Al salir del local y cerrar, me dirigía hacia la parada del
autobús cuando volví a notar que el Mercedes Benz azul me estaba esperando y
haciendo juego de luces.


Me introduje en el vehículo.




"Hola, mi niño." Dijo. "Pensé que no ibas a salir nunca."


"Ay, discúlpeme abuelito. Estuvo aquí todo este tiempo?"
pregunté y lo besé en la boca. "No sabía que me iba a pasar a buscar, sino le
hubiera avisado que hoy me tenía que quedar fuera de hora para cerrar el mes."


"Está todo bien, hijo." Me dijo sonriendo, y me tomó una mano
con una de sus manotas. "Hoy pensé en ti todo el tiempo, es que me estuvo
latiendo el ojete todo el día, y no pude resistirme a venir a llevarte a tu casa
nuevamente."


"Yo también, abuelito. Hasta casi tengo algún problema en el
trabajo por eso. Por suerte lo pude superar sin inconvenientes."


Llegamos a la esquina de mi casa.


"No te preocupes, te voy a dejar aquí. No te voy a poner en
el compromiso de que me tengas que decir dónde vives si no quieres. Tienes
tiempo para estar aquí un rato?"


Le contesté que sí y luego que detuvo el automóvil, le rodeé
su cuello con mis brazos. Nos besamos en la boca y volví a apoyar mi cabeza
contra su pecho.


Me acarició el cabello, y lo besó reiteradamente.


Estaba todo bien, sólo que no terminaba de entender
completamente.


Sentía algo más que aprecio por él, tal vez amor. Si esto
fuera un encuentro casual con otra persona, hubiera pensado que él era un viejo
verde que buscaba excitarse conmigo, para luego ir a hacerse una paja a su casa.
Aunque estaba plenamente convencido de que éste no era ese caso.


De igual modo, ya había decidido disfrutar yo mismo de estos
encuentros para mi propia satisfacción además de brindársela a él.


Mientras me besaba y acariciaba la cabeza, fui por sus
genitales para saber si por fin se había recuperado de su larga impotencia. Pero
no era así, todo estaba tranquilo por allí como antes, aunque igualmente me
quedé hurgando un rato de todas formas.


"Le puedo preguntar algunas cosas, sin que se enoje,
abuelito?" dije con real ganas de conocer más de Eduardo.


"Por supuesto, hijo. No quiero que haya secretos entre
nosotros. Qué quieres saber?" Seguía dándome pie para animarme a todo.


"Me gustaría saber de usted todo lo referente a lo sexual. Y
hay algo que me tiene realmente desconcertado desde el mismo día que nos
conocimos." Como quería él, sin secretos. "Quiero saber por qué lo de la
diferencia de edad muy grande que tiene con su señora, y qué pasó que se llevan
tan mal?"


Suspiró fuerte, como para darse ánimos. Sabía que me lo
contaría todo. Y yo estaba ansioso por conocer parte de su vida.


"Ella tenía 16 años cuando la tomé como secretaria. Casi
desde el primer día comenzó a seducirme. Yo obeso casi como ahora, rondando mis
50 años, soltero, me dejé llevar como un pendejo por sus acciones. Ella comenzó
primero con caricias de todo tipo. Caricias inofensivas primero, y luego
demasiado íntimas. Cada vez que estábamos a solas, buscaba la forma de toquetear
mis genitales. Al principio fue como un juego. Después ya era como una obsesión
de parte de ella. Lo peor era que a mi me gustaba. Luego comenzaron las
masturbaciones por encima de los pantalones primero, me hacía acabar en los
calzoncillos, y luego sacándome la verga por la bragueta. Más tarde siguió con
su boca y lengua, porque se ‘moría por tomar mi leche calentita’. No me podía
resistir. Estaba deseando quedar a solas con ella el mayor tiempo posible, y
hasta muy tarde en la madrugada, para saber con qué era que me iba a satisfacer
sexualmente en esa oportunidad. Realmente era muy imaginativa y tenía y aún
tiene un cuerpo envidiable para la mayoría de las mujeres. Comencé a culearla
casi a diario. Hasta que un día luego de cumplir los 17 años, me pidió que
quería romper su virginidad conmigo, y ahí fue que cometí el error de mi vida.
Me juró y perjuró que su período de fertilidad ya había pasado, y que no había
ningún peligro. Le hice el amor en el consultorio mismo sobre la moquette, y
sucedió lo que te imaginas. Quedó embarazada. Cuando me lo dijo a los pocos
meses, se disculpó por haber calculado mal sus fechas. Me dijo que me amaba y
que quería pasar el resto de su vida conmigo sin hacer caso a lo que dijeran
todos los demás. Me rogó que nos casáramos para no tener que darle el disgusto
de ser una madre soltera. Y accedí. Me satisfacía sexualmente de todas las
formas posibles. Me chupaba cada rollo, y parecía que necesitaba diariamente mi
semen. ‘No puedo estar sin él’ me repetía diariamente. Me decía que yo era su
‘chanchito divino’ en la forma más tierna que te puedas imaginar. Con el tiempo,
me fue cada vez más difícil complacerla sexualmente y día tras día. A pesar que
el aburrimiento nunca estuvo presente, me resultaba muy difícil complacerla
sexualmente todo el tiempo que ella necesitaba. Los encuentros sexuales se
hicieron algo más esporádicos, cada vez más, ya había comencado con mis
problemas de impotencia, hasta que la encontré un día en la posición que te
conté en nuestra propia cama. Ahí comenzaron las agresiones, pero seguimos
compartiendo la cama, únicamente para dormir. Yo un poco por todo lo vivido,
paulatinamente fui perdiendo mi sensibilidad sexual totalmente, y creo no logré
tener una sola erección más desde entonces. Mi pene permaneció escondido hasta
anoche. Me cuesta mucho hasta orinar. No lo puedo hacer de parado. De todos
modos, ella ya no necesitó mis servicios porque ahora el sexo lo buscaba fuera
de casa. Tú preguntarás cómo pude soportar durante tanto tiempo a esta yegua,
bien pudiéndome divorciar de ella. Pues bien, en realidad la aguanto por mi
hijo. No quería dejarlo completamente a merced de esta puta de mierda. A veces
me dan ganas de sacarle los dientes de una bofetada."


Mi cara de sorpresa dejaba paso paulatinamente a una nueva de
tristeza y compasión.


"Luego de descubrirla en esa infidelidad, ella comenzó a
hacerme sentir permanentemente la repugnancia que sentía con mi compañía. Como
que si antes no hubiera sido todo lo obeso que era ahora. Eso nunca lo voy a
terminar de comprender. Siempre fui igual de gordo. Supongo que antes no conocía
a nadie más, y lo que hizo conmigo fue primero asegurarse primero un trabajo, y
luego su bienestar económico." Continuó. "Desde ese día no tuve dudas que me
había casado con una prostituta de lujo, que hasta muchas veces fingió amarme.
Tendrías realmente que haber visto todo lo que me hizo antes de quedar
embarazada, sin haber sentido el más mínimo asco que confesó tener luego. La
academia de Hollywood la tendría que nominar al Oscar por esa actuación
antológica, y seguramente lo hubiera ganado con todos los votos a su favor en
forma unánime. Como sea, ella tampoco tiene la más mínima intención de
divorciarse de mi, supongo que no le falta nada, tiene todo lo que necesita
conmigo, excepto amor y sexo. Seguimos saliendo juntos a reuniones sociales,
ella con la intención de cazar machos para el fin de semana."


"Lo siento tanto, Eduardo." Dije con lágrimas en los ojos.


"No, mi niño, no llores." Dijo secándome las mejillas con sus
dedotes. "Si no hubiera sido por eso, seguramente yo no estaría necesitado de
tanto afecto y tal vez nunca nos hubiéramos conocido de esta manera. Sólo por
eso, le tendría que agradecer a la yegua puta."


"Sabe, abuelito, me siento muy triste cuando conozco algún
gordo que no es feliz." Confesé con mi mayor sinceridad. "Quisiera abrazarlos
para llenarlos de amor, amor que seguramente les falta. Yo no puedo creer que
haya gente en el mundo que no se dé cuenta que los muy gordos además de ser las
personas más bellas sobre la Tierra, son los más sensibles y agradables seres
del planeta. No sé de dónde viene mi predilección hacia los obesos, pero desde
hace un tiempo eso me dejó de preocupar realmente, sólo para concentrarme en
darles el mayor cariño, afecto y amor del que soy capaz."


Eduardo, me apretó muy fuerte contra sí mismo sosteniendo mi
cabeza contra su pecho, y dejándome sentir varias de sus propias lágrimas caer
sobre mi cabello y rostro.


"Realmente es todo un problema, hijo, pero por suerte es sólo
conmigo. Ella ama a nuestro hijo."


"Cómo? Qué fue lo que dijo?" dije sorprendido y me incorporé
para verlo cara a cara.


"A qué te refieres?" preguntó sin saber de qué hablaba.


"Qué fue lo último que dijo?" repetí.


"Que la yegua ama a nuestro hijo."


"Discúlpeme, abuelito, pero eso no es verdad."


"Qué quieres decir?" dijo ahora asombrado.


"Que no es cierto que ella ama a su hijo."


"No entiendo. Cómo que no? Tú que puedes saber de ello?"


"Recuerda la primera vez que fueron todos juntos a la
tienda?" después de asentir, continué. "Resulta que me acerqué al probador para
ver si necesitaban algo, y sinceramente el destrato que recibió su hijo de ella,
me hizo lagrimear. Pero eso no es todo. Hizo todo lo posible para avergonzarlo
durante todo el tiempo. Por ejemplo, abrió la puerta del probador de par en par
en más de una oportunidad, y siempre cuando él estaba solamente en calzoncillos.
Menos mal que estaba únicamente yo allí presente. Pero no pude evitar verle el
rostro de tristeza que tenía su hijo. No quiero meterme realmente en lo que no
me importa, pero algo no anda bien aquí."


"Estás completamente seguro de lo que me dices, hijo?"
preguntó con extrema sorpresa.


"Absolutamente. Lo siento." Su mirada denotaba incredulidad.
Tal vez pensó que yo estaba exagerando. "Creo que debería hablar con él." Dije y
agregué. "Estoy muy seguro que él necesita hablar con alguien en quien pueda
confiar."


Aseguró que lo iba a hacer.


Me agradeció que le hubiera contado acerca de lo sucedido.




"No somos amigos acaso?" pregunté.


Asintió.




"Quieres venir a mi casa mañana sábado a pasar el fin de
semana conmigo, mi niño?" preguntó con muchas ganas que mi respuesta fuera
afirmativa.


"Por supuesto, me encantaría. Estaríamos solos, verdad?"


"Sí. Mi esposa esta vez sale en la mañana temprano y no
vuelve hasta el lunes. Mi hijo tampoco estará. Sólo estaría el chef que es el
que prepara la comida. Aunque no hay nada que preocuparse con él, es muy
profesional, y cuando sale de la cocina, va únicamente al comedor."



Estuvimos hasta entrada la madrugada allí mismo, en el
vehículo, en esa misma posición. Él sintiéndose amado. Yo dándole ese amor
inofensivo que él tanto necesitaba. Me estaba dejando sumergir en ese
sentimiento tan divino, que no le puede hacer mal a nadie.


Sentí que nuestra relación estaba tomando unas proporciones
inusitadas.


Él no buscaba lo sexual en lo absoluto. Bien pudo tomar mi
mano e introducírsela en su entrepierna, y hacerme o pedirme que le hurgara los
genitales. Yo no hubiera ofrecido ni la más mínima resistencia para cumplir con
sus demandas, pero eso no ocurrió. Quería sentirme así como estábamos.


Lo espiritual era mucho más importante para él que lo carnal.
En realidad, era lo único importante para él. La diferencia era que para mí,
posiblemente ambas tuvieran el mismo grado de importancia en dosis exactamente
iguales.






La mañana de ese sábado fue una de las más largas que
recuerdo.


No veía la hora de salir del trabajo para ir por primera vez
a lo de mi abuelito.


Como siempre, me estaba esperando en la esquina, y su
vehículo se aproximó a mí, recién cuando me dirigía a la parada del autobús,
como para no comprometerme.



Subí al automóvil.


Nos besamos.


Noté que cada vez nuestros besos eran más sabrosos. Es algo
difícil de explicar. Me gustaron desde un primer momento, pero con el correr del
tiempo se volvieron más disfrutables aún. Posiblemente la pasión era la que se
estaba acrecentado y hacía la diferencia.


Amor por sexo.


Esa era la premisa.


Ese era el punto de partida.


Yo sabía muy bien, que no puedo tener relaciones si no siento
algo por la persona. Luego de la fascinación por el obeso, debía quedar algo un
poco más profundo para seguir con los encuentros. No era una simple calentura.
Eso de culear y mandarlo a cagar. Eso no va conmigo. Yo no soy así.


Todos los gordos que estuvieron conmigo tuvieron un lugar en
mi corazón. Algunos más, otros menos, pero mi sentimiento siempre fue poderoso
desde el primer momento de la relación hasta el último. Excepción hecha sólo
para uno, claro está, que para ser honesto conmigo mismo, nunca va a perder ni
ese gran espacio que allí ocupa ni mucho menos el privilegio de ese fuerte
sentimiento.


"Cómo te fue en el trabajo?" preguntó con interés.


"Más o menos. No veía la hora de que llegara la hora de
cierre." Dije con una sonrisa, a la que se sumó una de él.


Condujo por más de veinte minutos hacia una de las zonas
residenciales más lujosas de la ciudad.


De pronto se detuvo frente a lo que me pareció una fortaleza.


Un gigante portón de metal se levantaba entre muros altos que
impedían completamente ver el interior.


Con su control remoto, hizo abrir la gran puerta metálica e
ingresó el Mercedes hacia un camino hasta el frente mismo de la mansión.


La residencia parecía salida de las series norteamericanas
tipo Ricos y Famosos o Dinastía. No tenía ni idea que ese tipo de viviendas
existían en mi país.


La puerta de entrada no tenía cerradura visible.

Eduardo se acercó a una botonera, introdujo un código, se destrabó y se abrió.


"Pasa, hijo. Bienvenido a mi casa." Me dijo con un tono
siempre muy paternal.




Noté los pisos lustrosos, algunas paredes que parecían de
mármol, espejos gigantes por todos lados, ventanales inmensos con cortinados de
tul blanco que permitían pasar toda la luz natural del exterior.


La inmensidad de lo que veía me hizo dudar de poder conocer
toda la casa en un solo fin de semana. De todas formas, me enseñó gran parte del
lugar.


La cocina era tan grande que una familia entera se podía
quedar a vivir allí sin necesidad de salir a otra habitación. Todo era lujo y
limpieza total. La única persona que había en la vivienda estaba allí, y era un
señor gordo que Eduardo me lo presentó como el chef. También me dijo que los
platos que preparaba eran una delicia, y que no puede dejar a otra persona que
le haga la comida. Le explicó a él que yo era un amigo y le pidió que el
almuerzo estuviera pronto como en una hora.


Me enseñó el garaje donde había un BMW, una camioneta 4 x 4,
un buggy inmenso y espacio vacío para dos vehículos más.



Fuimos a su dormitorio en la parte alta de la vivienda, donde
estaba la cama más inmensa que vi en mi vida. Pensé por un momento, que esa cama
podía ser más grande que todo mi propio dormitorio. Me mostró la habitación de
su hijo, que también tenía una cama de más de dos plazas. Cada habitación
exageradamente grande contaba con un baño con jacuzzi, que hasta ese momento
únicamente había visto sólo en películas.




Volvimos a la planta baja, y salimos a los fondos de la
mansión donde había una gran piscina con trampolín. Varias sillas plegables,
mesas de jardín y sombrillas que protegían del sol estaban por doquier alrededor
de la pileta de natación.




"Quieres almorzar ahora, o prefieres darte un chapuzón antes?" Preguntó
sorprendiéndome.


El día estaba soleado, hacía mucho calor,


"Oh, lo siento, no creí... Es que no traje short de baño."
Dije avergonzado por no haberlo previsto.


"No me digas que necesitas tu short de baño?" me dijo y me
lanzó una pícara mirada.


Nos echamos a reír.


Los muros altos de la residencia impedían cualquier visión de
los alrededores, que eran viviendas del mismo estilo de ésta. Ningún edificio
alto se podía ver. Todas eran mansiones de dos plantas, de diferentes estilos,
pero con un común denominador. Sus dueños no tenían ningún problema económico.



"Ayúdame a mi primero a mi, que después intentaré ayudarte
con tu ropa." Dijo y abrió los brazos para permitirme sacarle la camisa.




En lugar de eso, lo abracé lo más que pude, y le besé su pecho.


"Mi niño, no sabes lo bien que me hacen estas demostraciones
de afecto." Me dijo acariciándome el rostro.


Le desabotoné la camisa, y se la quité.


Desaté sus zapatos, y él mismo se los quitó ayudados por el
pie contrario.


Aflojé sus pantalones, los dejé caer. Comencé a enviar mis
manos hacia sus calzoncillos mirándolo como si él fuera a impedírmelo, pero en
lugar de eso me sonrió y me lanzó un beso de lejos, tomó mis manos y me las guió
hacia su prenda interior, me animé y se los quité palpándole todo el recorrido
hacia el sur con ambas manos.


Cuando pasé por su entrepierna, no me resistí y empujé mi
rostro hacia sus genitales, abriéndome paso por entre su pesada panza y tratando
que sus muslos no me lo impidieran y le estampé un beso allí.



Quité sus interiores, y sentí cómo me levantaba suavemente
con sus fuertes brazos. Me quitó la remera, y sacó mi cinturón completamente .Yo
mismo me quité los zapatos antes de que él me bajara los pantalones.


Me atrajo hacia su cuerpo ahora con más fuerza, haciéndome
sentir su piel contra la mía, ambos con el torso desnudo.


"No te imaginas lo mucho que te quiero, mi niño." Confesó.




Ya me lo había dicho con anterioridad, pero esta vez sonó diferente. Más fuerte,
más profundo. Como resaltando exactamente el significado literal de la frase.


Él fue el que entró primero a la pileta de natación. Fue
despacio y por la escalera. Cuando hubo entrado hasta las rodillas, se dejó caer
dentro del agua sumergiéndose completamente. No pude evitar mojarme con la gran
salpicadura.


"Ven, entra que está tibia, y te necesito aquí conmigo, mi
niño."


Quién podría resistirse a semejante invitación?


Quién se negaría a darle el gusto?


Me zambullí desde el mismo lugar donde estaba, y me acerqué a
Eduardo por debajo del agua. Vi cuando me acercaba, y comencé a excitarme antes
mismo de siquiera tocarlo.


Le toqué las piernas, y salí a la superficie para tomar aire.


Lo miré a los ojos, y nos fundimos en un beso literalmente
muy húmedo.


Luego fui por uno de sus pezones, lo lamí, lo chupé y comencé
a mordisquearlo suavemente.


Comenzaron los gemidos de placer.


Continué como si no los hubiera escuchado. Hoy estaba
dispuesto a hacerlo gozar más que el otro día.


Después de unos minutos, cambié de pezón, e hice exactamente
lo mismo con él, para que no se pusiera celoso.


Lo volví a besar, tomé bastante aire, y me sumergí.




Eduardo no tenía ni la más mínima idea de lo que me proponía. No hablamos de
nada en especial, pero apenas fui para abajo, él abrió sus piernas dejándome vía
libre para lo que yo quisiera hacerle.


Ambos estábamos flotando. Y llegué a su hermosa entrepierna
por debajo de su panza.


Lamí ambos muslos, besé la entrada de su pene que permanecía
escondido y sus testículos, y continué por debajo de ellos rumbo a su agujero
anal.


Saqué la lengua lo más afuera que pude y me fui abriendo
camino hacia arriba.


Salí a la superficie para tomar aire otra vez, y volví a
retomar la lamida desde el punto que había dejado un instante antes.


Abrí con ambas manos sus nalgas voluminosas, y intenté
meterle la lengua dentro de su orificio anal.


Incluí dos dedos a su raja. De arriba abajo, y por sobre el
mismo agujero.


Presioné. Como no había lubricación, uno sólo entró muy
fácilmente, y no insistí con el otro. Jugué dentro de él solamente con ese único
dedo, pero no dejé de moverlo ni un instante. Sólo lo quité cada vez que
necesitaba tomar aire, y al volver, ya encontraba sus propias manos abriéndose
de par en par las nalgas como invitándome a continuar con el paseo interanal.


En determinado momento, sentí una presión en mi dedo, y éste
se escapó de su culo junto con una gran burbuja que comenzó a ascender a la
superficie emitiendo un sonido sordo. Miles de otras pequeñas burbujitas
siguieron a la más grande, pero estas fueron en dirección a mi rostro y
estallaron contra él.


La excitación de sentir una ventosidad suya dentro del agua,
me volvió más loco de lo que estaba, y le volví a introducir el dedo en sus
entrañas.


Moví el dedo de todas formas posibles. En todas direcciones.
Lo metí y saqué repetidas veces. Lo moví en círculos pequeños al principio, y
agrandándolos después, abriéndole un poco más el agujero.




Volví a tomar una bocanada de aire en la superficie, y ahí le dije que lo quería
penetrar.


Me sumergí nuevamente con el miembro rocosamente duro.


Él se puso en una posición levemente agachado y con las
piernas bien abiertas, y apartándose las nalgas lo más separadas posibles.
Acerqué mi pene erecto a su raja e intenté introducírselo de una vez, cosa que
no pude hacer. Exploré y rocé su agujero con la cabeza de mi verga, intentando
lograr que se abriera para mi. Apenas pude meter sólo la cabeza y posiblemente
por no poder lubricarlo no pude introducir más de mi pene dentro de él.


Igual me quedé en esa posición para que pudiera sentir cómo
me latía el miembro. Su culo se cerraba y se abría, como haciéndome entender
también lo mucho que él lo estaba disfrutando.


Cuando volví a necesitar aire, estaba exhausto, y esta vez me
quedé en la superficie lamiéndole los labios y todo su rostro.


"Por ahora estoy satisfecho, abuelito." Dije preguntándole
que podía hacer yo para satisfacerlo a él también.


"Ay, mi niño. Todo lo que me haces me gusta. Nunca pensé que
esto iba a ser una delicia para mí." Me contestó suspirando. "Pero sí, hay algo
que quiero que hagas para mi." Continuó, y acto seguido me abrazó, lo más fuerte
que pudo sin lastimarme.


Me hizo sentir toda su fuerza en ese abrazo. Todo su aliento
en mi boca. Nos volvimos a besar. Su lengua se introdujo desesperada en mi boca,
buscando la mía. Jugueteamos un rato largo. Nos intercambiamos la saliva.


Con una mano me palpó la entrepierna, y al notar la dureza de
mi pene me preguntó si quería que él me masturbara.


Le pedí que no lo hiciera, que deseaba poder penetrarlo luego
cuando saliéramos de la piscina.


Igual jugó unos segundos con mis genitales antes de retirarse
de allí.


Me besó en el cuello y lamió mis pezones.


"Le gusta hacer esto?" Pregunté algo sorprendido, ya que era
la primera vez que lo hacía.




"Es que me gusta mucho cuando me lo haces a mi, y quiero devolverte la
cortesía." Me dijo sin dejar de pasarme la lengua por todo el pecho.


No cuestioné más, ya que me gustaba sentir su lengua gruesa y
áspera por sobre esas zonas tan sensibles de mi cuerpo.


"No desea chuparme el pene?" Me animé a preguntarle.


"No lo sé realmente. Quisiera darte todo el placer que recibo
de ti. Pero puedo descomponerme." Dijo siendo muy sincero. "De todas formas,
déjamelo intentar."


Tomó aire y lo vi sumergirse hacia el fondo. Sentí sus dedos
por sobre mis genitales. Era la primera vez que me los acariciaba de este modo.
Reconocí su gruesa lengua que me exploraba tímidamente el glande. Ahora algo
caliente me abrazó la cabeza de mi verga endurecida, y de pronto una cantidad de
burbujas surgieron a la superficie.


Eduardo salió rápidamente de dentro del agua.




"No creo que lo pueda hacer." Dijo con los ojos enrojecidos, por lo que creí que
eran síntomas de estar al borde de vomitar.


"No te preocupes, abuelito. Si no lo puedes hacer, no es
ningún problema. No estaba dentro del contrato." Y ambos reímos.


"Gracias, mi niño. Igualmente quisiera intentarlo nuevamente
más tarde." Dijo con real ganas de satisfacerme plenamente.


Salimos de la pileta de natación, y me besó nuevamente antes
de acercar dos sillas playeras para que terminara con mi cometido inconcluso.


Me mostró también un frasco que había adquirido para nuestros
juegos. Era aceite para niños, para poder lubricar mejor.


Apoyé mi cabeza y espalda en una de ellas, y las piernas en
la otra, dejando mis genitales en el medio, justo para que le sirviera de
montura, tal como lo hicimos anteriormente en el consultorio.


Recordé que había algo que no podía hacer luego de eyacular,
por lo que le pedí hacer lo que debía ser primero.


"Déjeme lubricarlo antes." Le pedí, y me acercó el trasero,
para que se lo lamiera.


Lo hice y con dos de mis dedos humedecidos en mi saliva se lo
unté


alrededor y dentro de su cueva anal.


"Ahora dese la vuelta, abuelo." Le dije en esa misma posición
en la que me encontraba.



Lo hice acercarse casi como si fuera a sentarse sobre mi
rostro.


Sus testículos me rozaban los labios. Los abrí y les permití
entrar en mi boca. Los chupé de a uno por vez, con la lengua jugueteando todo lo
posible con ellos. Acerqué mi dedo a la cavidad de su pene, y lo introduje allí.


Desesperadamente quería que emergiera su cabecita.


Hurgué, apreté, rasqué, y nuevamente, nada.


Seguí chupando sus testículos al mismo tiempo que con una
mano le buscaba el miembro, y con la otra fui por su ano.


Me los humedecí con saliva, y cuando llegué a su agujero,
noté que la lubricación no era suficiente.


Tomé el aceite para niños, y me humedecí toda la mano. Le
acaricié el orificio anal a lo largo, ancho y profundamente. Tomé más del
líquido lubricante, y introduje hasta tres dedos en sus entrañas. Los moví en
todas direcciones. Metí y saqué. Ahora sí, su ano estaba bien mojado.


Con la mano izquierda, le apreté bien fuerte el lugar donde
debería aparecer su órgano genital, también allí lubriqué con el aceite, y
comencé a frotar con mi pulgar e índice para sentir el momento que finalmente
emergiera, si era que lo iba a lograr nuevamente.


Volví a mojarme la mano derecha con aceite e inserté primero
un dedo, lo quité y agregué otro. Luego inserté un tercero y un cuarto, hasta
que toda mi mano estuvo dentro de él, igual que la otra vez. Esta vez fue más
fácil que la anterior, posiblemente gracias al aceite.


Escuché varias ventosidades.


Abrí mi mano dentro de él, busqué su próstata, y apenas la
toqué, su miembro comenzó a despertar. Sentí pulsar un botoncito hasta que
apareció toda su cabecita.


"Dios, mío." Dijo. "Esto es maravilloso, mi niño. No sabes
cuánto te estoy agradecido sólo por esto."


Saqué mi boca de uno de sus testículos y abracé con mis
labios la punta de su pene emergente, el cual ya despedía unos líquidos por la
excitación.


Volví a chupar uno de mis caramelos favoritos. Lamí hasta
secarlo.


Mi mano no dejaba de jugar dentro de él. No paraba ni un
segundo de moverla en toda dirección, siempre en forma muy lenta y dulcemente,
para evitar dañarlo. Cada vez que rozaba su próstata, los gemidos y quejidos de
placer se superponían y se acrecentaban.


Varios pedos más se escaparon por alrededor de mi muñeca.


Lo comencé a mamar mucho más fuerte y rápido al tiempo que
las yemas de mis dedos temblequeaban por sobre su próstata.


Eduardo temblaba desesperadamente, queriendo sentir
nuevamente los espasmos y el orgasmo final que lo vaciaba de semen.


Sus movimientos hacia delante metían más dentro de mi boca su
miembro, y los que realizaba hacia atrás insertaba más de mi brazo dentro suyo
por lo que su placer debía ser inaudito.


Aceleró esos movimientos frenéticamente.


Un segundo antes de eyacular en mi boca, el gordo pegó un
grito como el de alguien que hacía años que no gozaba tanto, y como si yo no me
hubiera percatado de ello, me avisó que se venía.


Toda su leche fue a parar directamente a mi garganta.
Extremadamente líquida, sumamente sabrosa.


Seguía su vaivén desesperado culiándose él mismo con mi brazo
y culminando de vaciarse en mi boca hasta la última gota.


Cuando finalmente se hubo calmado, nuevamente debía sacar la
mano, y esa era la parte que no me gustaba realmente.

Le pedí que tratara él de hacer fuerza, para expulsarme la mano de dentro de sus
entrañas. Lo hizo, y al tercer intento, varias ventosidades salieron con mi
mano, y sentí algo muy pesado caer sobre mi pecho. El olor nauseabundo me hizo
adivinar el accidente.


"Dios mío. "Dijo, disculpándose."Perdóname, por favor, no lo
pude evitar."



"No se preocupes, abuelito." Le dije, y ante su espanto agregué. "a mi me
gusta."




Tomé mi pene erecto con la mano sucia y lo embadurné en toda
la longitud, y una dureza aún mayor fue lo que sentí en ese momento.


Le pedí que fuera a ubicarse en el lugar apropiado para
comenzar a cabalgarme muy lentamente. Lo hizo. La insólita lubricación me había
puesto en una de mis erecciones más fuertes. Subía y bajaba haciéndome sentir
todo el peso de su panza sobre mi pecho. Abría y apretaba sus piernas
intermitentemente contra las mías, para hacerme recordar que yo era su corcel
que lo transportaba hacia su éxtasis.



Me apretujaba los pezones, intentando excitarme aún más, no
sabiendo que no lo necesitaba en lo más mínimo.

La sola presencia de Eduardo completamente desnudo, refregándome sus genitales
encima mío, su excremento sobre mi pecho y su orto engulléndome la verga, hacían
todo el trabajo necesario para mantenerme en ese estado incontrolable e
irreversible.


"Me falta poco, abuelito." Le avisé para que acelerara el
ritmo, mientras toqué algo de la materia fecal de Eduardo que yacía sobre mi
pecho y con mis manos y me lo esparcí por todo el cuerpo que estaba a mi
alcance.




Apretó el culo para hacerme gozar más, y le volví a llenar su interior con mi
lava ardiente y cuantiosa.


Una vez que hube eyaculado, me vi las manos sucias, y vomité.





"Voy a traer algo para limpiar todo este tremendo lío. Cómo
diablos puedes hacer algo así de asqueroso, mi niño?" Dijo y entró a la mansión.


Me quedé observando todo el panorama.


Él tenía razón. Cómo puedo hacer cosas como ésta? Pensé. De
dónde carajo vendrán estos impulsos irrefrenables que cuando estoy tan excitado,
no tengo límites en absoluto en lo que hago?


Me vinieron nauseas nuevamente, cosa que me ocurría
habitualmente cuando desaparece la excitación, entonces intenté distraerme
mirando para otro lado y esperando a Eduardo.



Qué bonito lugar. Me gustaría vivir en un ambiente como éste.


Esto era casi el paraíso.


Amor, sexo, diversión.



Yo seguía acostado allí, completamente desnudo, y
asquerosamente sucio, y estaba tan absorto de mis pensamientos que no advertí
que dos pares de ojos estaban mirándome por detrás.




CONTINUARÁ



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