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Relato: Orgia canina



Relato: Orgia canina

Primera Parte


Soy Karen de nuevo, y esta vez vengo con una historia realmente excelente.


Aquellos que ya me conocen y saben de mis historias, tienen una clara idea de lo
amante que soy de los perros, sobretodo los bien dotados. Me inicie hace varios
años, con mi perro Nerón, un perro divino, y luego Atila, un doberman de un
amigo de papá, fue quien se encargó de romperme el culo por primera vez.


Ahora
llego la hora de que les cuente como fue mi primera orgía, exclusivamente con
perros bien pijudos. Una mujer solita como yo y cinco ¡si cinco! enormes perros.
A esa altura de mi vida y de mi experiencia sexual en zoofilia, estaba un poco
cansada de que cada vez que me dejaba coger con perros, lo hacía de uno a la
vez.


Por mi cabeza pasó varias veces la idea de como me sentiría siendo deseada
por varios perros a la vez. Y esta fantasía surgió un día que andaba paseando a
mi perro pastor alemán, Belfort por el parque de la ciudad. Resulta que llevando
de la correa a mi amante canino, caminando por el parque, siento que Belfort me
tira de la correa, torciendo mi muñeca y soltandoló al mismo tiempo. Salí
corriendo tras él, llamándolo: ¡Belfort!, ¡Belfort!, ¡ven aquí por favor!. El
perro, dobló tras unos arbustos, y le seguí.


Lo que vi después me dejó
anonadada: había varios perros, como nueve o diez, de distintos tamaños y razas,
todos amontonados, a veces peleando entre sí. Los animales estaban atrás de una
perra mediana, callejera, que se encontraba en celo. Y como mucho de ustedes
sabrán, estas jaurías de perros son peligrosas, así que llamé a un policía, de
esos que se encuentran en la vigilancia de los paseos públicos, para que me
ayudara a recuperar a mi Belfort, que afortunadamente no había peleado, pienso
que debido a su buen tamaño. La pobre perrita estaba enloquecida con tantas
vergas cerca de ella, sobre todo la de un callejero enorme, que se comportaba
como el "marido", ya que no dejaba que nadie más se la cogiera. Y si alguno se
acercaba, se llevaba tremenda paliza. El policía dispersó a la jauría con su
cachiporra y tomó a Belfort de la correa, al cual lo tomé mas fuertemente para
que no se me volviera a escapar. Tuve que tirar bastante, para evitar que se
fuera tras los otros perros.


El policía, un muchacho joven de nombre Carlos, se
ofreció a acompañarme hasta la puerta de mi casa temiendo que se me escapara
Belfort. Acepté gustosa, y cuando llegué a la puerta de casa le ofrecí tomar
algo, sin alcohol, debido a que estaba en servicio. Carlos estuvo de acuerdo,
además de que coincidía del fin de su turno. Lo hice pasar, y me contó que era
soltero, vivía solo en la ciudad y que era de las afueras, donde vivían sus
padres en el ambiente rural. Mientras me contaba su historia, comenzamos a tener
eso que se llama "feeling", un enganche o especie de atracción sexual que
ninguno de los dos podíamos disimular. Le conté que era soltera, y que no tenía
pareja estable (¡mentira! todos ustedes saben que mi pareja estable se llama
Belfort), y que en la ciudad trabajaba como secretaria en un estudio contable,
además de estudiar administración de empresas. Nuestra charla sin quererlo
comenzó a subir de tono, hasta que llegamos a una parte estrictamente sexual. La
descarada fui yo, ya que le confesé sin muchos preámbulos que hacía tiempo que
no cogía con un hombre (lo cual es cierto, ya que la única pija que me metía
eran la de los perros de turno).


Carlos no era tímido, ya que se paró y
poniéndose tras mío, estando sentada; comenzó a frotarme los senos por encima de
la blusa que traía puesta. Acompañé con mis manos encima de las suyas esos
masajes afrodisíacos, por lo que mis pezones estaban duros de excitación. No
resistí mas, me pare y frente a él, lo besé, mezclando nuestras lenguas,
intercambiando fluidos de éxtasis. Lo llevé a mi cuarto, nos despojamos de
nuestras ropas, y con mucho tacto empecé a masajearle la pija, la cual no era
nada despreciable. Me la llevé a la boca y se chupé como una loca, llena de
deseo, saboreando su glande e inundando la habitación de gemidos de placer.


Cuando estuvo por acabar, lo dejé, y le ordené: ¡ahora me toca a mí!. Le señalé
ni concha, esa misma que los perros cogían, para que me la chupara y lamiera. Lo
hizo con avidez y gozo, tomando los jugos vaginales que rezumaba mi gruta de
deseo y placer. Me hizo acabar como la perra puta que soy (¡si supiera lo bien
que chupan la concha los perros con su áspera lengua!) llevandomé a un clímax
apoteósico. Con su verga bien erecta, brotada de líquidos preseminales, me la
fue metiendo, suave y profundo, sintiendo cada centímetro de su barra de carne,
gozando como una bestia. Fui acompañando sus movimientos coitales, que cada vez
se fueron poniendo más salvajes, hasta que en un orgasmo único me llenó el útero
de leche, caliente y espesa. Acabé como hacia tiempo no lo hacía, acostumbrada a
los perros, pero igual de placentero. Quedamos rendidos, lo volvimos a hacer
unas veces mas, hasta que nos dormimos abrazados.


Pero evidentemente, como puta que soy, bien caliente y ninfómana, lo dejé
dormido en la cama y salí en busca de mas sexo salvaje y animal. Y me dirigí a
la sala donde encontré a Belfort. No me había lavado, por lo que entre mis
muslos, me escurría el semen de Carlos con mis jugos. Se lo di a oler a Belfort,
para que se excitara, y el resultaba fue excelente. El perro movió la cola y se
me trepó a mi cintura. Lo bajé y me puse en cuatro patas, desnudita, solo para
mi amante perruno: Belfort. Nuestra actividad amatoria es eficiente, ya que nada
más sujetarme a mí entre sus patas delanteras, yo su hembra le ofrecí mi concha
llena de leche de hombre, para que me la clavará en lo profundo. La pija del
perro entraba y salía con su rapidez acostumbrada, clavandosé en mi vagina,
llenandomé de carne.


De pronto, como siempre sucede, gozando de tan tremendo
sexo animal, Belfort aumentó sus arremetidas y supe que me estaba ensartando la
bola de su verga, a la cual estaba acostumbrada y siempre deseaba. Un gemido
animal llegó y Belfort dejó de moverse, con su enorme pija metida en lo hondo de
su dueña, mezclando su esperma con el de Carlos. Mis orgasmos fueron múltiples,
uno tras otro, sintiendo su pija latir en el canal de mi vagina, anclada
firmemente su sexo. Me estaba llenando de leche, tratando de fertilizarme
inútilmente, cuando trató de sacármela, un suave aullido de dolor salió de la
garganta de Belfort y un gemido lastimero di yo, mas de placer que de dolor.


Cruzó su pata por sobre mi culo y quedamos abotonados como siempre nos ocurre.
Me dediqué a gozar como una loca, disfrutando de su enorme verga atorada entre
mis labios vaginales. Pero la sorpresa me sobresaltó, porque cuando miró hacia
la puerta, veo a Carlos recostado en el marco de la misma, sonriente y
disfrutando de lo que veía. Traté de zafar de esa situación y quise pararme con
la pija de Belfort abotonada a mi concha, pero el aullido de dolor del animal y
su peso me impidieron ponerme de pie.


En cuatro patas traté de desabotonarme y
no podía, tiraba y tiraba como lo había visto con las perras. No había
pronunciado palabra alguna, pero la verdad que la vergüenza que estaba pasando
me ponía más nerviosa. Nunca pensé que Carlos se iba a despertar tan pronto,
pero sabía que un día me iban a descubrir en este estado: ensartada por mi
perro, culo con culo, abotonados como animales. Carlos se acercó y me dijo:
¡tranquila, tranquila, disfruta del sexo!. Me quedé mas helada, porque no
imaginé que Carlos lo aprobara, y para calmarme el hijo de puta me puso la pija
en la boca y dijo: ¡ chúpala mamita, mientras gozas, no te pongas nerviosa y
chupa mi pija !. La chupé hasta hacerlo acabar de nuevo, pero Belfort seguía
clavado a mi culo, jadeando de placer.


Carlos se paró, y dijo que lo arreglaría.
No sabía lo que haría, pero volvió con un cubo de agua. Ahí recordé cuando vi
una vez a mi vecina Norma, hace tiempo, en mi infancia. Un fuerte baldazo de
agua fría cayó sobre mi cuerpo y el de Belfort.


Tiramos violentamente, pero
igual estábamos pegados, trajo mas agua Carlos y volvió a volcarla sobre
nosotros al tiempo que decía: ¡Perro puto, me cogiste a la perrita!. Recién al
tercer balde de agua nos despegamos, Belfort salió disparado a la cocina, con su
enorme polla, llena de leche y jugos arrastrandola prácticamente por el piso. Yo
con mi concha bien abierta, llena de semen y roja de excitación.


Quedé tirada,
hecha un desastre, en un charco de agua. El comedor era un desastre. Carlos
dijo: ¡perra puta, te voy a tener que castrar, así no te alzáis más!. Me
recompuse y le conté a Carlos mi secreto zoofilico, y me confesó que hacia meses
que me venía observando en el parque y que supuso que con Belfort tenía algo,
por la forma que lo mimaba. Además dijo que gracias a Internet, se había
informado sobre la zoofilia. ¡Me gusta ser algo perverso a veces! - me dijo
Carlos. Desde ese día es mi novio, pero a él le encanta cuando me ve cogiendo
con algún perro. Adora echarme baldes de agua para desabotonarme, y ama cogerme
antes que los perros, pues es un convencido que su semen alza a las bestias
caninas. Carlos no le cae simpático a Belfort, porque odia cuando le echan
baldes de agua encima. Mi relación con Belfort varió un poco, esta viejo además
no me gusta que lo mojen, pero a veces cuando puedo me echo una cogida de apuro
con él, mi desvirgador.



Segunda Parte



Esta es la mejor parte del relato. Ya ennoviada con Carlos, una vez le
comenté que tenía una fantasía de puta madre. Me preguntó cual era. Le dije que
me gustaría sentirme una perra en celo, es decir, que varios perros se alzaran
al lado mío, pelearan por mi, y que cada uno de ellos fornicara conmigo, en
reiteradas veces, hasta dejarlos exhaustos. Como cuando la perrita callejera del
parque, donde una jauría quería cogerla. Esa fantasía es algo complicada para
hacerla, pero veré que puedo hacer. Es algo complicado, pero un día Carlos, que
es policía, me comentó que consiguió un turno de guardia en el plantel de perros
de la fuerza republicana.


Sería por un fin de semana, donde él estaría a cargo
de los perros, cuidándolos y dándoles de comer. Se podrán imaginar que cuando me
dio esa novedad, casi me desmayo del cúmulo de sensaciones que me vinieron a la
cabeza. ¡Un plantel de perros policías para mi solita!.


Era algo que jamás
hubiera soñado. Sólo un novio como mi Carlos podría hacer algo así por mi: su
novia zoofilíca. Deseaba ansiosa que llegara el fin de semana. Para darle más
morbo a la situación, por tres días no me bañé, para heder bien a sucia perra,
me revolqué con Belfort, para agarrar bien el olor de una perra, y el plato lo
agregué cuando Carlos me trajo un trapo sucio, con un olor penetrante.


Le
pregunté que era y me dijo que una de las perras del plantel, que están apartes,
estaba iniciando el celo, por lo que frotó ese trapo por la concha de la perra,
hasta impregnarse esos jugos. Me sugirió que me los frotará por la concha, para
que tomará el olor de una perra en celo, de manera de disfrutar bien de la orgía
que estaba en puerta. Para peor en esos días me vino la menstruación, por lo
tanto estaba superespecial, sucia, con olor a perra, hediendo a celo y con la
concha sanguinolenta de mi período. Cuando Carlos me vio, pronta para
acompañarlo hasta el plantel de perros, me dijo: ¡Eres la perra mas puta que
jamás haya visto!, ¡espera, hay que darle el toque especial!. Salió de la
habitación, me hizo poner un conjunto de lencería diminuto, transparente, sin
toalla higiénica, y lo máximo es que me puso un collar y me ató como un perro
cualquiera. Me vendó los ojos, me cargó tapada con una sábana en la parte de
atrás de su automóvil y viajamos hacia la sede de la guardia.


Estaba escondida,
de forma que nadie de la poca guardia supiera que entraba de incógnita. Se
detuvo el auto y llegamos a un lugar apartado. Era una especie de corral chico,
piso de hierbas. ¡Este es el cogedero de los perros, cuando los cruzamos, aquí
ponemos la perra y el perro a fornicar!. ¡Es un lugar solitario y estoy yo sólo
a varias cuadras, nadie nos molestará en dos días!. Como el plantel de perros es
muy numeroso, Carlos me dijo que escogió para mi solita a cinco sementales, pura
raza. Tres eran pastores alemanes, un doberman y un rotwailer. Los perros mas
cogedores de toda la fuerza policial. Lo que vamos a hacer es hacerlos pasar de
a uno, que cada uno se saque las ganas contigo.


La verdad es que parecía que
estaba soñando, en cuatro patas, toda sucia, me saqué previamente la ropa
interior, quedando absolutamente desnuda.


Carlos abrió la primera de las jaulas,
y asomó un hermoso pastor alemán, mas grande que Belfort y mas brillante. ¡Este
es Paco! me dijo Carlos, ¡es el macho preferido del plantel y tiene mas de
ochenta hijos!. El perro se me vino encima, me olfateó la cara y luego la
concha. Empezó a agitar rápidamente la cola, y entre sus patas asomó una pija
impresionante de grande. Como gran experto, me montó, sujetándome de la cintura
con sus patas delanteras y clavandomé esa estaca en lo profundo de mi concha.
Paco me cogía como un endemoniado, sintiendo cada milímetro de su verga. Podía
sentir el sonido del chapoteo de su verga en mi concha encharcada de jugos y
sangre de mi regla. De pronto, aumentó sus embates y me ensartó su bulbo. Se
detuvo, sentí la pulsación de su verga derramando esperma caliente en mi concha
y quiso retirarse. No pudo hacerlo: estábamos abotonados. Gocé como una loca,
aullando de placer y gozo.


Paco con mucha habilidad, cruzó su pata trasera
izquierda por sobre mis glúteos, y quedamos culo con culo, pegados como los
perros. Estuvimos unos quince minutos así, derramando leche en mi vagina
profunda. Los orgasmos me venían uno tras otro, perdiendo la cuenta de cuantos
tuve. Se despegó de mi, pude ver su pija gorda, jugosa, chorreando jugos, semen
de perro y sangre de mi menstruación.


Mi concha estaba inundada, y quería mas
pija. ¡Mándame el que sigue! - le imploré a Carlos. Paco volvió a su jaula, y no
bien estuvo dentro, Carlos soltó a Gedeón, un enorme pastor alemán, más grande
que Paco. Este no tuvo compasión alguna, pues de un solo tirón se trepó encima y
como si fuera su perra favorita me clavó su verga en la concha que hacia minutos
estaba en poder de Paco. Bombeó como una bestia feroz. Sentí en mi espalda su
jadeo caliente, además gemía de placer. Podía sentir su tranca perforándome e
inundando de jugos. Se bajó unos instantes, pude ver que tenía toda la verga
fuera de su capuchón, y sin dudarlo me di vuelta para mamársela. Saboree la
pija, degusté de sus jugos, al tiempo que por sobre mi culo, con su lengua
rugosa, lamía mi orto y olfateaba el afrodisíaco de perra en celo.


Se movió y
nuevamente me montó, y de una buena vez me la metió en lo profundo de mi ser.
Bombeo y bombeo, me puso el bulbo dentro y latiendo y derramando su semen, se
puso culo con culo, quedando nuevamente abotonada. Estuve así unos pocos
minutos, porque era tal la dilatación de mi concha que el abotonamiento solo
duraba algunos instantes. Salió como una sopapa, y chorreando jugos, semen y
sangre, el agradecido Gedeón lamía mi conchita maltrecha. Luego dio un lametón a
su verga y se marchó a su jaula.


Los orgasmos que estaba teniendo eran
indescriptibles. Mi fantasía se estaba haciendo realidad, y solo habían
transcurrido una media hora desde que había llegado. Carlos me miraba y se
sonreía. ¡Eres una perra bien puta mi amor!. Entre sus manos tenía su pija, ya
que el cabrón se pajeaba mirándome como los perros me iban copulando. ¡El que
sigue es Brutus! - dijo Carlos, abriendo la próxima puerta. Apareció, lento, con
su belleza de perro de raza: un pastor alemán, el tercero de la serie. Se
acercó, me olfateó la cara, el cuello, las tetas, y mi culo.


Me puse de
espaldas, ofreciendo mi vientre. Me lamió el ombligo, y se dedicó a chuparme la
concha. Me retorcía de gozo, y acababa litros de jugos sanguinolentos. Su verga
se asomaba poco a poco. ¡Siempre el mismo perro pelotudo! - gritó Carlos, al
tiempo de que me dice: ¡ Pajéalo, pajéalo!. Me coloqué debajo de él, y tomando
su capullo peludo lo empecé a masturbar. Al ratito asoma una tranca de tamaño
respetable. Seguí pajeándolo y Brutus empezó realizar los movimientos coitales,
asomando más y más su verga. Me puse en cuatro patas y le ofrecí mi culo, lo
olfateó y poco a poco me coloqué debajo del perro. Tomé su verga, la rocé sobre
los labios de mi concha, sobre mi culo, y la utilicé como consolador. Palpé su
bulto y era bien grande, como una pelota de tenis. ¡Uyyy, que bulbo tiene este
perrito! - dije con asombro. ¡Si te metes con Brutus tendré que meter mano a los
baldes de agua! - agregó Carlos. Seguí disfrutando de mi vibrador de carne, sin
escuchar a Carlos, sintiendo el palpitar y los jugos que esta respetable verga
goteaba. En el éxtasis del placer, alcancé a meter un pedacito en el ano, y
prácticamente me lo fui lubricando con los jugos del perro y sangre de mi
período.


Entre mis muslos, había un río de jugos de colores rojos a rosados. No
resistí más me di vuelta y me dedique a chuparle la pija. La chupé como una
puta, pajeándola con mi mano y en algo increíble me metí el bulbo hasta donde
pude: el borde de mis labios. Un torrente de esperma perruno inundó mi garganta.
Para no atorarme tuve que beber ese fluido viscoso.


¡Era la primera vez que
tragaba leche de perro!. La verdad que al pobre de Brutus lo hice acabar como un
burro. ¡No es de los mejores sementales! - dijo Carlos, ¡pero tiene una verga
que sabía que te iba a encantar!- agregó. Brutus, así como entró volvió a su
encierro, lento, pero segura que lleno de alivio por la mamada recibida. ¡Se
acabaron los pastores! - gritó Carlos. ¡Es el turno para Hércules, el doberman!
- agregó a la vez que abría la puerta. Cuando lo vi me hizo acordar a Atila, el
primer perro que me enculó. Y como no podía ser de otra manera, este perro me
montó y casi sin puntería alguna me la metió en el ano. ¡Ayy, ayyy, la puta que
lo parió!- grité, ¡hijo de puta, tenías que ser un doberman para romperme el
ojete!.


Menos mal que Brutus ya me lo había lubricado, que si no tal vez no
hubiera seguido con esta fantasía. Hércules, dale que te dale, penetrándome
violentamente. Yo apoyada sobre mis codos, mi rostro contra la hierba del suelo,
mordiendo de placer. ¡Así perro, meteme esa verga en el culo! ¡Sácame la mierda,
perro hijo de puta! - gritaba en mis delirios orgásmicos. Hércules bombeó y
bombeó hasta que sentí que su bulbo se había anclado firmemente a mis esfínter
anal. Sentí los latidos de su eyaculación y litros de leche caliente y espesa
inundaban mi recto. Trató de salirse pero ¡imposible!. Estábamos enganchados
como dos perros.


Macho y hembra unidos por sus sexos. Pasó su pata trasera por
sobre mi culo, y unidos por nuestros genitales, permanecimos unos minutos. Puse
mi mano sobre mi clítoris y mientras Hércules me echaba esperma en el culo, yo
me hice una masturbación entre gritos y gemidos de dolor y placer. Era el cuarto
perro de la orgía, y gozaba como una perra en celo. A los veinte minutos,
Hércules pudo sacar su pija de mi culo. Estaba sucia de sangre, leche y mierda.
Se la lamió, pero el hijo de puta ni me olfateó el culo maltrecho.


Era un
verdadero hijo de puta, y como buen doberman se fue bien altanero a su jaula. Yo
quedé con el culo deshecho, a la vez que me vinieron unas ganas de cagar
increíbles. Me puse como una perrita y me mandé una cagada de película. Un
montón de mierda, con restos de semen y sangre se depositaron en el pasto del
corral. ¡Así putita, olfatéala, olfatéala! - me ordenó Carlos.


La olí y era de
un olor bien fuerte. ¡Se viene el quinto de la serie: Marte, el rotwailer!.
Entró macizo y decidido. Olfateó la mierda que había cagado hace instantes y le
hecho una meadita encima, levantando la pata. Se dirigió a mí, metió su corto
hocico entre mis piernas y lamió los jugos que había: los míos y los de los
cuatro perros anteriores. Movió su rabo, me montó y trató de metérmela en el
culo. Yo palpé su verga y la dirigí a mi concha.


El perro la sacó de ahí y me la
apuntó a mi culo. ¡No, otra vez no! - grité resignada. Me recostó sobre mis
codos y dejé que el perro hiciera lo que quisiera. Su peso era bastante mas alto
que el de los anteriores. Embistió y embistió hasta que consiguió lo que se
propuso: me la ensartó en el ano. ¡Ayyy, ayyyy, me esta destrozando el culo! -
grité, ¡me desgarra el culo, tiene la pija gordísima!. Sácamelo Carlos, por
favor! - imploré a mi novio. ¡Estas loca, déjalo quietito que goce de su perra
de turno! - dijo riendo Carlos.


El perro me tenía enhebrada por el ano,
bombeando y metiéndome una verga impresionante de gruesa en el orto. Sentía el
roce de sus venas, rasgando mi recto, largando chorritos de jugos. Las lágrimas
me salían sin quererlo: era la peor (o mejor) cogida anal que me hubieran hecho.
Me dediqué a disfrutarlo, sabiendo que yo había querido esta orgía de fantasía.
Me la metió más y más y cuando llegó al clímax, ya su enorme bulbo estaba dentro
de mi ojete. Tiró y no podía sacarla, y el abotonamiento se había dado una vez
más. Su enorme pija pulsaba en el interior de mi recto, llenando de leche canina
mis intestinos. ¡Menos mal que había cagado!, sino tal vez me hubiera reventado
toda por dentro. En mi delirio de placer y gozo, no me di cuenta como quedamos
culo con culo. Su verga yacía erecta en mi culo, su bulbo atorado en mi esfínter
anal. Me hice una paja, tocándome mi clítoris y frotándome los labios de mi
concha.


Estuvimos varios minutos abotonados, no se cuantos, cuando de pronto,
sin aviso, un chorro de agua fría congeló mi cuerpo y el de Marte: era Carlos
echándonos baldes de agua. ¡Despéguense perros! - gritó entre risas Carlos. Me
sorprendió tanto que tiré para mi lado y Marte lo hizo para el propio, pero el
dolor fue intenso. Igual seguíamos pegados. ¡No espera, espera! - le dije a
Carlos. ¡No mi amor, hace ya cuarenta minutos que tenéis al perro atrapado en tu
culo! - dijo Carlos. ¡Cuarenta minutos! - grité espantada. ¡Jamás se saldrá de
mí, ayyy, que voy a hacer! - dije desconsolada. Un nuevo balde de agua cayo
sobre nuestros cuerpos, y aún así no nos despegamos. Yo tiraba y Marte también,
pero era tan grande el bulbo, quizá del tamaño de un puño cerrado de un hombre
adulto, que era imposible que traspusiera mi esfínter anal.


Carlos me echó agua
y agua, hasta que de pronto: ¡PLOP!, nos despegamos. ¡Menos mal! - grité
aliviada. Metí mi mano hacia mi culo y casi se me pierde dentro. ¡Me había
dejado una cantera de grande por la dilatación!. Observé la pija de Marte y era
monstruosa de grande y estaba con su bulbo chorreando de semen y resto de caca
que se ve que me había quedado en el culo. Me tiré en el pasto agotada,
destrozada, pero contenta de haber disfrutado de esta orgía canina. Carlos me
dijo que necesito echar unos diez baldes de agua para despegarnos, por lo que
dentro del corral se formó un lodazal bárbaro.


Me salí de allí y fui a unos
baños que había en la guardia donde me di un baño reparador. Pero lo que vino
después se lo cuento en otro relato, porque les recuerdo que fue un fin de
semana y esta orgía había durado unas tres horas.


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Relato: Orgia canina
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