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Relato: El gordo precoz (10)





Relato: El gordo precoz (10)


EL GORDO PRECOZ (10)


CAPÍTULO X: LA MADRE DE TODAS LAS PAJAS.




DÍA JUEVES.


8:30 AM.



Ingresamos juntos al centro médico con el fin de hacernos el
examen de HIV.


Nos presentamos a la recepcionista en forma separada, la cual
nos tomó los datos y nos hizo esperar en la sala principal.


Tras interminables quince minutos, me llamaron por mi nombre
e ingresé por una puerta donde había un señor de traje sentado detrás de un
escritorio.


"Buenos días." Dijo amablemente. "Cuénteme cuál es el motivo
de su visita, por favor."


De inmediato supuse que este hombre no era un médico sino un
psicólogo que estaba intentando hacer su trabajo.


"Vea, señor. He leído recientemente algo acerca del SIDA, ya
que desconocía todo acerca del virus y los modos de contagio, y sólo quisiera
hacerme un chequeo de rutina. Realmente no creo estar infectado, pero quiero
estar seguro." Dije siendo totalmente sincero.


"Ha estado usted en contacto con jeringas que pudieran haber
estado contaminadas?" Preguntó.


"No." Contesté sin agregar nada más.


"Es usted homosexual?" Preguntó.


"Disculpe, pero de acuerdo a la información que poseo ahora,
su pregunta no es relevante." Dije.


"Por qué no?" Preguntó sorprendido por mi contestación.


"Lo que sucede es que como también hay bisexuales, a mi me
parece que no interesa demasiado si uno es sólo homosexual, o sólo heterosexual,
siempre está la posibilidad de que haya algún contacto con alguien que esté
infectado, y pueda causar un desastre en ambos sexos. O estoy equivocado?" Le
pregunté como respuesta.


"No, lamentablemente no lo está, pero este virus parece que
se está expandiendo entre las personas que no tienen pareja estable." Dijo como
insistiendo en la homosexualidad.


"No me va a decir que sólo los gays tienen esos hábitos y que
difieren de los heterosexuales y bisexuales? Si usted piensa así, supongo que no
conoce alguna clase de gente que yo sí conozco." Contesté.


Me miró en silencio, sin contestar.


"En realidad, no creo estar contagiado, pero por mi seguridad
y por mis futuras relaciones, y como pretendo ser una persona bastante
responsable, quisiera estar completamente seguro." Concluí.


"Muy bien." Dijo sin agregar más. "Muchas gracias por venir."


Me hizo esperar afuera y fui al encuentro de Juan, para
contarle acerca de las preguntas, y para que no se pusiera nervioso con la
encuesta.


A los pocos minutos me llamaron para que ingresara por otra
puerta, y en ese mismo instante nombraban a Juan para hacerle el cuestionario en
la habitación donde yo había estado hacía unos momentos.


Una enfermera se ponía un par de guantes de látex apenas
entré al consultorio, y me hizo tomar asiento. Me hizo remangar la camisa y acto
seguido me pidió que levantara el brazo y colocó allí un tubito de goma para
hacerme resaltar las venas; tomó una jeringa descartable de una caja llena de
ellas, y me miró al rostro por primera vez.


"Cuándo fue la última vez que ingirió alimentos?" Preguntó.


"Anoche. No volví a tomar ni siquiera un vaso de agua como me
habían indicado por teléfono." Contesté. "Totalmente en ayunas." Agregué y
sonreí.


"Muy bien. Es lo correcto. No me va a preguntar si le va a
doler?" Quiso saber un segundo antes de introducir la aguja en el lugar
adecuado.


"La verdad que no. No tiene demasiada importancia, ya que es
algo que debo hacer de todos modos." Le contesté y le volví a sonreír ya que en
realidad ella parecía más nerviosa que yo mismo.



Miré todo el proceso sin apartar la mirada, y ella lo notó,
moviendo intermitentemente su vista entre mis ojos y la jeringa que se llenaba
de mi


líquido vital de color rojo oscuro.


"Ja, ja, ja! Por un momento pensé que iba a salir sangre
azul." Bromeé ya que la vena donde pinchó era de ese color, y ella sonrió
conmigo por primera vez.


Mi sonrisa continuó cuando recordé que en algunas películas
representan la sangre con salsa de tomates. Es que esa gente nunca vio sangre de
verdad?


Llenó casi toda la jeringa y sólo sentí una molestia los
últimos instantes antes de que la extrajera. Primero quitó el torniquete de
goma, y un segundo antes de extraer la aguja, tomó un trozo de algodón que
colocó sobre mi brazo y me pidió que lo sostuviera fuerte.


Me indicó el día y la hora que tenía que venir por los
resultados, le di las gracias, me despedí y salí a la sala de estar.


Me alegré de ver a Juan que estaba nuevamente sentado en el
mismo sitio. Me sonrió para indicarme que todo estaba bien, y la enfermera lo
llamó para que ingresara en mi lugar.


Esperé unos minutos a mi amigo, mientras observaba el rostro
de varias personas más que esperaban por lo mismo.


No pude dejar de notar que una muchacha de no más de quince
años, con el rostro terriblemente avergonzado, no paraba de llorar mientras la
persona a su lado que me pareció su madre, la abrazaba y le acariciaba el
rostro. Hubiera jurado que esa chica había sido víctima de una violación.


Respiré hondo.


Por Dios! Este planeta está cada vez peor.



Recordé la cara de tristeza de Juan cuando le conté lo que
había leído acerca del virus del SIDA. Estuvo de acuerdo conmigo en que talvez
María fuera un foco de infección, y se angustió con la posibilidad de poder
haberme contagiado sin haber tenido antes el conocimiento de estar infectado.


Lo tranquilicé diciéndole que yo tampoco había sido un santo
en ningún sentido, y que bien podría haber adquirido el virus con alguna otra
relación anterior. Esa fue la razón por la cual no había dejado que me lamiera
el semen.


Pero me hizo notar que si era así, yo lo había protegido
evitando que él se contagiara, y él lamentablemente no había hecho lo mismo
conmigo.


La discusión nos había llevado hasta altas horas de la
madrugada, porque por más que yo le insistía que él desconocía esa enfermedad,
que por eso era totalmente ignorante acerca del tema, y que no había modo de que
él lo pudiera haber previsto, no dejaba de preocuparse por la posibilidad de
haberme podido contagiar.


Luego habíamos dormido juntos, completamente desnudos, con la
mayor parte de cada cuerpo adosado al del otro, como si en realidad sobre esa
cama matrimonial hubiera sólo una persona; con las piernas entrelazadas, con los
genitales apretados unos sobre el cuerpo del otro, abrazados muy fuertemente,
sin sentir el frío polar que existía en el exterior, ya que nuestros cuerpos
pegados irradiaban una temperatura digna del desierto del Sahara.


Él sentía el amor que yo le estaba transmitiendo, y estaba
muy cómodo con ello.


Y viceversa.





En este momento, Juan salió del consultorio con una
tranquilidad pasmosa. Ahora su rostro irradiaba paz. Sus ojitos color miel claro
detrás de sus anteojos se iluminaron apenas me volvieron a ver, y eso hizo
alegrarme el día.


Yo había pedido la mañana libre en el trabajo así que lo
invité a desayunar. Conversamos acerca de no sentir angustia por la espera por
el resultado de estos análisis. Nos dimos ánimos mutuamente, diciéndonos que
esto era un mero trámite de rutina para confirmar que ninguno de los dos tenía
nada por qué preocuparse.


Luego fuimos a su departamento, y comenzamos repentinamente
un franeleo improvisado sin quitarnos la ropa. Pasamos al dormitorio y nos
acostamos vestidos, explorándonos con las manos absolutamente por todo el
cuerpo, sin dejar ni un solo milímetro sin acariciar. Casi a los dos minutos de
haber comenzado, él eyaculó precozmente sobre sus calzoncillos y mojando gran
parte de sus pantalones, lo que me hizo adivinar que había vaciado una tremenda
cantidad de esperma y se volvió a entristecer por no haber podido controlarlo
nuevamente. Lo abracé lo más fuerte que pude, y estuvimos así el resto de la
mañana.


Terminamos duchándonos juntos. Y salimos a almorzar.



Por la tarde, él iría a hacer unos clientes, los que serían
sus primeros desde que nos conocimos.


Yo fui al trabajo, y por suerte esta vez no había sucedido
nada anormal. Me comunicaron que varios clientes gordos habían pedido por mí
para que los atendiera, pero se tuvieron que conformar con que alguien más haya
intentado satisfacerlos, aunque yo estoy seguro que nadie podría lograr hacerlo
tan bien como yo.


Lo sé! Muy difícilmente ese sea el ejemplo cuando buscas en
el diccionario la palabra "modestia".




Cerca de las 6 de la tarde, me avisaron de un llamado
telefónico.


"Es la misma persona de ayer." Me alertó la telefonista.
"Sólo preguntó por ti, sin agregar nada más."


"Pásame la llamada aquí, por favor." Dije y levanté el tubo
del aparato de mi escritorio para poder estar más en forma privada.


"Hola! Habla Zesna." Dije, y nuevamente sentí la respiración
que comenzaba a agitarse en ese mismo momento. Ya daba por descontado que
tampoco me iría a contestar en esta oportunidad.


Una respiración que se entrecortaba por momentos, intercalada
por jadeos y leves gemidos casi sordos. No descartaba la posibilidad de que esta
persona fuera una mujer, pero sinceramente parecía un hombre, ya que casi podía
escuchar la mano que subía y bajaba furiosamente sosteniendo un miembro que
indicaba que estaba en estado rocoso por la excitación.


Si fuera así, sospechaba que alguno de la familia "Gordínez",
los chicos obesos de los pedos, bien podría ser el culpable de semejante acto
insólito.


En realidad el solo pensar en cualquiera de ellos realizando
esa acción, me hizo tener una fuerte erección.


Sinceramente, estaba casi seguro que era alguno de esos
gordos, ya que los llamados habían comenzado un día antes, justo unas horas
después de que ellos habían estado por primera vez por la tienda.


Ahora la gran duda era: cuál de todos ellos sería?


Qué hijo de puta!


Esto me estaba excitando a mi también.


Si tan sólo me lo dijera, muy gustoso le daría literalmente
una mano casi con seguridad.


Nunca había hecho semejante cosa por teléfono, pero la
morbosidad me abrazó. Decidí que jugaría a su juego, hasta descubrir quién era
el que hacía estas llamadas.


No podría ser el menor de ellos, por obvias razones. Con
alrededor de diez años, seguramente no estaba desarrollado sexualmente como para
poder masturbarse. Me excitó pensar que fuera el mismo señor "Gordínez" padre.
Casi eyaculo dentro de mis pantalones con el sólo hecho de imaginarme a ese
obeso mientras se la sacudía frente al teléfono, pero lo descarté de inmediato
ya que me habían dicho que la voz sonaba como la de una mujer, que bien podría
haber sido incluso como la de un niño o un adolescente, que por teléfono se
suele confundir habitualmente con la de una fémina.


Entonces me concentré en sus hijos mayor y del medio. Supongo
que podría ser cualquiera de ellos. El veinteañero ya me había demostrado que
era un travieso en grado sumo por el tema de las ventosidades además de muy
apetecible, pero no sabía qué tan perverso podría llegar a ser. Si él era el
culpable de esto y lo descubría, y por más que ya quedaría entonces muy en claro
que yo le gustaba, dudaba mucho que pudiéramos tener algo sexual en un futuro,
ya que mi relación con Juan iba en franco progreso y yo soy una persona muy fiel
a la gente que amo.


De todas formas, no me perjudicaba en absoluto excitarme de
esta forma, ya que el único beneficiado total sería Juan, que iba a ser el
encargado exclusivo de hacerme quitar toda la calentura.


Me preocupó un poco más pensar en que el chico adolescente,
con no más de catorce años, pudiera ser el protagonista de estos llamados.
Talvez lo impacté de una manera fuera de lo normal y buscaba hacer conmigo sus
primeras armas en el tema de la masturbación, buscando excitación telefónica
para vaciar su leche de esa forma por demás desesperada.


Si ese fuera el caso, de igual modo dudaba mucho que
pudiéramos tener alguna clase de relación más que la telefónica. No quiero decir
con esto que el crío no me excitara, por supuesto que lo hacía, pero no hago
esas cosas con menores de edad, por más que éste en particular me deleitaba la
vista en demasía.


De todas formas, deseaba por mi propio bien, que el causante
de ese acto fuera el hijo mayor de los "Gordínez".


Un "Ah, ah, ah, ah" furioso y descontrolado, que lo acusó de
haber llegado al clímax, me secuestró de mis pensamientos, y la comunicación se
cortó en forma abrupta.


Posiblemente después de eyacular, le venía miedo de que lo
pudiera descubrir. Pienso que lo que hacía era lo más sensato, ya que yo buscaba
tan siquiera un sonido o una voz que me pudiera dar alguna pista.


Fui al baño y me sequé el miembro y todo el interior de mis
calzoncillos. Estuve a punto de masturbarme, pero esta vez me contuve, lo que me
hizo aguantar la erección por un largo período de tiempo más, felizmente sin que
nadie se percatara de ello.


Llegué a mi casa a las 8:45 pm y por primera vez en mucho
tiempo cené con mi madre y con mi hermano.


Mi mamá me preguntó por mi amigo, y le dije la verdad, que
estaba bastante mejor, pero que de repente se le venía todo al piso y necesitaba
de mi apoyo.


Le comuniqué que iba a seguir pendiente de sus llamados, y
ella entendió y me alentó, diciéndome que si volvía a quedarme en lo de mi
amigo, me llevara algo de ropa y el cepillo de dientes.


Me causó mucha gracia que aún me tratara como a un niño.

Bueno, creo que todos los hijos lo somos para nuestras madres, no importando la
edad que tengamos.


Luego de terminar de comer, me acosté un rato sobre la cama
sin quitarme la indumentaria, e instintivamente tomé el tubo del teléfono para
llamar a mi amigo que me atendió desde su dormitorio.


"Juan, cómo estás?" Pregunté.


"Muy bien, gracias." Contestó.


"Cómo te fue con tu reintegro al trabajo?" Quise saber con
ansias.


Me contó todo lo que había hecho, y que había tenido la
jornada laboral sin ningún tipo de inconvenientes.


Le pregunté si quería que nos viéramos esa noche, si quería
que fuera a dormir con él nuevamente, y su contestación me hizo emocionar hasta
las lágrimas.


"Tú sabes que me gustaría que estuvieras conmigo todo el
tiempo, pero sé que has tenido una semana muy agotadora, y todo por mi culpa,
por lo que hoy, y sólo por hoy te voy a dejar libre para que descanses en tu
camita y recuperes todas tus fuerzas." Dijo.


"Mira que si me lo pides voy volando a verte." Insistí.


"No, Zesna. Realmente quiero que descanses." Y me sorprendió
con un pedido. "Igualmente hay algo que quisiera que hagas por mi."


"Lo que quieras, bebé." Contesté intrigado. "Qué deseas?"


"Me gustaría masturbarme escuchando tu voz." Dijo.


Por Dios, no podía creerlo.


"Juan, tú me has estado llamando a la tienda para hacer
esto?" Pregunté como si hubiera sido víctima de un impulso, descontando de
antemano que él fuera el que hacía esas llamadas.


"Para hacer qué?" Preguntó a su vez sorprendido.


"Para masturbarte escuchando mi voz." Contesté.


"Tú estás loco? Cómo se te ocurre que yo puedo ser capaz de
realizar algo semejante? Jamás llamaría a tu trabajo para hacer algo así. " Dijo
con una voz que me pareció de enfado.


"Ay, Juan perdóname, pero desde ayer hay una persona que me
está llamando y se masturba del otro lado del tubo, y como me lo acabas de
pedir, asocié y te pregunté sin pensar. Estoy seguro que no eras tú esa
persona." Dije sinceramente ya que definitivamente no se podría confundir la voz
gruesa de mi amigo con la una mujer. "No te enojas por haberte preguntado,
verdad? Ya ves que sigo sin ocultarte nada."


"No, cómo me voy a enojar contigo? Diría aún más, vamos a
olvidar ese tema, pero necesito intentar masturbarme yo sólo. Hace tiempo que no
lo puedo hacer." Dijo apenado. "Por favor, ayúdame."


"No necesitas pedírmelo por favor." Dije plenamente
satisfecho y emocionado de que estuviera pidiendo mi ayuda. "Lo haré con mucho
gusto. La tienes parada en estos momentos?" Pregunté excitándome yo mismo sólo
con mi propia pregunta.


"Sí." Contestó.


"Quiero que me hables de tu verga. De cómo la tienes. De qué
desearías hacer con ella. En dónde te gustaría enterrarla. Quién te gustaría que
te la chupe. Cuéntame tus más perversas fantasías, Juan." Mi pedido fue casi una
súplica ya que mi miembro también ya endurecido, comenzó a saltar de alegría.


"Espérame unos segundos, por favor." Dijo.


Escuché que apoyó el tubo del teléfono sobre la mesa de luz,
y sentí cómo desabrochaba la hebilla de su cinturón. Tuve conciencia del momento
exacto en que sus pantalones cayeron al piso. Sentí que se quitaba más
indumentaria.


Tomó el tubo nuevamente.




"Ya estoy pronto." Dijo.




"Bueno, cuéntame de una vez." Dije ansioso.


"Mi pija está muy dura. Me late incesantemente. La tengo
goteando desde hace un rato, por eso me quité las prendas ya que mis
calzoncillos ya están completamente mojados." Dijo acompañando su relato con una
fuerte aspiración y una exhalación aún mayor, como si se estuviera acariciando
al mismo tiempo que hablaba conmigo. Por si me hubiera quedado alguna duda,
aunque sinceramente no era así, esa respiración tampoco concordaba para nada con
la de los llamados telefónicos perversos. "Es necesario todo esto? Es que no me
siento cómodo hablando de mis genitales."


"Lo sé, Juan, es por eso mismo que debes hacerlo. Debes
perder totalmente la vergüenza conmigo." Dije. "Además, supongo que ya te
imaginas lo mucho que a mi me gustaría conocer acerca de tu Juancito." Dije y
rió, aunque nerviosamente. "Cuéntame acerca de alguna fantasía tuya que nunca
hayas concretado."


"No lo sé. Es que la sexualidad nunca fue algo importante
para mí." Confesó resignado. "Es que como soy, nunca iba a pretender que alguien
me deseara sexualmente, que se sintiera realmente atraído por mi. Tan sólo
quería que me dieran una que otra satisfacción alguna vez y muy de vez en
cuando."


Su confesión hizo rodar unas lágrimas de mi rostro.


"Pero ahora que sabes que has encontrado a alguien que sí se
siente atraído sexualmente por ti, quisiera que hagas volar tu imaginación. Mira
que lo que digas puede ser usado en tu contra, Juan." Y ambos reímos a
carcajadas por mi ocurrencia. "Haz de cuenta que yo soy tu esclavo sexual, y que
sólo me tienes que pedir tus deseos para ser concedidos inmediatamente. Piensa
que soy el genio de la lámpara, pero no te limites sólo a tres deseos. Yo te
cumpliría millones de ellos, Juan. Anda, dime qué quisieras que te hiciera si
estuviera allí contigo ahora mismo. No te detengas si lo que piensas o deseas es
lo más sucio o perverso que se te pueda ocurrir. Yo estoy aquí para satisfacerte
y complacerte."


Su respiración se agitó aún más, casi al borde de la
desesperación.


"Nunca me la han chupado siendo un adulto." Dijo como si
hubiera sido un deseo que de pronto afloró desde lo más recóndito de su ser.
Posiblemente lo estaba queriendo desde su experiencia nefasta con el sacerdote
degenerado.


"Y me permitirías a mi chupártela y juguetear con mi lengua
con ella?" Pregunté imaginándome la acción.


"Sí!" Dijo haciéndome sentir sus jadeos, y sin demorar en
responder.




"Me encantaría tener tu glande entre mis labios, masajeándotelo con mi lengua,
intentando meter la puntita en tu uretra." Me imaginé cómo se sentiría él, ya
que yo ya estaba a punto de eyacular en cualquier momento, sólo con suponer la
situación que estaba describiendo. "Qué más te gustaría, Juan?"


"Quisiera que me besaran todo el cuerpo. Que me demostraran
que yo también soy una persona. Que tengo sentimientos. Que me hagan sentir
querido, amado, deseado." Creo que escuché quebrarse su voz.


"Escucha, Juan." Me quedó claro lo que deseaba, pero esto no
iría a funcionar si seguíamos en esa dirección. Sólo quería excitarlo, y su
desesperación lo llevó por otro camino. Ya le daría todo eso la próxima vez que
estuviera con él, pero ahora debíamos concentrarnos en excitarnos, para lograr
nuestro cometido. "No te gustaría que te chupara el culo?" Pregunté de repente
para cambiar el giro de la conversación."


"No lo sé." Contestó en forma sincera.


"Muy bien. Estás completamente desnudo, verdad?" Pregunté.


"No." Dijo. "Aún tengo puesta la camisa."


"Y qué esperas para quitártela, hombre. Ya sabes que me gusta
verte completamente desnudo, y para que esto funcione, debes imaginar que te
estoy mirando a través del aparato." Dije y continué con mis propias caricias
genitales. "Escúchame, por favor, me gustaría que fueras relatándome todo lo que
vayas haciendo, para que yo pueda ayudarte mejor, ok?"


"Está bien." Contestó y soltó una risa nerviosa.


Apoyó el tubo en la mesita.


Estaba convencido de que no se encontraba del todo cómodo con
lo que le pedía, pero sin ningún lugar a dudas, esta noche estaba 100 por ciento
cooperativo. Supongo que deseaba fervientemente romper con todos sus prejuicios
y temores de una vez por todas.


"Me estoy desabotonando la camisa. Cuento los botones?"
Preguntó, lo que me hizo sonreír, y como no contesté prosiguió. "Bueno. Uno...
dos... tres... cuatro... cinco... seis... siete... ocho... nueve... y diez.
Ahora el botón de la manga derecha. Listo. Y ahora el de la izquierda." Escuché
que se quitaba la prenda. "Ya está afuera. Estoy completamente desnudo para ti."
Eso con la voz extremadamente gruesa, sonó pornográficamente erótico.


Tomó el tubo del teléfono otra vez.


"Hola, Zesna. Qué tal lo estoy haciendo?" Quiso saber.


"Tendrías que ver mi erección para darte cuenta de lo bien
que lo has hecho." Dije, y con un dedo me quité el líquido que despedía mi
uretra en ese momento y me lo llevé a la boca. Se lo relaté y le dije que
hiciera lo mismo


"Hmmmmm, es delicioso." Me dijo regodeándose y saboreando su
dedo. "Nunca antes lo había probado." Confesó.


"Sigue contándome qué haces. No quiero que permanezcas pasivo
en ningún momento, quiero que protagonices conmigo. Una paja mutua por teléfono.
Qué te parece?"


"Ay, Zesna, ayúdame. Nunca he hecho esto." Dijo preocupado,
como si temiera que podría echarlo todo a perder.


"No te preocupes, Juan. Para mí también en una novedad.
Tampoco he hecho esto antes con nadie." Confesé. "Dime si sigues estando muy
mojado."


"Me pongo terriblemente mojado sólo con escuchar tu voz,
amigo." Admitió.


"Yo también estoy así, Juan. Tú me pones de esta forma en
todo momento." Aseveré.


Su respiración se agitó aún más todavía, y sus jadeos se
intercalaban con gemidos, que le brotaban en forma incontrolable.


Yo estaba logrando mi cometido. Intentaba meterle una mano
imaginaria en sus entrañas, y agitarle sus fibras más íntimas. No estoy hablando
de nada sexual; no introducirle la mano en el culo, sino despabilarlo,
sacudirlo, provocarle la mayor cantidad de adrenalina para que le recorriera
todo el cuerpo, mientras se excitaba en la entrepierna, causarle toda esa
sensación nerviosa y placentera en sus genitales, para llevarlo al clímax como
nunca nadie lo había logrado hacer llegar.



"Qué estás haciendo ahora?" Pregunté.


"Me estoy acariciando los testículos." Admitió.


"Ay, como me gustaría estar allí ahora mismo y metérmelos en
la boca uno después del otro. Secarte la transpiración de tus genitales con la
lengua." Mi miembro ya estaba a punto de estallar, y dejé de acariciarme para
prolongar lo más posible el momento supremo.


"Ay, sí. Siento tu lengua entre mis piernas. Me recorren los
muslos. Ay, Zesna. Ahora me estoy apretando la pija con la mano. Me estoy
frotando la cabecita con los dedos." Dijo y sus jadeos se intensificaron aún más
todavía.


"Dime, Juan, estás sentado?" Pregunté.


"No, estoy parado." Dijo.


"Y por qué?" pregunté intrigado.


"Yo que sé. Siempre intento hacerlo parado en el baño."
Contestó.


"Puedes acostarte?" Le pregunté asegurándole que lo podría
hacer mucho mejor en esa posición, ya que su miembro quedaría más expuesto.
Sospeché que parte del problema que le impedía masturbarse a solas, podría
radicar en que justamente él lo intentaba en esa posición no recomendable para
un obeso, ya que de esa forma gran parte de su miembro permanecía oculto dentro
de su vientre impidiéndole lograr la exposición adecuada y no dejando manipular
sus genitales correctamente y por ende su excitación no sería nunca la
apropiada. Esto no es definitivo, pero podría ser una de las causas. Realizó lo
que le pedí y me lo hizo saber. Entonces continué. "Ahora quiero que ubiques el
tubo del teléfono sobre la almohada cerca de tu oído, para dejar libre tu otra
mano." Nuevamente se hizo eco a mi demanda. "Muy bien, ahora quiero que te
olvides de tu pene, y no vuelvas con tus manos allí hasta que te dé permiso de
volver a hacerlo, ok? Quiero que con ambas manos te acaricies las tetas, pero
necesito que me relates lo que haces, y sobre todo quiero que me describas lo
que sientes dentro tuyo."


No tuve necesidad de que me lo dijera en realidad, pero supe
el momento exacto en que sus gruesos dedos estaban tocando sus pezones, ya que
los jadeos descontrolados ahora parecían elevarlo a un estado más salvaje, y
comenzó a emitir gemidos guturales entrecortados. De todas formas realizó un
esfuerzo sobrehumano para relatarme todo cumpliendo con mis solicitudes.


"Ay, ay, me estoy frotando las tetillas. Me gusta, Zesna!
Siento un cosquilleo tremendo en la entrepierna, tal y como lo sentí cuando tú
mismo lo hacías. Me gusta mucho!" Confesó. "Me vuelve loco. Mi verga está
emitiendo más líquido. Ah. Ah!" Gruñó repetidas veces.


Hice silencio.


"Eyaculaste, Juan?" Pregunté aterrorizado de que todo se
hubiera terminado repentinamente en ese momento.


"No." Dijo. "Aún no."


"Sigues excitado?" Pregunté.


"Tendrías que ver para creerlo, Zesna." Dijo con voz de
felicidad. "Nunca la había tenido parada de esta forma."


"Descríbemela." Ordené sabiendo que estaba siendo perverso,
pero si lograba que lo hiciera, eso anotaría un punto más a favor de derrotar
sus temores.


"Está dura. Muy dura. La siento como una roca. Me late y me
hace doler, pero en una forma que no es para nada desagradable. Es una sensación
que nunca había sentido antes. La empujo hacia el costado y vuelve al mismo
lugar inmediatamente" Confesó evidenciando una gran felicidad. "Zesna, nunca
había tenido una erección semejante. Estoy haciendo fuerza para mantenerla así,
y sé que realmente no necesito hacerlo. Estoy muy lejos de que se me baje. Viste
cuando orinas y de pronto fuerzas al músculo para que corte la orina?
Inconscientemente lo estoy moviendo en forma desesperada y sin poder evitarlo,
una y otra vez. Me gusta mucho lo que siento. Estoy como que mi sangre está a
punto de hervir de un momento a otro. Noto que mi pija está muy caliente, y sin
tocármela. Sólo la siento que está hirviendo entre mis piernas. No sé como
reaccionar a esto. No sé qué hacer con esto. No te rías, Zesna, pero parezco un
pelotudo. Hay algo en mi interior que quiere salir hacia afuera en forma
desesperada."



Me emocioné. En realidad me alegré por mi amigo. Por poder
serle útil, por ayudarlo en esto que era de una extrema necesidad para él.


Sin ser deshonesto, también lo era para mi.


Pero bueno, quién se hubiera negado a dar semejante ayuda
sabiendo que el beneficio sería recíproco?


Sinceramente, yo lo hubiera hecho aún sin recibir el premio
de retorno.


"Ahora quisiera que te presiones las aureolas con el pulgar y
el índice, y te aprietes los pezones. Ambos al mismo tiempo." Dije, y agregué."
Me encantaría mordértelos hasta hacerte acabar sólo haciendo eso."


"Hmmmmmmmmm!" Exclamó. "Zesna, me estoy retorciendo de placer
en la cama. Estoy temblando y ya comencé a tener espasmos. Déjame tocarme la
pija, por favor. No aguanto más." Suplicó.


"No, de ninguna manera. Ese es uno de los errores que cometes
habitualmente." Estaba completamente seguro que Juan no volvería a tocarse los
genitales hasta tanto yo no le diera el permiso para hacerlo, por más que si él
quería, podría hacerlo sin mi consentimiento y yo nunca me enteraría de ello si
él no me lo decía. Eso se llama confianza ciega y recíproca, porque él también
tenía igual confianza en mí, ya que jamás puso en duda ni preguntó absolutamente
nada acerca de los motivos que me impulsaban a indicarle lo que debía hacer. "No
debes solamente masturbarte, Juan." Continué diciéndole. "Debes sentirte
satisfecho haciéndolo. Debes gozar cada vez que lo haces. No busques solamente
vaciar la leche de tus testículos. Goza! Siente la excitación que te recorre por
los venas, que quiere salirse por los poros. Crea el clima de placer hasta
hacerlo llegar al grado último de poder soportarlo. Siente la necesidad de poder
explotar con satisfacción y no sólo hacerlo por el mero hecho de ser un hombre
que únicamente necesita pajearse."


"No sé qué tanto más podré soportarlo." Confesó.


"Estoy seguro que si no eyaculaste hasta ahora en la forma
como lo has estado haciendo habitualmente, no lo harás hasta que tú desees
hacerlo." Dije convencido totalmente de mis palabras. "Por lo tanto, hagamos que
ese placer sea lo más prolongado que podamos lograr. Que la eyaculación quede lo
más demorada posible. Juan, tú ordenas a tu pija. No es ella la que te dice
cuando escupir. Tú puedes hacerlo en el momento que tú desees. No seas su
esclavo. Tu miembro te pertenece a ti. No es al revés. Convéncete de que no es
del modo contrario. Cada vez que te masturbes en el futuro y estés a punto de
eyacular, ordénale a tu pene diciéndole: ‘ahora no quiero, vamos a demorar la
salida de mis espermatozoides’ y detiene tu paja, luego reiníciala cuando tú
quieras, y hazlo la mayor cantidad de veces. Luego me cuentas acerca de la
diferencia en los resultados."


Del otro lado del tubo, sólo escuché gemidos, jadeos,
respiración entrecortada y fuerte, pequeños alaridos como resistiéndose en
franca lucha para vencer sus impulsos por sobre sus deseos.


Sabía que esos impulsos, tal como si fueran el Juan-Diablito,
le decían: "Juan, no le hagas caso al estúpido de Zesna. Mastúrbate de una buena
vez, y pon en erupción ese volcán. Quítate toda esa lava ardiente que te está
quemando las entrañas. Qué esperas? Si el placer es lo máximo. Anda, Pajéate
ahora mismo. No esperes más."


Sin embargo, estaba seguro que sus deseos lo harían obedecer
al Juan-Angelito: "Juan, no te dejes tentar por la solución fácil. Haz caso a
las sugerencias de Zesna. Él te quiere. Tú sabes que él te quiere bien. Él
quiere lo mejor para ti. Conoce lo que los obesos necesitan. Sabe lo que tú
necesitas en particular. Te quiere ayudar. Dilata lo más posible el momento
final. No busques una vaciada rápida como todas las que te han dado antes. Tú
puedes, Juan. Lo importante es que quieras hacerlo. Zesna está aquí para
ayudarte. Qué es lo que decides hacer? Una paja rápida que no te va a aportar
nada nuevo? O experimentar con lo que te ha dicho Zesna y comprobar cuál de las
dos formas de masturbarse es la mejor y la más placentera?"


"Zesna, Voy a hacer todo lo que me pidas." Dijo finalmente.
"Pero necesito hacer algo en forma urgente. Estoy que me muero."


"Muy bien. Mira, lo más cerca que te permito llegar de tus
genitales con la mano es hasta el agujero de tu ombligo." Dije. "Hazlo y
relátame."


"Ay! Estoy llegando y ya me gusta lo que siento. Ahora mi
dedo se pierde dentro de mi agujero. Con la otra mano me sigo apretando el
pezón. Ay, Zesna, me muero de placer."


"Lo sé, mi amigo." Le dije para que se tranquilizara. "Sé
exactamente lo que sientes, ya que estoy haciéndome lo mismo en este momento."


"Ay, Zesna. Mi pija está goteando mucho."


"La mía también, bebé. Me encantaría que estuviéramos juntos
ahora para chuparnos mutuamente, haciendo un 138."


"Qué es un 138?" Quiso saber luego de hacer una pausa como
temiendo reconocer que no entendió lo que le dije.


"Un 69 pero dos veces." Y reí de mi propia broma.


"Y qué es un 69?" Preguntó en forma muy seria, y recordé que
difícilmente lo hubiera hecho alguna vez.


"Mi amor, un 69 es cuando dos personas se chupan los
genitales al mismo tiempo. Uno boca arriba y el otro boca abajo." Expliqué.


"Ay, cómo me gustaría hacer eso contigo." Confesó. "Ah, ah,
ah. Estoy muy excitado, amigo. Necesito eyacular."


"Aún no, Juan. Debes controlarte un poco más. Ya vas a ver
que cuando llegue el momento, el placer será infinitamente mayor. Mientras tanto
déjame lamerte la entrepierna, entre los testículos y el culo." Dije y mi
miembro ya necesitaba un babero de tanto líquido que despedía.


"Si, si!" Exclamó, y le pedí que se acariciara en esa zona,
intentando no tocarse el pene. Obedeció. "Ahhhhhhhh, me estoy tocando todo el
recorrido entre mis bolas y el ojete."


"Quieres acariciarte el culito para mi?" pregunté dudando si
lo haría.


"Espera un segundo." Dijo y me informó que giró para quedarse
de perfil apoyado sobre uno de sus hombro para poder acceder a su orificio.
"Ahhhhhhhhhh. Me estoy acariciando el orto con el dedo. Ay, Zesna, me gustaría
que tú lo estuvieras haciendo por mi." Me dijo sorprendiéndome por completo.


"Te gusta lo que sientes?" Le pregunté desconcertado. "En
verdad te gustaría que yo te lo tocara?"


"Ay, Zesna, Si, por Dios, es que estoy muy caliente."
Confesó.


Eso me hizo confirmar lo que yo ya estaba sospechando.


La gente suele hacer cosas cuando está muy excitada, que
difícilmente las haría cuando no lo está. El asunto es no arrepentirse después
de haberlas hecho.


"Como me gustaría meterme en la boca tu pitito, y chuparlo
como si fuera un caramelo hasta sacarle el néctar con mis labios, y tragármelo
hasta la última gota." Dije ahogado en mi propia lujuria y excitación.


"Y a mi me gustaría hacerte lo mismo." Confesó.


"Dilo con tus propias palabras. Qué te gustaría hacer?"
pregunté a sabiendas de que seguía siendo demasiado perverso con él.


"Chuparte la verga hasta que acabes en mi boca." Albricias,
lo dijo finalmente.


Ahora le permití que con una mano tomara su miembro y lo
sacudiera pero en forma suave, nunca salvajemente.


"Me encantaría lamerte y besarte el culo, Juan. Meterte la
lengua lo más dentro posible." Comencé nuevamente a acariciarme yo mismo. Me
excitaba sobremanera hablar en la forma sucia en que lo estábamos haciendo.


"Si, bien adentro." Sus jadeos estaban a ritmo vertiginoso y
los gruñidos inundaban la línea telefónica." Quiero chuparte la pija, Zesna,
hasta dejártela bien dura y que luego me rompas el orto con ella."


Silencio.


"Qué dijiste?" Pregunté anonadado.


"Quiero que tú me hagas el amor, Zesna."


Estaba seguro que eso había sido fruto de su enorme
excitación, y no seguí con el tema.


"Me estoy metiendo el dedo gordo dentro, Zesna." Insistió él.
"Quisiera que fuera tu pija la que está dentro de mi." Su voz gruesa hizo sonar
eso aún más erótico de lo que ya indicaban las mismas palabras.


Sin embargo, no pude contestar.


Me dejó atónito totalmente.


Estaba descontrolado.


"Quiero que me cojas. Quiero ser tu gordo puto." Estaba
desaforado, desenfrenado y totalmente sin control. Sentí los movimientos de su
mano sobre su miembro, y sonaba nuevamente salvaje y desesperado. Mi amigo
estaba realmente muy excitado. "Quiero ser tu mujer, quiero que me rompas el
culo. Quiero.... Zesna voy a acabar. Ah, ah, ah, ah, ah, ahhhhhhhhhhhhhh!" Y
unos rugidos salvajes como si fuera una bestia en el momento de parir, salieron
de su boca.


Sentí literalmente su eyaculación simultáneamente con la mía
propia.


"No termina de salirme la leche, Zesna." Me dijo mientras
veía cómo estaba sucediendo exactamente lo mismo en mi propio miembro. "Ay, que
hermoso! Nunca había sentido algo así." Exclamó mientras sus jadeos no
disminuían, ni su agitada respiración tampoco.


La mía propia estaba como un tren descarrilándose, y mi
esperma tampoco dejaba de fluir.


"Zesna, tengo miedo. Ya terminaron mis espasmos, y mi leche
no para de salir." Dijo asustado.


"Sabes por qué es eso, mi amor?" Pregunté con una sonrisa en
mis labios mirando exactamente que lo mismo que mi amigo me relataba, seguía
aconteciendo en mi propio pene.


"No." Dijo simplemente.


"Has tenido el orgasmo de tu vida." Dije totalmente
convencido de mis palabras al tiempo que yo sentía haber alcanzado lo mismo.


"Fue hermoso, Zesna!" Repitió una vez más.


Lo único que lamento es que esta primera vez no estaba allí
con él para ser el único testigo de lo que, sin temor a equivocarme, había sido
su masturbación más satisfactoria. Y la mía.




Sin ningún lugar a dudas, habíamos compartido la madre de todas las pajas.


"Cómo me gustaría poder abrazarte, Juan. Y hacerte sentir lo
mucho que te amo." Dije.


Se puso a llorar como un bebé.


"Por qué lloras?" Pregunté. "Qué sucede?"


"Nunca me habían hecho sentir así, amado, importante. Zesna,
sé que tú no quieres sólo mi cuerpo." Confesó.


"Albricias, al fin te has dado cuenta de ello." Y reí.


"No te rías. Sé que soy un pelotudo. Ya has dado muestras de
sobra que tú me quieres bien." Dijo y me enterneció.


"No, Juan! Yo no te quiero. Tu esposa te quería, yo te amo!"
Dije en forma perversa.


"No seas malo! Noto perfectamente la diferencia. Es que tú me
amas aún después de acabar. Sabes qué era lo que hacía mi esposa después de
masturbarme?" Preguntó.


Esperó mi contestación antes de proseguir.


Realmente no estaba seguro de querer saberlo. Tenía la
certeza de que eso me iría a entristecer.


"Qué hacía ella?" Pregunté sin embargo, reconociendo que él
deseaba hacerme partícipe de esa experiencia que seguramente no le era agradable
en modo alguno.


"Luego de pajearme, me miraba y me decía ‘Ve a limpiarte’
como si ya hubiera cumplido conmigo. Zesna, tú sabes que los gordos necesitamos
cariño aún después de eyacular. No que se nos trate como objetos." Comentó
lloriqueando.


Mis lágrimas estaban bañando literalmente mis mejillas.


"Tienes razón. Pero no sólo los gordos, Juan. Yo también lo
necesito después de acabar." Dije. "Aguárdame que voy para allí ahora mismo, tan
sólo para darte un abrazo que yo también necesito."


Colgué el tubo y salí velozmente hacia lo de mi amigo.




Antes de llegar a la cuadra del edificio, reduje la velocidad
como ya era una costumbre, y de pronto tuve que detener totalmente mi marcha
porque vi a un obeso que estaba cruzando las sendas peatonales frente mismo a mi
vehículo. Al principio supuse que ese gordo era Juan, pero al mirar
detenidamente confirmé que estaba equivocado; sin embargo me había parecido
conocida la persona, por más que estábamos casi en la penumbra, el muchacho no
debía tener más de quince o dieciséis años, aunque no le pude distinguir bien el
rostro.



El andar del gordo era lento, y de pronto sentí tocar la bocina del automóvil
que estaba detenido detrás del mío


"Dale, gordo idiota. Mueve ese culo inmundo de una buena
vez." Escuché gritar detrás de mí.


Como un acto reflejo, bajé del vehículo en forma furiosa, y
me dirigí hacia ese vehículo.


"Disculpa, tienes algún problema?" Dije y vi que el que había
gritado era un tipo joven, mucho más grande que yo de tamaño, y que además iba
acompañado por dos muchachos más.


"Qué carajo te pasa a ti? No es contigo la cosa, sino con ese
gordo pelotudo que parece como si le estuviera pesando el culo." Dijo
desafiante.


"En todo caso, sería un problema de él. Mira que ese gordo
tiene una familia al igual que tú. Es una persona como..."


"Qué mierda te sucede?" Me gritó, interrumpiéndome.


"Me sucede que él por lo menos es una persona." Dije
totalmente fuera de mí y sin medir las consecuencias. "Y no un idiota como tú
que no tiene respeto por la gente."


Las puertas de ambos acompañantes se abrieron y ellos
salieron del vehículo, mientras yo impedía que el conductor hiciera lo mismo.


Por Dios, en qué lío me había metido!


Los dos acompañantes llegaron a la parte delantera del
automóvil y se iban a abalanzar sobre mí. Yo ya estaba resignado a perder por lo
menos un par de dientes, cuando de pronto giraron sobre sus talones
inexplicablemente y se volvieron a meter en sus lugares dentro del vehículo.


"Escúchame bien." Le dije al conductor, sin demostrar estar
atónito por la retirada de sus acompañantes. "Tú alguna vez interviniste en
algún concurso?" Pregunté.


"De qué carajo estás hablando?" Dijo sorprendido.




"Entonces supongo que no. Te voy a dar un consejo gratis. Si alguna vez alguien
realiza un concurso para encontrar al representante de la estupidez humana,
anótate en él, porque te aseguro que tienes muchas chances de salir elegido en
primer lugar." Dije irritado con ganas de llevarme a todo el mundo por delante
por la indignación.


Como respuesta, aceleró y casi me pisa un pie; y cuando giré
para ver al vehículo alejarse, comprendí el verdadero motivo, que ignoraba hasta
ese momento, por el cual sus amigos no me habían roto toda la cara a puñetazos.


El conocido inspector de tránsito se estaba acercando hacia
nosotros cuando ellos se percataron ello y se asustaron.




Ahora, se me iluminó el rostro y no pude evitar la sonrisa, cuando vi que el
oficial se interpuso poniéndose delante del vehículo y los detuvo.


Le pidió la licencia de conducir, y recién cuando la tuvo en
sus manos, terminó de acercarse hacia donde yo continuaba parado en plena calle.


"Te encuentras bien?" Preguntó una vez que estuvo a un paso
de mí.


"Sí gracias, es que..."


"Sí, escuché lo que ellos le gritaron a ese muchacho." Dijo y
señaló al gordo, que estaba mirando escondido detrás de un árbol desde la vereda
contraria a donde estábamos en ese momento.


"Gracias, oficial. Si usted no hubiera estado aquí,
posiblemente estaría de camino al hospital en este momento." Dije, y le di la
mano.


Miré al gordote que estaba petrificado, aún mirándonos., y me
dirigí hacia él cruzando la calle, mientras el inspector de tránsito se acercaba
nuevamente al vehículo detenido para aplicarle una multa.


Noté que el muchacho estaba muy asustado.


"Hola, Te encuentras bien?." Le pregunté.


En ese momento reconocí al chico.


"Tú eres policía?" Preguntó sorprendido.


"No! Por qué lo preguntas?" Quise saber a su vez.


"Pensé que lo eras por la forma en que saludaste al
inspector." Dijo sorprendido.


"Ja, ja, ja. Es que somos grandes amigos." Dije.


"Entonces por qué has hecho lo que hiciste por mi, si ni
siquiera nos conocemos?" Preguntó sorprendido.


"Es que me molesta sobremanera cualquier clase de
discriminación. No soporto que la gente no sea tolerante." Confesé. "Además, sí
nos conocemos, tú fuiste a la tienda donde yo trabajo a cambiar unos pantalones
y compraste una camisa y un par de calzoncillos."


"Entonces usted es Zesna?" Y se movió hacia un costado para
verme mejor el rostro, ya que estaba a contraluz y no me había reconocido. "Es
que usted se acuerda de todos los clientes, y lo que compra cada uno?" Preguntó
sorprendido pero con una sonrisa."Es usted muy amable por lo que hizo por mí."
Me dijo y sonrió. "Yo soy Gerardo." Dijo y ante mi asombro, me ofreció la mano.


Le acepté el saludo, y sentí literalmente una electrocución
con el apretón de manos. Ambos soltamos instantáneamente al mismo tiempo la mano
del otro por el choque eléctrico que posiblemente él también sintió y se asustó.


"Dios mío, qué es esto?" Pensé.


"Qué pena que me están esperando, sino me quedaba conversando
con usted." Dijo y me hizo recordar que yo también tenía a alguien que me
aguardaba. "Nuevamente le doy las gracias. No sabe lo agradecido que estoy con
lo que usted acaba de hacer por mi."


"No es nada. Me dio mucho gusto el haber estado presente para
poder intervenir." Dije honestamente.


"Me gustaría invitarlo algún día a tomar algo, aunque sea."
Dijo, y no supe catalogar si lo hizo por compromiso o realmente lo deseaba.


"Cómo no!" Contesté y le iba a entregar mi tarjeta con los
números de teléfono de la tienda. "Llámame cuando quieras, o puedes venir mismo
por allí; siempre serás bienvenido."


"Gracias." Dijo tomándola de mi mano. "Aunque ya tengo una.
Le prometo que lo llamaré." Dijo y me ofreció nuevamente su mano y de pronto se
arrepintió, y se la guardó rápidamente en el bolsillo, tal vez temeroso de
volver a sentir la sensación que lo habría perturbado un momento antes.


Siempre iba a hacer así con los gordos? Estaba completamente
seguro que este muchacho sentía alguna atracción por mi, pero no sabía si
catalogarla como sexual.


Lo vi irse bailoteando ese hermoso trasero, hasta que dobló
por la esquina.


De pronto recordé algo que acababa de decir: "Gracias. Aunque
ya tengo una. Le prometo que lo llamaré." Dijo refiriéndose a la tarjeta de la
tienda.


No será que este gordo era el que se masturbaba llamándome
por teléfono?


Daba con el perfil. La voz sonaba de niño, y estaba muy
nervioso con mi presencia. Aunque eso también podría ser a causa de lo que
acababa de suceder aquí.


Pero no debía descartarlo de mi lista de "sospechosos".


"A qué se debería que recientemente estaba conociendo a
demasiados gordos menores de edad?" pensé de repente.





Me introduje en mi vehículo, y cuando pasé frente al
inspector, esta vez le toqué bocina, le hice juego de luces y lo saludé sacando
la mano por la ventanilla.


Él respondió a mi saludo con la mano, mientras seguía
conversando con los ocupantes del automóvil que continuaba detenido.


Nunca antes estuve tan contento de que este inspector me
hubiera puesto una infracción de tránsito en aquella oportunidad, sólo por el
simple hecho de haberlo conocido.


Mi teoría de que las cosas no suceden porque sí, que siempre
hay una razón para casi todo, tenía en este hecho específico uno de los ejemplos
más notorios. Nuevamente los caprichos del destino tenían una razón para su
proceder.





Apenas Juan abrió la puerta del departamento, nos dimos el
abrazo prometido.


"Qué sucedió que traes esa sonrisa de oreja a oreja en el
rostro?" Preguntó y me confesó que había estado inquieto por mi tardanza.


Le conté lo que había sucedido en la esquina, y me dijo que
el muchacho debería ser el que vive a una cuadra de su edificio pero por la
acera de enfrente.


"Se llama Gerardo." Le dije.


Me miró en silencio.


"Qué?" Pregunté. "No te irás a poner celoso, verdad?"


"No, por supuesto que no. Sólo que me extrañó que ya hasta
supieras su nombre." Dijo y agregó. "Sí, es ese mismo muchacho que te decía. Se
llama Gerardo."





CONTINUARÁ


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Relato: El gordo precoz (10)
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