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Relato: Chaperos



Relato: Chaperos

El año pasado, cuando tenía
18 años, no me encontraba en mi mejor momento precisamente. Acababa
de dejar la escuela, porque era un mal estudiante; vivimos en un barrio
marginal y la verdad es que en mi casa hacían falta pelas. Me puse
a buscar trabajo, pero la cosa estaba jodida. Me quise poner a repartir
pizzas a domicilio, pero como no tenía moto no podía. En
los otros trabajos de peón o temporales a los que iba, en todos
me decían que necesitaba experiencia, pero yo no la tenía.



El caso es que pasó un año
y yo estaba cansado de vivir en casa viendo todos los días como
mis padres no podían mantenerme y darme algún dinerillo para
divertirme. Un día, mientras paseaba por el centro viendo todas
las cosas que no me iba a poder comprar nunca y maldiciendo mi mala suerte,
me encontré con un amigo al que hacía tiempo que no veía,
era de mi colegio. El chaval iba vestido con ropa de marca, con el pelo
bien arreglado y un buen peluco en la muñeca. Se veía que
le iban bien las cosas. Tras los saludos de rigor le dije:



--Pero bueno, Víctor, qué
buena pinta tienes, ¿estás trabajando?



Noté que mi amigo estaba
algo intimidado, aunque contestó:



--Bueno, hago algunos trabajillos,
lo que me sale...



Vi que me estaba dando evasivas,
cuando era evidente que le iba muy bien. No pensaba dejarlo ir sin que
me contara cómo se lo montaba y, sobre todo, si yo podía
también trabajar en lo mismo que a él le iba tan bien.



--Venga, hombre, dime a qué
te dedicas, no seas egoísta.



Vi entonces un extraño brillo
en sus ojos.



--¿Egoísta? Bueno,
no creo que sea egoísta, es que...



--Es que, qué... -le corté,
ya impaciente, viendo que mi suerte estaba a punto de cambiar--.



El chico tragó saliva un
momento y dijo:



--Bueno, te lo diré, pero
si me prometes que no lo dirás a nadie en el barrio.



Yo asentí con la cabeza,
con convicción.



--Pues, verás... -mi amigo
no terminaba de decidirse.



--Pero, ¿a qué carajo
te dedicas? -le dije, ya impaciente.



Él me miró y se sonrió;
parece que perdió por fin su pudor y me dijo:



--Pues a eso, a los carajos.



No entendí. Como vio mi cara
estupefacta, me dijo:



--Mira, yo estaba como tú,
hasta que me enteré que en el parque del Retiro los chicos de nuestra
edad se sacan unas pelas muy fáciles dejándose... bueno,
ya sabes, sobar, chupar, esas cosas... por tíos que van allí.



Coño, así que era
eso; mi amigo iba al parque a que los maricones le toquetearan, y le daban
dinero. Bueno, aquello ya me gustaba menos, pero lo cierto es que su aspecto
era excelente, y no parecía tener traumas por eso.



--Oye -me atreví a decir--,
y, ¿como cuánto se puede sacar cada vez?



--Yo suelo estar desde las diez
de la noche a la una de la madrugada, y me vengo a sacar una 25.000 pelas.



--¡Joder, 25.000 pelas! Tío,
pero eso es estupendo...



--Bueno, sí, no me puedo
quejar. Me compro buena ropa, voy a conciertos, ligo mucho con las chicas...
hasta doy dinero en mi casa, fíjate.



No me lo pensé dos veces,
estaba desesperado, y el panorama que me pintaba era magnífico.



--Oye, ¿tú crees que
yo también serviría para eso?



Víctor me miró como
si lo hiciera por primera vez.



--¿Tú crees que podrías
prestarte a lo que te he dicho? Mira que ya sabes lo que es...



--Sí, bueno, eso es cosa
mía. ¿Tú crees que yo podría...?



Me miró de nuevo, sopesando
mis "encantos".



--Pues claro que sí. Aunque,
eso sí, tendrías que llevar otra ropa, porque esa que llevas
no mola nada.



--No tengo otra, ya sabes que no
me va bien.



--Bueno, hombre, te prestaré
una que te irá estupendamente. Tienes más o menos mi misma
talla. Vente a mi casa y te la pruebas.



Fuimos a su casa. Yo iba más
contento que unas pascuas. Por fin iba a conseguir dinero, y aunque la
forma de obtenerlo no fuera especialmente agradable, bueno, tampoco era
como para morirse. Subimos a la habitación de Víctor y éste
me sacó alguna ropa muy guay, pantalones vaqueros de marca, una
camiseta muy bonita, incluso unos slips de marca también.



--Es mejor que te lo pruebes todo.



Me desvestí; por un retazo
de pudor, me volví cuando me iba a probar los slips.



--Venga, tío, no me digas
que te da vergüenza de mí...



Me volví y me quité
los calzoncillos raídos que llevaba. Vi que en la cara de Víctor
se pintaba la sorpresa.



--¿Qué pasa? -le pregunté,
mosqueado.



--Nada, nada -dijo, sonriendo-,
que veo que tienes un cacharro más que considerable, vas a ser muy
popular... En fin, ¿quieres que vayamos esta noche?



--Sí, claro, cuanto antes...



Aquella noche mi amigo y yo entramos
en el parque del Retiro, y Víctor me guió por un sendero
hasta que entramos por una zona bastante tupida de árboles. Por
allí se veían ya varios hombres solitarios, andando despacio,
como buscando algo o alguien.



--Tú fíjate en mí.



Víctor se adelantó
y se colocó en medio de un calvero del parque. Se giró despacio,
morosamente, mientras se metía un dedo en la boca y se lo chupaba.
Me fije que todos los hombres que estaban alrededor estaban como hipnotizados
con las maniobras de Víctor. Después, mi amigo, como si se
estuviera ajustando los slips, se agarró el paquete y se lo sobó
descaradamente. Se metió entre unos setos, y varios hombres se metieron
detrás de él. Yo tragué saliva. ¿Qué
irían a hacer? Me acerqué, procurando no hacer ruido.



Encontré un seto lo suficientemente
tupido y alto como para protegerme de otras miradas, y entre las hojas
escudriñé en la penumbra. A pocos metros se oían ruidos
de hojas y hierbas crujiendo bajo los zapatos de alguien. Me acerqué
más y por fin pude ver qué ocurría. Desde mi observatorio
pude ver como uno de aquellos hombres se había acercado a Víctor
y le tocaba descaradamente el paquete. Mi amigo se dejaba hacer. El hombre
acercó la cara a la de Víctor y lo besó en la boca.
Yo no me lo podía creer. Mi amigo, lejos de hacerle ascos, abría
la boca y sacaba la lengua para meterla en la del otro. El hombre, mientras
tanto, le estaba desabrochando el cinturón a Víctor, le abrió
la bragueta y le sacó el nabo. Se agachó y se metió
el carajo de mi amigo, que ya estaba en semierección, en la boca.
Le dio unas cuantas chupadas y el rabo de Víctor se puso, enseguida,
totalmente erecto; desde mi posición calculé que mi amigo
debía "calzar" no menos de 22 centímetros de nabo
bien gordo, pero el tío que se lo estaba mamando debía tener
unas tragaderas tremendas, porque aquel vergajo impresionante desaparecía
dentro de su boca una y otra vez, el hombre se lo metía hasta dentro,
hasta que enterraba su nariz en el vello púbico de mi amigo, mientras
con el labio inferior rozaba los huevos de Víctor, que eran, por
ciertos, muy hermosos. Yo, sin proponérmelo, me había puesto
totalmente empalmado, no podía creer lo que estaba viendo, me resultaba
muy excitante; otro chico, más joven que el mamador de mi amigo,
se le acercó por detrás, y metió su cara entre las
cachas del culo de mi amigo, con buena parte de su lengua por delante.
Vi entonces cómo mi amigo, a cada chupetón del más
joven, se estremecía como un junco, y por primera vez vi cómo
tenía la mirada perdida, como si aquel placer fuera más allá
de los límites de su resistencia. A duras penas se mantenía
de pie, chupado en su agujero anal por el chaval de veintipocos años,
mamado en su enorme polla por un experto hombre que no llegaba a los treinta.
Pero todavía me quedaba por ver: el que se la mamaba dejó
de hacerlo, se incorporó, y entonces mi amigo se agachó,
le abrió el cinturón, el botón del pantalón
y la cremallera, todo ello a trompicones, hasta que sacó el nabo
del hombre, ya en plena erección, con sus buenos 18 ó 19
cm., y se lo metió en la boca. Ver a mi amigo de toda la vida con
aquel nabo dentro de su boca, chupándolo como si fuera un manjar,
con los ojos cerrados para mejor disfrutar del placer, fue como si se me
cayera el velo: si alguien a quien yo conocía bien y sabía
que era un tío cabal, gozaba tanto chupando un nabo, aquello no
podía ser malo en absoluto, más bien al contrario. Mientras
tanto, el que le chupaba el culo por detrás se incorporó,
se sacó 20 cm. de polla y, sin mediar aviso, se la metió
de una sola vez a mi amigo. Víctor acusó el golpe de aquel
rabo encajado tan abruptamente dentro de su anatomía, pero pronto
dio síntomas de que le gustaba bastante más que le dolía:
comenzó a culear como una perra en celo, como una maricona salida,
y a mí se me puso todavía más dura la polla.



Los dos hombres que le follaban
parecían que estaban sincronizados, porque cuando uno le encalomaba
el nabo por la boca hasta el fondo, mi amigo se desplazaba para atrás
por la fuerza del impulso del primero, y el segundo le metía su
verga con otra embolada, y allá que iba mi amigo, con los nabos
entrando y saliendo alternativamente de sus dos agujeros.



Yo estaba petrificado. Así
que esto era... Pero, la verdad sea dicha, aquella escena me había
puesto calentísimo. Noté que mi nabo estaba a tope dentro
de mi bragueta, y no tuve más remedio que desabrocharme el pantalón
para liberarla. Me empecé a hacer una paja, sin querer pensar demasiado,
sólo en aquel espectáculo que estaba viendo. Otros dos hombres
se acercaron a Víctor, y vi como éste alargaba las manos.
Con ellas les atrapó sus vergas y empezó a hacerles una paja
a cada uno. Otro hombre, más joven que los otros, de poco más
de veinte años, se metió debajo de Víctor y se introdujo
el rabo de mi amigo en la boca, hasta adentro; no sé como pudo sepultar
en su boca una cosa tan grande.



El espectáculo era de órdago:
Víctor era follado por boca y culo, se la mamaba otro tío
y él, a su vez, pajeaba a otros dos. El que lo follaba por la boca
jadeó en voz alta y se salió de la boca de mi amigo, quien
mantuvo fuera la lengua, como una perra en celo. El tío se corrió
en la lengua de mi amigo, y éste se abalanzó sobre el nabo,
chupándoselo con más fruición que antes. Pude ver
la mirada perdida de Víctor mientras el tío se le corría
en la boca, y alcancé entonces a entender hasta qué punto
le gustaba aquello. Y, debo reconocerlo, cómo me excitaba a mí,
y cómo me imaginaba que esa boca era la mía, y que aquella
leche se derramaba por mi interior.



Seguía extasiado el espectáculo
que me estaba proporcionando mi amigo cuando, de repente, sentí
que alguien me estaba tocando el culo. Di un respingo, porque no me esperaba
aquello, y me volví: un chico como de 23 ó 24 años,
rubio y muy guapo, me miraba sonriente; estaba muy cerca, apenas a veinte
centímetros de mi cara. Me dijo:



--Tú eres nuevo por aquí,
¿no, precioso?



--Sí, yo... -apenas acertaba
a balbucir, tan nervioso y excitado como estaba.



Pero el chico me ahorró palabras.
Acercó sus labios a los míos, que se abrieron esperando algo
ignorado pero apetecible. Me metió la lengua en la boca, y saboreé
algo delicioso. Noté como mi polla se removía. Cuando terminó
aquel inacabable beso, me di cuenta de que el joven tenía abierta
la bragueta y me mostraba un nabo bastante apañado y grueso. Cuando
vio lo que yo tenía entre las piernas, se le abrió la boca
y noté que se le caía un poco de baba.



Se agachó ante mí
y, sin pedirme permiso, me cogió el nabo, lo sopesó entre
sus manos, y se lo metió directamente en la boca. ¡Qué
sensación! A mí me había chupado la polla una vez
una chica, la guarra del colegio, pero la impresión que tenía
ahora era mucho más gustosa. Era el delirio. Mientras me la mamaba,
el tío me buscó por detrás y me metió un dedo
por el culo; yo me dejaba hacer, porque estaba súper excitadísimo.
Me corrí, con un orgasmo brutal, y todavía me gustó
más cuando me di cuenta de que el tío no se sacaba mi rabo
de su boca, sino que me lo chupaba todavía con más ansia,
tragándose mi leche como si fuera el manjar más exquisito
de la Tierra. Cuando se levantó le corría aún mi esperma
por los labios.



Yo miré su nabo enhiesto,
cubierto de líquidos preseminales, dando pequeños saltitos,
y no me lo pensé dos veces: me agaché y metí aquella
sonrosada cabeza dentro de mi boca. Sabía estupendamente, era como
tener un gran trozo de carne caliente y viva dentro de la boca, palpitante;
los zumos preseminales le daban un sabor gratísimo, a macho, a oscuridad
y a morbo, y le chupé la cabeza con auténtico placer. Le
recorrí después todo el mástil, hasta perderme en
su vello púbico y comerle los huevos, blanditos y excitantes; examiné
un momento aquel vergajo: ¿sería yo capaz de alojarlo entero
dentro de mi boca, como había visto hacer tanto a mi amigo como
al otro tío? Como dicen que el movimiento se demuestra andando,
me metí el capullo dentro de la boca, y fui avanzando. Me faltaban
por meterme unos 7 u 8 centímetros del nabo cuando la punta del
glande me rozó en la campanilla; me dio una pequeña arcada,
pero decidí que aquello no iba a ser impedimento: ahuequé
la garganta, como había visto hacer a Víctor, y me metí
otro trozo de carajo dentro, traspasando el capullo limpiamente el umbral
de la laringe y continuando hacia abajo, con vocación de encontrar
el esófago. Tenía aquel gran nabo dentro de mi boca, y me
sentía lleno, completo; pero el chico comenzó a subir el
tono de sus jadeos, y supe enseguida, casi por intuición, lo que
venía ahora; había visto la cara de placer de Víctor,
y quise saber qué se sentía; me saqué el nabo hasta
colocar su glande sobre mi lengua; el primer churretazo se coló
directamente hasta la garganta, así que no lo pude catar. Cerré
la boca para recibirlo sin dudas en mi lengua, y el segundo trallazo me
hizo comprender porqué mi amigo tenía la vista perdida al
corrérsele en la boca: el semen que el joven estaba descargando
dentro de mí era una sustancia viscosa, agradablemente agridulce,
extraordinariamente erótica, excepcionalmente morbosa; era un licor
caliente y espeso, con un sabor que se quedaba en el paladar y tardaba
mucho en desaparecer, como pude comprobar más tarde. Bebí
con delectación aquel néctar, mientras fluía, un churretazo
tras otro, del nabo del muchacho, hasta que ya no salió más.
Aún busqué en el ojete del glande alguna gota demorada, recompensando
mi interés con una última brizna de deliciosa leche. Me incorporé
y le di un beso de lengua al chico, compartiendo así con él
su propia leche, que se mezcló con los restos de la mía en
su boca.



El muchacho se metió la mano
en el bolsillo de atrás de los vaqueros, sacó un billete
de 5.000 ptas., y me lo metió en el bolsillo de la camiseta. Sonrió
otra vez y se fue. Yo miré entonces hacia donde había estado
mi amigo con los otros, pero ya no había nadie. Yo me había
quedado, la verdad, con ganas de más marcha. Así que, como
vi hacer a Víctor, salí al claro del parque, me metí
un dedo en la boca y con la otra mano me masajeé descaradamente
el paquete. Pronto surgió de entre las sombras un hombre como de
30 años, que me sobó el bulto; me guiñó un
ojo y se agachó delante mía. Me abrió la bragueta
y se zampó mi nabo. Estaba todavía en reposo, pero los lengüetazos
de aquel hombre, guapo y varonil (nadie se lo imaginaría nunca chupando
un nabo como una puta en celo, como la maricona salida que era), me pusieron
pronto a cien. Me corrí no tardando mucho, y el hombre disfrutó
del sabor de mi leche en su boca. Mientras me corría noté
como alguien me tocaba por detrás.



--Quiero follarte ese culo, te doy
10.000.



Yo escuché aquello y, aunque
la cantidad me pareció estupenda, tengo que reconocer que lo hubiera
hecho incluso gratis: estaba deseando saber qué era eso de que te
follaran por el culo. Me puse en pompa, agachándome mientras el
otro hombre ya terminaba de limpiarme la polla, se incorporaba y me metía
5.000 en el bolsillo de la camiseta. El de atrás me bajó
los pantalones y los slips, se agachó y se puso a lamerme con fruición
el agujero del culo. Aquello era demasiado; sentir aquella superficie húmeda
y caliente chupetear en una zona tan íntima me hacía dar
botes con cada lengüetazo. Notaba como el esfínter se abría
con cada chupada, y entendí lo que pretendía el hombre. Al
poco dejó de chuparme el culo, y al momento sentí algo caliente
y grande en el umbral de mi agujero. Sentí miedo, pero también
un gran ansia. El tío me la metió de una sola embolada, sin
miramientos, y el dolor fue intensísimo. No sé cómo
no grité como una loca; pude contenerme, y la recompensa fue que,
con el inmediato metisaca al que me sometió, el dolor se trocó
en placer, un placer inimaginable, la sensación de estar completo,
lleno, de no poder gozar más. Pero en esto llegó otro hombre,
como de 25 años, se puso delante de mi cara y se abrió la
bragueta; se sacó un nabo grande, como de 22 centímetros,
y bien gordo, con un diámetro de unos 6 cm.; me lo puso en la puerta
de la boca y yo abrí los labios. Chupé aquella montaña
de carne, como si fuera lo último que fuera a hacer, y sentí
entonces lo que debió sentir mi amigo cuando lo estaban follando
por delante y por detrás: estar en el paraíso. Con cada embolada
de uno, me arrojaba hacia la polla del otro, de tal forma que iba de polla
a polla. Noté como el de atrás se corría dentro de
mí, regándome con su sustancia caliente y viscosa, y el de
delante no se demoró mucho, y pronto tuve en mi lengua su sustancia
cálidamente blanquecina. Cuando termine de rechupetearla, dejé
libre aquel nabo; los dos me pagaron y se fueron, no sin antes darme un
beso de lengua.



Miré a mi alrededor, deseando
encontrar más pollas, pero no vi a nadie más. Salí
del parque y me encontré allí a mi amigo Víctor.



--Vaya, ya veo que te ha ido bien
-me dijo.



--Sí, y a ti no digamos,
ya he visto como la chupas... -le dije, con un prurito todavía de
machito.



--Vamos, hombre, que yo también
te he visto a ti, y eres una puta viciosa, te encanta que se te corran
en la boca.



Me sonrojé un poco, pero
no pude más que asentir.



--Te aseguro, Víctor, que
nunca pensé que esto pudiera ser tan bueno.



Mi amigo me miró, sonriendo.



--¿Te vienes a mi casa? A
lo mejor podríamos celebrarlo...



Sonreí, imaginando cómo
podíamos hacerlo.



Al rato estábamos en su cama,
haciendo un 69, su cacharro en mi boca, mi vergajo en la suya. Nos habíamos
corrido al menos dos veces durante aquella noche, pero éramos jóvenes
y aún pudimos descargar nuestro esperma en la lengua del otro.



Desde aquel día, todas las
noches vamos al parque del Retiro. Durante estos últimos 12 meses
me he podido comer más de mil nabos, y mi amigo otros tantos. Somos
unas putas viciosas, unas mariconas siempre dispuestas a ser folladas y
nos encanta que nos rieguen por dentro con la leche, y esperamos poder
seguir dedicándonos a esto mucho tiempo. Ahora gano mucho dinero,
entre 30 y 40 mil ptas. todos los días, y me va muy bien; pero,
si me guardáis el secreto, estaría dispuesto a pagar, en
vez de a cobrar, por sentir dentro de mi boca los trallazos del semen de
una polla, o por sentirme lleno con un nabo en el culo.



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Relato: Chaperos
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