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Relato: El Príncipe y el Caballero





Relato: El Príncipe y el Caballero


EL PRÍNCIPE Y EL CABALLERO



I. LA LLEGADA


La noticia causó bastante revuelo en el reino de Marán. Se
había firmado una tregua con sus enemigos ancestrales, Bosquia, el pueblo elfo
del sur. Lo cierto era que los elfos constituían un reino xenófobo que
ocasionalmente hacía incursiones contra sus tierras. Las hostilidades se perdían
en la noche de los tiempos. Por eso, el tratado de paz entre ambos pueblos
constituía una novedad. Todos se peguntaban cuánto duraría. Según las
tradiciones en ambos países, para cimentar la paz era aconsejable que la nación
que la había propuesto enviase algún tipo de diplomático como garantía –rehenes
los llamaban los más cáusticos- que a su vez era custodiado –vigilado- por un
alto defensor del reino. Los elfos eligieron como embajador para la ocasión al
hijo menor del Rey, el príncipe elfo Miel.


Representantes de la corte aguardaban la llegada de Miel en
el patio del castillo de Marán. El día era fresco y luminoso, un buen presagio
para los supersticiosos cortesanos. Esperaban la venida de un lujoso séquito
dado el legendario sibaritismo de los elfos, por eso se sorprendieron al ver
llegar un solitario jinete con una abultada mochila en los hombros. Del caballo
desmontó un joven elfo de extraordinaria belleza quien se dirigió a los
presentes con una mirada orgullosa y voz suave.


-Mi saludos al reino de Marán. Soy el príncipe Miel, del
reino elfo de Bosquia.- Observó detenidamente a los presentes, intentando
discernir quién iba a ser su custodio. Ese honor había sido otorgado al paladín
más valeroso y esforzado del reino, el joven y apuesto caballero Oicán. Éste era
un valiente guerrero y según se comentaba, un consumado amante, al que mujeres y
hombres por igual eran incapaces de resistirse y caían rendidos a sus pies. No
obstante, quedó sin aliento cuando contempló al elfo. Era demasiado bello, casi
femenino. Su pelo, castaño claro, caía en una graciosa cascada hasta casi llegar
a su cintura. A pesar de sus firmes convicciones morales, Oicán se hizo una
promesa mental. No importaba lo que costase, aquel presuntuoso principito iba a
ser su esclavo, y acabaría sodomizándole.


Oicán dio un paso al frente. -Soy Oicán y os doy la
bienvenida al reino de Marán.- Ambos se besaron ritual y cortésmente en los
labios. Su mirada era enigmática. Oicán no sabía si el príncipe le aprobaba o
no.


-Dejadme acompañaros a nuestros aposentos.- Miel carraspeó.
-Si no os importa me gustaría poseer una habitación privada.- Oicán comprendió.
Sin duda el príncipe elfo despreciaba a los humanos. Muchos de su raza los
consideraban monos. Bueno, eso haría más placentero conquistarle. -De acuerdo.
Seguidme, por favor.


Al día siguiente, el caballero y el príncipe lograron
quedarse un momento a solas, algo difícil en una corte tan burocrática.
Consiguieron escabullirse y permanecer en la ladera del sur del castillo. Al
principio la conversación fue tensa, aunque ambos intentaron ser amables y
agradables el uno con el otro. Hablaron de sus respectivos países y de su
situación aunque intentaron evitar temas conflictivos. Al cabo de un par de
horas ambos estaban tumbados mirando el cielo. Oicán se giró hacia el príncipe.


-Miel. Tenéis un nombre muy bonito.


-Significa "Libre" en mi lengua. ¿Y el vuestro?


-"Fuerza". Mi familia posee una larga tradición guerrera.
¿Sabéis? Sois muy bello.


-Por favor, podríamos tutearnos.


-De acuerdo. Creo que debemos conocernos más a fondo. ¿No
crees?


El matiz sexual estaba muy claro. Miel se envaró pero a la
vez sonrió. Sin duda le gustaba saber que ejercía una clara atracción sobre su
compañero.


-Las relaciones entre nuestros pueblos no han sido las
mejores durante los últimos siglos. He perdido muchos buenos compañeros en el
campo de batalla. Comprended que no desee gozar con vos.


-De acuerdo.-Oicán estaba algo contrariado, aunque no le
sorprendió la respuesta. Había escuchado muchos chismes sobre la promiscuidad de
los elfos, pero éste en particular se le resistía. De repente se le ocurrió una
idea.


-Sin embargo, os propongo un reto. Una simple prueba. El
perdedor de ésta deberá ser el esclavo durante una noche del ganador. ¿De
acuerdo?


El elfo sonrió. -Me encantan los juegos. Rara vez pierdo.-
Eso lo veremos, pensó Oicán mientras ambos volvían a recostarse. Oicán exhibió
una sonrisa mentalmente. Disfrutaría mucho doblegando a ese elfo tan jactancioso



II. LA COMPETICIÓN DE TIRO


Oicán tensó el arco con destreza, sopesándolo. A su lado,
Miel sujetaba el suyo sin estudiarlo siquiera. Tal y como había supuesto, el
príncipe entendía únicamente de la buena vida cortesana y seguro que era un
patán militarmente hablando. Sería facilísimo vencerle en una competición con
arco.


-Entonces, ¿de acuerdo? El ganador obtiene por una vez el
culito del perdedor." Oicán guiñó un ojo lascivamente. El elfo no se inmutó. -De
acuerdo.


Minutos después, Oicán había perdido estrepitosamente. Aunque
había acertado siete dianas de los diez disparos, el príncipe Miel no había
fallado ninguna, acertando en el blanco en las diez ocasiones.


-Pero ¿cómo...?


El elfo sonrió levemente. -Cuando era pequeño me gustaba
tirar al blanco por deporte. Era considerado el mejor arquero dentro de los
elfos. De hecho fui presionado para servir en el ejército.- La voz de Miel
disminuyó hasta hacerse inaudible.- Todo cambió cuando maté a mi primer enemigo.
Entonces dejé de tirar por placer.- Tras unos segundos de ensimismamiento, los
ojos del elfo se iluminaron. -Pero eso ya no importa. He vencido. Debes cumplir
tu palabra. Serás mío esta noche.- Esta vez fue el elfo quien guiñó un ojo.


El caballero y el príncipe entraron en la estancia. Ambos se
desnudaron y Oicán sonrió al comprobar que la erección de Miel traicionaba su
aparente indiferencia. Ambos se sonrieron y el caballero se apoyó en una especie
de tribuna, mostrando su espalda y nalgas al elfo.


-Antes de empezar, me gustaría que supieras que no debes
cantar victoria. Incluso ahora podría tomaros por la fuerza y estarías
totalmente indefenso en mis manos.- El caballero parecía relajado mientras
hablaba.


Miel se adhirió a su espalda, acariciando los musculosos
brazos del caballero. -A mí me parece lo contrario. Sois vos quien está
indefenso en mis manos.- Inmovilizando al humano con su propio peso y brazos,
besó la nuca de Oicán mientras apretó su erecto mango contra las nalgas del
caballero.


-Las apariencias engañan.- Dijo el caballero mientras Miel
introdujo un ensalivando dedo en el ano del caballero. Estaba suficientemente
dilatado para penetrarle sin hacerle daño. El elfo gimió al enterrar su pene en
el culo de Oicán y comenzar a moverse lentamente.


-Me gustaría... mmm.... que me lo demostrases.


-Será un placer.- Oicán contrajo sus nalgas, aprisionando el
mango del elfo con sus entrañas. Entonces comenzó un movimiento rápido en
círculo con sus posaderas. Miel comenzó a gemir y no pudo sino aferrarse a los
brazos del caballero. En muy poco tiempo el elfo notó cómo el placer le inundaba
por espalda y caderas hasta gemir y eyacular. Atontado, apenas fue consciente de
que Oicán se liberaba de su presa, le tumbaba sobre la alfombra y le sujetaba
las dos manos con una de las suyas, mientras apoyaba su enorme verga contra la
entrada de su ano.


-¡No!- Gritó Miel, consciente de la situación. Era la primera
vez que veía un pene tan descomunal. Sabía que le destrozaría si le penetraba.
Oicán le besó en la mejilla.


-Tranquilizaos. Como custodio vuestro y garante de la paz
entre nuestros reinos, vuestro culito no tiene nada que temer.- Miel temblaba,
mientras el mango cosquilleaba su ano, sin entrar. Al poco tiempo, notó cómo un
líquido pastoso empapaba su entrepierna. Oicán mordió el lóbulo de su oreja
mientras le susurraba:


-¿Sabes? Es una verdadera tortura tener a mi alcance tu
culito sin poder penetrarlo. Pero te prometo que dentro de muy poco serás mi
esclavo. Serás mío.-


-Sueñas demasiado, mi dotado consorte.- Miel, ya liberado por
el caballero, posó un dedo inundado del semen de Oicán en los labios de éste,
acallándole. Ambos se tumbaron sobre la alfombra, desnudos, uno al lado del
otro.- Mi vida sólo me pertenece a mí. Ningún hombre me gobierna, ningún dios.
El escudo de Bosquia contiene un lyoptero, un hermoso pájaro que si es enjaulado
languidece, se marchita y muere. La libertad es el valor supremo de los elfos.


Ocián se volvió hacia el príncipe elfo. -Nadie es enteramente
libre. La libertad es una ilusión. Todos somos esclavos. Cuando aprendas cuál es
tu lugar, sirviéndome y complaciéndome, te librarás de la ilusión que te oprime
y serás completamente feliz. Te lo prometo-. Miel se dio la vuelta, mientras
Oicán le abrazaba.


-Si eso sucede, como el lyoptero, moriré.



III. GUERRA


Transcurrieron varios días. Miel, el príncipe elfo, se
acababa de despertar. Como siempre, había dormido desnudo, y al ver entrar a
Oicán se desperezó lánguidamente, con la intención de provocarle, mostrándole su
trasero.


-Y bien, mi bello custodio, ¿venís a darme los buenos días?


El caballero sonrió con malicia. -No, mi bello Miel. Me he
despertado con hambre y vengo a desayunarme a un esclavo.


La socarrona sonrisa se borró del semblante del elfo. -Esta
broma no tiene gracia.


-No es una broma, mi querido elfo. Nuestras naciones están en
guerra. Marán ha invadido Bosquia. Como esclavo mío que ahora sois, tengo
derecho a hacer con vos lo que quiera.- Miel empezó a temblar sin poder
remediarlo ante las palabras del humano.


-¿Pero cómo...?- Oicán se cansó de la cháchara. Se tumbó
junto al desnudo elfo y se preparó para penetrarlo. La voz del elfo temblaba de
miedo.


-N...no por favor...- Oicán liberó su tremendo pene de sus
ropajes ante un gemido del elfo.


-Y bien, como os prometí, vuestro apetecible culito por fin
es mío. No sabéis cuánto he deseado que llegase este momento.


Oicán apoyó el mango en el ano del elfo y comenzó a
penetrarlo muy lentamente. El orificio era estrecho, pero pronto se fue
dilatando. -Ungg... Por favor...- Las lágrimas resbalaban por la mejilla de
Miel.


-Mmm... No lloréis... Necesitáis ser educado en la sumisión.
Además, vuestro culito es delicioso.


-Por favor... Esperad...


Oicán aceleró el ritmo.


-Ayyy... Os lo suplico... ahh....


El caballero hizo caso omiso de los ruegos del príncipe. Las
acometidas pronto quebraron el delicado ano del elfo, quien pronto notó cómo sus
entrañas se inundaban del semen del paladín. -Vamos allá de nuevo.- Sin sacar su
verga, Oicán comenzó de nuevo el vaivén amoroso. Miel apenas podía hablar, sus
propios gemidos se lo impedían.


-Nggg... Ahhh... Esperad...- El mango se hundió aún más en
sus delgados intestinos. -¿Si, mi bello príncipe?


-Basta... ufff... basta... Seré vuestro esclavo...- Oicán
salió del escocido ano del elfo. -Es un principio. Pero deberéis probar vuestra
buena voluntad.- Miel apenas podía incorporarse. -Haré... Haré lo que sea...-
Venciendo sus reticencias, el príncipe Miel se arrojó a los pies del caballero y
los besó.


-Eso está muy bien. Pero el camino es todavía muy largo.-
Oicán le mostró su ano. Miel casi estalla en lágrimas al contemplarlo.
-¿Debo...?- El paladín posó con delicadeza la mano en la nuca del elfo y le
atrajo hacia sus nalgas. -Ven...- La lengua de Miel trabajó duramente, repasando
cada recoveco, cada pliegue del sinuoso orificio y del trasero de Oicán.- El
sabor era fuerte, pero no desagradable. Gimió cuando dos dedos del caballero
penetraron por su escocido orificio anal y se movieron arriba y abajo. De pronto
comenzó a temblar sin poder detenerse y agarrándose a Oicán no pudo evitar
eyacular. El elfo miró con sorpresa al sonriente caballero.


-¿Cómo...?


-Muy bien, querido. Os estáis enamorando. Dentro de poco
seréis verdaderamente feliz siendo mi esclavo.


-¿Vos creéis?


-Estoy totalmente seguro.- Miel se acercó temblorosamente
hacia el esfínter de Oicán pero bajó la cabeza para intentar disimular su
sonrojo ante la humillación a la que era sometido. Oicán le acarició la mejilla.
"Lo estabas haciendo muy bien. Prosigue" Lentamente, el elfo continuó lamiendo
el ano del paladín.



IV. LA EMBAJADA


Las semanas se sucedieron. El príncipe elfo seguía siendo
tratado con exquisita cortesía, a pesar de ser un prisionero de guerra de los
humanos. La salida del castillo le estaba vedada, por supuesto, pero nada le
faltaba, aunque nada pedía. Oicán le estaba educando. No era un amo severo, sino
concienzudo. Le obligaba a permanecer desnudo en todo momento, y le tomaba cada
noche. Miel lloraba cuando estaba solo. Añoraba Bosquia y le gustaría estar con
los suyos en esta guerra, pero sobre todo se maldecía porque amaba a Oicán.
Había intentado negarlo, pero la realidad estaba clara. Muchas noches se
despertaba sudoroso y excitado debido a que había soñado que se entregaba a él
totalmente. Cuando hacía algo que no le gustaba y Oicán le castigaba azotando
sus nalgas, no le dolían los cachetes, sino el haber fallado a su señor. La
noche anterior le había desvestido, pero se le habían caído todas sus prendas al
suelo. El caballero le corrigió con firmeza pero sin enojo. Le cacheteó en las
nalgas hasta dejarlas enrojecidas y luego le tomó. Miel se avergonzó ya que él
se corrió antes que su señor, pero Oicán le acarició la mejilla y le besó.


-No debes reprimir tus emociones. Quiero que seas feliz.


Y así, a través de un estudiado sistema de castigos y
recompensas, Miel se abandonó a la sumisión total. Aceptaba las humillaciones
sin proferir ninguna queja, ni siquiera cuando Oicán le compartía con otras
personas. Una noche, Oicán se acercó al elfo y le susurró: "Estoy muy orgulloso
de ti.". Las lágrimas resbalaron por la mejilla de Miel, sin que pudiese saber
si eran de alegría o de tristeza.


Una mañana Oicán le condujo hasta el salón del Reino. Le dijo
que debería seguirle arrodillado y que debía obedecerle en todo momento. El
caballero se agachó y le cogió suavemente por la barbilla para que sus miradas
se encontrasen.


-Es muy importante. Debes obedecerme. Se podría decir que es
tu última prueba. Quiero que sepas que te quiero.- Miel asintió pero no
contestó. Llevaba muchas semanas sin emitir una palabra. Hombre y elfo pasaron
al salón del Trono. En él se hallaba el Rey de Marán, Pontus. Miel se encrespó.
En la enorme estancia había otro elfo.


El rey Pontus, todavía muy vigoroso a sus casi sesenta años,
hablaba con voz profunda. -Muy bien, Xanel, embajador de los elfos de Bosquia.
Ahora comprobareis cómo Miel, vuestro príncipe, se halla sano y salvo y feliz de
hallarse con nosotros. Ha aprendido modales y humildad y sabe cómo comportarse.
De hecho, vos y vuestro pueblo deberíais aprender de él y de su disposición
hacia los humanos.- El Rey hizo una seña a Oicán.


Miel contempló al asombrado embajador elfo. Sin duda se
estaría preguntando horrorizado por qué el príncipe elfo estaba desnudo,
arrodillado a los pies del paladín Oicán y qué demonios era eso que iba a
mostrarle el Rey, aunque sin duda lo sospechaba. Conocía la tradición de Marán
de humillar a los vencidos obligándoles a lamer sus sexos. Miel no pudo sino
apartar la mirada, avergonzado.


El príncipe esclavo escuchó los susurros del paladín. "Debéis
chupar mi miembro. No os avergoncéis. Es bueno para los elfos que sepan que
deben someterse como habéis hechos vos. Esto detendrá la guerra y librará de más
desgracias a vuestro pueblo." Miel contempló con la mirada perdida a Oicán.
"Vamos, Miel. Te quiero."


La severa voz del Rey se escuchó por toda la sala. -Príncipe
Miel, lamed el miembro del paladín Oicán en señal de sumisión.- Temblando, Miel
alargó una mano para sujetar el familiar y amado mango de Oicán.


Pero en el último momento, se levantó, quedando a la misma
altura que el rostro de Oicán y le escupió al rostro. El caballero no pudo
evitar que un salivazo quedase adherido a su mejilla, mientras lentamente se iba
deslizando por su carrillo. En la mirada del caballero se leía una infinita
tristeza ya que su amado Miel había fracasado en su sumisión. Temía sinceramente
por su destino. Puede que no sobreviviese a la ira regia.


Xanel, el embajador elfo, sonrió. -De acuerdo, Majestad.
Nuestro pueblo aprenderá de las acciones del príncipe Miel. Será todo un
ejemplo.


El Rey Pontus palideció de ira, mientras contemplaba
furibundo a Oicán. Éste se encogió de hombros. El monarca se levantó, entre los
murmullos de la congregación, y se dirigió al embajador elfo. "Alto. No saldréis
de aquí tan fácilmente. ¡Guardias! ¡Prendedlo!" "No os atreveréis. ¡Soy un
embajador!" "Me da exactamente igual. Vuestro pueblo está perdido. En breve mi
ejército tomará vuestra capital. Os exijo anticipadamente como botín de guerra."
Dos guardias reales sujetaron al embajador elfo y de sendos tirones le
desnudaron mientras se lo llevaban.


-Contemplad, elfo insolente, lo que habéis provocado.- El
monarca se dirigió hacia su mayordomo real, señalando a Miel.


-Quiero que este elfo testarudo sea torturado y violado día y
noche, hasta que se doblegue o reviente.


Oicán dio un paso. -Esperad, señor. Quizás no sea buena
idea... Está físicamente exhausto. No resistirá mucho tiempo...


-¡Silencio! Me da igual.


-Os lo ruego, majestad. Yo...


-¡He dicho silencio, caballero! Si el elfo quiere evitar su
destino, ya sabe lo que tiene que hacer. Someterse a la voluntad de Marán. De lo
contrario morirá.



V. AGONÍA


El mayordomo real y el celador condujeron a Miel a
trompicones hasta la mazmorra. Por fin llegaron hasta ella, y al entrar, el
mayordomo le sujetó por los hombros y le obligó a doblegarse.


-La escenita delante del Rey no ha estado nada bien. Debéis
aprender modales.- Introdujo dos dedos por el ano del elfo y los removió bien.
Entre gemidos Miel le espetó:


-Maldito seáis. Unggg... En mi país os haría empalar...
ufff...


El mayordomo descubrió un mango gigantesco e increíblemente
grueso. -Seguro, pero mientras, seré yo quien os empale-. El mango se abrió paso
por las entrañas del elfo, quien no pudo evitar gritar. El mayordomo le enculaba
brutalmente.


-¿Si? ¿Queréis decirme algo?


-Arggg... Sí... ¿Ya ha... entrado? No la... unggg... No la
siento.


La sonrisa del senescal desapareció de su faz. -¡Soldado!
Ayudadme a castigar a este descarado-. El celador estaba masturbándose,
excitándose por la visión ante él.


-Será un verdadero placer. Mi poya ya ha catado varios anos
de elfos, pero nunca antes había degustado a uno tan distinguido.


Hizo tragar toda su gran verga a Miel, quien tuvo problemas
para poder respirar. Ambos hombres empujaban convulsivamente sus caderas en un
violento movimiento que pronto dio sus frutos. Miel no pudo decir cuál de sus
violadores eyaculó primero, rugiendo ambos sordamente su placer y literalmente
inundándole de su esencia. El príncipe notaba el caliente puré por todo su
rostro y garganta pero aun así pudo hablar, jadeante.


-¿Eso es todo? Creo... uf... que tendréis que llamar a más
compañeros, dado que no podéis satisfacerme.


El semblante del senescal se enrojeció de rabia. -¿Es que
nada te es sagrado, elfo?- Se dirigió hacia el celador. -Cambiemos de posición.
Castígale tú ahora el culo.- Los tres continuaron la contienda sexual. El elfo
de nuevo sintió como si fuera a ahogarse, sumado al hecho de que sentía ser
literalmente tronchado por detrás. El mayordomo gimió ante la inminencia del
orgasmo, y tapó la nariz y sujetó la boca de Miel, obligándole a tragar toda su
leche cuando se corrió. El soldado empapó sus intestinos con su semen caliente.
El príncipe elfo tampoco pudo resistir y sin poder tocarse, pues sujetaban sus
manos, eyaculó sobre el suelo. Los tres apenas podían hablar cuando terminaron.


-¿Aún... quieres más..., elfo?-


Miel reunió toda su fuerza de voluntad para poder responder.
-¿Por qué lo preguntáis?... ¿Es que ya no podéis más...?- El senescal le cruzó
el rostro. -Orgulloso elfo... Veremos cuánto tiempo resistes nuestras...
"atenciones" antes de expirar... de placer. Soldado, prosigue. Esta vez nos
turnaremos. Éntrale bien por el ano. Quiero que tu potente mango llene todo su
interior. Quiero que des por el culo a este insolente hasta que desfallezca.


-Como vos ordenéis, mi lord. Espero que este elfo no se
doblegue nunca.- El soldado colocó al elfo boca arriba, le sujetó por las
muñecas, y, elevando sus caderas, apoyó su pene en el orificio anal de Miel. Y
de nuevo, su escocido ano cedió ante el envite del humano. El elfo no pudo
impedir arquearse para permitir mejor la entrada del inmisericorde mango. Miel
atisbó a duras penas cómo el mayordomo estimulaba analmente al celador,
excitándole y dándole renovadas fuerzas.


-Mald... Maldito seas... ung.... Ahhh...- Miel no pudo evitar
descargar su semen, humedeciendo los estómagos de ambos. El senescal extrajo los
dedos del ano del soldado y los introdujo en la boca del elfo, haciendo que
saborease el sabor interno del soldado.


-¿Y bien, elfo? Espero que todavía no estés cansado... porque
esto va a durar toda la noche.- Miel no pudo responder, tan sólo jadear
exhausto.



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