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Relato: Mi vecina, mi maestra





Relato: Mi vecina, mi maestra

La historia que voy a relatar a continuación, resulta ser la
mas impresionante de mi vida, algo que, por increíble, nunca conté a nadie y que
tan solo me atrevo a escribir para contrastar, con algo material, aquello que
quedó en mi memoria como un sueño del que siempre tuve dudas de su realidad.


Yo me llamo Flavio y esta historia comienza con la muerte de
mi padre, cuando yo aún no había cumplido los 18 años. Yo estaba estudiando COU
y aún no tenía novia, siendo mi afición mas sobresaliente la de estudiar, ver la
televisión en casa y salir los sábados y algún domingo con los amigos a echar
nuestra partida de billar tomando una cerveza. Poco más.


Poco tiempo antes, aproximadamente seis u ocho meses atrás,
se trasladaron a vivir al piso contiguo al nuestro, con el tabique del salón de
por medio, que se prolongaba por el exterior la casa hasta la terraza que,
lógicamente, tambien estaba unida a ellos por el mismo tabique, una familia que
estaba llamada a ser la mas trascendental de mi vida, además de la mía propia,
claro. Era frecuente asomarnos a la terraza y encontrar la cabeza de nuestros
vecinos contemplando el paisaje común. Así de cercanas estaban nuestras
viviendas.


La peculiaridad de esta familia radicaba en la importante
diferencia de edad entre el esposo, funcionario –al parecer militar, aunque
nunca lo confirmaron ni le vimos de uniforme- de 61 años y ella, ama de casa con
poco mas de 35. Para él era su segundo matrimonio. Llevaban casados
aproximadamente 5 años, como nos contaría posteriormente y, fruto del mismo,
había una hija de 4 años que había comenzado a ir al colegio ese año. El, por su
parte, ya tenía dos hijos mayores que vivían independientes del padre y
procedentes del anterior matrimonio.


Desde un primer momento, ella se mostró muy cordial y
amistosa con nosotros, visitándonos muchas tardes y trayendo siempre algo:
pipas, pasteles, un embutido del pueblo fantástico… etc., y no paraba de hablar
y reír mientras nos contaba sus historias siempre cargadas de humor, sobre su
infancia o juventud en su pueblo de origen. La verdad es que al poco tiempo, ya
resultaba tan familiar en casa que era raro no verla algún día.


Pues bien, tras la muerte de mi padre, mi madre cayó en una
profunda depresión y, a pesar de su juventud, pues tan solo contaba con 44 años
de edad, su aspecto se tornó envejecido y triste, mas aún si nos la imaginamos
del profundo luto con que se vistió a partir de entonces.


Yo dejé mis estudios y unos tíos me colocaron en un banco, un
trabajo excelente y con un sueldo mas que digno en aquella época. Comencé al año
siguiente mis estudios universitarios, pero ya por la tarde, después del
trabajo.


Por entonces, Fermina –así se llamaba- acudía a nuestra casa
casi a diario, formando parte ya de la familia y siendo para mi madre un punto
de apoyo fundamental. Siempre manteniendo el buen ánimo, conseguía en ocasiones,
arrancarle alguna sonrisa. Ella preparaba nuestra comida muchos días, nos hacía
la compra, incluso planchaba mis camisas cuando mi madre no tenía mucho ánimo.
La recuerdo con su bata color verde o malva –sus colores favoritos-, que
ajustaba a la cintura con un cinturón que no hacía sino marcar unas formas mas
bien rollizas, pero exuberantes y que no me podían pasar inadvertidas a la edad
que yo tenía. A pesar de no resultarme atractiva, su sensualidad atraía mi
atención inevitablemente y no podía retirar los ojos cuando su braga dejaba
traslucir su color o tamaño a través de la bata. Igualmente se me iban los ojos
a través de su escote cuando descuidadamente, lo dejaba mas entreabierto de la
cuenta y, sobre todo al servir la mesa, permitía una visión parcial aunque
suficiente, para completar mi febril imaginación, mostrando parte de sus
voluminosos senos que frecuentemente dejaban entrever un erecto pezón
extraordinariamente sensual. En fin, yo trataba de evitar esos pensamientos
pecaminosos hacia una mujer que tan solo hacía que ayudar a mi madre y darnos su
mayor amistad, pero la edad no me permitía la castidad de pensamientos que yo
hubiese querido en alguna ocasión.


Realmente yo no sabía si ella era consciente de la turbación
que me causaba, pero actuaba con total normalidad en casa, ignorando mis
pensamientos y descuidando ese recato que toda mujer muestra ante los hombres,
sobre todo si le es desconocido. Ella actuaba con absoluta libertad y total
confianza, como si estuviese en su propia casa. Pero, a decir verdad, a mí eso
me molestaba un poco, pues parecía como si yo no le importase, como si yo no
fuese hombre para ella.


En fin, los preámbulos acaban cuando mi madre, en una crisis
de su tristeza, me dice que se marcha al pueblo unos días, con su madre, a ver
si saliendo de casa se le pasa un poco la tristeza y, puesto que yo ya había
terminado las clases, podría arreglarme solo perfectamente los ocho o diez días
que ella estaría fuera. Por otra parte, Fermina me echaría una mano llegado el
caso, comprándome el pan o acercándome algo de la comida que ella guisase en su
casa. Pues nada, dicho y hecho. A los dos días partía desde Atocha y yo
regresaba a casa, donde mi madre me había dejado la cena preparada. Sin mas,
cené, vi un rato la televisión y me dormí profundamente. La verdad es que,
durante el poco tiempo que tardé en dormirme, no pude pensar en otra cosa que en
la posible visita de mi vecina, y fantaseé un poco con la posibilidad de tener
una aventura con ella antes de dormir.





Primer Acto:


A la mañana siguiente me desperté, como siempre, apurado de
hora y tras mi apresurada ducha, me lancé a la calle sin tomar mi habitual café,
pues no me daba la hora para más. Ya tomaría en la oficina si llegaba con
tiempo.


La mañana pasó rápida con un trabajo excepcional y yo salí
agotado pensando en la siesta que me esperaba. Tenía comida en el congelador y
una magnífica tarde para descansar viendo mis programas favoritos. Era el mes de
julio y mis vacaciones eran en Agosto. Mis amigos, que todavía estudiaban, ya se
habían marchado de vacaciones y yo estaba prácticamente solo en el barrio, por
lo que mis expectativas para esa tarde pasaban por una casera tarde de verano.


Cuando llegaba a mi casa acalorado, pensé en tomar una
cerveza helada de las que tenía en el frigorífico y me acostaría. Ya comería
algo luego. No hay prisa.


Pase directamente a la habitación a cambiarme y en
calzoncillos salí hacia el baño a asearme un poco. No pensaba ponerme los
habituales pijamas de pantalón corto de verano, pues solo en casa, no había
motivo alguno de recato, como cuando está mi madre. Después de mi grata cerveza
fresquita, tomada en el sofá del salón tumbado cuan largo, mis ojos empezaban a
enturbiarse con el plomizo culebrón de la tele, pero mi debilidad era tal que no
conseguía llevar mi mano al mando a distancia para cambiar de canal. No sé el
tiempo que estuve sumido en ese sopor anterior al sueño, pero debieron ser
escasos minutos, cuando sin haber oído sonar la cerradura de la puerta de la
calle, apareció Fermina en el salón donde me encontraba tumbado dándome un susto
de muerte.


Fb -"Coño, y yo en calzoncillos!!" Pensé incorporándome de un
salto y cubriendo con mis manos mis atributos. Ni qué decir tiene que ella soltó
una sonora carcajada y depositó sobre la mesita del salón una pequeña fuente de
loza cubierta con un papel de aluminio.


Fr -¿Pero bueno, Flavio, es que aún tienes vergüenza de mí?.
Vamos, vamos, parece mentira después del trato que tenemos. ¿Es que me ves a mí
con vergüenza de vestir cómodamente cuando vengo a tu casa?. Bueno, déjate de
payasadas y mira lo que te he traído para comer.


Destapó la fuente de comida y descubrió una apetitosa
ensalada veraniega de frutas.


Fr –Como sé que te gusta la comida fría en este tiempo, te he
preparado un buen plato de lo que he hecho para casa. Yo ya he comido, de modo
que todo es para ti. Supongo que aún no habías comido, no?


FB –Nó, contesté tímidamente. Pero no tengo hambre aún.
Pensaba dormir un rato.


Contesté confiando en que comprendiese la indirecta y se
marchase diplomáticamente, y así poder sobreponerme del susto, dándome tiempo a
ponerme mi pijama, al menos. Estaba claro que no podría disfrutar ni un solo día
de la soledad.


Fr –Ni hablar!. Tú comes un poquito, al menos, como todos los
días y luego, como todos los días, ya te echaras la siesta. Sé que no te has
preparado la comida por pereza, pero aquí estoy yo para que no tengas que
preocuparte de estas labores cuando llegas cansado del trabajo.


A todo esto yo seguía sin separar mis manos de mi entrepierna
y acurrucado en el sofá evitando mi exhibición involuntaria… máxime si empezaba
a confirmarse los primeros síntomas de dilatación que empezaba a presentar.


Ella fue a la cocina y me trajo un cubierto y servilletas;
tambien un vaso de agua y una jarra. No pude evitar el probar un poco de lo que
me servía para mostrarle mi agradecimiento y darle mi opinión acerca de lo
suculento del plato, pero antes había cogido una servilleta para,
disimuladamente, cubrirme mis zonas erógenas que ya mostraban un tamaño
perceptible.


Ella se sentó frente a mí, en una silla, con lo que sus
rodillas sobresalían de la pequeña mesa del salón, mostrando una generosa
muestra de sus prietas piernas, con lo que, incluso la servilleta, podría
quedarse pequeña para disimular mi estado de excitación. Yo bebía agua sin
cesar, pues tenía la boca completamente reseca de la tensión que estaba
sufriendo; ella, viendo que realmente no podía pasar un bocado, me aligeró la
carga sugiriéndome:


Fr –Deja de comer y túmbate en el sofá a dormir tu siesta,
que es lo que veo que estás deseando. Yo quitaré la mesa y recogeré la casa un
poco.


Es cierto que me gustaba dormir un rato en el sofá. No irme a
la cama, pues siendo de día, me parecía estar enfermo el acostarme. Yo le dije
que era igual, pues ya se me había pasado el sueño. Todo por no mostrar en esa
posición mi real estado de excitación, algo que ya era del todo evidente.


Ni qué decir tiene que insistió acercándose a mí y
empujándome suavemente, procuró tenderme en el sofá. Yo, ante la encrucijada, no
pude por menos que forzar una caída sin deshacer mi posición fetal y dando una
hábil vuelta de 180 grados, terminé acostado, mirando hacia el respaldo del
sofá, algo que le provocó una risa amplia y picarona. Ella, con su mano sobre mi
hombro forzando un giro de mi cabeza –que para orientarla hacia ella, me dijo:


Fr –A ver, Flavio, qué te pasa?. No puedo saberlo?. Crees que
no lo sé?… Mira, tengo 35 años, estoy casada y tengo 2 hermanos mas pequeños que
yo, a los cuales ayudé a criar a mi madre que sabes estaba enferma desde muy
joven. Crees que puede asustarme lo que vea en ti??. Sé que no tienes novia,
pero.. es posible que no hayas tenido con alguna amiga una experiencia
relacionada con el sexo??


Mi corazón se salía del pecho. Mi pudor no me permitía ni
respirar.


Llegado el momento de mostrar mi estado real, ella, lejos de
aparentar turbación o pudor, se limitó a tranquilizarme diciéndome que mi
reacción era del todo normal, máxime a mi edad, aunque le extrañaba y le
agradaba pensar que ella, una anciana a mi lado, era el objeto de un deseo tan
ardiente por parte de un chico joven que debía tener un montón de chicas guapas
a mi alcance.


Yo, a duras penas, mantenía el tipo evitando la mirada
directa a sus ojos, y ella, por fin, dirige su mano a mi pene, en la parte que
sobresalía por el calzoncillo. Ahora sí recorrió un escalofrío mi cuerpo y mi
reacción automática y refleja, fue el cubrirme de nuevo y retirar su mano. Traté
de darme la vuelta contra el respaldo del sofá en donde estaba acostado, pero no
me lo permitió. Bien es verdad que yo ofrecí poca resistencia, así es que de
nuevo boca arriba y dando la máxima altura que había dado nunca en esa posición.


-Fr Vaya, esto va a dejar de crecer alguna vez? Dijo riendo.


-Fl No sé. Contesté completamente entrecortado y dándome
cuenta de lo seca que tenía la boca. Quise acercarme el baso de agua
incorporándome, pero ella no me dejó y se apresuró a dármelo, poniéndolo en mi
boca. Me incorporé levemente y lo bebí con avidez de un trago. Ella me retiró el
vaso y yo me recosté nuevamente.


-Fr. Cierra los ojos y descansa tranquilo… Me dijo.


Así lo hice y entonces fue cuando noté sus manos frescas
sobre mi pecho que, deslizándolas suavemente hacia abajo y hacia los costados,
me retiraron el calzoncillo en un segundo. Yo no sabía que hacer, pero la
situación se tornaba negra del todo. ¡Dios mío! Qué querría hacer conmigo!.
Impotente me dejé llevar y hacer y pronto centró toda su atención sobre mi pene
y mis testículos, ahora al descubierto, que acariciaba suavemente.


-Fr ¿Te duelen? Me preguntó.


-Fl Quizá un poco,… contesté tratando de evitar que dejase lo
que estaba haciendo, pues sentía un gran placer, superando el terror que me daba
la situación y sus consecuencias.


-Fr Pues yo te lo quitaré y te daré un masaje que te dejará
totalmente relajado. Ya verás. Tú déjate llevar y no digas nada.


-Fl Como quieras. Contesté completamente vencido.


Es innecesario explicar lo que sucedió a continuación.
Comenzó a realizar una serie de movimientos rítmicos sobre mi miembro y mis
testículos que, automáticamente hicieron subir mi nivel de excitación hasta el
extremo de creer que estaba a punto de alcanzar un orgasmo total. No fue así;
ella, controlando por mí, suspendía su labor momentáneamente y desplazaba sus
caricias a mis piernas o mi pecho, propiciando que mi excitación bajase unos
puntos y evitar el orgasmo tan rápido como se presentaba. Vuelta a las caricias
en mis genitales y cuando creí que ya no podría aguantar mas, ella presionó
sobre mi pene provocándome una inmediata bajada de erección a un nivel mas
tolerable y evitando nuevamente el que alcanzase ese climax que ya ardía por
lograr.


A pesar de todo, me gustaba el control, la forma y la
suavidad de sus caricias. Jamás pensé que se podría alcanzar tal grado de
perfección en estas artes. Yo alucinaba comprobando mi capacidad de control,
aunque no fuese yo el autor de la técnica. No cabe duda que estaba aprendiendo.


-Fr Parece que tienes prisa, no?. Dijo sonriendo.


-Fl No sé… balbuceé. Abrí ligeramente los ojos para
encontrarme con los suyos y rápidamente volví a cerrarlos tratando de alejarme
de esa realidad aterradora y volver a mi aparente dulce sueño evadiéndome de
responsabilidades y consecuencias que ahora trataba de alejar de mi pensamiento.


De nuevo vuelta a la faena y nuevos frotamientos con un tacto
exquisito. Notaba su mano como envuelta en un paño de seda y su vaivén como la
suave mecedora de un bebé. No tardé el levantar nuevamente mi ánimo hasta llegar
al punto mas alto que había conseguido hasta entonces en mi vida, y cuando ya
era un segundo el que faltaba para tocar el cielo, nuevamente Fermina retiene el
efecto del orgasmo con otro apretón de mi glande que paralizó completamente el
proceso. En esta ocasión creo que ella notó mi gesto de desagrado, pues me dijo
inmediatamente que fuese paciente y fuerte, pues esto era parte de una enseñanza
que nadie mas me daría y que agradecería toda mi vida.


Yo, sin comprender y sin que mi enfado se pasase, me dispuse
a sufrir nuevamente la tortura de Fermina, hasta donde ella quisiese
prolongarla.


Otra vez comienza su ritmo suave de caricias por toda la zona
que ya estaba extraordinariamente sensibilizada y nuevamente mi erección alcanzó
en segundos la plenitud. Después de unos breves segundos y pareciendo que esta
vez estaba dispuesta a llevarme al orgasmo, pensé que sí nuevamente retrasaba el
momento, está vez lo acabaría yo mismo. No podría aguantar mi corazón otro
sobresalto como el anterior. Entre su ritmo cadencioso y mi expectativa sobre el
final de este acto, mi concentración no era plena, lo que propició una
prolongación adicional mas que placentera; ahora bien, el momento se acercaba y
nuevamente perdía mi autocontrol…. Así unos momentos mas y … por fín, sí en esta
ocasión y acelerando sus movimientos, me llevó al orgasmo mas extraordinario que
podría imaginarme, hasta el punto de notar en la eyaculación, que el semen me
llegaba hasta mi pecho izquierdo. Ella siguió y siguió exprimiendo el miembro
hasta no dejar ni una gota dentro de él y yo retorciéndome de placer en cada
espasmo disfrutaba del momento culminante… fue sencillamente la mejor
masturbación de mi vida, en cuanto a cantidad y a calidad. Algo inigualable e
inimaginable por mí hasta entonces. Aunque intenté hacerlo yo mismo, Fermina se
levantó diligente, cogió una servilleta de papel de las que había sobre la mesa
y se apresuró a limpiarme con todo cuidado sin decir una palabra… me dejó
descansar y que asumiese la experiencia, observando atentamente como yo volvía a
cerrar los ojos y girarme pudorosamente hacia el respaldo del sofá, tratando de
evitar la desnudez que ahora se me antojaba vergonzosa.


Lo peor venía ahora.


Cuando ella se levantó y salió de la habitación, a mí me
asaltaron todo tipo de pensamientos negros: su marido, mi madre, mi familia, mis
estudios, mi trabajo, mis amigos… el escándalo! ¿Qué haría ahora? ¿Se lo
contaría a alguien? Yo no quería volver a verla, confiaba en que aquí acabase
todo, se olvidase de mí y se marchase a su casa. No quería volver a verla… Pero
regresó a la habitación y de pié junto a mí, me preguntó:


Fr –Todo bien?.


Fl -Bueno, sí –mi boca apenas dejaba escapar el aliento.
Estaba totalmente reseca de nuevo.


Fr –No parece que te haya gustado, no? O es que sigues igual
de vergonzoso?.


Fl –No sé, respondí.


Fr –Pues mira, para que te relajes un poco, me he arreglado
especialmente para conseguirlo. Mírame.



Segundo acto:



Dios!, no sé como pero se me pasó por la mente que aquello no
había terminado y me aterrorizaba pensar que ella quisiese seguir con esta
aventura. No quería mirar. Me temía lo peor… no me quedaba otro remedio. ¿Cómo
decirle que ya no quería saber nada mas de aquello, sin ofenderla?… me giré, y
allí estaba ella, esplendorosa, arreglado su pelo y se había vuelto a pintar los
labios y los ojos –o me lo pareció a mí-. Pero, eso no era todo, se había
desabrochado la bata verde –esa bata verde suya que tanto me gustaba- y abierta
por el frente y sujeta a los lados por sus brazos en jarras, mostraba una
lencería fina interior en color negro, que me convulsionó hasta hacerme abrir
los ojos y la boca sin articular palabra alguna…


El sujetador se veía completamente, mostrando sus exuberantes
senos que me parecieron a punto de reventar o de salirse de su funda; mas abajo,
un liguero sujetando unas preciosas medias caladas, tambien negras, y debajo,
una braga pequeña, tambien de lencería calada y dejando traslucir un vello
púbico excitante en extremo.


Fr -¿No dices nada? ¿Es que no te gusta?.


Fl –Sí, está bien.


Fr –Solo bien?. Muy bien, contesté yo en voz cada vez mas
baja y reseca.


Fr –Toma un poco de agua fresca y tranquilízate, hombre! Que
no pasa nada!. Estas asustado… es eso?.


Fl –Sí mucho; contesté yo algo mas alto y repuesto en parte
de mi sed.


Fr –Pues tu "cosita" no parece pensar como tú… o es que ella
va aparte? Y rió


Instintivamente me cubrí con mis manos mi pene que, ahora lo
veía, había vuelto a adquirir unas dimensiones mas que normales. Ella dejó caer
la bata y acercándose al sofá, se volvió a sentar junto a mí, que me desplacé
ligeramente para hacerle sitio. Su mano no titubeó y directamente retiró las
mías de donde se encontraban y volvió a acariciar mi pene suavemente.


Fr –Hay que ver que potencia tienes! No me extraña con tu
edad. Dijo, pareciendo hablar sola.


Yo me dejaba llevar y me deprimí totalmente no pudiendo
evitar mis negros pensamientos. ¿Qué pasaría ahora?.


De repente noté que se agachaba sobre mí y con fruición,
comenzó a chupar y lamer mis genitales, algo que me espantó causándome, en un
primer momento, una gran repugnancia, que enseguida fue sustituida por un
intenso placer que desarmó cualquier intento de mi parte de evitar lo que estaba
pasando. En un minuto había alcanzado tal grado de excitación, que mi pudor,
vergüenza y miedos, pasaron a un segundísimo plazo, comenzando a encontrarme mas
atrevido y dispuesto a pasar yo tambien a una posición mas activa y atacar por
mi cuenta, por supuesto, todo ello sin el más mínimo control consciente, sino
algo puramente instintivo y animal.


No pude evitar centrar mi atención sobre sus voluminosos
senos, tratando de salvar los obstáculos que me separaban de ellos y poder
tocarlos, lo cual no era fácil dada la posición de ella, pero no hubo mayor
problema cuando ella, en un gesto de clara colaboración, cambió su posición para
desplazar su cuerpo en dirección a mi cabeza, situando su parte inferior casi a
la altura de mi cara, lo que atrajo mi atención y propició un cambio en mi
interés inmediato lanzando mi mano hacia su entrepierna, gesto que ella
inmediatamente rechazó y, sujetando mi mano, la desplazó hacia su pecho que
aprovechó para soltar un pequeño prendedor delantero que soltó el sujetador
dejando sus pechos al descubierto completamente… En fin, aquello era mas de lo
que podía soportar y ella vio en mis primeros apretones que estaba a punto
nuevamente de alcanzar el orgasmo, algo que no estaba dispuesta a que ocurriese.
Nuevamente utilizó la técnica de la presión sobre mi pene, lo que provocó que la
erección se redujese drásticamente y devolviéndome por un momento a aquella
realidad, no sé si placentera o aterradora.


Yo seguí manoseando groseramente sus pechos y ella corrigió
mis vulgares tocamientos asesorándome de cómo debía hacerlo para que resultase
igual de agradable para la mujer. Yo comencé a acariciar dulcemente sus pezones
que ella, en este pequeño descanso que me había dado, aprovechó para acercar a
mi boca. Chupé y chupé cuanto pude y deseé, dejando para ella todo el control de
la situación. Cuando le parecía bien rebajaba mi "tensión" propinándome un
apretoncito en mi pene que permanecía erecto cada vez con mayor intensidad.


Mientras chupaba sus pezones traté de llevar mis manos en dos
o tres ocasiones hasta su braga, algo que me prohibió radicalmente. En parte me
tranquilizó, pensando que ella no tenía intención de pasar a mayores, pero que
yo agradecí, en aquel momento, solo en parte.


Se alejó otra vez de mí y volcó de nuevo su atención sobre mi
pene y testículos, los cuales volvió a lamer y, ayudada por la mano, controlaba
mi nivel de excitación. Yo continué mi labor manual de acariciar sus pechos y
pezones, unas veces con mayor o menor fuerza, pero tratando de atender a las
explicaciones que me había dado anteriormente, aunque no siempre fuese fácil de
controlar mis impulsos naturales. Unas veces me ceñía a sus pechos y otras le
acariciaba su espalda, vientre, piernas… etc., todo, excepto su sexo. Hasta allí
no me permitía acceder. Yo tampoco tenía valor para insistir.


Después de un rato de masaje agradable por todo mi cuerpo, la
mayor parte con su lengua, lo cual bajó un poco mi tensión, se volvió a centrar
sobre mis genitales y yo, recuperada su posición, volví a manosear sus senos con
avidez. Al poco, ya me encontraba otra vez al borde del orgasmo, pero esta vez,
ella aumentó la intensidad de su succión, ayudándose con sus manos para
acariciar mis testículos al mismo tiempo. Yo me di cuenta que apretaba sus senos
hasta hacerlos reventar, pero ella, en esta ocasión, me dejó hacer y, por fin,
otro maravilloso orgasmo que me hizo retorcerme de gusto en el sofá. Cada latido
de placer provocaba un apretón mas severo en su pecho, pero ella seguía
ultimando su labor con total profesionalidad. Cuando quedé completamente
exhausto, ella se levantó discretamente y se limpió. Fue entonces cuando recordé
que posiblemente habría eyaculado en su boca… en ese momento la repugnancia
volvió de nuevo a darme náuseas.


Si lo anterior había sido grave, lo de ahora no tenía
calificativo. Si esto se llegase a saber, era hombre muerto. Su marido me
mataría y sería rechazado por todo mi entorno social y familiar. Es posible que
incluso me echasen del trabajo. Estaba completamente acobardado. Me levanté y me
dirigí a mi habitación para vestirme y tratar de encontrar una táctica que
permitiese que ella se fuese de mi casa sin ofenderla. Qué se me ocurriría?. La
verdad es que me entraron ganas de salir de casa y airearme. Cogí mi reloj y ví
que eran las….. 7:15!!! Increíble, llevaba aproximadamente 3 horas y media
practicando el sexo con Fermina y no me había dado cuenta. Pensé que serían,
como mucho, las 5 de la tarde!. La verdad es que estaba totalmente agotado. No
me apetecía sino el dormir, dormir… en fin, ahora que todo había acabado, le
diría a Fermina que salía a ver a mis amigos y volvería rápidamente para
acostarme a dormir…. Mañana ya vería lo que hacía. Era tonto pensar que iba a
psar algo, pues a la primera que no le interesaba que se supiese este asunto,
era a ella. Por otra parte, tampoco había pasado nada irreparable. No había
llegado a hacer el amor con ella, lo que hubiese sido terrible!. Así lo haría y
… se acabó para siempre!!.



Tercer acto – y qué acto!-:



Si pensaba que todo podría quedar así, me equivoqué de lado a
lado. Según salía de mi habitación, ya vestido de calle, Fermina se encuentra
conmigo en el pasillo regresando del baño. Su atuendo seguía siendo el negro
semitransparente de su liguero, su braga y las medias, Me dio un vuelco el
corazón y dije, como tratando de disculparme:


Fl –Ah! Ola. Mira que me marcho a dar una vuelta con los
amigos y a refrescarme un poco. Te importa?.


Fr –Pero qué dices, te vas a marchar sin ducharte? Ya estás
ahora mismo desnudándote y al baño. No te preocupes que te ayudaré a darte un
baño de primera!! Incluso, si quieres, me baño yo contigo… ¿No te dá un poco de
morbo?? Yo también te dejaré que me bañes a mí. Vale?


Dios mío, nooo!! Pensé. Qué puedo hacer ahora. No tengo
fuerzas ni para atarme los zapatos!. Me cogió de un brazo, me llevó a mi
habitación, me desnudó y, casi a la fuerza, me arrastró hacia el baño!!.


Abrió los grifos y poniendo el agua mas bien caliente, llenó
su superficie de gel de baño y añadió un perfume –supongo que de ella- que me
dijo eran sales aromáticas muy beneficiosas para la piel. Mas que en mi piel, yo
pensaba en mi pellejo, en como protegerlo de lo que se me venía encima. Abúlico
por completo y ajeno a la realidad, me metí en el baño y … que sea lo que Dios
quiera, pues lo que quería Fermina parecía claro: acabar conmigo. Yo me
planteaba que se le habría ocurrido, pues en mis condiciones, no servía ni para
pasarle la esponja por la espalda. Pero bueno, allá ella.


Entré en el baño, como digo, y me encontré mucho mejor; mas
relajado bastante jabón y un aroma a rosas exquisito. Realmente me venía bien.
Pensé en dormirme y se lo dije. Ella aprobó la idea (¡), para mi sorpresa. Cerré
los ojos por sugerencia de ella y descansé unos minutos. Realmente tenía un
sueño plomizo. No podía abrir los ojos.


Como no podía ser de otro modo, cumplió su amenaza de
acompañarme en la bañera, dándome un sobresalto al notar sus pies fríos rozando
mis piernas. No quise abrir los ojos por auténtica vergüenza que sentía. Me la
imaginaba desnuda y me asustaba totalmente esa idea: yo, con mi vecina casada en
el baño!! La verdad es que era una situación de película. Yo no recordaba a
nadie que me hubiese contado algo parecido. A pesar de lo ajustado del espacio
dentro de la bañera, consiguió enseguida acomodarse y con toda picardía, puso
sus pies sobre mis genitales, acariciando dulcemente… es verdad que, en ésta
ocasión, la erección no se produjo como ella esperaba, supongo.


Resulta evidente que mi estado ya no era ni de excitación, ni
de decisión, ni de voluntad de ningún tipo. Si sabía lo que me esperaba, ni
esperaba nada. Lo que pasase me daba casi igual. Estaba en un estado de
semiletargo o embriaguez que no me permitían asumir responsabilidades. Tambien
el miedo que me causó inicialmente la experiencia, se pasó dejando tan solo una
preocupación para el mañana que yo veía muy lejano en ese momento.


Como digo, ni tenía curiosidad por mirar, ni interés alguno
tampoco, por lo que no llegué a verla desnuda, tan solo de cintura para arriba
que es lo que dejaba ver el nivel de agua y jabón de la bañera. O simplemente no
quería saberlo, pues me temía que sería sometido a otra… violación; sí, se
podría llamar así, creo, aunque aceptada con agrado en sus resultados
inmediatos, pero no en sus consecuencias. Ella no me había dejado pensar ni
decidir. Es igual. Las consecuencias serán mortales en cualquier caso; a ver
quién cree que yo no tuve nada que ver!.


Fermina mantenía esa euforia habitual y mas en aquella tarde,
que parecía estar hiperactiva. Pronto cogió la esponja y acercándose a mí
comenzó a enjabonarme los brazos, el torax, la espalda y, bajo el agua, me
pasaba la esponja por el resto del cuerpo, cuidando especialmente mis partes
íntimas que estaban tan maltrechas. Al poco, me ofreció la esponja con la
indicación de que siguiese su ejemplo, algo que comencé a hacer como un
autómata. Le froté los brazos, el tronco hasta la cintura, la espalda, a la que
accedía desde delante rodeándola con mis brazos y luego, bajo el agua, comencé
por las piernas alargando intencionadamente el proceso para evitar llegar a su
entrepierna. Ella se percató y me pidió que dejase la esponja y utilizase mis
manos para esa zona, pues era muy sensible y la esponja era un tánto áspera de
tacto…


Aquello fue definitivo. El contacto de mis dedos en su
vagina, causó una especie de erupción de mi pene que ya asomaba cerca de cuatro
dedos sobre el nivel del agua. Nuevamente y ante su carcajada, me avergoncé.
Ella dijo:


Fr –Vaya, creí que habría muerto después del esfuerzo
realizado, pero mis cálculos no me han fallado. Te sobra fuerza para la tercera
lección de ésta tarde. Reconozco que eres un alumno muy aventajado. Sacarás una
nota muy alta si el examen final lo superas con el mismo nivel que las dos
pruebas anteriores.


Resultaba bastante evidente cual habría de ser esa prueba…
final?. Lo que ya no estaba tan claro para mí era si sería capaz de sacar esa
"nota alta" que Fermina decía.


Me pidió que le dejase muy limpia esa zona sensible, pero que
debía frotar con mucha suavidad. Ella se relajó echando su cabeza hacia atrás y
cerrando los ojos, lo cual me hizo sentirme mas libre en esa semiintimidad que
me brindaba, quizá intencionadamente, Fermina.


Ya sin ataduras y sin la censura de sus ojos, me situé de
rodillas en la bañera –ella abrió sus piernas para permitirme situarme con
comodidad entre ellas- y, ora tocando sus pechos hermosos, ora tocando su sexo
ardiente, pasé unos minutos enloquecedores. Mi pene había alcanzado una
erección, si cabe, mas firme y tensa que las anteriores y estaba rabioso por
colarse en aquel agujero que mis dedos ya habían violado. Me fijé en la
expresión de ella y comprendí que estaba aún mas excitada que yo, pero no me
atreví ni a hablar ni, mucho menos, a tomar la iniciativa de una acción de
penetrarla sin su consentimiento, a pesar de que me hubiese resultado del todo
imposible en aquella postura.


Ocasionalmente y para rebajar mi propia tensión, me frotaba
yo mismo mi pene, creyendo que me haría eyacular sin concederme ninguna licencia
más.


Ella, viendo mi estado, acercó su boca a mi pene y succionó
intensamente, causándome un placer indescriptible. Estaría a 150 pulsaciones y
pensé en la posibilidad de que me diese un infarto. Ella, a lo que yo entendía,
estaba igual que yo. Al cabo de unos segundos, me pidió que yo hiciese lo mismo
con ella y, lejos de sentir el asco que inicialmente vi en su conducta para
conmigo, me pareció muy excitante la experiencia, teniendo en cuenta la higiene
tan esmerada que nos habíamos procurado.


Me hizo sentarme de nuevo y ella se puso de rodillas sobre
mí, avanzando hasta situarme su sexo a la altura de mi boca. Era la primera vez
que lo veía y me pareció enorme. Esos labios enrojecidos y cubiertos de un vello
pulcramente depilado, en forma de rombo, que me causó una sorpresa enorme. Yo no
hice ninguna observación y me limité a enterrar mi cara entre sus formidables
muslos, llevando mi lengua, de modo instintivo, a aquella cueva carnosa y jugosa
y, lo que más me sorprendió, ardiente y sobre todo, palpitante; sí,
sorprendentemente palpitante. Cuando acerqué mi lengua, lo primero que noté fue
un calor extraordinario, pero también que parecía tener vida propia y moverse,
como si absorbiese mi lengua en espasmos rítmicos. Esta sensación permitió
distraer mi atención momentáneamente y rebajar mi nivel de excitación, lo que
provocó un alargamiento del momento muy conveniente para no resultar demasiado
rápido el final de esta sin igual experiencia. Yo ya era consciente de que era
necesario prolongar en lo posible la situación. Mis dos orgasmos anteriores,
evidentemente, también habían propiciado un autocontrol que, de otro modo, sería
impensable. Yo no sabía donde iba a acabar aquello. Pensé que se conformaría con
estas recíprocas masturbaciones sin llegar a hacer el amor plenamente, pero no
era capaz entonces de adivinar sus intenciones.


Tras unos minutos en ésta labor y notando que su vagina
estaba totalmente mojada y palpitante, ella me pidió salir del baño y que la
siguiese, lo que hice en el acto. Me llevó a la cocina y tras beber sendos vasos
de agua, me hizo seguirla hasta mi habitación, en donde se tumbó sobre mi cama,
boca arriba, ofreciéndome todo su cuerpo a mi total discreción. Sin mediar
palabra –por otra parte innecesaria-, me lancé sobre ella y la penetré tan
profundamente que quedé asombrado de no alcanzar el final en ésta primera
embestida. Mis movimientos tendían a ser rápidos y convulsivos, pero pronto ella
puso su control indicándome como debía actuar para un mayor y prolongado placer.
El escalofrío que sentí en el momento de la penetración que causó un placer
desconocido, hasta el punto de pensar que había alcanzado el orgasmo en ese
mismo instante, pero la dureza de mi verga me decía lo contrario. Ella, por su
parte, lanzó un prolongado suspiro de placer apretando los dientes para
controlar la emisión de sus quejidos, lo que solo consiguió en parte. Pronto
volvió en sí y me dijo:


Fr –Mira Flavio, debes acompasar tus movimientos con los
míos. Cuando retrocedas, debes frotar tu pene contra mi clítoris, muy
suavemente; y luego, en la penetración posterior, tan profunda como puedas, de
tal modo que vuelvas a rozar mi clítoris, pero eso sí, luego, dentro de mí,
permaneces unos segundos, pues yo haré el resto del movimiento. Traté de adecuar
mis movimientos a sus instrucciones, pero realmente no podría hacerlo de otro
modo, pues con sus piernas, me abrazó a la altura de mis caderas limitando
totalmente mis movimientos y dejando que me alejase de ella cuando ella me lo
permitía con una posición mas relajada de sus piernas. Entonces yo retrocedía y
volvía a penetrarla. En esa posición de penetración profunda, ella provocaba
unos movimientos internos de su vagina increíbles, algo de lo que yo jamás había
oído hablar. Parecía tener vida propia e independiente; sus movimientos rítmicos
y acompasados a su respiración, me resultaban como procedentes de esas técnicas
de relajación o autocontrol… en fin, no sabría como definir ese control del
cuerpo del que yo no era capaz.


Mi pene estaba a punto de estallar y ella lo sabía. Cada vez
con mayor frecuencia paralizaba todo movimiento y se sujetaba fuertemente con
sus piernas, evitando los míos. Yo enloquecía. Perdí por completo el control y,
además, no deseaba controlarme, solo quería disparar mi semen en una eyaculación
total, vaciarme totalmente… No podría hacerlo si ella no me lo permitía y
parecía que quería prolongar la situación… cuanto? Sé que pasaron posiblemente
10 largos minutos de paradas y movimientos rítmicos intermitentes, pero cuando
ella comenzó a convulsionarse y emitir unos quejidos de placer ininteligibles,
el ritmo se fue acelerando, aunque siempre con su control, logrando su orgasmo
antes que yo –al menos así me lo pareció-, y luego, rebajando de nuevo el ritmo,
me llevó a mí, al cabo de otro largo minuto, posiblemente, a un orgasmo
maravilloso, inigualable.. Debía aún quedar reservas en mis testículos, pues
tras mi eyaculación, comenzó a sonar un ruido típico, como un chapoteo, que
indicaba que sus jugos y los míos, así como la incipiente flaccidez de mi
miembro, creaban esa armoniosa música celestial, cuya progresiva lentitud
garantizaban que ambos habíamos llegado al cielo a estábamos aprovechando esos
latidos intensos de un placer inigualable.


Nada de lo que me habían contado o visto en cine, o incluso
ni en mis mas calenturientas fantasías eróticas, habían igualado esta
experiencia. Me dejó reposar sobre ella dos o tres minutos mas, en el que su
sudor y el mío se mezclaron con un olor a, no sé, sexo, sencillamente.


Fr –Bueno, que tal? Habías tenido otra experiencia similar?


Fl –Ni parecida. Contesté. ¿Qué va a pasar ahora? Pregunté.


Fr -¿A qué te refieres? ¿A un posible embarazo?


Fl –Si. La interrumpí.


Fr –Bueno, de eso no tienes por qué preocuparte, pues estoy
operada desde el nacimiento de mi hija. Lo importante es el futuro de esta nueva
relación. Comprenderás que ya nada será como antes, no?


Fl –No sé, supongo que no.


Fr –Me alegro que lo interpretes como yo, pues ya nunca
podremos volver a ser amigos. Después de esto, no podría ya pasar sin disfrutar
nuevamente de ésta experiencia… sí a ti tambien te lo parece, claro. Mi silencio
y el color del que se me quedó la cara, fueron mi respuesta, que ella
comprendió.


Aquello me cayó como una bomba, pues después del atracón que
me había llevado esa tarde, me daban asco todas las mujeres del mundo,
especialmente ésta, por sus circunstancias y las mías, claro.


Después de aquello, dejó de pasar unos días sin acercarse por
mi casa, a pesar de que nos encontrábamos frecuentemente en la escalera, el
ascensor, aunque se limitaba a saludarme, hasta que en una ocasión, en la que
coincidí con ella y su marido en el ascensor y con una picardía descarada que me
enrojeció, me pregunto:


Fr –Qué tal Flavio? Sigues solo en casa?. Si necesitas algo
de mí, no tienes mas que pedirlo; yo no te he vuelto a visitar ni llevar comida,
pues me dio la sensación de que lo último que te llevé, no te gustó demasiado,
no?


Fl –No, que va, todo lo contrario. Acerté a contestar
titubeando. Su marido intervino entonces diciendo:


Mr –Pero bueno, no habías quedado en llevarle la comida todos
los días? Y por qué no lo haces?. Su madre se enfadará cuando regrese. Mañana
mismo le llevas un plato de nuestra comida. De acuerdo?


Fr –Déjale, ya me avisará él cuando me necesite. Ya lo verás.


Dos días después de aquello pasé por su casa.


Fr –¡Hola Flavio! Cuanto tiempo sin verte. Querías algo?


Fl –Sí, contesté turbado y bajando la mirada.


Fr –Cojo la comida o, voy de momento, y luego comemos. Me
preguntó sonriendo.


Fl –Vale, ven y luego ya veremos. Contesté yo también
sonriendo.


Volviéndose hacia el interior de su casa, dijo en voz alta:


Fr –Paco, salgo un rato a casa de Flavio, a colocarle un poco
la casa. Quizá tarde un rato.


Mr –Muy bien, no hay prisa. Hasta luego.


Fr –Hasta luego.


A partir de aquí nació una relación estable y altamente
placentera para ambos, limitándose a aquellas ocasiones en que ambos, tambien,
contábamos con tiempo para ello y las circunstancias nos lo permitían.


Otro día contaré algún que otro encuentro que se nos dio
especialmente bien, pues la experiencia nos fue dando una técnica que os
explicaré para vuestro propio provecho.


Solo añadir que cuando faltaban 6 u 8 días para el regreso de
mi madre, Fermina, en un arrojo de descaro, se inventó una enfermedad mía que,
al parecer me daba fiebre, y consiguió convencer a su marido de lo aconsejable
que era quedarse conmigo por la noche durante 2 o 3 días, hasta haberme
recuperado, pues en ese estado, podría pasarme cualquier cosa. Incluso me forzó
para llamar al banco con el mismo cuento y durante 3 días, realmente no
engañamos a nadie, pues yo tuve unas calenturas terribles…!.


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Relato: Mi vecina, mi maestra
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