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Relato: Nosotras





Relato: Nosotras

No sé cómo sucedieron las cosas, pues la verdad nunca pensé
que eso llegaría a pasar. La conocía hacía apenas dos semanas y no me había
parecido más que una chica bonita y nada más. Pero tuvimos que hacer un viaje de
estudio juntas, y empezamos a entablar una amistad femenina nada fuera de lo
normal. Me cayó bien, especialmente porque teníamos ideas parecidas en varias
cosas, por ejemplo en el sexo y en el amor. Ella vivía su vida con una libertad
envidiable, claro, madre soltera, podía hacer lo que se le viniera en gana. En
mi caso, un matrimonio de siete años me colmaba de esa felicidad tranquila y
relajada que muchas mujeres de mi edad envidian.



Nos contamos algunas intimidades: cómo ella perdió a su esposo y yo en
retribución, le comenté sobre cierta relación extraña y enfermiza que aún
mantenía con un antiguo amor al que quería ponerle punto final, pues él siempre
se había portado de manera muy egoísta conmigo y yo no me había querido dar
cuenta. Mis recuerdos sobre esta relación nos acercaron aún más, pues ella vivía
algo similar con un viejo amante.



Una noche, en que andábamos buscando un lugar donde dormir que no fuera muy
caro, me acordé de un amigo que vivía de cantar en los bares y que me había
ofrecido su casa amablemente. Lo contacté y quedamos que nos prestaría su
departamento. Esa noche fuimos a verlo tocar al bar y después de algunas copas
regresamos al depto., donde mi amigo abrió una botella de vino más. Allí comenzó
una discusión que verdaderamente yo no pensaba llevar a ninguna parte. Empecé a
hablar sobre mi particular forma de ver el sexo, materia harto conocida por mi
amigo que también había sido mi amante. Él me preguntó si yo había estado con
alguien de mi mismo sexo, le contesté que no, pero que no me cerraba a esa
posibilidad. La noche terminó con la última gota de la botella y ella y yo nos
dispusimos a dormir.



Las dos llevábamos ropas adecuadas para el calor de la noche. Prendas delgadas
de algodón, consistentes en camisas finas y panties frescas. Nos acostamos una
junto a la otra y comenzamos a platicar sobre nuestras respectivas experiencias
sexuales, con quien nos gustaba más, quién de nuestros amantes cogía mejor... no
recuerdo cómo (todavía sentía el calor de las copas en la sangre) nos quedamos
calladas y nuestros pies, las puntas de nuestros dedos se tocaron. No recuerdo
si fui yo o ella la que comenzó la caricia. Nuestros pies y piernas comenzaron a
frotarse suavemente, ella se hallaba a espaldas de mi y era fácil realizar esa
actividad.


Me empecé a calentar de manera muy extraña. Poco a poco
nuestros movimientos se hicieron más rápidos, más frenéticos y entonces pensé
que podía tocar sus pechos, los cuales siempre me habían fascinado de alguna
manera, con esa cierta envidia con la que quienes no los tenemos tan abundantes,
miramos a las que sí. No me abalancé a ellos directamente, sino que toqué
primero su cintura y su vientre, aún temiendo su reacción. Me encantó comprobar
que ella también estaba calientísima... Por fin me animé a tocar sus montículos
suaves y acolchados. Sus pezones duros me invitaron a dejar mis dedos
recorrerlos con curiosidad. La sensación era tan distinta a cualquier otra que
hubiera experimentado antes.


Ella se volteó hacia mí y empezó a besarme. Sus labios
pequeños y armoniosos se hundieron en mi boca en un beso femenino inolvidable.
Nuestras lenguas se encontraron tímidamente, pero pronto empezaron a explorarse,
mientras las manos hacían lo mismo con nuestros cuerpos. Sus dedos largos se
detuvieron también largo rato en mis pezones grandes y erectos, ella los
manipuló de manera deliciosa, con la habilidad de quien se conoce perfectamente
a sí misma. Por fin le quité la blusa y me encontré de cara con sus apetitosas
redondeces. Casi con incredulidad deposité mi lengua sobre sus senos, ella se
estremeció con un suspiro y comenzó a moverse suavemente debajo de mi boca
curiosa y ávida. Recorrí sus pechos con mis manos y jugué con sus pezones entre
mis dientes. Ella hundía sus manos en mi cabello ensortijado, mientras
balanceaba el cuerpo para disfrutar y hacer más intensa las caricias de mi boca.
Luego ella hizo lo mismo, se metió uno de mis pezones a su boca y comenzó a
tocarlo con la lengua. Qué sensación aquella tan extraña: era como sentir una
caricia tan extraordinariamente suave, que no existiera, y sin embargo su legua
seguía allí, pequeña y golosa, chupando, succionando, lamiendo, exprimiendo.
"Estás riquísima", "Tienes unos pezones deliciosos" me decía entre jadeos,
mientras se montaba encima mío y ponía a la disposición de mi boca _ la única
vía de exploración que nos permitía nuestra nula experiencia en las artes de
Lesbos_ nuevamente la textura de sus pechos. "No te vas a sacar de onda,
¿verdad?" me preguntó pícaramente... "no, no" le contesté apresurada, excitada,
muy caliente...



Reanudamos los besos y mis manos se bajaron a sus nalgas, las que se empezaron a
mover a un ritmo sensual, delicioso... "Estás deliciosa" le dije, "buenísima"...
y era cierto. Su figura voluptuosa se movía encima mío enloqueciéndome de
pasión, sus pechos se bamboleaban felices en mi cara, mientras yo turnaba mi
boca en cada uno, o los sostenía con ambas manos mientras me hundía entre sus
labios.



En un movimiento apasionado quedamos de costado, frente a frente. Así, con
timidez deslicé mi mano hasta su sexo, pequeño y de vello escaso. Sus gemidos me
hicieron saber que mi caricia era bienvenida, así que con delicadeza empecé a
introducir mis manos en su rajita húmeda. Estaba tan mojada que la baba se
escurría entre sus piernas.


Casi al mismo tiempo ella hizo lo mismo conmigo. Sus dedos
largos, hermosos, exploraron el interior de mi sexo con tanta familiaridad como
si me tocara yo misma. Pronto empezamos a hundirlos una y otra vez mientras nos
fundíamos en besos apasionados y húmedos. Ella localizó mi clítoris y comenzó a
jugar con él, las dos nos tocamos mientras apretábamos nuestros cuerpos y los
lamíamos con avidez. Ella volvió a montarse encima mío y sus labios recorrieron
mi cuello, bajaron por mis senos, se detuvieron en mi vientre y bajaron poco a
poco a mi sexo abierto y húmedo. Me sorprendió su voracidad y al mismo tiempo la
delicadeza con la que empezó a comerme, su lengua penetró con curiosidad casi
infantil en mi vulva. Mientras tanto, yo la miraba desde arriba, semi recostada
en los almohadones de la cama, su abundante cabellera lacia le caía de lado
mientras se afanaba en darme placer con su lengua, para entonces ávida
exploradora de las profundidades de mi sexo que se extendía a lo largo de mi
raja y por momentos se detenía nerviosamente en mi clítoris hinchado.


No pude más y le dije: "ven, ven aquí, dame la tuya"... Ella
obedeció al instante y puso su sexo a merced de mi lengua ávida, volátil. Sus
gemidos se hicieron intensos, mientras mis manos apretaban sus nalgas hermosas y
firmes y se deslizaban por sus muslos fríos y redondos. "Qué sabor el tuyo" le
dije a media voz... "y el tuyo, rica, es de lo mejor" me contestó
cachondísima... Después de disfrutar las mieles de nuestros cuerpos en ese
estupendo sesenta y nueve, ella se incorporó y se sentó en mis piernas, poniendo
nuevamente sus pechos a mi disposición, yo mordía con ansias locas, chupaba,
lamía, tocaba, masajeaba sus tetas grandiosas, mientras le clavaba mis dedos una
y otra vez, disfrutando del calor de sus jugos. Cuando más excitadas estábamos,
comencé a mover mis dedos con más prisa, mientras ella se babomboleaba de
adelante hacia atrás, aún sentada sobre mis piernas. Se corrió dos veces en
medio de suspiros y gemidos sensuales y cayó exhausta encima mío.


Yo le acaricié su cabellera y lamí cariñosamente sus pezones.
Se recuperó rápidamente y me dijo "ahora te toca a ti, querida". Se montó encima
mío y comenzó a morderme los pezones... "están duritos y hermosos" me decía
coqueta, "eres de lo más bonita, estás cachondísima" susurraba a mi oído. Jugó
con mis senos y mi sexo a la par, metía y sacaba sus dedos, jugueteaba con mi
clítoris, besaba mi cuello y se fundía con mi boca... "muerde más" le suplicaba
y ella obediente lo hacía... Pronto encontró el ritmo apropiado con el que
frotar mi chocho, lo hizo maravillosamente bien, mientras con la otra mano
oprimía con cierta fuerza mi pezón derecho. Yo apretaba las piernas para
conseguir un orgasmo intenso y cuando éste empezó a llegar, ella comenzó a jalar
mi pezón con fuerza a uno y a otro lado, de manera que el estímulo que me
producía mi seno bamboleante, se juntara con la sensación que me produjo ese
orgasmo inolvidable. Cuando exhalé el último gemido de placer, ella se incrustó
en mi boca y nos besamos largamente, moviendo suavemente nuestras lenguas,
tocándonos el cabello, acariciando nuestros rostros, besándonos las mejillas y
el cuello. Nos arropamos un poco, pues ya era de madrugada y la brisa entraba
por la ventana.


Comentamos qué rica estaba la noche y qué rico lo que había
pasado entre nosotras. Acordamos que éste sería un secreto entre las dos. Hasta
hoy nadie, sólo ella y yo, sabemos lo que pasa entre nostras. Nuestras vidas
continúan normales, y somos amigas más allá del sexo. Ella me cuenta sus
aventuras y desventuras amorosas con los hombres, los problemas con sus hijas,
hablamos del trabajo, a veces de otras personas (ya saben al fin mujeres),
viajamos juntas en plan de madres de familia, organizamos fiestas familiares,
hacemos proyectos juntas y si... algunas veces, también nos damos un tiempo
entre nuestras actividades, para tocarnos, besarnos y jugar maravillosamente con
nuestros cuerpos, encontrando aquello que sólo nosotras podemos darnos.


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Relato: Nosotras
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