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Relato: Metamorfosis





Relato: Metamorfosis

Metamorfosis



Autor: Incestuosa




POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO


 



Por haberme parecido procedente publicarla, y de paso cumplir
una formal promesa compartida, quiero narrar esta historia que uno de mis
lectores me confió hace poco, pidiéndome que fuese yo quien la contara y
poniendo como única condición el obvio prurito de ocultar su nombre. Por
supuesto que lo hice. Y me parece que además, en este caso, he hecho con
puntualidad las dos cosas que debía hacer: Primero, proteger como es debido el
anonimato de mi confidente, y segundo, intentar dar a sus propias confesiones la
forma de relato, de manera que ustedes, apreciados lectores, puedan conocer la
verdadera vida que se oculta tras el telón conductual de éste singular personaje
que, habiendo sido heterosexual comprobado, de pronto se ve envuelto en la
extrema y explosiva fogosidad del placer homosexual, que lo absorbe y lo conduce
lenta y paulatinamente por los extraños laberintos del delirante mundo gay,
satisfaciendo los fantasmas del deseo escondidos en su propia mente, sin
habérselo propuesto por sí mismo. Serán ustedes, en todo caso, quienes juzguen
si he cumplido a cabalidad mi promesa.



Por no haber sido capaz de hacer esta historia más compacta y
menos cansada; pido anticipadamente disculpas a mis lectores. Debo decir, en
descargo, que existe una razón para que esto fuera así: Es tan copiosa la
correspondencia de mi confidente que, de todo lo revelado por él mismo, no quise
dejar en lo absoluto un solo punto sin tocar. De cualquier manera, no sé si para
bien o para mal, me parece que he hecho lo correcto.



Comienzo ahora, dejando la palabra al propio protagonista:



Salud.




Incestuosa.




 


 


 


Cap. I.



 


Querida Incestuosa:



"…Siempre consideré ser un hombre heterosexual, con una vida
normal y feliz, hasta los 32 años, fecha en que comenzaron a suceder los
acontecimientos que ahora narraré. Debo aclarar antes de empezar mi historia,
que la homosexualidad me había sido indiferente hasta entonces y por lo mismo no
pasaba de ser para mí un asunto trivial y sin importancia durante mi vida de
hombre casado. Tengo mi esposa, bastante joven y apetecible, y tres hijos, con
los cuales llevo una relación familiar excelente, a no ser por el exceso de
trabajo que en cierto modo me mantenía alejado de ellos. Represento yo a una
firma importante en la ciudad donde vivo y no me va mal económicamente, por lo
cual nuestro estilo de vida es más o menos aceptable y holgado.



Hay una segunda cosa que también quiero aclarar, para que no
se sientan agredidos aquellos que son, como yo lo he sido, asiduos cibernautas
consumados: No es que me considere una víctima más del Internet, pues sabido es
que cada quien tiene la libertad de hacer con su vida lo que quiere; pero sí
debo reconocer que todo comenzó cierto día en que por propias necesidades de la
compañía, tuvimos que contratar ese servicio en la oficina para poder
comunicarnos con las otras sucursales del país usando el correo electrónico.
¿Por qué digo esto? Porque fue a partir de entonces que por las noches, cuando
todo el personal se retiraba, yo me encerraba con llave en mi privado y
aprovechaba la soledad para entrar a páginas porno para ver videos, fotos y
todas esas cosas magníficas que uno puede hallar allí. Eso fue algo que
realmente me fascinó. Había escuchado comentarios sobre lo que uno podía admirar
en Internet, pero jamás imaginé las extraordinarias posibilidades de admirar
todas las cosas relacionadas con el sexo de un modo tan fácil y directo. De
manera que en pocos meses me convertí en un hábil usuario de la Web y un asiduo
aficionado a todo lo que fuera pornografía. Había días en que me iba yo a mi
casa hasta las dos o tres de la mañana, después de saciarme hasta el delirio con
aquellas imágenes virtuales, que finalmente me provocaban tremendas y brutales
erecciones que me llevaban sin remedio a que me masturbara como un loco, sin
pudor ni recato alguno.



Mi esposa llegó incluso a reclamarme algunas veces diciéndome
que estaba trabajando demasiado. Pero lo que ella no sabía era la verdadera
causa por la que estaba llegando tarde a casa. En realidad sólo descansaba de la
Internet los fines de semana, dedicando, eso sí, los sábados y domingos a mi
familia. Pero de lunes a viernes, mi deseo más intenso consistía en estar metido
por la noche en la PC, disfrutando de todas aquellas delicias que el sexo
virtual nos puede regalar por esa vía. Aunque para ser sincero, debo confesar
que en efecto, hubo una cosa en que la Internet me ayudó: Cuando por alguna
razón no me sacaba la leche en la oficina, llegaba a casa con unas ganas tan
intensas de coger, que gozaba a mi mujer con una lujuria inaudita. Me la follaba
como un poseso, y por supuesto, a ella eso le encantaba. Pienso que quizás eran
esas sesiones de sexo tan intenso las que hacían que nuestro matrimonio no
hubiese naufragado a causa de mi obvio distanciamiento, pues solíamos
desfogarnos frecuentemente por esa razón, y por lo tanto mi esposa se mostraba
contenta conmigo. Llegó el momento en que inclusive ella dejó de reclamarme por
estar llegando tan de madrugada. Tengo que confesar que aquellas prácticas
nocturnas y furtivas que practicaba durante la semana, encerrado a piedra y lodo
en mi propia oficina, de pronto se volvieron una dulce y excitante costumbre
para mí. Me daba cuenta que de repente me estaba transformando, sin duda alguna,
en un cibernauta ávido de sexo virtual, sin que me sintiese nunca saciado de ver
y ver tanta pornografía.



Mantuve esa rutina por meses, hasta que cierta noche
encontré, por azar, una página de videos gay. Antes de eso, mientras navegaba
por la Web, todos los portales que contenían temas de shemales o gays, como os
he dicho, me habían sido indiferentes. Pero esa noche hice clic en "entrar", más
por curiosidad que por morbo. Y entonces descubrí por primera vez el sutil mundo
de la pornografía homosexual, que sin saber por qué, al tiempo que navegaba
viendo fotos, videos y escenarios prohibitivos, estimularon de un modo inusual
mi libido y me provocaron una excitación mucho mayor incluso de la que sentía
cuando veía en el monitor a mujeres desnudas cogiendo. Me detuve a reflexionar
un momento. ¿Sería posible que esas imágenes me calentaran tanto o más que las
otras? ¿Pero por qué? ¿Acaso no era yo heterosexual? Siempre me habían gustado
las mujeres, y por tanto jamás en mi vida había tenido relaciones sexuales con
otro hombre. Quizás alguna vez, en mi lejana memoria de adolescente, se forjara
algún deseo homosexual reprimido, que de inmediato procuré despejar. Pero lo
cierto es que en la praxis, los hombres nunca me habían atraído, a no ser por el
tácito reconocimiento de la belleza masculina, cuando es manifiestamente
atractiva en alguna persona que ocasionalmente veía por allí. Pero sólo eso. Os
lo juro.



Sumido en mis pensamientos, continué explorando esa noche las
fotos y videos durante horas y horas. Y poco a poco me fui introduciendo en ese
nuevo y fascinante ámbito, antes desconocido por mí, observando sobre todo
películas de varones en pleno acoplamiento, mientras mis sentidos se exacerbaban
hasta el delirio a causa de lo que la pantalla me mostraba. A raíz de ese nuevo
descubrimiento, mis masturbaciones se fueron haciendo más continuas y también
mucho más intensas, además de placenteras. ¡Qué experiencia tan deliciosa la que
estaba viviendo! Sin saberlo cabalmente, estaba siendo absorbido por la vorágine
de un nuevo estilo de vida pornográfica, donde hombres con hombres mantenían
relaciones sexuales sin ningún pudor, mostrando a las claras que lo disfrutaban
con generosidad y pasión.



Desde entonces y con el paso de las semanas, a diario
esperaba impaciente a que llegara la noche para quedarme solo en la oficina.
Después que se iba el personal, me encerraba enseguida para disfrutar de la
pornografía masculina, no haciendo otra cosa que buscar de inmediato las páginas
gay. Y casi a diario me masturbaba con delirio admirando con fruición todo lo
que se ofrecía ante mis ojos. ¡Tenía que reconocer que estaba descubriendo una
novedosa faceta de mi vida! Pero en el fondo, aunque yo lo sabía, seguía
intentando negármelo a mí mismo. A medida que me adentraba en ese lujurioso
mundo del porno masculino, mis sentidos se prendaban con mayor fuerza y lujuria
de las escenas candentes de ver vergas insertándose en el culo de los hombres.
Disfrutaba con amplitud la contemplación de las figuras de dos machos desnudos,
uno cogiéndose al otro, o bien mamándose sus parados pitos sin reservas de
ninguna clase. Y ciertamente había visto ya algunos ejemplares que me
cautivaban; que llamaban poderosamente mi atención. La mayoría de ellos estaban
provistos de penes demasiado largos y gruesos. Casi siempre me ponía a calcular
el tamaño que tendrían sus pitos y eso me encendía a más no poder. Y la verdad
es que yo, debo admitirlo con honestidad, nunca fui tan bien dotado en esa parte
de mi cuerpo. Tenía yo un pito normal, tirando más bien a pequeño, ni tan
delgado ni tan grueso, pero que por fortuna me había servido adecuadamente en
los encuentros sexuales con las conchas de las mujeres que me había cogido hasta
entonces, aunque a la verdad no habían sido tantas.



Sabía, por ejemplo, que a mi mujer le gustaba mi tolete, pues
cuando cogíamos se venía varias veces, gozando como poseída, y yo casi siempre
me esperaba para eyacular hasta el final. Y por si fuera poco, en ese tiempo se
me había presentado la oportunidad de follarme a una joven compañerita de
trabajo llamada Eva, muy linda por cierto, que estaba casada. Una vez al mes nos
encerrábamos en los moteles de las afueras de la ciudad para dar rienda suelta a
nuestros deseos más lascivos. ¡Y cómo disfrutábamos de las salvajes culeadas!
Eva me había dicho, en medio de esas confesiones mutuas que se dan después de
una placentera relación sexual, que Jorge, su marido, tenía la verga más grande,
larga y gruesa que la mía, pero que no la hacía gozar tanto como yo, porque él
siempre eyaculaba prematuramente, y que yo le gustaba más porque no era igual
que él. Y en efecto, yo siempre aguantaba la venida hasta que ella estaba llena,
cansada y sudorosa. Desde luego que sus palabras estimulaban mi ego y me hacía
sentirme un supermacho. Si. El clásico ego mal entendido del macho dominante.
Jummmm.


Por esa razón me preguntaba a mí mismo: ¿Qué estaba pasando
conmigo? ¿Por qué ese deseo tan intenso e irrefrenable por ver de pronto figuras
masculinas teniendo sexo? ¿Por qué ese afán tan manifiesto de admirar vergas
desnudas? ¿Qué oculta motivación me estaba llevando a disfrutar de esas
imágenes, supuestamente prohibidas para un macho tan machista como yo? En
realidad no lo sabía. Jamás lo supe. Lo cierto es que por semanas y meses me fui
hundiendo más y más en la desesperada ruta de la pornografía gay, auto
disfrutando de todo lo que veía, para después masturbarme con locura al final de
la noche, cuando llegaba al paroxismo de la lascivia, en la soledad de mi propia
oficina. Como es natural, poco a poco se fue acallando en mi interior aquella
voz silenciosa, quizá proveniente de mi masculinidad probada, que de modo
inaudible me decía que parara de ver todo aquello. Pero yo no hice caso. Como
era lógico, pronto abandoné los pocos prejuicios que me quedaban y me dejé
llevar por mis insanos instintos internándome sin tapujos en la jungla virtual
del homosex, descubriendo con avidez todo lo que los hombres pueden hacerse
entre ellos mismos, al disfrutar del sexo sin ambages. Allí aprendí de todo,
aparte del coito homosexual convencional. Admiré hombres metiéndose objetos en
el culo. Descubrí que algunos de ellos utilizaban vibradores realmente
gigantescos para masturbarse. En esas páginas aprecié las diversas poses en que
dos hombres pueden culear, mientras se deleitan en la manipulación de sus
propios penes. Definitivamente era un mundo totalmente distinto, atípico, nuevo,
pero que en definitiva me encantaba.



Mi casa estaba ubicada en una zona residencial un poco
apartada de la ciudad. La colonia se componía tan sólo de unas cincuenta casas a
lo sumo, separadas todas, rodeadas de un verdor espléndido. Por lo tanto, yo
tenía que recorrer en mi automóvil unos cinco o seis kilómetros desde la
oficina, para después desviarme y tomar un caminillo estrecho que me conducía a
ella. En realidad se trataba de una zona particularmente boscosa y llena de
árboles frutales, de una exhuberancia poco ordinaria. Casi toda esa región
estaba dedicada al cultivo de pastizales y de diversos tipos de sembradíos
agrícolas. Por falta de tiempo, jamás se me había ocurrido explorar las bellezas
boscosas que rodeaban el lugar, pero no por eso dejaba de admirar el bello
paisaje de altos e inmensos árboles de sombra cuando conducía de día por el
camino de acceso. Por esa misma razón, mi esposa y yo habíamos escogido aquella
zona para vivir, por la tranquilidad que significaba el poco tráfico y lo
apartado del sitio.



Pasaban los días y yo continuaba sumido en la exploración de
mi nuevas fantasías homosexuales, hasta que cierta noche decidí experimentar mi
acostumbrada sesión masturbatoria de un modo diferente. A fuerza de ver los
consoladores que los hombres utilizaban en los videos, se había despertado en
mí, de manera inconfesable, el irrefrenable deseo de meterme algo por detrás que
me hiciera sentir lo mismo que apreciaba en las imágenes. Ya deseaba probarlo;
lo confieso. Antes de eso, no puedo negar que en ocasiones, y sobre todo cuando
me bañaba, acariciaba mi esfínter con los dedos disfrutando de la suavidad del
agua jabonosa que se escurría lentamente por la línea curva de mi trasero.
Incluso había llegado a meterme varias veces uno de mis dedos hasta el nudillo,
moviéndolo después con intensidad y placer dentro de mi culo hasta que alcanzaba
el orgasmo. Pero la cosa no pasaba de allí. Así que ese día, por la tarde, había
ido premeditadamente a la farmacia cercana para comprar un tubo de desodorante,
de esos cilíndricos, y un bote de crema humectante, que bien podrían servirme
para gozarme como yo quisiera en la soledad de mi oficina. Y así lo hice,
escogiendo por supuesto el más largo y grueso que encontré. Por la noche,
después de haber navegado por horas en múltiples páginas gays, y hallándome
perdido en el paroxismo de la brama, no pude más y me desnudé por completo.
Saqué el objeto y lo unté con mucha crema; hice después lo mismo con la
entradita de mi culo y puse el tubillo sobre la silla. Luego me fui sentando con
suavidad sobre el alargado instrumento hasta que sentí que tocaba la puerta de
mi esfínter. La sensación que experimenté fue deliciosa. Lo confieso. Lo saboree
por largos instantes, así de fuera, tocándome solo la estirada puerta sensible
de mi culito, al tiempo que me movía suavemente sobre él. Poco a poco me lo fui
metiendo, haciendo círculos con mi grupa y moviendo mi culo lentamente, hasta
que un pedazo del objeto de plástico ingresó en mi rugosa oquedad. Me detuve un
poco al sentir un dolorcillo en el hoyo de mi culo. Lo saqué con cuidado para
dejar que la molestia pasara. Mientras tanto, continuaba haciendo clics y más
clics sobre los videos, en tanto la temperatura de mis deseos aumentaba a su
máximo nivel. Dándome cuenta que el dolorcillo había desaparecido, me animé a
intentarlo de nuevo. Repetí la maniobra con cuidado, no sin antes embadurnar
nuevamente con crema aquel tubo que aparentemente había de ser mi primer amante
artificial. Esta vez me fui sentando sobre él con calma, disfrutando de la
novedosa y lasciva penetración. Ahora ya no dolía. Por el contrario, me gustó.
Continué poco a poco impulsando mi cuerpo sobre él, hasta que advertí que se me
había metido más de la mitad. Me detuve de nuevo. Quería gozar de las extrañas
sensaciones que aquel intruso me producía en el apretado conducto anal. Observé
que mi pene estaba completamente parado, rebosando líquidos lácteos que
auguraban la primera venida. Me di a sobarlo con una mano en tanto que con la
otra me acomodaba mejor el tubito en mi trasero para mantenerlo firme. De vez en
cuando buscaba en la PC un nuevo video para excitar, más de lo que ya estaba, mi
calenturienta imaginación.



A los pocos minutos ya lo tenía casi todo dentro de mí.
Comencé a moverme despacio, sin prisas, cerrando ahora los ojos para acentuar
aún más las placenteras palpitaciones de mi esfínter, que ansiosamente me pedía
tragarse de un golpe todo el objeto del deseo. Pero yo sabía que no debía
meterlo todo. El riesgo que conlleva hacerlo podría tener consecuencias. Sólo
quería gozar. Necesitaba hacerlo. Quería saber lo que sentían aquellos hombres
que había visto en la Internet, cuando se insertaban cosas por detrás, como yo
lo estaba haciendo ahora. En un momento dado, seguramente ayudado por la
abundante cremosidad, el tubo se me hundió de repente, provocándome las más
ardientes sensaciones que había sentido en mi vida. Quise apretar el culo para
tragármelo hasta el fondo de mis intestinos, hasta donde pudiera llegar. Pero el
temor me instó a sacarlo. Bajándome de la silla y poniéndome en cuclillas, pujé
con fuerza, metiéndome dos dedos por el conducto, hasta que logré desaforarlo de
la herramienta. Ahora me había dado cuenta que cuando uno se traga todo el
objeto se siente mucho más rico; mucho más delicioso. Debía ser por el sensible
efecto que la fina piel del esfínter experimenta al abrirse y cerrarse de
repente. Pero no quería correr riesgos. De pronto me vino una idea. Si pudiera
amarrarle unas ligas, quizás podría absorberlo totalmente y sin riesgos,
controlando a mi capricho la regia succión. Y así lo hice. Abrí el escritorio,
amarré varias ligas unas con otras hasta formar una suerte de collar, largo y
elástico, y lo até en el extremo del tubo abriendo antes la tapa. Cerré de nuevo
el cilindro apretándolo con fuerza; lo embadurné otra vez de crema y volví a
ponerlo sobre la silla. Para entonces se habían apoderado de mí ciertos
temblores que casi no me dejaban actuar. El objeto aquel se bamboleaba entre mis
manos estremecidas de deseo. Tan fuerte era mi brama. ¡Qué delicia!



Me lo coloqué en posición de ataque, con mi culo apuntando a
la punta roma del desodorante. Me fui sentando nuevamente con lentitud, con la
finalidad de disfrutar al máximo de la ansiada introducción. En tanto que mi
esfínter se abría, mi verga se ponía más tensa. Algunas gotas de leche seguían
asomándose por la punta de mi pito parado y se derramaban a lo largo del tronco
endurecido. Tomé un dedo y lo puse sobre la redonda gotita de blanco elíxir, que
apenas quería deslizarse hacia abajo por mi verga palpitante. Llevé la lechosa
humedad hacia mi boca y la succioné con avidez. ¡Qué rico sabor tiene mi leche!
¡Mi propia leche! Mi dulce atacante, mientras tanto, seguía ingresando por el
laberinto oscuro de mi trasero. Las sensaciones eran realmente increíbles.
Llegué a pensar en lo tonto que había sido al no descubrir antes aquellas
delicias de la carne. Pronto sentí que el tubillo penetró totalmente mi
conducto. Me detuve. Hice clic de nuevo sobre otro video. Lo que veía me
embramaba aún más de lo que ya estaba. Un hombre le estaba metiendo la verga al
otro, en tanto mantenía una de sus manos agarrando su parada verga.
¡Sensacional! Las ganas de venirme me apremiaban. Volví a detenerme. Necesitaba
hacer una pausa para obstruir el aluvión de semen que amenazaba con salir de mi
enhiesto pene. Dejé pasar un par de minutos. La sensación de la venida se
esfumó. Ahora sí podía intentarlo de nuevo. Reanudé los movimientos con mis
nalgas abiertas en tanto el aparatito seguía deslizándose hacia dentro. Y
entonces me penetró. Sentí que se me fue. Los pliegues de mi esfínter se
dilataron al máximo para recibir al intruso, que lentamente se fue perdiendo en
el estrecho conducto rectal. ¡Qué sensación tan increíble y maravillosa! Quienes
lo hayan probado, sin duda sabrán de lo que estoy hablando.



Por horas y horas me mantuve reteniendo la eyaculación, al
tiempo que devoraba con mi culo aquel instrumento hundido hasta lo más profundo
de mis intestinos. Hasta que llegó el momento del gozoso orgasmo. Fue
inevitable. Los ríos de leche me sacudieron todo el cuerpo, al tiempo que hacía
esfuerzos supremos por tomar la copiosa lluvia blancuzca entre mis manos. Un
poco de leche fue a parar al piso. Pero logré atrapar un buen caudal de mi
pegajosa savia. En medio de los estertores de la venida y completamente poseído
por la brama y la lujuria del momento, llevé mis dos manos a mi cara y me
embarré una y otra vez con aquel líquido parduzco. Lo sentí tibio, casi
caliente. Podía sentir claramente su característico olor a leche. Puse mis manos
en mi boca para degustar un poco de líquido lácteo. Estaba descubriendo cosas
nuevas y deliciosas. No había duda. De pronto, una nueva venida me tomó por
sorpresa. Maldije no haber previsto la segunda tormenta de leche, que arribó sin
aviso. La mayor parte de mi semen fue a parar al suelo. Como un loco me bajé de
la silla y recogí toda la que pude para bebérmela con delectación. ¡Qué rico era
saborear mi propio semen! Despertaba en mí las sensaciones más voluptuosas y
candentes. Era la primera vez que lo probaba abiertamente. Y lo cierto es que yo
mismo estaba ahora descubriendo que me gustaba comérmelo. Tras esos instantes de
lujurioso frenesí, retorné al asiento para seguir deleitándome con el tubo
dentro de mi culo. Más pronto de lo que esperaba, un nuevo aluvión volvió a
salir con fuerza de mi parado pito. ¡Era increíble! Jamás había logrado tres
eyaculaciones sucesivas. ¿Qué me estaba pasando? ¿Acaso era posible que un
hombre se viniera tres veces seguidas, sin que se le acabara la leche?
¡Maravilloso! Para mi sorpresa, un cúmulo de nuevas palpitaciones de mi culo me
llevaron al paroxismo de la lujuria, provocando de inmediato una cuarta
eyaculación; eso sí, menos copiosa que las anteriores. ¡Oh, cuánta leche estaba
derramando! Aquello era un prodigio. Y aquí si que me di gusto saboreando mis
propios elíxires, poniendo especial atención en saborearlo lentamente, como si
fuese el bocado más exquisito que un hombre pueda probar en su vida.



Disfrutaba a más no poder de aquella tormentosa sacudida
láctea, tan abundante por cierto, que confieso que me llenó de placer y
satisfacción desconocidos. Con el paso de los minutos, poco a poco mi furor se
fue calmando. Había alcanzado cuatro venidas casi sucesivas, como nunca lo había
logrado en mi vida. Era algo increíble para mí. Anonadado por el suceso, pero
contento de mi descubrimiento, me di a limpiar los restos de semen del suelo con
toallas sanitarias. Limpié también mis manos, completamente embarradas del
cremoso líquido. Después me agaché para sacarme del culo a mi compañerito de
juegos. Tome la punta del collar de ligas que tenía entre mis nalgas y tiré
suavemente de ella. Sentí cómo el tubo intruso iba saliendo poco a poco,
resbalando por las paredes de mi cavidad rectal. Era delicioso sentirlo ahora de
salida. Era una sensación muy parecida al acto de defecar. Era como si lo
estuviera cagando. Por fin lo tuve en mis manos. Observé el instrumento de mis
deseos con extremo placer, dándome cuenta de que tenía restos fecales a su
alrededor. Tomé más papel y comencé a limpiarlo cuidadosamente. Tenía que
dejarlo reluciente, pues de ahora en adelante pensaba guardarlo bajo llave en mi
escritorio para utilizarlo cuantas veces quisiera. Después de limpiarlo bien con
crema, lo metí en un sobre de papel y lo escondí entre mis cosas del cajón.
Luego cerré con llave el escritorio. Me puse la ropa, abrí mi oficina y me fui
al cuartito de baño. Necesitaba asearme el trasero, la cara y las manos. Después
de salir del baño, regresé a mi privado. Apagué la computadora, salí de la
oficina y me dispuse a irme a casa.



Cuando subí a mi automóvil vi el reloj. Casi las tres de la
mañana. ¡Caray! Mañana tengo junta a las diez. Hay que irse a dormir. Tomé el
camino rumbo a mi casa. Conduje por la carretera hasta llegar a la desviación.
Doblé el recodo y divisé a lo lejos las oscuras siluetas de las primeras casas
de la colonia. Las lámparas de calle alumbraban tenuemente la densa oscuridad
del entorno. Cuando llegué al pequeño círculo de césped que adornaba la entrada
de la calle, las luces de mi coche alumbraron una figura masculina. Frené el
auto para rodar más despacio. Distinguí al hombre parado en el centro de la
glorieta, fumando un cigarrillo, mientras sostenía su bicicleta con las manos.
Me detuve por completo frente a él y bajé el cristal.



-Buenas noches, patrón, ¿Ya a descansar? –me dijo con una
sonrisa-


-Si, José….como siempre se me hizo tarde. –le contesté-


-Ya son más de las tres. Usted siempre trabaja hasta muy
tarde. –volvió a decirme-


-Si….en realidad hay mucho trabajo…ya sabes que por eso
siempre salgo tan tarde.


-Ya lo creo que sí…usted me lo ha dicho. Siempre lo veo
llegar de madrugada…


-Así es, José, pero qué le vamos a hacer….hay que cumplir…
¿Qué novedades hay?


-Nada…todo tranquilo –me respondió-


-Bien…pues entonces nos vemos mañana. –le dije-


-Si…está bien….lo acompañaré hasta su casa.



Siempre lo hacía. Realmente mi casa quedaba tan sólo a la
vuelta de la cuadra. Así que adelanté el automóvil lentamente hasta llegar a la
entrada de mi cochera. Me bajé del auto y saqué la llave para abrirla. Y como
siempre, allí estaba José detrás de mí, viéndome maniobrar el candado. Abrí las
dos hojas de hierro de la entrada. Me subí al auto y lo aparqué en el garage.
Apagué el motor y salí de nuevo. Como siempre lo hacía, José estaba montado en
su bicicleta, con un pie sobre la calzada. Era un hombre como de mi misma edad,
posiblemente unos dos años menor que yo, de aspecto juvenil pero rústico. Ambos
éramos casi del mismo perfil corporal, casi tan alto y delgado como yo. En
realidad nos habíamos hecho amigos con el paso de los años, pues ya llevaba
tiempo trabajando de velador en nuestra zona habitacional. Todo mundo lo conocía
y la mayoría de los vecinos le apreciaban por su dedicada labor de vigilancia
nocturna. No había noche que faltara a su trabajo. Su rutina era llegar como a
las nueve de la noche y abandonaba la colonia a las seis de la mañana. Yo
siempre lo veía cuando regresaba de la oficina, ya de madrugada. A veces lo
ubicaba en el mismo lugar, en la glorieta de la entrada, fumando un cigarrillo
tras otro. Quizás lo hacía para no dormirse. Otras, recorriendo despacio en su
bicicleta las calles de la zona residencial. De esquina en esquina se detenía y
soplaba su silbato. De esa manera los vecinos sabíamos que él vigilaba. Aunque
lo cierto es que el lugar donde habitábamos había sido siempre un sitio
tranquilo. También lo veía a veces los sábados, cuando estábamos en casa, cuando
se dedicaba a cobrar su cuota semanal. Todos los fines de semana, durante el
día, José los dedicaba a cobrar su sueldo. Cada uno de los vecinos le
aportábamos una cantidad fija, poca en realidad, que le ayudaba a sobrevivir y a
sostener a su familia. Sabía por su propia boca que era casado, tenía dos niños
pequeños, y ahora su esposa estaba embarazada esperando el tercero. Sus
facciones, aunque agradables, denotaban a leguas su origen campesino. Y también
su vocabulario y su modo de expresarse. Pero era un tipo sencillo, amable y
honesto.



En las breves pláticas que habíamos mantenido por las noches,
José me había contado que había nacido en un rancho lejano, perdido en la
inmensidad de la sierra, y que su padre lo había perdido todo en una mala
cosecha, cuando entró un fuerte huracán que devastó la región. Fue entonces
cuando el viejo decidió venirse a la ciudad con su familia. Y fue aquí en la
ciudad donde conoció a su esposa, una chica humilde pero de agradable carácter.
A veces su mujer lo acompañaba los sábados y domingos en la colecta de su
salario. Tanto a mí como a mi esposa nos la había presentado en cierta ocasión.
José era el prototipo clásico del rústico campesino iletrado, que apenas había
estudiado la primaria, y que por lo mismo se dedicaba a hacerla de vigilante. No
sabía hacer otra cosa más que trabajar en el campo. Pero en la ciudad no se
podía dedicar a eso. A nosotros realmente nos agradaba la pareja. Muchas veces
le ayudábamos con algún dinero, sobre todo cuando alguno de sus hijos enfermaba,
o cuando se presentaba alguna necesidad familiar apremiante. Por esa razón el
joven estaba agradecido con nosotros y consecuentemente se mostraba más que
solícito conmigo cuando llegaba a casa.



Saqué un billete de cien pesos y se lo di. José lo tomó en
sus manos y lo guardó diciéndome:



-Gracias, don Joel….usted siempre dispuesto a ayudarme. Viera
que hay gente de aquí mismo que nunca me da nada. –Me dijo sonriente-


-No José…tú te lo ganas con tu trabajo. –le respondí-


-Con esto le compraré leche a mi pequeño….le juro que no
traigo nada en la bolsa. –Me comentó con la típica sinceridad de los campesinos-


-No agradezcas nada, José….te repito que tú te lo ganas.
Bueno ya tengo que acostarme, porque me voy temprano a la oficina.


-Que usted descanse –me contestó, subiendo a su bicicleta y
retirándose por la calle-



Entré en mi casa. Subí a la alcoba, donde vi a mi esposa
durmiendo plácidamente. Mientras me desnudaba para meterme en la cama pude oír
los silbatazos que José emitía con fuerza en cada esquina, con intervalos de
varios minutos. Pensando en eso, me quedé dormido.



 


 


 


 


 


 


Cap. II



Querida Incestuosa:



Pasaron las semanas entre el ajetreo del trabajo y mis
acostumbradas sesiones de autocomplacencia nocturna, metido en las páginas gay.
Desde el día aquel en que por primera vez había gozado con el tubo de
desodorante, éste se había convertido en mi amante silencioso, acompañándome en
las sudorosas noches de lujuria oculto en la secresía de mi propia oficina. No
había noche en que no lo disfrutara intensa y voluptuosamente, metiéndomelo en
el culo todo embadurnado de crema. Los deslizamientos que me provocaba en el
interior del esfínter eran una delicia para mí. Había descubierto una nueva
forma de darme placer hasta alcanzar las más intensas venidas de mi vida. ¡Y
vaya que lo disfrutaba! Casi todas las noches me entregaba al desenfrenado y
excitante placer de meterme el tubo por el ano, viendo que cada día lo gozaba
más y más, al tiempo que veía videos de hombres culeando. Las sensaciones que me
producía la penetración eran francamente inigualables. Por supuesto que eso era
algo que le ocultaba por completo a mi esposa. Yo sabía muy bien que debía
mantenerlo en secreto. Y sólo los días en que tenía que salir de viaje por
razones de trabajo, me privaba de la lujuria desbordada de mi propia pasión,
viendo videos y fotos de hombres culeando, con el consolador metido hasta el
tope en mi ardiente trasero. Pero cuando regresaba, de inmediato retomaba yo mis
calientes costumbres, entregándome sin pudor a mis lascivas maniobras anales. Me
acostumbré tanto a esas calientes prácticas, que pronto tuve que buscar algo
mucho más grueso y largo, pues sentía que mi propio culo me pedía más placer. Al
parecer, el desodorante de mis amores se estaba convirtiendo por lo visto en
rutina, aunque no por eso dejaba de disfrutarlo casi a diario. Igualmente me
convertí en el cibernauta más asiduo a las páginas de homosexuales, e incluso me
suscribí a algunos sitios de paga, donde podía deleitarme con mucho mayor gusto
y amplitud que en los sitios free.



Y siempre que regresaba a casa, como siempre de madrugada, me
encontraba con José, el vigilante. Todas las noches me detenía e
intercambiábamos alguna corta plática. Luego me acompañaba hasta la cochera y
después se retiraba. Cuando tenía dinero, le daba uno que otro billete, cosa que
él me agradecía profundamente. José siempre me decía:



-Ya sabe, don Joel, cuando haya algún problema que resolver,
usted nadamás dígame a mí, que yo me encargo. No importa lo que sea. Cualquier
cosa, ya sabe usted.



Yo me reía de sus ocurrencias. Pero no había duda de que el
muchacho, por agradecimiento, estaba dispuesto a hacer lo que fuera por mí.
Confieso que hasta esta parte de mi historia no se me había ocurrido para nada
acercarme a algún hombre para tener sexo en vivo. En el fondo seguía sujeto a
mis principios de mostrarme como el padre de familia que era, guardando con ello
mi reputación de la mejor manera posible. Yo era, en realidad, un hombre
respetado, al igual que mi familia. Teníamos varios amigos en la colonia, a
quienes en ocasiones frecuentábamos los fines de semana. Pero nada más. Mi
esposa Ana también era muy apreciada en la zona habitacional. Algunos sábados,
cuando me levantaba, a veces al filo del mediodía, había encontrado a José
platicando con ella y con mis hijos. Se veía que el velador había trabado cierta
amistad con mi familia. Mis niños también lo querían, especialmente porque
portaba su arma, siempre metida en un costado de su pantalón. A veces ellos le
pedían que se la mostrara. Pero José, con toda precaución, sólo se las enseñaba
de lejos. Mi esposa y yo nos reíamos cuando eso sucedía. Últimamente siempre le
preguntábamos cómo iba el embarazo de su mujer. Y a José le agradaba el interés
que nosotros mostrábamos por saber de sus seres queridos.



Con el paso del tiempo, aprovechando uno de mis viajes, ya
había yo conseguido comprar un dildo de látex en forma de verga, firme, grueso y
movible, provisto de una bola gorda como base, que simulaba a la perfección los
huevos masculinos. El objeto aquel me encantó desde que lo vi. Era un pene
artificial de una plasticidad increíble. Por supuesto que de inmediato me
deshice de mi antiguo tubillo de desodorante, compañero de tantas batallas
nocturnas, para dar paso a aquel salvaje y bello instrumento que de tan solo
mirarlo, despertaba en mi interior las más bajas pasiones que se pueda uno
imaginar. Como he dicho, mi culo me había estado pidiendo últimamente más
llenura, y de plano aquel extraordinario pito me procuró las complacencias más
lascivas, haciéndome gozar hasta lo indecible. Las noches que pasaba encerrado
en mi privado eran ahora de una lujuria insoportable, debido sobre todo a la
gran maniobrabilidad con que mi culo podía manejar aquella nueva herramienta del
placer. Por otra parte ya era un gran consumidor de cremas humectantes, de las
que pronto daba cuenta a causa del frecuente uso del dildo. Además, a mi me
encantaba ensartarme a mi amiguito manteniéndolo siempre cremoso y deslizante.
Sin duda asociaba el olor tan característico de aquel catalizador, con mis
calientes y maravillosas sesiones onanísticas. Así que procuraba usar la misma
marca. Y ahora, con mi nuevo juguete, me entregaba a las más salvajes y
desbordantes noches de perversión, con aquel nuevo consolador que tanto placer
me proporcionaba.



Jugaba con él con descaro, mientras veía como siempre los
videos gay. Para hacer más intensos los escarceos preliminares que me llevaban a
las fronteras del gozo y del deseo, me lo metía antes en la boca y lo mamaba
goloso, imaginándome que tenía en la boca la verga de uno de esos hombres que
veía en la pantalla. Solía igualmente tallarlo previamente por todo mi cuerpo
desnudo, por mi rostro y mis pechos, y por las duras bolas de mis nalgas,
sintiendo el suave roce del singular material de látex sobre mi piel
estremecida. No puedo describir con certeza todo lo que gozaba a solas en esas
noches de lujuria extrema. Simplemente puedo decir que para mi era algo tan
extraordinariamente caliente que no deseaba dejarlo de hacer jamás. A pesar de
las salvajes penetraciones que me hacía yo mismo con aquella verga de hule,
gruesa y larga, notaba que mi culo se mantenía firme y cerrado. Me parecía
inconcebible que al otro día de haber jugado con el tremendo instrumento, mi
culo volviera a adquirir fácilmente las diminutas dimensiones de siempre.
Parecía como si jamás me hubiese metido nada por detrás. Era como si jamás me
hubiera roto yo mismo el esfínter. Casi siempre, cuando me bañaba, me ponía a
observar mi hoyito trasero con un espejo entre mis piernas. En ocasiones ponía
el espejo en el piso y me agachaba para verme bien la entradita. La sonrosada y
peluda estrella de mi esfínter aparecía incólume en el reflejo. Y aquello me
agradaba. Y también me daba ánimos para continuar sin ningún temor con mis
fantásticas prácticas anales.



Cierta noche de calenturienta brama, sintiendo que era tanta
mi lascivia por penetrarme más profundo, y teniendo el dildo metido hasta el
tope, advertí gozoso que mi culo me pedía más y más verga. No sé a qué
atribuirlo, pero lo cierto es que yo sentía que esa noche no me llenaba; como
que me faltaba algo. Me daba cuenta de la insaciable exigencia de mi trasero por
ser llenado con una cosa mucho más gruesa. Entonces se me vino la loca idea de
probar a metérmelo al revés. Sólo de ver la tremenda bola que formaban los
huevos, hizo estremecer mi cachondo ano. Pero ahora tenía esa fijación en mi
mente. ¿Me cabría todo eso, tan grueso y palpitante, dentro del apretado hoyito
de mi culo? Recordé las imágenes de la mañana, cuando había visto mi pequeño
hoyito reflejado en el espejo, y un intenso temblor me invadió por dentro. Era
algo casi imposible. Pero la angustiosa petición de mi conducto pudo más. De
modo que, embarrándolo todo de crema, me dispuse a gozar de aquel novedoso reto,
que ya de tan solo pensarlo provocaba en mi verga intensos estertores de brama.
Me senté sobre la silla y subí las piernas totalmente abiertas sobre la mesa del
escritorio. Coloqué los huevos humedecidos en la entrada de mi culito, y comencé
a empujar con mis manos aquella pelota de látex, intensamente gruesa y deforme.
Debo decir que los primeros intentos fueron vanos e inútiles. Pero con paciencia
e inteligencia, le fui encontrando poco a poco el modo. Dándome cuenta que
necesitaría de algún ingenioso mecanismo que lanzara dentro del interior de mi
conducto aquella herramienta sin par, decidí doblarlo completamente, quedando la
punta por así decir pegada al borde de la base de los huevos. Aparecía ahora
como una verdadera verga doblada por completo. Pensé que eso, con un pito
natural, sería imposible de hacer. Pero con aquel instrumento sí que se podía.
Sonreí gustoso por haber tenido ese pensamiento tan genial. Apreté el doblez con
mi mano, tomé una liga y la amarré alrededor del doblado falo. Acto seguido me
lo volví a colocar en el centro de mi hoyito trasero, que sentía palpitar de la
intensa brama que experimentaba. Habiéndole echado suficiente crema, me fui
sentando lentamente sobre el apreciado instrumento, hasta que después de varios
intentos conseguí que por fin fuera ingresando poco a poco en mi culito.



Cuando advertí que ya tenía adentro más de la mitad, así
doblado como estaba, recorrí con mis dedos la liga y la fui quitando poco a
poco. Ya sin la amarra de por medio, me volví a sentar con fuerza sobre él,
dándome cuenta que al fin se me metió por completo. Lo que siguió después fue lo
más maravilloso que me ha sucedido en la larga historia de mis tormentosas
masturbaciones en solitario. El dildo, despojado de su atadura, y después de
haberme penetrado totalmente, se fue desdoblando dentro de mi cavidad rectal,
abriendo gradualmente las paredes de carne de mi conducto, que pronto se dilató
como si fuese de hule espuma. Sentí claramente cómo aquel largo pito de látex se
revolvía furioso dentro de mis intestinos, tratando de volver a su forma
natural. Ay. Definitivamente fue algo glorioso. El objeto, con la fuerza natural
del hule macizo de que estaba construido, se desdobló al fin produciéndome las
más exquisitas y terribles sensaciones de lujuria que haya sentido antes. Los
orgasmos que alcancé esa noche fueron incomparables; de campeonato. Debí haber
eyaculado como seis o siete veces seguidas, en una lluvia torrencial de semen
que me transportó al otro mundo. ¡Qué fascinante y fantástico era todo aquello!
Sin duda alguna había descubierto una nueva forma de masturbarme, que rebasaba
con mucho las cosas que hasta ahora había hecho. De modo que convertí aquel
hermoso instrumento en mi amante favorito, tratándolo con mucho cariño a causa
de la lujuria que me proporcionaba. Lo besaba, lo lengüeteada y lo acariciaba
como si fuese un pene de verdad. Le decía palabras bonitas, palabras de amor,
cual nunca imaginé decirlas jamás, demostrando en la intimidad mi eterno
agradecimiento por los placeres recibidos de su parte. Lo trataba como si fuese
un instrumento con vida propia. Las fantasías desbordaban mi calenturienta
mente, haciendo cosas indecibles durante los tremendos momentos de brama tan
intensa. ¡Todo aquello ere fantástico! Me daba cuenta que aparte de mi tendencia
y gran gusto por los placeres anales, también me estaba transformando en todo un
fetichista adorador de objetos fálicos.



El tiempo siguió su curso sin que mis ansias menguaran en lo
absoluto. Advertía que debido a mi juventud en plenitud, estaba gozando con
aquellos extraños y nocturnos aquelarres sexuales de un modo realmente
fantástico. Debieron pasar muchos meses antes de que sucediera lo que ahora os
voy a confesar. Todo comenzó cierta noche en que regresaba a casa de madrugada.
Como era mi costumbre, acababa de disfrutar en la soledad de mi oficina de una
de mis sesiones masturbatorias más intensas, y sentía que no me quedaba una sola
gota de leche en los huevos. Pero la satisfacción iluminaba mi rostro. Me sentía
pleno y lleno de gozo. Desde que doblé el recodo para entrar en la zona
habitacional, vi que José había dejado su bicicleta sobre la calzada y me que me
hacía señas con una mano. El joven conocía perfectamente todos los automóviles
de la colonia, y en especial el mío, pues yo era siempre el último en llegar a
mi casa. Al parecer me estaba esperando. Llegué junto a él y bajé el vidrio.
José me dijo:



-Oiga, don Joel, fíjese que acabo de ver a unos tipos
cruzarse la alambrada que da hacia el bosque…y de plano les aventé un tiro al
aire. No pude evitarlo.


-¿En serio? ¿Y cuándo fue eso? ¿Crees que sean ladrones? –le
pregunté alarmado-


-Pues no lo sé….la verdad no los reconocí….pero quiero irme a
dar una vuelta para ver si regresan. –me contestó-


-Mmmm –le respondí dudoso- Mejor no te metas en problemas. Si
les disparaste, estoy seguro que no regresarán. Sería mejor que vigilaras bien
las casas.


-No, no, déjeme explicarle. Sucede que ayer vino una patrulla
de la policía para alertarme de que andan robando en las otras colonias que
están pegadas a la carretera. Y no quiero que aquí pase una cosa así. –me dijo
decidido-



Vi que tocaba la cacha del arma sin cesar y que además estaba
como ansioso. Seguramente se había asustado al verse obligado a disparar. Me
quedé pensativo por unos instantes sin saber qué decir.



-Bueno ¿Y qué crees conveniente hacer? -le pregunté-


-Yo digo que sería bueno que fuéramos a ver donde le digo. No
quiero ninguna sorpresa en esta colonia. Es la colonia que cuido, y usted sabe
que soy capaz de jugarme la vida por ella.


-Oh José –le respondí- Por favor no te lo tomes tan a pecho.
Hay que tener cuidado con esas gentes.


-Si, lo sé –me contestó- Pero es que los vi cruzar…créamelo.


-Lo sé, José….yo te creo.


-¿Entonces que dice? ¿Me acompaña usted?



Sin responderle nada eché un vistazo hacia la oscura zona que
me había señalado.



-Pero no se ve nada –le dije-


-No, claro. Pienso que con el disparo que hice, debieron
esconderse muy bien….pero no estoy seguro.


-Bueno, ¿Y entonces qué hacemos? –le pregunté-


-No quisiera ir en mi bicicleta porque es arriesgado. Y mi
lámpara casi no alumbra. Por eso lo estaba esperando para ver si usted iba
conmigo en su coche. Así, con las luces del auto, podremos checar mejor.


-Está bien, vamos –le contesté-


-Sólo déjeme guardar mi bicicleta en aquel portal y nos vamos
–me dijo retirándose-


-Aquí te espero.



Cuando José regresó, le abrí la puerta de copiloto y se metió
en el coche. Yo le pregunté:



-¿Por donde nos vamos? La verdad no conozco para nada estos
caminos –le dije con sinceridad-


-No se preocupe…yo lo guiaré…agarre derechito por esta calle
y vamos a doblar en aquel recodo. Allí en la mera esquina está la caseta donde
resguardan la bomba de agua que surte a la colonia. La vigila un señor, a quien
conozco, pero a estas horas siempre está durmiendo. A veces me vengo para
hacerle plática, pero casi nunca me contesta. Al dar la vuelta verá un caminillo
que nos llevará directo al bosque.



Conduje lentamente por donde él me decía. Vi que mientras
tanto, José ya había sacado su arma y la llevaba en la mano, escudriñando una y
otra vez los altos y oscuros árboles del costado del camino. Pronto llegamos a
la caseta, doblé a la izquierda y entramos en un sendero terroso, donde apenas
si cabía un sólo vehículo. Voltee a ver la pequeña casita que estaba a oscuras.
Puse las altas pero luces sólo me mostraban los intensos y altos pastizales que
se alzaban a los lados. Avanzamos como cuatro de kilómetros, ahora con las luces
bajas, alejándonos cada vez más de la colonia. José iba en silencio y yo
también. Después de un rato de avanzar, arribamos a un sitio mucho más tupido y
boscoso, donde prácticamente el camino se perdía, viendo solamente frente a
nosotros los matorrales y el verde follaje. Puse la luz alta y le dije:



-Oye, José…parece que aquí se acaba el sendero. No puedo
seguir más adentro. –le dije-


-Así es, patrón. Para allá ya no hay camino. Pero fue hacia
acá donde esos cabrones salieron corriendo –me contestó- Deje usted que me baje
para echar un vistazo.



Abrió la puerta y yo me quedé sentado dentro del auto. Vi,
entre la oscuridad de la noche, cuando José se metió entre el intrincado
follaje. Como pasaran casi veinte minutos y no regresaba, decidí bajarme del
coche y me metí en la intrincada espesura, con la intención de seguirlo. La
verdad me sentía demasiado cansado para estar esperando tanto tiempo. Avancé
entre los matorrales hasta dar más adelante con un clarillo bordeado de altos
árboles con inmensos copos. Reconocí que no obstante la oscuridad, aquél era un
sitio solitario muy agradable. Caminé un poco y exploré entre las sombras, pues
la luna alumbraba con poca claridad el lugar. Pero no veía a José por ningún
lado. Me acerque al tronco de uno de los árboles y me senté a esperar, pensando
que quizás debía haberse adentrado hacia el lado extremo del claro, donde la
densidad del follaje se volvía a hacer más intenso. Pasaban los minutos y todo
seguía silencioso. Comenzaba ya a desesperarme, cuando escuche un leve siseo.
Dirigí mis ojos hacia el lugar de donde provenía el ruido, y distinguí la figura
de José, acuclillado detrás de unos matorrales, como a treinta metros de donde
yo estaba. Él me hizo señas indicándome que me acercara. Me levanté y caminé
despacio hasta donde se él encontraba. Cuando llegué me hizo la señal de
silencio con su mano y me instó a que me agachara junto a él. Hice lo que me
pedía y le pregunté en voz baja:



-¿Qué pasa? ¿Viste algo? –le pregunté-


-Si –me dijo- Vi un par de siluetas correr allá adelante –me
respondió indicando la dirección con el dedo-


-¿En serio? Oye, no se te vaya a ocurrir volver a disparar.
No sabemos de quién se trata. Podrías cometer una grave equivocación. –le
aseguré para calmarlo-


-No. –Me contestó- Es sólo que quiero asegurarme de que no
regresen por acá.


-Está bien –le dije- Pero no puedo estar mucho tiempo aquí.
Necesito dormir. Deben ser cerca de las cuatro de la madrugada.


-No se preocupe usted. Esperemos solamente un ratito más.



Continuamos los dos en estado de alerta, acuclillados detrás
de la espesura en el bordecillo del claro. Una leve y acariciante ventisca,
propia de la madrugada, soplaba apacible, meciendo suavemente las copas de los
árboles. El agradable susurro proveniente de las ramas que se movían, se
escuchaba claramente. Pude sentir el olor a sudor que el cuerpo de José
despedía. El joven usaba una camisola de algodón, de ese color beige tipo
militar. Seguramente yo debía oler a crema humectante –pensé sonriendo para mis
adentros-. Suspiré profundo y volví a sentir el olor acre que despedía su cuerpo
bajo su gruesa camisa. Seguramente el andar en bicicleta le hacía sudar
demasiado. Los minutos pasaban y yo no dejaba de percibir el singular aroma del
cuerpo del velador.



-Creo que no vendrán –le dije-


-Si. De seguro se escurrieron. Pero mañana estaré atento para
que no me sorprendan otra vez. –me contestó-


-Está bien. Será mejor que regresemos.


-Si, vamos.



Nos levantamos y caminamos hacia el claro. Un poco más
tranquilo, volví a admirar la belleza del lugar y la extraña soledad que lo
rodeaba. Los rayos de luna se esparcían sobre el verde musgo, haciéndome sentir
relajado. José sacó la cajetilla de cigarros y me ofreció uno:



-¿Quiere fumar? –me ofreció-


-Si. ¿Por qué no? Me apetece un cigarrillo –le respondí-



Tomé el cigarro y me lo puse en los labios. José hizo lo
mismo, buscó las cerillas en el bolso de la camisa y encendió una lumbre. Aspiré
el fuego con mi boca y exhalé al aire el humo caliente. Los dos nos quedamos
unos instantes parados en el centro del claro.



-Ah –le dije- Qué lugar tan hermoso. Viviendo tan cerca y
jamás imaginé que existiera.


-Si –me contestó- Está muy bonito aquí. Es un lugar muy bueno
para sembrar. Pero quien sabe de quien será. Si me lo prestaran, sembraría
algunas patatas.


-¿Tú ya habías venido aquí antes, José? –le pregunté
interesado-


-Si, muchas veces. He estado buscando algún lugar para ver si
me lo prestan y siembro alguna cosa. Hay que buscarle, don Joel.


-Si, claro. ¿Y has encontrado algo?


-No, para nada –me respondió- Lo cierto es que nadie viene
por aquí. De vez en cuando, en mis rondines, me doy una vuelta hasta acá por si
acaso. A veces me fumo un cigarrillo contemplando las estrellas. Me gusta ver
como alumbran. Aquí se ven claritas claritas.


-Oh qué delicia –le dije- Ciertamente es un sitio muy
placentero.


-Se ve que le gustó aquí ¿Verdad?


-Si. Me gustó mucho. –le contesté- Está como escondido. Ahora
mismo nadie sabría que estamos aquí.


-Pues cuando quiera usted venir, nomás dígame y yo lo
acompaño. Hasta podemos fumarnos un cigarro y tomarnos una cerveza. Le aseguro
que nadie nos molestará, y menos a estas horas.


-Si, no es mala idea –le dije sonriendo-



Habiendo acabado de fumar, caminamos hacia el auto. Yo le
seguía mientras él se abría paso entre el follaje. Llegados al vehículo, nos
subimos y arranqué el motor, dándome la vuelta con cuidado para regresar por el
sendero de tierra. José me dijo:


-Mañana le diré a la policía todo esto que pasó. Quiero que
estén enterados por si las dudas.


-Si –le dije- Será mejor que lo hagas. Y ándate con cuidado.



Volvimos a pasar por la pequeña caseta de la bomba de agua y
volví a mirar hacia allá. Estaba en penumbras. Doblé la esquina y alcancé la
calle pavimentada. Cuando llegamos al lugar donde había guardado su bicicleta,
José se bajó del coche y me agradeció por haberlo llevado. Yo le dije que no
había problemas, que como vecino era mi obligación ayudarlo. Al fin y al cabo
era mi colonia. Me despedí de él y le dije gustoso:



-Quizás unos de estos días te pida que me acompañes al claro
para tomarnos una cerveza. Ese lugar es de una belleza increíble. Y me gusta la
soledad que hay allí.


-Cuando usted quiera, patrón. Ya sabe que estoy para
servirle. –me dijo estrechándome la mano-


-Gracias, José. Entonces hasta mañana.


-Hasta mañana y que descanse usted.



Conduje lentamente hasta mi casa pensando en la hermosura del
follaje de aquel sitio tan escondido. No cabía duda de que el claro era un lugar
perfecto para estar a solas con alguien.



Al día siguiente, estando en la oficina, por alguna razón
venía a mi mente el recuerdo de lo sucedido la madrugada anterior. Pensé en
José, cuando ambos estábamos en cuclillas escondidos entre la espesura. Volví a
sentir sus olores. Era el típico olor intenso del sudor de un hombre de campo.
Ya veía que José no se perfumaba como yo. No tenía recursos para eso. Apenas si
debía alcanzarle el dinero para mantener a su familia. Pero al fin y al cabo era
su olor natural. El típico olor de un hombre de campo. Cuando me quedé solo en
la oficina volví a encerrarme para hacer las delicias de mi culo con mi amante
favorito de látex. Como siempre, estuve varias horas auto deleitándome con aquel
pene del delirio, hasta que me vine tres veces. Sin saber por qué, pensaba en
José en el momento en que me metía aquel pájaro plastificado en mi ano, en tanto
que me gozaba viendo los videos de homosexuales en el monitor. Esa noche acabé
un poco más temprano que de costumbre. Vi mi reloj. La una de la mañana. Bien,
por hoy era suficiente. Arreglé todo y salí de allí. Conduje hasta mi casa y
como siempre, al doblar el recodo, vi de nuevo al velador parado sobre la
glorieta, con la bicicleta detenida entre sus manos. Detuve el auto junto a él y
le pregunté:



-¿Qué hay de nuevo, José?


-Nada, don Joel….todo sin novedad. –me respondió- Esta noche
no he visto nada extraño.


-¿Ningún movimiento raro como el de anoche? –le pregunté-


-Nada. Todo está tranquilo. –me dijo-


-Oye –le comenté- me gustaría tomar una cerveza contigo. Pero
ya es tarde, y no creo que las vendan por aquí a estas horas.


-Cómo no –me contestó- Yo se de un lugar aquí mismo donde me
atienden. Si usted quiere, voy a comprarlas.


-Si –le dije- sacando mi billetera.



Le di el dinero y me dijo:



-Espere aquí que no me tardo.



Montó en su bicicleta y se alejó. Yo le seguí con la vista.
Por alguna razón extraña, el cuerpo me comenzaba a temblar. Pero en el fondo
toda aquella situación, de suyo tan novedosa, me comenzaba a gustar y también me
excitaba. Pronto regresó José con un paquete de latas de cerveza.



-Están bien frías –me dijo sonriente-


-Qué bueno. No me gusta tomar la cerveza sin enfriar. –Le
contesté devolviéndole la sonrisa-


-Bueno ¿Qué hacemos, don Joel?


-Vamos allá –le contesté con rapidez-


-Entonces espéreme usted. Deje guardar mi vehículo de dos
patas –me respondió sonriendo de nuevo-


-Anda….aquí te espero.



A poco regresó y se subió en el auto. Conduje hasta la
esquina de la calle, y al llegar a la caseta de la bomba de agua, volví a mirar
hacia ella. Todo estaba oscuro. Doblé a la izquierda y tomé el caminillo de
tierra que ya conocía, internándome poco a poco en lo profundo del bosquecillo,
hasta llegar a la orilla cercana al claro. José me dijo:



-Deje el coche aquí….es seguro.


-Está bien.



Nos bajamos del auto y nos dirigimos al claro del bosque.
Cuando llegamos, José mismo se encargó de buscar el sitio ideal para poder
sentarnos a beber y a fumar.



-Aquí está bien -me dijo, señalándome un tronco caído, que se
hallaba junto a un grueso árbol.


-Si –le dije- Es un lugar estupendo.



Nos sentamos. José tomó dos latas y las abrió, ofreciéndome
una. Nos tomamos el primer sorbo al mismo tiempo.



-Ahhh –comenté- Qué sitio tan agradable. Insisto en que no
había visto otro lugar tan exuberante y solitario.


-Si. Ya se lo dije. Y además aquí nunca viene nadie. –me
respondió-


-¿Cómo lo sabes? –le pregunté con interés-


-Porque yo soy el velador, don Joel. Y siempre estoy al tanto
de lo que sucede en esta colonia. Fíjese que en los años que llevo de vigilante,
nunca he visto a nadie cruzar de noche hasta acá, ni a pie ni en coche. Sólo
camina gente por aquí en el día.


-¿En serio? –le dije-


-Es la verdad. Aquí puede uno estar solo y hasta dormirse si
quiere, sin tener temor de que a alguien se le ocurra venir, se lo aseguro.


-¿Y que me dices del hombre que cuida la caseta de la bomba
de agua? –le pregunté más para saber de quien se trataba que porque dudara de lo
que él me decía-


-No, tampoco, patrón. Es un hombre que prácticamente vive
allí. Es el cuidador. El municipio le paga un sueldo para que no se lleven nada
de allí. Pero siempre está encerrado. Es muy raro que salga por las noches.


-Oh, pues qué bien- le contesté, volviendo a empinarme la
cerveza. Recuerda que es mejor que nadie sepa que venimos aquí.


-Si, patrón, no se preocupe usted. –me respondió con
seguridad-



Nos mantuvimos por largo rato bebiendo. José me ofreció un
cigarrillo y me lo encendió. Fumamos en silencio. La claridad de la luna era
estupenda. Aunque a decir verdad, y debido al intenso follaje que rodeaba el
lugar, no se alcanzaba a distinguir nada más allá de unos veinte metros de
distancia. Yo le pregunté a José:



-Y dime, ¿Cómo está tu familia?


-Pues bien en lo que cabe –me dijo- Mis hijos ahí van
creciendo y mi esposa con su embarazo.


-Ah sí, lo había olvidado. ¿Y cuántos meses tiene?


-Ya va para ocho. Hace un mes que la llevé al sanatorio y el
doctor nos dijo que pronto nacerá el bebé. Pero ahora eso me trae de cabeza.


-¿Por qué? –le pregunté-


-Pues porque el médico nos prohibió tener relaciones. ¿Se
imagina usted? Ya va para un mes que no toco a mi mujer. Y yo tan acostumbrado
que estoy a ella.


-Si, ya veo. Pero eso es natural. Es por el bien de la
criatura –le aseguré-


-Pues sí, don Joel, pero usted sabe que uno tiene sus
necesidades…y pues yo tiene varios días que quiero y no puedo hacer nada.


-Oh, no me digas que no te puedes aguantar –le dije
sonriente-


-Pues fíjese que no. Y le diré algo aquí nomás entre
nosotros. Van varias veces que me lo tengo que hacer yo mismo para andar
tranquilo.



 


 


Cap. III



Querida Incestuosa:



Me quedé silencioso. La inquietante e imprevista revelación
de José me causó un estremecimiento extraño. Mis pensamientos volaron como el
viento pensando en la vaga posibilidad de seducirlo. ¿Qué me estaba pasando?
¿Por qué de pronto me encendía con esos lascivos pensamientos que antes no había
experimentado por un hombre? ¿Acaso me estaba convirtiendo en bisexual? ¿Es que
estaba siendo testigo de una metamorfosis sexual en mi propia conducta? No lo
sabía a ciencia cierta. Y no obstante que acababa de masturbarme con locura en
la oficina, sentí cómo mi miembro se tensaba ante tales cavilaciones. Mas si me
decidía a hacerlo, tenía que ser cuidadoso. José era un hombre de campo, y yo en
realidad no sabía como reaccionaría en caso de que le hiciera una propuesta de
éste género. Su reacción me parecía impredecible y podría haber problemas. Hasta
ahora él nunca h

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Relato: Metamorfosis
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