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Relato: Marta, una niña bien (4 - Final)





Relato: Marta, una niña bien (4 - Final)

Aún recuerdo vivamente una de las noches pasionales que viví
con ella. Empecé con un besito simple, pero Marta me abrazó, qué cachonda, y ahí
fue cuando empezamos a darnos lengua de la buena, salivita y temblor.


Mis manos empezaron el reconocimiento y así fue cómo me di
cuenta de que no llevaba sujetador, ni bragas, aunque sí liguero. Oh, perversa,
estaba en todo. La polla se me había puesto dura. Nos restregamos durante un
tiempo y luego nos fuimos hasta la cama y nos tumbamos y seguimos el trajín.
Marta sacó unas revistas y una Canon último modelo.


-"Nos haremos fotos, ¿te parece?", dijo ella muy mimosa.


Le levanté el vestido túnica y allí estaba la raja, el
chumino-ídolo. Y un liguerito del mismo color que la túnica y medias negras, y
la pelambre rubita.


-"¿Te gusta mi coñito?", dijo ella.


Yo no sabía qué decir y me puse a acariciarlo. Enseguida le
puse el chocho mojadito.


-"¿Te gusta así?", le pregunté.


-"Sí, sí, lo haces muy bien… Hazme una foto - dijo ella -
pero sólo del coño, ¿sabrás?"


-"Sí, creo que sí".


Ella me colocó el diafragma, velocidad y me dijo cómo tenía
que hacer para enfocar bien su conejo húmedo. Clic. Chocho para la posteridad.
Marta me puso una mano en la polla. Presionó. Estuvo unos segundos atrapando
verga por encima del pantalón. Luego dijo: "Oh, quítate esto". Me quité los
pantalones y los calzoncillos. "Quédate así un poquito, no te muevas", murmuró
ella. Y se puso a contemplar la polla. Tras la contemplación vino la mamada. Se
la metió en la boca entera y vi cómo chupaba y cerraba los ojos con deleite de
golosa, de glotona. Qué ansia. Eso me la puso todavía más tiesa, a la vez que de
la garganta me llegaba a la lengua ansiedad de lamida. "Marta, quiero comerte el
coño…", pero ella siguió chupando. "Marta, cariño… dame el coñito…" Finalmente,
ella se puso cómoda, abierta de piernas, bien levantada la túnica, las tetas
fuera. Se tocó el chocho.


-"Oh, cómo estoy…", murmuró como para sí misma. Pero ya
estaba yo donde tenía que estar. Hasta el olor me pareció especial, olor limpio,
de coño preparado, pero olor a coño entero y rotundo. Pensé que un hombre podría
correrse sólo con aquel olor. Lamí, despacito. Siempre había pensado que la cosa
que más tiempo requiere, que más tiempo lento necesita de este mundo, es comerse
un coño como hay que comérselo. Marta empezó a gemir de gusto. "Así, así, qué
gusto". Yo sabía que la nena iba a correrse enseguida porque se estremecía de
culo para arriba. Además me había trincado de los pelos. Le presté conciencia de
lamerón al clítoris durante unos segundos y la nena rubita levantó las nalgas,
hizo un puente con su cuerpo y volvió a gemir, ya jadeando. Se movía como si le
hubiese metido el cipote en la boca, como si lo jodiese.


Estuvo corriéndose lo que me pareció una eternidad. Después
se dejó caer en la cama. "Oh, dios, ¿qué me has hecho con la lengua?", dijo. Me
agarró la polla y dijo: "Esta pollita es mía, la quiero para mí".


-"Te la doy" -contesté- "te la doy para siempre".


-"¿Sabes una cosa?", dijo, "me gusta tragarme la lechecita".
Ideal, pensé. Todas las mujeres que me la habían chupado, acababan por retirarse
unos segundos antes de que la polla se hiciese fuente, quizá por miedo a
quedarse preñadas por la boca. Y Marta empezó el chupe. Qué gusto. De cuando en
cuando la veía mamar, con gesto de éxtasis.


Ay Martita, quién lo hubiera supuesto, tanto como me había
hecho sufrir en clase, de miradita en miradita, de paja en paja. Nena, hazme una
foto del capullo soltando leche. Las ideas iban y venían sintiendo la lengua de
Marta tragando polla, succionándola. Sentí que no iba a poder aguantar mucho
más, así que me las arreglé para acariciarle las tetas, que las había abandonado
después de tanto pensar en ellas, de soñarlas, de pajeármelas.


Solté más leche que nunca, incluso cuando creía que ya no me
quedaba más, que el pozo se me había quedado vacío. Y era porque veía como
Martita tragaba y tragaba, con un ronroneo gutural de felicidad, y el ruidito
que hacía al tragar la nena lechera, tan ansiosa… Había sentido el gusto de cien
pajas, el placer de follarse a la vez a unos cuantos chochos. La rubita me
relamió el capullo con los restos. Ni una gota desperdiciada, que la leche que
sale de una picha debe de aprovecharse al máximo.


Nos metimos mutuamente las lenguas y remoloneamos boca a
boca, y nuestro aliento parecía referirse a todo cuanto aún teníamos que follar,
qué regusto, y cuánta lamida nos quedaba por hacernos, toma coñito, toma polla,
y Marta me acariciaba ahora los huevos, suavecito, deditos expertos, como cine a
cámara lenta.


-"¡Oh, Luis!", dijo ella atrapándome la picha. Le chupé la
lengua y no pudo continuar diciéndome cosas, pero en cuanto pudo, añadió: "Qué
gusto, se te está poniendo tiesa otra vez". A lo que contesté, "es para ti,
cariño… La pollita se empina otra vez para que hagas con ella lo que quieras…"
Le chupé las tetas, le di un buen trajín de manoseo por las nalgas. Y cuando le
hurgué con un dedo en la ranura, Marta se puso a gemir de gusto.


-"Espera cariño", me dijo, "me agacharé y me meterás tu polla
por el culo y me matarás. Quiero que me mates con tu polla, que me rompas toda".
Y a fe que lo hice.


---


Marta siempre había estado convencida de que su vecina Iria
tenía un aquel. No pudo saberlo hasta una noche que, según me contó, fue
inolvidable. Marta la invitó a tomar una copa a su casa.


-"Puedes quedarte a dormir aquí, mi amor", dijo Marta. "Hay
suficiente espacio en mi cama para las dos". De repente, Iria se dio cuenta de
que Marta le estaba ofreciendo una fiesta "torti" en toda regla. Unas deliciosas
descargas de estremecimiento le recorrieron la espalda…


-"No me irás a violar, ¿no?", dijo Iria, "¡Seguro que me
gustaría que lo hicieras!" añadió haciéndosele el coño agua.


-"Estaba esperando que me dejases violarte", dijo Marta con
una risilla mientras empezaba a trabajar la chocha y el ano de Iria con unos
consoladores.


-"Dios mío, ¡qué sensación!", replicó Iria cuando mi novia le
penetraba con los consoladores por sus orificios. "Esto de hacerlo mujer a mujer
es algo increíble". Iria aprendió la mar de cosas aquella noche, tantas que
ahora las pone en práctica siempre que puede, incluso cuando estoy yo con Marta
en su casa, me brinda unos espectáculos lésbicos de primera. Gracias a ellas me
pajeo a satisfacción más de una noche.


Además de esa relación con Iria, Marta se lo hace con mujeres
siempre que puede, especialmente conmigo delante. Sabe que me gusta. Mi polla se
pone muy dura sólo de pensarlo. Un día, en su oficina de dietista, me brindó un
espectáculo sensacional. Se lo montó, tras esconderme en un vestidor de su
despacho, con su secretaria Clara. Clara era totalmente diferente a Marta. Era
bastante tímida pero le iban las chicas también. Las dos féminas hicieron la
pareja perfecta: "la mala y la buena", pero hacían falta todas las artes de
Marta para encender fuego entre las piernas de Clara. Sin embargo, una vez
prendidas las llamas del deseo, Clara se convirtió en una verdadera revoltosa
sexual… "Tu chocho sabe tan bien", gimió tras disfrutar del primer orgasmo oral.
"… y tú tienes la húmeda perfecta", replicó Marta lanzada, "creo que me estoy
encoñando contigo", respondió Clara metiendo su lengua cada vez más dentro de la
raja de su jefa. Tras un convulsivo orgasmo, Marta fue a por unos remedios que
podrían servir de sucedáneo de pollas: un consolador y un spray. Pero Clara
estaba más interesada en obtener otro usufructo de la amplia brecha, roja y
mojada de mi novia… Mientras fue comida de lo lindo, Marta alargó la mano para
agarrar un pequeño consolador muy exquisito que guardaba por si acaso y se
incrustó el dildo dentro de la apretada cavidad anal de su lanzada querida.
"Siéntate sobre mi cara, cariño", le instó Clara. La combinación de una lengua,
un vibrador y un falo enterrados en su ojete hizo jadear de placer a Marta.


---


Cuando viajamos, Marta siempre se las arregla para montarse
el numerito lésbico apropiado y si puede ser con cierta dosis de exhibicionismo,
mejor. Por ejemplo, la última vez que estuvimos en Madrid se las arregló para ir
enseñando el chumino a la primera que se pusiese a tiro. Y la primera que se
puso a tiro fue una niña muy mona de poco más de dieciséis años, en una
cafetería muy céntrica y concurrida. Ella, Noelia se llamaba, se le acercó a
Marta para, ligeramente cortada, decirle que se le "estaba viendo todo". Marta,
sentada en la barra del bar conmigo, se las había arreglado para mostrar bien el
coño hacia la mesa en la que Noelia repasaba distraídamente algunos apuntes de
clase. Marta no se cortó:


-"¿Te gusta lo que has visto?", repuso. "Si quieres te lo
enseño más de cerca".


-"Pero… ¿Qué dice?… ¿A mí quiere enseñármelo?"


-"Sí, bonita. Si te gusta, te puedo dejar que lo veas de
cerca, y muy mojado…"


Estaba ya casi en el bote. Por la blusa se intuía que la niña
estaba empezando a excitarse ya que sus pezoncillos se le habían puesto duros y
puntiagudos. Tenía un buen par de tetas y un cuerpo que, aunque aún no formado
del todo, prometía grandes cosas.


-"Bueno", repuso Noelia, "tengo algún tiempo libre, pero no
sé dónde me lo podría enseñar"


-"Tutéame guapa. No te preocupes por nada, vamos a ir a mi
hotel y te pondré las pilas, monada".


Así fue. Tras presentarme, nos fuimos los tres al hotel.
Cuando llegamos - serían las doce y media del mediodía- pedimos una comida
ligera para las dos de la tarde que nos la subiesen a la suite en la que nos
alojábamos. Y empezó la acción.


Marta se quitó la chaqueta y la blusa. Se quedó en sujetador.
Le dijo a Noelia que se pusiese cómoda y que no se preocupase de nada, ni
siquiera de mi presencia allí. Le ordenó a Noelia que le quitase la falda con lo
que su chumino quedó al aire. Llevaba un liguero y unas medias muy eróticas.
Zapatos de tacón y un sujetador de encaje que trasparentaba sus deliciosas
tetas. Noelia estaba caliente. Marta le pidió que acercase su cara al vello
púbico. Cogió su instrumental y le dijo que se lo afeitase. Obedeció sin
rechistar. Poco a poco, la rajita de Marta fue apareciendo en todo su esplendor.
Noelia se afanaba en depilar la raja a mi novia mientras que Marta empezaba a
abrir sus piernas colocándolas alrededor de la chiquilla.


Pronto terminó, con lo que, tras sacarse el sujetador, empezó
a quitarle la ropa a la niña. Noelia estaba, definitivamente, cachonda. Cuando
quedó desnuda, mi novia le empezó a chupar los labios, la boca, la lengua, las
tetas… Noelia estaba muy excitada. Su líbido subía en la misma medida en que mi
polla se ponía más y más dura. En ese momento tomó la iniciativa: empezó a
frotarse el sexo desaforadamente, a la vez que lamía el clítoris de Marta. Mi
novia le magreaba las tetas al compás y ambas se fundieron en un orgasmo que fue
el primero de una larga serie.


Mi polla estaba de reventón. Me pajeé cerca de ellas y justo
cuando iba a explotar, Noelia me la mamó tragándose toda mi leche.


-"¿Te ha gustado, eh?", dijo, "pues ahora prepárate para lo
mejor. Marta, déjale algo de tu lencería más sexy", ordenó muy segura de sí
misma. "Te vas a convertir en nuestra puta esclava".


Marta y Noelia quisieron que me vistiese con unas medias con
liguero, un sujetador de encaje, una liga rosa y me obligaron a pintarme los
labios y los ojos muy exageradamente. Me ataron las muñecas a mi espalda y, con
una bomba de succión, me pusieron la polla a estallar. Mientras, ellas se
besaban. En un momento dado, Noelia se puso el consolador de correas de Marta y
me empezó a follar el culo. Marta, mientras, pasaba sus pezones por la punta de
mi capullo, ordenándome que no me corriera si no quería que Noelia me castigase.
No pude más y me corrí. Mi lechada se esparció por todo el suelo de la
habitación.


-"Pues ahora lo vas a limpiar todo", ordenó Noelia, "con la
lengua y te vas a tragar toda la leche. Sólo te podrás correr cuando Marta o yo
lo ordenemos".


Chupé mi leche derramada hasta dejar todo limpio. Marta y
Noelia estaban comiendo y me obligaron a comerles sus coños, alternativamente,
bajo la mesa. Cuando terminaron siguieron con su orgía lésbica, mientras que a
mí me obligaban a pasear casi desnudo y con mi polla a cien por el ventanal de
la suite, vestido de puta barata.


Más tarde empezaron a pajearse por separado. Me obligaban a
estar con la cara a veinte centímetros de sus coños y cada vez que mi polla se
empalmaba me metían el consolador de púas de Marta por el culo, para que se me
bajase la erección. Fue un martirio inútil. Me corrí a la segunda paja de Noelia
y Marta me castigó cruelmente.


Cada vez que me acuerdo del castigo, me duele el culo de sólo
pensarlo. Marta y Noelia me hicieron vestirme totalmente de mujer, tras
depilarme por completo y ponerme una peluca. Bajamos al coche y me llevaron a la
Casa de Campo. Allí me obligaron a hacer la calle durante toda la noche y
absolutamente gratis. Ellas obligaban a los clientes a dejarlas ver lo que hacía
conmigo a cambio de hacérselo sin cobrar: Comí pollas, tragué leches, me dieron
más de diez veces por el culo… un auténtico calvario. Al terminar, Noelia y
Marta me llevaron al hotel y contrataron dos chicos a sueldo para que me
jodiesen por turnos mientras que ellas miraban. El suplicio duró más de ocho
horas, pero aprendí a ser un perfecto esclavo.


---


Como ya os he contado, Marta es dietista. Trabaja para la
delegación de una multinacional. Su jefe, Mario, es un déspota putero muy
calentorro y la obliga muchas veces a hacer cosas guarras a mi novia. Ella me lo
cuenta todo. Por ejemplo, que su jefe le da unas suculentas propinas todas las
semanas por montarse unos numeritos lésbicos delante de él con alguna de sus
compañeras de trabajo y mientras ellas llegan al orgasmo, Mario se pajea a
discreción. Ni siquiera las toca, ni las viola… sólo se limita a pajearse y
pagar una buena "extra". Pero desde hacía algún tiempo, Mario le había indicado
su interés por ver algún coito normal, heterosexual, vamos. Y Marta me lo
propuso.


Total, que el sábado acordado nos presentamos en la oficina
de Mario. Marta empezó a desprenderse de la ropa y me desnudó. Abrazados,
empezamos a besarnos y acariciarnos. Se sentó encima de mi espalda y me metió un
dedo por el culo mientras que me decía obscenidades. Tras estar sobándonos un
rato, hicimos un sesenta y nueve. Nos corrimos simultáneamente, mientras Mario
empezaba a pajearse. Tras un pequeño espacio de recuperación en que comí el coño
bien abierto de mi novia, Marta empezó a magrearme el paquete. La follé como
nunca y, justo cuando me iba a correr por segunda vez, Marta se salió, colocó mi
polla entre sus tetas y se tragó una buena ración de lechada. Mario se corrió
con el espectáculo. Su polla, enorme, soltó leche durante más de un minuto.


Tras el espectáculo, Mario se acercó con toallas húmedas
perfumadas y nos limpió cuidadosamente. Según Marta, ése era su mayor placer:
limpiar a sus putitas y putitos. Era la única vez que tocaba nuestros sexos y
eso que era sólo a través de las toallas. Nos pagó mil euros y nos pidió que se
lo hiciésemos todas las semanas. ¡Qué lujo!.


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Relato: Marta, una niña bien (4 - Final)
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